Capítulo 3: Sammuel

3719 Palabras
Él llevaba atado de pies y manos a aquella cama la noche entera. Se sentía que llevaba así toda la vida, de alguna forma. Siempre inútil e incapaz ante todas las adversas dificultades que se le presentaban en su corta existencia. Estar en la cabeza de Elizabeth era una delicia. Tenía la habilidad de organizar sus pensamientos y preguntas de manera tal que era sencillo darle respuesta a todas las cuestiones que pasaban por ella. Era lógica, pragmática y con una memoria bendecida. La mente de Sammuel Fennigan, por otra parte, era un puro caos. Cuando desperté en mi sueño infundado por el maleficio de una inmortal y vislumbré el nuevo mundo desde los ojos de Elizabeth, pensé que Persephone me había sonreído al fin, pero no contaba con el vínculo entre ella y uno de sus lobos; un lazo de sangre que era más que una ligadura momentánea, aunque se me escapaban los detalles. Admito que fue entonces cuando me alegré de no ser un dios caído (aunque envidiaba los poderes de Freyr y Selene), pues evidentemente se me había escapado que entre los eternos estaba la posibilidad de estar vinculado a otro dios. Sammuel Fennigan, sin embargo, no era ningún dios y aún así Elizabeth estaba ligada a él en formas que ni siquiera ella conocía y su ignorancia era una bendición. Su lazo con él era indestructible; su lazo conmigo, era infernal. Y por regla de tres, yo tenía acceso a la mente de ambos: de Elizabeth Shienffield y de Sammuel Fennigan. Una maldita tortura. Sammuel era caótico en todo el sentido de la palabra. Cada pensamiento estaba ligado a un evento de su pasado; cada recuerdo era un baño de sangre. Había oscuridad en él, quizás tanta como la había en mí y era su forma de pensar, siempre centrada en las fallas que los otros pudieran ocasionar a su plan y la desconfianza hacia todo lo ajeno a él, lo que le revolvía los sesos. Lo interesante, sin embargo, era que comprendía a la perfección sus ideas, porque yo era su igual y no había mayor verdad que el detestar al reflejo de nuestra propia realidad y defectos en otros. Así que detestaba a Sam, pero era incapaz de estar fuera de su turbada cabeza cuando los pensamientos de Elizabeth se refugiaban en él. Desde el momento en el que despertó de los dominios de la diosa de los muertos, Lizzy intentó invocar al hombre lobo por medio de su vínculo, pero no funcionó. Había algún tipo de conjuro bloqueando sus mentes, pero sentía que la conexión existía dentro de ella. Al escuchar que Sam estaba en manos de Alexandra, dió por sentado que sus brujas blancas estaban entorpeciendo el lazo entre ellos y no sabía cuan equivocada estaba. Alex sí lo había intentado y parcialmente había logrado que el chico estuviera fuera del alcance de Lizzy, pero sus esfuerzos no me habían alejado a mí de la mente de él, por lo que comprendí que Lizzy y Sam se sentían incluso atrapados en medio de redes de magia oscura. La tarde en la que ella despertó, Sammuel la sintió al momento y ya en la noche estaba demasiado inquieto como para controlar su ira. Una parte de él quería gritar hasta romper aquellas cadenas que le unían a los barrotes de su cama. Su otra parte, quería convertirse en aquel monstruo que era y desgarrar a todos los que se le cruzaran por delante. Quería sangre de cualquier forma. —¡Oh, Sam! —habló la voz que me acompañó los últimos años en el mundo mortal haciendo su entrada triunfal a la alcoba donde lo mantenía confinado. Dos brujas a su lado y la copa de sangre en su mano. "Mierda" bufó Sam en su cabeza. "Quiero matarla y darme un banquete con su cuerpo." —Cada vez que te veo en esa cama, lo único que quiero hacer en meterme en ella —sonrió Alex con la oscuridad que la rodeaba. —Entonces ven —la incitó él irguiendo su cabeza y riendo como sabía que a Alexandra le gustaba. Siempre estuvo consciente de su propio atractivo. Arquear las cejas, entrecerrar los ojos, pasarse la lengua por los labios, incluso sonreír; todo cumplía siempre su objetivo y eran elementos a su favor cuando quería algo de alguien. Manipular a las personas era un don con el que Sammuel se sentía capaz de vencer a cualquiera. Sabía que su apariencia era seductora y si lo deseaba, podía utilizarla para su beneficio, aunque el verdadero Sam careciera por completo de aquella soltura y descaro que quería exteriorizar. Parecía funcionar con todas... menos con Elizabeth. —¿Para que puedas morderme mientras follamos? —supuso ella y no podía estar más en lo cierto, así que él le regaló una sonrisa—. Me gustas. Me gusta tu cara y definitivamente me gusta ese precioso cuerpo tuyo, pero soy mayor que tú y mucho más inteligente también, mi ingenuo perrito —le decía Alexandra raspando con sus uñas la madera de las columnas de la cama a la que estaba atado—. Me prometiste en el baile de Fin de Año que mordías cuando me susurraste al oído que me matarías cuando tuvieras la oportunidad. Él chasqueó la lengua y fingió una mueca de desilusión a pesar de que sus ojos verdes brillaban con veneno. Por supuesto que lo haría sin dudar. —¿Qué puedo decir? —otra vez su tono meloso volvía a salir mientras curvaba la comisura de sus labios—. Soy lo que soy y no puedo cambiarlo. —Corta el rollo, Sammuel —habló Taewon entrando a la alcoba—. Todos aquí sabemos que no te gusta Alex en lo absoluto y que ella jamás se meterá en esa cama contigo sin una póliza de seguro. A él también lo quería matar. Sam quería que su sangre corriera por todo aquel traje blanco que siempre llevaba. Se lo imaginaba mordiendo su carótida mientras encajaba las uñas en sus avellanados ojos y no dejaba más que dos vacíos huecos en su rostro. —Ella despertó, Alex —dijo el brujo y el lobo tragó saliva con fuerza. Esperaba que el alivio que él sintió al saber que Lizzy estaba viva no llegara a sus captores—. Elizabeth ha sobrevivido. Por los dos meses que había durado su tortura en aquella casa, no había tenido noticias de ella o de su aparente condición. Solo sabía que estaba inconsciente por los susurros de las brujas que caminaban por los pasillos. Jensen estaba seguro que en Equior encontraría una forma de salvarla, pero el sacrificio de Sam era necesario, y aún así lo aceptó con completa disposición. Él haría cualquier cosa por ella y aquella línea de pensamiento hizo que algo dentro de mi disecado ser se revolviera. ¿Celos por Lizzy? ¿Envidia de lo que sentía Sam por ella? No. La certeza de saber que mientras él estuviera junto a Elizabeth, nadie más sería nada en comparación. Reviví el momento en el que él la vio morir en sus brazos; cuando creyó que una parte de su pecho estuviera siendo arrancado de sí para siempre. Si solo ella hubiera sabido que su sangre lo atormentaban cada noche desde que la atacó en aquel endemoniado bosque; si comprendiera que su egoísmo para con ella lo llevaba a querer hacerla intocable para él, pidiéndole a Jensen que la convirtiera en un vampiro. Si solo hubiera sido capaz de decirle que no quería acostarse con ella; sino que quería amarla, protegerla... Quizás tenga que poner al bueno de Sammy a dormir como un perro que causa problemas, pensé. Yo quería tener a Lizzy para mí. Pero Sam no quería hacerla suya, sino quería deberse a ella en cuerpo y alma. —¿Es humana aún? —inquirió la vampira haciéndome regresar al mundo real y no a la ensoñación dentro de Sammuel —Por supuesto. El brillo en los ojos del brujo le dejaba saber que quizás aquello no era tan bueno para Elizabeth como Sam suponía. Alex sonrió complacida y tomó un sorbo de la sangre en su copa. Se veía que volvía a respirar aliviada. Que Elizabeth hubiera despertado humana después de lo que Christian Fennigan le había hecho, solo podía significar que se mantenía el plan de aquellos vampiros de revivirme; un plan que yo susurraba desde el momento de mi maldición dentro de esta mugre, dentro de la cabeza de Alexandra: la última vampira ligada a mí por sangre. —Finalmente tenemos un motivo para celebrar —sonrió Alexandra y dirigiéndose a Sam, continuó—. Tendremos un baile para celebrar la milagrosa recuperación de nuestra preciosa Elizabeth y te quiero a mi derecha, Sammy. —¿En serio? —levantó las cejas— ¿Incluso si eso significa que podré arrancarte esa preciosa cabeza del resto del cuerpo? —sonrió con el calor hirviendo en sus ojos verdes. Ella rió. Estaba tentada. Lograría meterse debajo de su piel, era sencillo después de todo. Sabía que lo haría, y en el preciso momento en el que lo lograra, él tenía la convicción de que la mataría sin miedo alguno a las consecuencias. Que le costara su vida no era incentivo suficiente como para detenerlo. Sammuel se sabía muerto desde el momento preciso en el que se había convertido en el monstruo que era, y cualquier redención era completamente ajena para él. —Te aseguro que no podrás —susurró ella sentándose en su regazo—. ¿Quieres saber por qué no me harás nada? Todo lo que quería era que se acercara más. Necesitaba tenerla al alcance de su boca si quería clavar los dientes en su cuello. —Dime —exigió mirando la silueta parcialmente desnuda sobre él. Un punto para Alexandra: sí podía poner duro a cualquiera solo con su cuerpo y Sammuel se dejaba llevar muy fácilmente por la carne. —Porque si haces algo para herirme, te juro que le arrancaré la garganta a tu pequeña niña bonita antes de morir —amenazó ella enredando sus dos manos en cuello del chico impidiendo que se moviera—. Considéralo como mi regalo de despedida para ti, porque me vas a matar, pero yo te arrancaré el corazón como venganza. —Estás fanfarroneando —dijo e hizo todo lo posible por soltarse de su agarre, pero era prácticamente imposible. —No. No lo estoy. Alexandra disfrutaba torturándolo de aquella forma. Yo la había enseñado a eso y ella fue una muy buena estudiante. Todos los días intentaba romper a Sam, colarse dentro de él con la guardia baja y obligarlo a sentir por ella. Un buen plan, más insuficiente. Alexandra suponía que era infalible y su error fue no suponer nunca que su enemigo jugaba el mismo juego. Sammuel había aprendido la misma estratagema de la bruja de Hécate y estaba ganando aquella partida con creces. Los insípidos juegos de la vampira ya lo tenían harto; él había hecho cosas peores con Helena, pero no podía zafarse de sus garras por mucho que lo intentara. Las dos brujas que no se separaban de su lado hacían todo lo posible por debilitarlo y las cadenas que lo ligaban a esa cama, estaban bañadas en acónito. Todo lo que podía hacer era imaginar que la asesinaba, pero era incapaz de otra cosa que ser momentáneamente el juguete que ella necesitaba para sus fetiches. Había sido cosas peores. Podía soportar eso. —Vas a matar a Elizabeth de todas formas —sentenció Sam mostrando los dientes y haciendo que los ojos le centellearan de la rabia—. Necesitas su sangre para revivir a William. Alex pasó su lengua por los labios del chico y él intentó morderla, pero ella fue más rápida y comprimió las manos en su cuello amenazándolo con la asfixia del agarre. Aún así, él reía mientras Alexandra oprimía su cabeza contra el espaldar de la cama. Solo tenía que llegar a rozar sus labios con los dientes y cada día ella bajaba más la guardia. Patética vampira... Manipulador perro... —Solo necesito una gota de sangre de ella para traer a William, Sammy —confesó ella besándole el cuello de manera magistral y degustando su piel con la lengua—. Helena hizo el hechizo que encerró a Will con su propia sangre y todavía sigue viva, ¿no es cierto? Sammuel se negó a escuchar. Ni siquiera podía considerar ninguna de sus palabras. Todo lo que salía de su boca era una completa mentira. Elizabeth había sido una amenaza para Alexandra desde el preciso momento en el que ella vio al resto de los vampiros abismados por la presencia de la chica. Era estúpido creer que la vanidosa Alexandra Udinov, completamente segura de que no había en el mundo nadie más magnánima que ella, no se sintiera intimidada por Elizabeth. Después de todo, y muy a pesar de que ella no lo recordara, Lizzy era una diosa caída. Y, ¿porqué otro motivo que su propio ego, Alex hubiera querido tener a Sam primero? —El problema es, Alex —se sinceró el lobo estrechando los ojos—, que no te creo en lo absoluto. Ella se separó y le permitió respirar. —¿Quieres una promesa de sangre? —preguntó sonriente dejándole ver su faceta sobrenatural. —¿Un pacto? —repetió él completamente abismado y la vampira solo asintió con una risa oscura. Que bajo ha caído nuestra Alexandra Udinov, me reí yo. Sammuel observó extrañado como la mujer trazaba una cruz sobre su piel con una daga y la sangre corría por su pecho. Antes de que el corte se cerrara, ella pasó sus dedos por herida y los embadurnó del rojo plasma. Los puso frente a su rostro y el lobo olió cada molécula del líquido. —Sabes lo que esto significa, ¿no es cierto? —inquirió ella. Él asintió con una mirada más seria de lo normal. Si ella le ofrecía su sangre, estaba condenada. Los pactos entre vampiros y lobos eran tan arcaicos como el honor mismo. La primeras generaciones provenían del mismo linaje de hermanos, y al ser malditos por dos diosas también hermanas, nos hacía más iguales de lo que creíamos. Los Van der Berg; mi hermano y yo, compartimos territorio por siglos. Trazábamos una línea entre los árboles de nuestras tierras para delimitar los dos primeros clanes de vampiros y cambiaformas con la sangre de todos integrantes de cada manada. Nuestras sangre se llamaban y se reconocían y no era un tabú mantener una relación con uno de la tribu opuesta, solo era necesario hacer un pacto de sangre para poder obtener el permiso de la otra persona para beber su sangre sin contaminar su cuerpo. Era una forma de rastreo, pues con el aroma del opuesto se podía encontrar a la pareja en cualquier recóndito lugar del mundo, y a la vez, era una imposibilidad matar accidentalmente a la pareja, pues el veneno de ambos era inofensivo para el otro. —Si bebes de mi mano, sabes que cumpliré mi palabra —afirmó Alex—. Podrás rastrearme a kilómetros de distancia y tendrás mi completa esencia. Siempre vas a saber donde estoy y puedo estar segura de que vendrás a por mí si no cumplo mi promesa. Efectivamente, su sangre la hacía vulnerables ante él. Su rastro sería inconfundible a su gusto y su paladar la buscaría a ella por sobre todos los vampiros. Tendría el número uno en la cabeza del lobo, y aún así no sería capaz de matarla con su mordida. —¿Tu promesa es no matar a Elizabeth? —rectificó Sammuel con el entrecejo fruncido y alerta de cada una de sus palabras. —Ni yo, ni ninguno de mis vampiros le tocará un cabello después que William regrese —dijo ella. Estúpida Alex. Cuando Sam se lanzó a por su sangre para cerrar el pacto, ella se separó de su boca. Los dedos índice y del medio de su mano derecha comenzaban a absorber el líquido de vuelta en su cuerpo. —Pero necesito algo de ti —sonrió. Por supuesto que quería algo más—. Y no me vas a morder o a arañar con tus uñas... si yo no te doy el permiso para hacerlo. "Un pequeño sacrificio a pagar", sonrió Sam para sus adentros poniendo en una balanza lo que podía ganar en aquella guerra psicológica que ella tenía conmigo. Estaban utilizándose mutuamente y si había algo en lo que él destacaba, era en voltear todas las situaciones a su favor y sacar el máximo partido de quien lo usaba. Lo había hecho con Helena. El sexo solo había sido una distracción para ambos y con Alex no sería otra cosa más que otra tangible transacción. Por el momento, ganaba él si le daba lo que ella quería. Sammuel degustó la sangre cuando asintió a su pedido y dejó que ella metiera los dedos en su boca. La vampira sonrió y los ojos de él brillaron en un verde dorado mientras su lengua recorría los dedos. Las brujas lo desataron de pies y manos y salieron de la habitación de inmediato. Ella tragó con fuerza, pero Sam se prometió hacerla sufrir. Alex, sin embargo, estaba completamente convencida de que iba a disfrutar cualquier cosa que le hiciera. —Tú pediste esto —le recordó el lobo a la vampira comenzando a sentir todo su cuerpo con sus manos. Alex estaba ávida del revolcón. Apretaba al lobo debajo de ella contra su centro haciendo que él se irguiera cada vez más. No. No era momento aún, se dijo Sam a sí mismo intentando mantener la compostura debajo de ella y supe lo voluble que era él en cuanto a lo que deseaba. Alex degustó cada parte del cuerpo de Sam y él se lo permitió. Sus hombros deseaban ser mordidos, mientras la vampira los lamía y le daba pequeñas mordidas a punta de dientes como pellizcos para nada delicados. Sammuel tampoco planeaba ser gentil y cuando sintió los colmillos de ella rozando su cuello, fue que quiso jugar de verdad. —Suficiente —riñó él y la puso de espaldas sobre la cama. Alexandra lo permitía. Lo sabía porque él no podría haberla movido si ella no hubiera querido, pero le había dado toda inmunidad a Sammuel para hacer con su cuerpo lo que le placiera. Alex podía hacer lo mismo con él; esa era la promesa, más únicamente su cuerpo estaba a disposición de la vampira. Nada más. La erección le palpitaba contra el trasero y ella estaba pidiendo que la doblegarán. Sam quería ver su rostro desde arriba mientras la tomaba con completo. Ella solo reía y su jodida risa lo hacían querer matarla. "Así, justo debajo de mí", pensó. Podría matarla allí mismo. Tenía sus dedos degustando la humedad de su entrepierna mientras se movían dentro de ella y la otra mano sometía su espalda para que su pecho permaneciera contra el colchón. "Rómpele el cuello" se decía a sí mismo. "Arráncale el corazón". La boca de Sam sobre la piel de Alex solo quería abrirse y destrozar a aquella mujer. —Ni siquiera lo pienses —gimió ella casi sin habla—. Te mataré más rápido de lo que tú sacas las garras —amenazó. No había forma de engañarla. No podía hacerle daño. Tenía que respetar el pacto de sangre si quería tener siquiera una oportunidad. —¿Lo estás disfrutando? —le preguntó ella con toda su osadía mordiéndole los labios al chico cuando él apoyó todo el peso de su cuerpo sobre ella. Él no tenía intención de besarla, pero Alex quería hacerlo. —Te comería completa —se relamió al escuchar su pregunta. Alex rió al entender que no lo decía en ningún sentido figurado. Ella estaba en un éxtasis total. La carne de Sam era débil y su cuerpo le exigía hacer lo propio. Las manos de él levantaron sus caderas y ella riñó cuando sacó los dedos de su sexo. —Paciencia —susurró en su oído mordiendo el lóbulo de su oreja hasta que la escuchó gemir. Con la rodilla abrío sus piernas. La boca de él se resbaló por su cintura hasta el húmedo y famélico centro de Alex. Allí, él trazó círculos en su feminidad hasta que le pidió ser follada entre gemidos. Sí. Se lo iba a pedir. Y él se lo iba a dar solo cuando quisiera. La primera estocada dentro de ella fue brutal. Ruda y abrasiva hasta que la escuchó gritar. La invasión ardió dentro de la vampira provocándole un agudo quejido que obligó a Sam a repetir el movimiento hasta que su interior se acomodó a él. Los gemidos lo excitaban solo por saber que le estaba haciendo daño. No la iba a dejar escapar. No iba a tratarla con ningún tipo de compasión. La mano del lobo sometiendo el cuello de la vampira y la otra enredada en su cabello se lo dejaban bien claro. —¡Joder! —se quejó Alex, pero las intenciones de Sammuel nunca fueron las de ceder a sus pedidos. Estaba dentro de ella hasta la empuñadura y podía arrebatarle más si hubiera querido, pero Sam se dijo a sí mismo que sus placeres no eran para Alex. Sus mejores tratos no eran para su piel y no le importaba en lo más mínimo su orgasmo. Con cada empuje, ella rompía en jadeos cada vez más estrepitosos y arañaba el colchón de la cama mientras le pedía que no se detuviera por nada del mundo. Él aumentó el ritmo de las estocadas hasta que estuvo a punto de explotar mientras ella mordía su nombre en la boca. Los dientes de Sammuel se clavaron en los hombros de Alex cuando terminó adentro, pues no quería que escuchará un solo sonido, aunque aquel gesto solo lo hizo recordar a Elizabeth y el chico explotó solo de imaginarse que el calor enredado a su cuerpo lo desprendía Lizzy. La sangre de Alex bañó su boca y sus ojos centellearan en dorado. Solo entonces sintió la mordida en su cuello cuando la vampira llegó al éxtasis.
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