Sangre en la Nieve El sonido del disparo retumbó en las paredes de madera del refugio, un estallido seco que pareció detener el tiempo. Por un segundo, el olor a pólvora lo invadió todo. —¡Maximilian! —el grito se desgarró en mi garganta. Lo vi tambalearse. Su mano derecha subió instintivamente a su hombro izquierdo, donde una mancha roja comenzaba a expandirse con una rapidez aterradora sobre su camisa blanca. Pero no cayó. Maximilian Thorne no era un hombre que se permitiera caer frente a sus enemigos. Alberto, con las manos temblorosas y los ojos desorbitados por la comprensión de lo que acababa de hacer, intentó amartillar el arma de nuevo. No tuvo oportunidad. A pesar de la herida, Maximilian se movió con la ferocidad de un animal herido. Cruzó el espacio que los separaba en dos

