El ambiente en la hacienda Serrano se había vuelto sombrío y pesado desde la muerte de Miguel. Mariano apenas mostraba interés por los asuntos del lugar, refugiándose en el alcohol y dejando las noches a merced de la cantina. Por su parte, Amaya se había recluido en su habitación, saliendo solo lo necesario, mientras Arturo aprovechaba la oportunidad para instalarse en la mansión, tomando posesión no solo de una habitación sino también de Amaya, quien parecía demasiado débil emocionalmente para resistirse.
Sebastián, por otro lado, no podía disimular el profundo malestar que lo consumía. Ver a Arturo tan cómodo en la hacienda, usurpando el lugar que Miguel le había dejado y, peor aún, acercándose más a Amaya, lo llenaba de celos e impotencia.
Aquella mañana, Sebastián observaba desde la distancia cómo Arturo daba órdenes a un empleado que ensillaba un caballo. La actitud de Arturo era arrogante, su tono de voz brusco y despectivo.
—¡Apresúrate! ¿Es que aquí no saben hacer nada bien? —gritó Arturo al empleado, quien, nervioso, intentaba obedecer.
Sebastián no pudo contenerse más y se acercó con pasos firmes, su mirada cargada de rabia.
—Tú no tienes derecho a dar órdenes aquí —le espetó Sebastián, su voz grave y cortante.
Arturo giró lentamente hacia él, con una sonrisa desdeñosa en el rostro.
—¿Ah, no? —respondió con burla—. Soy el marido de la dueña, Sebastián. Y cuando Amaya y yo nos casemos, lo primero que haré será despedirte.
La provocación fue directa, un golpe certero al orgullo de Sebastián. Su mandíbula se tensó, y sus puños se cerraron con fuerza. Dio un paso hacia Arturo, acercándose peligrosamente.
—No tienes ni la mitad del derecho que crees, Arturo. Esta hacienda no es tuya, y Amaya no es algo que puedas poseer.
Arturo rió con desprecio, ladeando la cabeza.
—Amaya es mía, Sebastián. ¿No te has dado cuenta? Duerme conmigo, vive conmigo, y pronto será mi esposa. Tú solo eres un empleado más, alguien que debería aprender su lugar.
La furia de Sebastián llegó a su límite. Con un movimiento rápido, levantó el puño dispuesto a golpear a Arturo, pero en ese preciso instante apareció Cecilia, la tía de Amaya y Mariano.
—¡Sebastián! —exclamó con voz autoritaria, deteniéndolo antes de que el golpe se concretara.
Sebastián bajó el brazo, aunque seguía mirando a Arturo con odio. Cecilia, con su porte altivo y su expresión de desaprobación, se interpuso entre los dos hombres.
—¿Qué clase de conducta es esta, Sebastián? ¿Así es como agradeces todo lo que mi hermano hizo por ti? —espetó Cecilia, mirándolo con frialdad—. Eres un empleado, nada más. Mantén tu lugar y deja de causar problemas.
Sebastián apretó los dientes, conteniendo las palabras que quería decir. Su mirada, aunque dirigida hacia el suelo, no ocultaba la humillación y la rabia que sentía.
—Cecilia, no fue nada. Solo intentaba ponerlo en su lugar —dijo Arturo con tono condescendiente, claramente disfrutando de la escena.
—Arturo tiene razón —continuó Cecilia, ignorando a Sebastián—. Esta hacienda necesita orden, y si no puedes cumplir con tu trabajo sin generar conflictos, tal vez deberíamos reconsiderar tu presencia aquí.
Sebastián asintió levemente, sin decir una palabra, y se dio la vuelta, caminando hacia los establos con pasos pesados. Sabía que no podía enfrentarse a ellos directamente, pero algo dentro de él ardía con la certeza de que no permitiría que Arturo se quedara con Amaya sin luchar.
Sebastián llegó a su cabaña con los hombros tensos y el corazón ardiendo de frustración. Al entrar, encontró a Camila esperándolo, sentada en la pequeña mesa con las manos cruzadas sobre su regazo. Al verlo, se levantó y lo abrazó con fuerza, como si con ese gesto pudiera aliviar la tormenta que sabía que lo consumía.
—Sebastián, no puedes seguir así —susurró contra su pecho, sin soltarlo.
Él correspondió el abrazo por un momento, dejando escapar un suspiro pesado. Luego se separó ligeramente, pasando una mano por su cabello en un gesto de evidente agotamiento.
—La tía de Amaya nos trató como basura a mi hermana y a mí cuando íbamos a visitarla —dijo Camila con tono firme, mirándolo directamente a los ojos—. Nos veía como sirvientes, como si no valiésemos nada. Y ahora estamos aquí, atrapados en esta casa donde solo recibimos desprecio. Yo quiero irme, Sebastián, quiero que nos alejemos de todo esto cuanto antes.
Sebastián apretó los labios, su mirada endureciéndose.
—No puedo, Camila. No puedo dejar a Amaya ni la hacienda en manos de esa vieja ni del miserable de Arturo.
Camila entrecerró los ojos, cruzando los brazos frente a su pecho.
—¿Y por qué no? Amaya es su mujer ahora, Sebastián. Ella tomó su decisión.
Sebastián golpeó la mesa con la palma abierta, haciendo que Camila diera un ligero respingo.
—¡Amaya no es nada de ese estúpido! —exclamó con voz grave, su frustración claramente desbordándose—. Él la está manipulando, aprovechándose de su dolor, de su vulnerabilidad. No puedo dejar que se salga con la suya.
Camila negó con la cabeza, su expresión mostrando una mezcla de tristeza y determinación.
—Sebastián, ya has sacrificado demasiado por los Serrano. Incluso cancelaste nuestra boda por la muerte de Don Miguel. Siempre pones sus necesidades antes que las tuyas, antes que las nuestras. ¿Hasta cuándo?
Él cerró los ojos por un momento, luchando con las emociones que lo consumían. Luego la miró, sus ojos reflejando la batalla interna que libraba.
—No puedo abandonarla, Camila.
Camila dio un paso hacia él, su voz más suave pero cargada de dolor.
—¿Y qué hay de nosotros, Sebastián? ¿Qué hay de mí? Casémonos y vámonos. Podemos empezar de nuevo, lejos de esta casa, lejos de estas personas que no hacen más que usar y destruir lo que tocan. Tu padrino murió, Sebastián. Los Serrano no tienen nada que ofrecerte más que desprecio.
Sebastián bajó la mirada, sus manos apretándose en puños a los costados. Sabía que Camila tenía razón en muchas cosas, pero su corazón estaba dividido. No podía negar lo que sentía por Amaya ni ignorar el vínculo que lo mantenía atado a la hacienda y a los recuerdos de Miguel. Además le había prometido a su padrino que la cuidaría.