La señorita Serrano sigue de pie

1288 Palabras
Amaya yacía en la cama, envuelta en las sábanas como si fueran un refugio contra el mundo que se desmoronaba a su alrededor. Su cabello desordenado caía sobre sus hombros, y sus ojos permanecían cerrados, aunque no dormía del todo. Era como si quisiera desaparecer, como si al permanecer quieta y aislada pudiera ignorar el vacío que sentía desde la muerte de su padre. Arturo estaba de pie frente al espejo, ajustándose la corbata con movimientos precisos. Se había instalado en la habitación desde el primer día, adueñándose del espacio como si siempre hubiera sido suyo. Vestía un traje oscuro perfectamente entallado, la imagen de un hombre seguro y calculador. Al terminar, se giró hacia Amaya, quien apenas reaccionó al sonido de sus pasos acercándose. —Amor, debes levantarte —dijo con voz suave mientras se sentaba en el borde de la cama, inclinándose hacia ella—. No puedes seguir así. Déjame ayudarte. Amaya entreabrió los ojos, pero no dijo nada. Arturo aprovechó la ocasión para deslizar una mano por su cuello, acariciando su piel con movimientos deliberadamente lentos. Luego acercó sus labios a los de ella, pero en lugar de besarla, dejó un rastro de besos en su mandíbula y hasta su oído. Amaya estaba tumbada en la cama, su mirada perdida en el techo, como si cada rincón de su cuerpo estuviera atrapado en una parálisis emocional. Apenas reaccionó cuando escuchó un golpe suave en la puerta, seguido de la entrada de un empleado con expresión preocupada. —Señorita Amaya —dijo el hombre, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto—, hay una emergencia en los establos. Uno de los caballos está herido y necesitamos su autorización para actuar. Amaya apenas movió los ojos en dirección al empleado, sintiendo que cada palabra se le clavaba como un peso adicional sobre los hombros. Intentó levantarse, pero el esfuerzo parecía titánico. Arturo, quien aún estaba en la habitación, intervino rápidamente. —Amor, no te preocupes por esto —dijo con un tono tranquilo y protector, acercándose a ella y colocándole una mano en el hombro—. Si no te sientes bien, yo puedo encargarme de la situación. Amaya lo miró brevemente, sus ojos vacíos, carentes de toda energía. Por un instante pareció intentar considerar qué hacer, pero luego suspiró, derrotada. —Hagan lo que Arturo diga —respondió con un hilo de voz, antes de darse la vuelta en la cama y cubrirse con la sábana. La luz del sol inundó la habitación de Amaya cuando Maribel, su nana, abrió las cortinas de golpe. El aire fresco entró, disipando el ambiente cargado y melancólico que había dominado el espacio durante días. Amaya gimió desde la cama, enterrando su rostro en la almohada. —Quiero dormir, Maribel —murmuró con voz apagada, sin molestarse en mirar hacia la puerta. —Suficiente tengo con Mariano —respondió Maribel, firme pero con ese toque de cariño que siempre le caracterizaba—. Ya es hora de que te levantes, niña. Amaya apenas movió un hombro, un gesto que intentaba ser un rechazo. —No tengo ganas, nana. Maribel se acercó a la cama y se sentó a su lado. Con manos hábiles y llenas de años de experiencia, acarició el cabello de Amaya. —Lo sé, mi niña, lo sé. Pero esconderte en esta cama no va a resolver nada. Tu padre no te crió para rendirte. Amaya dejó escapar un suspiro pesado. —¿Y qué sentido tiene? Papá ya no está. Nada tiene sentido ahora. —Claro que tiene sentido —replicó Maribel, con un tono que no aceptaba discusión—. Tienes una hacienda que cuidar, un hermano que te necesita, y, sobre todo, tienes que demostrarle a todos esos buitres que tú eres más fuerte de lo que creen. Amaya se giró lentamente hacia su nana, sus ojos enrojecidos por el llanto y el agotamiento. —¿Y si no puedo, nana? —preguntó en un susurro quebrado. Maribel tomó su mano con firmeza. —Claro que puedes. Eres una Serrano. Tu padre estaría muy orgulloso si te viera ahora levantarte, enfrentarte a todo y defender lo que es tuyo. Las palabras de Maribel resonaron en el corazón de Amaya. Lentamente, como si la fuerza comenzara a regresar a su cuerpo, se sentó en la cama. —Está bien, nana. Me levantaré. Maribel sonrió, satisfecha. —Esa es mi niña. Ahora, date una ducha, ponte algo bonito y ven al comedor. Necesitas comer algo y que te vean. Mostremos a todos que la señorita Serrano sigue de pie. Amaya asintió, sintiendo un leve destello de determinación encenderse en su pecho. Era hora de salir de la oscuridad. Se vistió lentamente con la ayuda de Maribel, aún con el peso de la tristeza sobre sus hombros, pero decidida a enfrentar lo que vendría. Al salir al jardín, la luz del sol la golpeó suavemente, y por un momento, respiró profundamente, buscando algo de consuelo en el aire fresco. Sin embargo, al ver a su tía Cecilia y a Berenice conversando entre ellas, una sensación de incomodidad la invadió. Cecilia, al ver que Amaya se acercaba, giró la cabeza y la observó con una mirada crítica. Berenice, su hija, ni siquiera se molestó en saludarla, concentrada en una conversación con su madre —¡Maribel rápido traeme un jugo!— Berenice le truena los dedos. —¡Maribel no es una empleada! —exclamó Amaya con su voz quebrada pero firme, dirigiéndose a su prima—. Ella ha sido como una madre para mí, no es alguien a quien puedas dar órdenes. Cecilia, con su habitual aire de superioridad, levantó una ceja y sonrió de manera fría, como si lo que Amaya acababa de decir fuera trivial. —Tú deberías ser más respetuosa, Amaya —dijo, levantando la voz ligeramente, sin apartar la mirada de su sobrina—. Yo te eduqué para que supieras cómo mantener a la servidumbre en su lugar. Maribel está aquí para servir, como todos los demás. —No, tía. No lo voy a permitir —replicó, su voz firme ahora—. Maribel merece respeto. Y si ustedes no pueden dárselo, entonces soy yo quien las mantendrá a ustedes en su lugar. —Eres demasiado ingenua si crees que tienes el control aquí —le dijo, sin perder la calma, pero con un tono mordaz—. Tendrás que aprender a comportarte como la mujer que eres, no como una niña consentida.Amaya, no seas tonta. Esta hacienda no es un lugar para ti. Es un cúmulo de polvo y ruina. Tú eres una mujer de familia, de sociedad, no de tierras y peones. He hablado con el señor Valencia, y él está dispuesto a comprar la hacienda, y a un precio excelente. Tú y Mariano podréis vivir cómodamente en la ciudad, donde realmente pertenecen. —No tía, yo jamás venderé el legado de mi padre —dijo con firmeza, alzando la voz, aunque sin perder la calma—. Este lugar es parte de mi historia. No voy a permitir que lo destruyas por dinero ni por conveniencia. Ni siquiera al padre de Arturo, ni a nadie más. —¿Crees que eres capaz de mantener esto sola, sin la ayuda de nadie? —replicó, intentando no mostrar su enojo—. No tienes los medios ni la experiencia para manejarlo. No tienes a tu padre aquí para respaldarte, y mucho menos a Mariano, que solo se preocupa por la bebida y el juego. —No necesito su aprobación —contestó Amaya con firmeza, su mirada tan decidida como nunca—. Esta hacienda es mía, y la voy a mantener. Si no les gusta, pueden irse.
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