Sebastián caminaba con paso firme, su rostro cargado de frustración y enojo. No podía entender por qué Arturo había cambiado al veterinario que siempre había cuidado a los caballos. Sabía que no era una decisión tomada sin más, y su orgullo herido lo impulsaba a enfrentarse al hombre que había ocupado el lugar de su padrino y de su hermano.
Se acercó rápidamente a Arturo, que estaba supervisando unos caballos en el establo. Sebastián no podía contener las palabras.
—¿Por qué cambiaste al veterinario? —le espetó, su voz tensa y llena de rabia. —¡El viejo Pérez se encargaba de los caballos desde hace años! Sabes que esos animales necesitan cuidados especiales, ¿por qué trajiste a otro?
Arturo lo miró, un brillo de diversión en los ojos al ver la indignación de Sebastián. Era evidente que disfrutaba de esa pequeña confrontación, de tener el control sobre él.
—¿Un peón como tú me va a dar lecciones de cómo manejar a los caballos? —Arturo se burló, sin esconder su desdén. —Si tienes algún problema, deberías haberlo hablado antes, pero tal vez no sepas cómo hacerlo, ¿verdad?
La humillación era evidente en las palabras de Arturo, y Sebastián sentía cómo su paciencia llegaba al límite. Pero antes de que pudiera decir algo más, la voz de Amaya resonó con fuerza desde el umbral del establo.
—¡Basta ya, los dos! —gritó con firmeza, entrando de manera decidida en el lugar, su mirada fulminante. No podía soportar ver cómo se enfrentaban de esa manera. No solo la tensión entre ellos la incomodaba, sino también la constante pelea de poder.
Arturo, al notar la presencia de Amaya, se giró hacia ella con una expresión más calmada, como si de repente la situación ya no fuera tan grave. Aprovechó para hacer un giro de víctima, como solía hacer cuando las cosas se ponían incómodas.
—Amaya, tú me pediste que me encargara de todo esto —dijo Arturo con tono suave, pero cargado de una falsa humildad. —Yo solo estoy haciendo lo que me pediste, tú sabes que no tengo problema en ocuparme de la hacienda. Estoy tratando de hacer lo mejor para todos, especialmente para ti.
—De las decisiones de la hacienda me encargo yo —dijo Sebastián, su voz firme, dejando claro que ya no permitiría que nadie interfiriera en sus acciones ni en las de Amaya.
Arturo soltó una risa burlona, la cual resonó en el aire, y se acercó un poco más a Amaya, como si intentara reafirmar su poder.
—Amor, ¿permitirás que este peón te hable así? —preguntó Arturo, subestimándolos a ambos. —Es evidente que tu papá le dio demasiada libertad, pero ahora las cosas son diferentes. Tú eres la dueña, Amaya.
—No te das cuenta que te está manipulando —le dijo, su voz un poco más suave pero aún cargada de desesperación. —Ahora es lo del veterinario, pero después aumentará. Quiere ponernos en contra, Amy.
—Amy... —rió, la risa llena de burla—. Ella es la señorita Serrano para ti, muerto de hambre.
—Basta —dijo, al fin, con voz firme, aunque su tono mostraba un dejo de inseguridad. —De ahora en adelante, las decisiones las tomaré yo. Y no me importa lo que pienses, Arturo, ni lo que digas. Este es mi hogar, y no voy a permitir que me manipulen ni tú ni nadie más.Sebastián, vamos a mi despacho .
—¿A tu despacho? —repitió Arturo, su tono irónico y cargado de desdén. — Claro, Amaya. Haz lo que quieras.
—Vamos, Amaya. —respondió Sebastián con voz suave, tratando de tranquilizarla mientras la seguía hacia la puerta.
Sebastián simplemente la siguió al despacho y se sentó a su lado.
—Amy, no confío en ese miserable. Sé que están juntos y sientes que ese imbécil te está apoyando, pero solo se aprovecha de ti. —dijo Sebastián, su tono tenso y cargado de frustración mientras se acercaba más a ella, sin dejar de mirarla.
—No quiero hablar de mi relación con Arturo. —dijo en un susurro, pero lo suficientemente firme como para que Sebastián supiera que la conversación no iba por ese camino.
—Amaya, te lo estoy diciendo porque te conozco. No quiero verte hundida en esa mentira. —dijo él finalmente, su voz suavizada por la preocupación, aunque su tono seguía siendo firme. —Arturo no te quiere, no como tú te mereces. Solo está jugando contigo, y lo sabes.
—Sebastián, Arturo es mi pareja y quiero estar con él. —dijo con voz firme, aunque en su interior sentía una mezcla de sentimientos conflictivos que ni siquiera ella comprendía del todo. —Puedes cuestionar mis decisiones en la hacienda, pero no las personales.
—Yo jamás me interpuse entre Camila y tú, Sebastián. Y si no fuera por la muerte de mi padre, estarías casado con ella.
—Yo fui un idiota, Amy. —dijo él finalmente, su voz quebrada, como si un peso inmenso lo aplastara. —Y siempre lo seré por no haber estado cuando más me necesitabas cuando murió tu papá.
—No me importa, Sebastián... —dijo Amaya, con una calma tensa que le costaba mantener. —Solamente necesito tu ayuda con la hacienda y no quiero problemas entre Arturo y tú, lo entiendes, ¿verdad?
—Sí. —respondió con voz grave, como si esas palabras le costaran más de lo que quería admitir.