➽➽➽ RICCARDO ➽➽➽
Bianca seguía con la respiración entrecortada, sus labios entreabiertos por la sorpresa, su piel ardiendo contra mis dedos. Su vulnerabilidad, su inocencia, la forma en que se entregaba sin siquiera darse cuenta... era demasiado tentador.
Sin pensarlo más, la sujeté por la cintura y la levanté de la silla con facilidad, pegándola a mi pecho en un solo movimiento.
—¡P-profesor! —exclamó con un jadeo ahogado, aferrándose a mi camisa por instinto.
—Dime que me detenga —murmuré contra su oído, deslizando mis manos lentamente por su espalda.
Su cuerpo tembló contra el mío.
—Y-yo...
No lo dijo.
No podía decirlo.
Porque ella también lo quería.
Mis labios encontraron los suyos otra vez, pero esta vez no fue un beso suave. No fue un beso para probar, para tantear el terreno.
Esta vez, la besé con la intensidad con la que llevaba días conteniéndome.
Bianca jadeó contra mi boca, su cuerpo completamente tenso al principio, pero luego su resistencia se desmoronó en cuestión de segundos. Se aferró a mí con más fuerza, sus dedos agarrando la tela de mi camisa como si necesitara sostenerse de algo, como si el suelo debajo de ella hubiera desaparecido.
Deslicé una mano hasta su nuca, enredando mis dedos en su cabello mientras profundizaba el beso, explorando, probando, devorando. Su sabor, su respiración, el leve gemido ahogado que dejó escapar cuando mi lengua rozó la suya...
Joder.
No me detuve.
No podía detenerme.
Mi otra mano descendió por la curva de su cintura, trazando la línea de su espalda hasta su cadera.
—Eres tan pequeña en mis brazos... —murmuré entre besos, deslizando mis labios hasta su mandíbula—. Tan jodidamente dulce...
Bianca se estremeció y dejó escapar un sonido entre un jadeo y un gemido reprimido.
—N-no...
—No, ¿qué? —susurré contra su cuello, dejando un rastro de besos lentos—. ¿No quieres esto?
Su respiración se cortó.
Esperé.
Y esperé.
Pero nunca respondió.
Sonreí contra su piel y mordí suavemente la curva de su cuello, provocando que su cuerpo se arqueara contra el mío.
—Dímelo, Bianca —murmuré, recorriendo la línea de su clavícula con mis labios—. Dime que no te gusta.
—P-profesor...
Su voz tembló, su piel ardía bajo mis manos, y su respiración era errática.
—Dímelo, pequeña.
Soltó un pequeño gemido contenido y se aferró aún más a mi camisa.
—E-está mal...
Sonreí contra su piel.
—Eso no fue un no.
Deslicé mis manos lentamente por su espalda, trazando cada curva, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba ante cada roce.
—Joder, Bianca... —murmuré con la voz cargada de deseo—. No tienes idea de lo difícil que es contenerme contigo.
Ella soltó un pequeño jadeo y apretó los ojos cerrados.
—¡No diga esas cosas!
—¿Por qué no?
—Porque... porque... ¡porque no!
Sonreí con diversión y la miré fijamente.
—Estás tan nerviosa... tan roja...
—¡Cállese!
—Me gusta verte así.
—¡Dios, me voy a morir!
Solté una risa baja y la pegué más a mi cuerpo, disfrutando de su caos interno.
Pero justo cuando pensaba que la tenía completamente atrapada, algo cambió. Bianca de repente abrió los ojos, como si un interruptor se hubiera encendido en su cabeza.
Y entonces...
—¡No, no, no! —exclamó de golpe, apartándose bruscamente de mis brazos.
Fruncí el ceño, sorprendido por su reacción.
—¿Bianca?
—¡No, no puedo, no debo! —balbuceó, llevándose las manos a la cabeza.
La observé con atención mientras agarraba desesperadamente sus gafas del escritorio, sus manos temblorosas mientras intentaba ponérselas de nuevo.
—Bianca...
—¡N-no sé qué acaba de pasar, pero no pasó nada! ¡Nada!
—¿Nada? —repetí con calma, cruzándome de brazos.
—¡Sí, nada! ¡Nada de nada! ¡Olvídelo!
—¿Quieres que lo olvide?
—¡Sí!
—No puedo hacer eso.
Bianca se congeló, apretando las gafas en su rostro.
—¡Dios, no, por favor, olvídelo!
Sonreí levemente y di un paso hacia ella.
—No creo que pueda olvidar lo bien que besas, pequeña.
—¡JODER, NO DIGA ESO!
Y antes de que pudiera reaccionar, Bianca giró sobre sus talones y salió corriendo de la oficina.
Me quedé en silencio, parpadeando lentamente mientras observaba la puerta cerrarse de golpe detrás de ella.
Y luego...
Solté una risa baja y me pasé una mano por el cabello.
Definitivamente, esto se estaba saliendo de control.
Pero joder...
Qué bien se sentía.
➽➽➽ BIANCA ➽➽➽
Salí de la universidad con el corazón latiéndome a mil por hora, mis piernas aún temblorosas y mi mente en completo caos. No podía creer lo que acababa de pasar.
No podía creer lo que había hecho.
Llevé una mano a mis labios, sintiendo aún el calor de sus besos, la forma en que sus manos habían recorrido mi cuerpo, su voz grave diciéndome esas cosas que nunca nadie me había dicho.
Dios.
Tenía que salir de ahí.
Sin pensarlo demasiado, saqué mi teléfono y escribí rápidamente un mensaje.
Bianca: Charlotte, necesito que estés en mi casa cuando llegue. Es una emergencia.
El doble check azul apareció casi de inmediato, y su respuesta no tardó en llegar.
Charlotte: ¡¿QUÉ PASÓ?!
Bianca: Solo dime que estarás ahí.
Charlotte: Voy en camino, loca. Pero si no me cuentas todo, te juro que te mato.
Guardé el teléfono en mi bolso y apresuré el paso hasta el auto que mi familia me había asignado, donde el chofer ya me esperaba.
—A casa, por favor —dije con voz tensa, mirando por la ventana mientras el auto arrancaba.
El camino fue un completo desastre en mi cabeza. Una parte de mí intentaba racionalizar lo que había pasado. Decirme que fue un error, que el momento se salió de control, que todo fue producto del calor del instante.
Pero la otra parte...
La otra parte solo podía pensar en lo bien que se sintió.
Maldición.
No, no podía permitirme pensar en eso.
Para cuando llegué a casa, Charlotte ya estaba esperándome en la entrada, con los brazos cruzados y una mirada de pura impaciencia.
—Te tardaste demasiado —dijo en cuanto bajé del auto.
—Acabo de salir de la universidad... —murmuré con cansancio.
Charlotte entrecerró los ojos y me tomó del brazo, arrastrándome sin piedad hasta mi habitación.
—¡Habla ya!
—¡Dios, dame un segundo para respirar!
—¡No hay tiempo para respirar, mujer! ¡Me mandaste un mensaje de emergencia!
Antes de que pudiera responder, sentí un pequeño peso peludo rozando mis piernas.
Bajé la vista y sonreí al ver a mi gatita Ángela mirándome con sus grandes ojos azules.
—Hola, mi amor —susurré, inclinándome para cargarla.
Ángela ronroneó suavemente, frotando su cabeza contra mi cuello mientras yo me aferraba a ella como si fuera mi única salvación en ese momento.
Charlotte, por otro lado, no tenía paciencia alguna.
—No intentes distraerme con tu gata. ¡Dime qué pasó!
Solté un suspiro y me dejé caer en la cama con Ángela en brazos.
—Pasó... algo.
Charlotte se subió a la cama de un salto y me miró con los ojos brillando de emoción.
—¿Algo qué?
Tragué saliva y cerré los ojos por un segundo antes de soltarlo de golpe.
—Besé a Mr. Romano.
El grito que salió de la boca de Charlotte fue tan fuerte que Ángela saltó de mis brazos con un maullido de queja y corrió a esconderse debajo del sofá.
—¡¿QUÉEEE?!
Me llevé las manos a la cara, sintiendo mi piel arder.
—¡No fue planeado!
Charlotte me agarró de los hombros, sacudiéndome ligeramente.
—¡DIME TODO, MALDITA SEA!
Solté un suspiro y dejé caer la cabeza en la almohada.
—Fue después de la clase... Amelia volvió a molestarme y él la puso en su lugar... luego me llevó a su oficina y...
—Y...
Me mordí el labio con fuerza.
—Y me limpió las lágrimas... y luego...
Charlotte me miraba como si quisiera estrangularme por estar dándole información a cuenta gotas.
—¡¿Y LUEGO QUÉ?!
—Intenté besarlo.
El silencio fue absoluto por unos segundos.
Charlotte parpadeó lentamente, procesando lo que acababa de escuchar.
—... Tú intentaste besarlo.
—¡No fue intencional!
—¿Cómo mierda besas a alguien sin intención?
—¡No lo sé! ¡Fue como un reflejo!
Charlotte me miró con los ojos entrecerrados, claramente sin creerme ni un poco.
—¿Y él qué hizo?
Apreté los labios.
—Se apartó... al principio.
Charlotte entrecerró más los ojos.
—¿Al principio?
Me cubrí la cara con ambas manos y murmuré contra mis dedos.
—Luego él me besó.
Charlotte soltó un nuevo grito y se lanzó sobre la cama, rodando de un lado a otro como si estuviera teniendo un ataque.
—¡NO LO PUEDO CREER! ¡BIANCA, MALDITA SUERTUDA!
Yo, en cambio, me sentía al borde de un colapso nervioso.
—¡No es algo bueno!
Charlotte se detuvo de inmediato y me miró con incredulidad.
—¿No es algo bueno? ¿Me estás jodiendo? ¡Te besaste con tu jodidamente sexy profesor!
—¡Exacto, mi profesor!
Charlotte resopló con impaciencia.
—Y dime, ¿acaso no te gustó?
Tragué saliva y desvié la mirada.
—Eso no importa...
Charlotte se inclinó peligrosamente cerca.
—Oh, sí importa.
—¡No, no importa!
—¡Sí importa, porque si te gustó, significa que lo quieres!
Mi corazón se detuvo por un segundo.
La miré con los ojos grandes, sin saber qué responder.
Charlotte sonrió lentamente.
—Oh, Dios... lo quieres.
Me tapé la cara con ambas manos y solté un gemido de frustración.
—¡Cállate!
—¡BIANCA LOMBARDI, TE HAS ENAMORADO DE TU PROFESOR!
—¡CÁLLATE!
Charlotte se echó a reír y saltó sobre la cama, mientras yo me revolvía en la almohada, muriendo de vergüenza.
Pero por más que intentara negarlo...
La verdad era imposible de ignorar.