Capítulo 17

1460 Palabras
➽➽➽ BIANCA ➽➽➽ Charlotte se revolcaba en la cama, riéndose con pura satisfacción mientras yo intentaba hacerme la muerta sobre la almohada. —Dios, esto es mejor que cualquier novela erótica que haya leído —dijo con un suspiro dramático, llevándose la mano al pecho como si estuviera a punto de desmayarse por la emoción. Grite y me cubrí la cara con la almohada. —No quiero que me sigas contando nada. Charlotte me miró con incredulidad. —¿Cómo que no quieres? ¡Tú fuiste la que empezó con todo esto! —¡Me arrepiento! —Demasiado tarde, nena. Ahora me debes todos los detalles. Solté un suspiro largo y pesado, tratando de calmarme, pero cada vez que cerraba los ojos, lo único que veía era su rostro, la forma en que me miró antes de besarme, su cuerpo pegado al mío, su voz baja y ronca diciéndome que lo quería... Dios. Esto estaba mal. Muy mal. —Salí corriendo de su oficina... —murmuré, sintiendo aún la adrenalina en mis venas. Charlotte frunció el ceño. —¿Qué? —Salí corriendo de su oficina... —repetí con voz más baja, cubriéndome la cara. Charlotte soltó un bufido. —¿Por qué harías eso? Me senté de golpe y la miré con desesperación. —¡Porque esto es un desastre, Charlotte! Ella levantó una ceja con calma. —¿Es un desastre... o solo tienes miedo de admitir que te gusta? Apreté los labios y desvié la mirada, sintiendo el peso de sus palabras caer sobre mí como una roca. —Se te olvida, Charlotte... mis padres ya me están comprometiendo —murmuré con amargura, pasándome una mano por el cabello—. Romano es mi profesor. Mis padres jamás aceptarían esto. Dios, ya puedo imaginármelos diciendo que no es de nuestra sociedad. Charlotte puso los ojos en blanco y me dio un golpe suave en el brazo. —A la mierda tus padres y el compromiso. Si te gusta Romano, inténtalo con él. La miré como si estuviera loca. —¿Estás escuchando lo que dices? —Sí, y tengo razón —dijo con una sonrisa arrogante. —Charlotte... esto no es tan simple. —Claro que lo es. ¿Te gusta Romano? —¡Eso no importa! —¡Sí importa! Me llevé las manos a la cabeza, sintiendo mi corazón latir con fuerza. —No puedo hacerlo, Charlotte. No puedo. —¿Por qué? —Porque... ¿y si no funciona? Charlotte sonrió lentamente, con esa expresión que siempre tenía cuando estaba a punto de soltar algo que me haría explotar. —¿Y si sí funciona? Parpadeé, sin saber qué responder. —Bianca... —dijo con más calma, tomando mis manos entre las suyas—. Has pasado toda tu vida viviendo bajo las reglas de tus padres, haciendo lo que ellos esperan de ti, vistiéndote como ellos quieren, estudiando lo que apenas te dejaron elegir. Apreté los labios. —¿Y si esta vez haces algo solo porque tú quieres? Mi respiración se detuvo por un segundo. —Esto es una locura... —Tal vez... pero a veces las mejores cosas en la vida empiezan con una locura. Solté un suspiro largo y miré hacia el techo, sintiéndome atrapada en mis propios pensamientos. Me gustaba. Claro que me gustaba. Y la forma en que me besó... Dios, no era solo atracción. Era más que eso. Y eso era lo que me aterraba. Charlotte sonrió y me apretó la mano. —No tienes que decidir ahora. Pero al menos deja de huir, Bianca. Porque tarde o temprano, tendrás que enfrentarlo. Y lo peor de todo es que sabía que tenía razón. ➽➽➽ RICCARDO ➽➽➽ La noche llegó y Bianca seguía sin responder mis mensajes. No me sorprendía. Después de la forma en que salió corriendo de mi oficina, con el rostro ardiendo de vergüenza y su respiración errática, sabía que su primera reacción sería huir. Lo único que no esperaba era su silencio absoluto. Me recosté en el sofá de mi apartamento con un vaso de whisky en la mano, observando el teléfono sobre la mesa como si pudiera hacer que sonara con solo mirarlo. Nada. Solté un suspiro y tomé un sorbo del licor, sintiendo el ardor recorrer mi garganta. Sabía que con su timidez y su tendencia a sobrepensar todo, Bianca no solo intentaría cambiar de profesor... sino que probablemente estaría considerando dejar la universidad por completo. Y eso no iba a permitirlo. Tomé el teléfono y volví a escribirle. Riccardo: Bianca, contéstame. Nada. Esperé unos minutos y escribí de nuevo. Riccardo: Sé que estás leyendo esto. No huyas de mí. Pasaron unos segundos y vi las dos palomitas azules. Sonreí con satisfacción. Pero el mensaje nunca llegó. Fruncí el ceño y me pasé una mano por el cabello, sintiendo una leve frustración crecer en mi pecho. Bien. Si quería ignorar mis mensajes, entonces probaríamos con otra cosa. Deslicé mi dedo por la pantalla y presioné el botón de llamada. El tono sonó una vez. Dos veces. Tres veces. Cuatro. —No lo hagas, Bianca —murmuré para mí mismo. Y entonces, justo cuando estaba a punto de ir al buzón de voz... —¿Q-qué quiere? Sonreí con calma al escuchar su voz temblorosa. —Por fin —murmuré, recostándome más cómodamente en el sofá—. Pensé que ibas a seguir ignorándome toda la noche, pequeña. —¡No me llame así! —exclamó de inmediato, su voz un poco más aguda de lo normal. Reprimí una risa. —¿Por qué no? —Porque... porque no quiero hablar con usted. Me quedé en silencio por unos segundos antes de responder con voz tranquila. —Entonces, ¿por qué contestaste? Silencio. Sabía que no tenía respuesta para eso. —Bianca... —murmuré con calma—. No huyas de esto. —¡No estoy huyendo! —Claro que lo estás. —¡No es cierto! —¿Entonces por qué no me respondiste antes? —Porque... porque... ¡porque no sé qué decirle! Sonreí levemente y jugueteé con el vaso de whisky en mi mano. —No tienes que decir nada. Solo quiero saber si estás bien. Ella soltó un suspiro largo y tembloroso. —No sé si estoy bien... Mi sonrisa se desvaneció levemente. —¿Por qué? —Porque... porque no sé qué hacer con esto. No pregunté a qué se refería. Lo sabía perfectamente. —No tienes que decidir nada ahora —murmuré con calma—. Solo quiero que dejes de evitarme. —Es difícil. —¿Por qué? —Porque cuando estoy cerca de usted... —Bianca se detuvo y su respiración se volvió más pesada—. Mi mente se vuelve un desastre. Una calidez familiar se extendió por mi pecho ante sus palabras. —¿Un desastre? —Sí... no puedo pensar con claridad. Me vuelvo torpe. Digo cosas en voz alta sin darme cuenta. Y... y mi cuerpo... Levanté una ceja. —¿Tu cuerpo qué, Bianca? —¡Nada! ¡Olvídelo! Reprimí una risa y tomé otro sorbo de mi whisky. —¿Quieres saber un secreto? —N-no... —Yo tampoco puedo pensar con claridad cuando estás cerca. Silencio. Su respiración se volvió más errática. —¿P-por qué me dice eso? —Porque es la verdad. —Pero... usted... —Dime, Bianca... —murmuré con voz más baja, dejando que mi tono se volviera más grave—. ¿Has pensado en lo que pasó hoy? —¡No! —Mentirosa. —¡No lo soy! —Entonces dime... ¿qué sentiste cuando te besé? Bianca jadeó suavemente, sin saber cómo responder. —No... no sé... —Sí lo sabes. Solo no quieres admitirlo. —¡No es cierto! Sonreí levemente, disfrutando de su caos. —¿Quieres que lo haga de nuevo? —¡Dios, deje de decir esas cosas! —Responde la pregunta. —¡No puedo! —¿Por qué no? —Porque... porque si lo hago... —¿Si lo haces, qué? Silencio. Esperé. Bianca tragó saliva con dificultad antes de susurrar: —Voy a querer más. Mi sonrisa se desvaneció ligeramente y sentí un calor recorrerme de pies a cabeza. Joder. Eso no me lo esperaba. Tomé aire con calma y me pasé una mano por la mandíbula, sintiendo que las cosas estaban a punto de salirse de control. —Bianca... —¡Tengo que irme! —No cuelgues. —¡Buenas noches, profesor! Y la llamada se cortó. Me quedé en silencio, mirando la pantalla de mi teléfono con incredulidad antes de soltar una risa baja. Definitivamente, esto no había terminado. Apenas estaba comenzando.
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