Capítulo 18

1513 Palabras
➽➽➽ RICCARDO ➽➽➽ Me quedé con el teléfono en la mano, observando la pantalla con una mezcla de incredulidad y diversión. —Cobarde —murmuré, dejando escapar una risa baja mientras me recostaba en el sofá. La forma en que había huido, la manera en que su voz había temblado cuando admitió que quería más... Joder. Cerré los ojos y pasé una mano por mi mandíbula, dejando escapar un suspiro largo. Esto estaba yéndose por un camino del que no había vuelta atrás. Y lo peor de todo... No quería detenerlo. Volví a mirar el teléfono, considerando la idea de llamarla otra vez, pero sabía que no contestaría. Probablemente estaría en su habitación, revolcándose en la cama con vergüenza, tratando de convencerse de que esto no significaba nada. Pero lo hacía. Y ambos lo sabíamos. Me incorporé lentamente y me serví otro trago de whisky, dejando que el calor del licor recorriera mi garganta mientras mi mente volvía, una y otra vez, a la sensación de su cuerpo contra el mío. Su respiración errática. El leve jadeo que dejó escapar cuando mis labios se deslizaron por su cuello. El temblor en sus manos cuando intentó detenerme, pero no pudo. Joder. Pasé una mano por mi cabello y solté una risa baja. —Me estoy jodiendo solo —murmuré para mí mismo, recargándome contra la barra de la cocina. Sabía que lo correcto era dejarla tranquila. Sabía que debería actuar como el profesor responsable que se supone que era y darle espacio para que procesara lo que pasó. Pero el problema con hacer lo correcto... Es que nunca me ha importado lo correcto. Di un último sorbo al whisky y dejé el vaso en la mesa antes de volver a tomar el teléfono. Riccardo: No vas a poder dormir esta noche. Esperé. Las palomitas azules aparecieron casi al instante. Sonreí. Pero el mensaje nunca llegó. Fruncí el ceño y escribí de nuevo. Riccardo: No sirve de nada que lo ignores, Bianca. Nada. Mi sonrisa creció. Bien. Si quería jugar a ignorarme, dos podíamos jugar ese juego. Apagué el teléfono y me dirigí a la ducha, dejando que el agua caliente relajara mis músculos mientras mi mente no hacía más que visualizarla. No importa cuánto intentara evitarlo. No importaba cuánto quisiera negarlo. Bianca Lombardi me pertenecía. Solo era cuestión de tiempo para que lo entendiera. ➽➽➽ BIANCA ➽➽➽ Me lancé en la cama con el teléfono pegado a mi pecho, mi respiración aún errática y mi corazón golpeando con fuerza contra mis costillas. ¿Qué demonios acababa de pasar? Dios, ¿por qué había dicho eso? Me cubrí la cara con las manos, sintiendo cómo el calor en mis mejillas no bajaba ni un poco. ¿Cómo había tenido la osadía de decirle que si admitía lo que sentía, iba a querer más? No tenía remedio. No tenía maldito remedio. El teléfono vibró de nuevo en mi mano y mi corazón dio un vuelco. Riccardo: No vas a poder dormir esta noche. Tragué saliva con dificultad, sintiendo el peso de esas palabras recorrerme como un escalofrío. Oh, no. Oh, Dios, no. No iba a responder. No iba a darle esa satisfacción. El teléfono volvió a vibrar. Riccardo: No sirve de nada que lo ignores, Bianca. Apreté los labios y apagué la pantalla, dejándolo a un lado. Charlotte entró en la habitación en ese momento y se me quedó mirando con los ojos entrecerrados. —¿Qué hiciste ahora? —Nada. —Mentirosa. —¡No hice nada! Charlotte entrecerró más los ojos y saltó a la cama, agarrando el teléfono con rapidez antes de que pudiera detenerla. —¡Charlotte, no! Pero ya era demasiado tarde. Su mirada recorrió los mensajes en segundos y su expresión pasó de curiosidad a pura emoción. —Dios santo... —susurró con una sonrisa enorme—. ¡Se están mandando mensajes calientes! —¡No es cierto! —¿No vas a poder dormir esta noche? —repitió con una voz burlona—. ¡Bianca, esto es oro puro! Me tapé la cara con las manos. —¡Devuélveme el teléfono! Charlotte sonrió maliciosamente y empezó a escribir. Abrí los ojos con horror. —¡NO! Intenté quitárselo, pero se movió rápido, esquivándome. —¡Solo un mensajito inocente! —¡No te atrevas! —Muy tarde. Me congelé en seco. —¿Qué hiciste? Charlotte sonrió de oreja a oreja y me mostró la pantalla. Bianca: No podré dormir porque estoy pensando en usted. Mi corazón se detuvo. La sangre desapareció de mi rostro. —¡LO VOY A MATAR! Charlotte soltó una carcajada y lanzó el teléfono sobre la cama justo cuando vibró con una nueva notificación. Con el estómago hecho un nudo, miré la pantalla. Riccardo: Buena chica. Oh. Dios. Mi cara ardió al instante, y sentí como si todo el aire hubiera sido arrancado de mis pulmones. —No... —murmuré, sintiendo cómo el calor subía hasta mis orejas. —Sí —dijo Charlotte con una sonrisa maliciosa. Me giré hacia ella con los ojos abiertos de puro horror. —¡¿Qué acabas de hacer?! Charlotte se echó a reír y me arrebató el teléfono de las manos antes de que pudiera reaccionar. —Voy a hacer esto aún más divertido. —¡Charlotte, no! —Charlotte, sí. Antes de que pudiera detenerla, descolgó mi teléfono y marcó un número con rapidez. No cualquier número. El suyo. El de Romano. Mi corazón se detuvo. —¡Dámelo! —grité, intentando arrebatarle el teléfono. Pero Charlotte, maldita experta en caos, esquivó mi intento y, con una sonrisa burlona, presionó el botón de altavoz. El tono sonó una vez. Dos veces. Tres. —Dios, no, no, no, no... —murmuré, tapándome la cara con las manos. Y entonces... —Bianca. Mi mundo colapsó. Su voz sonó baja, grave, intensa. Charlotte se llevó una mano al pecho con dramatismo. —Maldición, tiene una voz de pecado —murmuró con una sonrisa. Lo fulminé con la mirada, pero no tuve tiempo de reaccionar cuando Romano volvió a hablar. —¿No puedes dormir, pequeña? —preguntó con tono divertido. Cerré los ojos con fuerza. Dios. Dios. —Eh... —fue lo único que pude decir, mi garganta seca como un desierto. Charlotte sonrió aún más y se inclinó hacia el teléfono. —No puede dejar de pensar en usted, profesor. Mis ojos se abrieron como platos. —¡Charlotte, cállate! Romano rió suavemente al otro lado de la línea. —Eso pensé. El tono de su voz me recorrió como un escalofrío y sentí que mis piernas temblaban. Charlotte, encantada con el desastre que estaba creando, decidió seguir jugando. —¿Y usted, profesor? ¿Tampoco puede dormir? Hubo una pausa. Y entonces, su respuesta: —No cuando sé que ella está acostada en su cama, con su piel caliente y su respiración errática, tratando de no pensar en cómo se sintió cuando la besé. Mi boca se abrió, pero ningún sonido salió. Charlotte dejó escapar un jadeo dramático. —Dios, quiero un hombre así en mi vida. Yo, por otro lado, estaba a punto de sufrir un colapso. —¡Romano! —exclamé, sintiendo mi voz temblar. —Dime. —¡No diga esas cosas! —¿Por qué no? —¡Porque... porque...! —Porque sabes que es verdad. Mi estómago se contrajo y sentí que la temperatura de mi cuerpo subía diez grados. Charlotte me miró con una sonrisa enorme y me hizo un gesto para que respondiera. Negué con la cabeza rápidamente. —¡No pienso hablar! Romano soltó un suspiro bajo. —Entonces escucharás. Charlotte se inclinó aún más, absolutamente fascinada con la conversación. —Profesor, ¿qué haría si Bianca estuviera frente a usted en este momento? —¡Charlotte! —grité, horrorizada. Romano se quedó en silencio por un momento. Cuando habló, su voz fue más baja. Más oscura. —Si estuviera frente a mí en este momento, la haría olvidar todos sus miedos. Tragué saliva con dificultad. —La haría mirarme a los ojos mientras recorro cada centímetro de su piel. Mis labios temblaron. —Le recordaría con cada beso que no puede huir de lo que siente. Charlotte soltó un gemido de pura emoción. —¡Dios santo! ¡Esto es mejor que el libro erótico que estoy leyendo! Yo, en cambio, sentía que mi alma abandonaba mi cuerpo. —¡Me voy a morir! —murmuré, apretando el teléfono con las manos temblorosas. Romano rió suavemente. —Buenas noches, Bianca. Y la llamada se cortó. El silencio en la habitación fue absoluto. Charlotte me miró con la boca abierta, procesando lo que acababa de pasar. Yo, por otro lado, sentía que mi alma estaba en el limbo. Charlotte sonrió lentamente. —Bianca. No respondí. —Bianca. Seguí en shock. —Bianca... te follaste la mente de tu profesor. Me lancé sobre la almohada con un grito de frustración mientras Charlotte se reía como una lunática. Definitivamente... Estaba perdida.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR