Capítulo 19

1771 Palabras
➽➽➽ RICCARDO ➽➽➽ La clase avanzaba con normalidad, aunque mi mente estaba en otra parte. Observé a mis alumnos, algunos anotaban con rapidez, otros parecían más interesados en sus teléfonos que en la lección. Pero mi atención estaba fija en un solo detalle: el asiento vacío en la primera fila. Bianca no estaba aquí. Lo sabía desde el momento en que entré al aula y pasaron los minutos sin que apareciera. Lo confirmé cuando recibí el mensaje de Charlotte. "Soy Charlotte. Bianca no irá a la universidad hoy. Enviará una excusa más tarde. No se encuentra bien." Mentira. Y, como si lo supiera, en menos de un minuto llegó otro mensaje. "Mentira. Se encuentra bien. Solo que no quiere enfrentarlo después de lo de ayer." Sonreí con calma, apoyando mi peso sobre el escritorio mientras dejaba que mis ojos recorrieran la pantalla del teléfono. Por supuesto que estaba evitando venir. No me sorprendía. Sabía que anoche la había llevado demasiado lejos, que la hice reconocer lo que estaba tratando de negar, que la obligué a darse cuenta de que esto no era algo que podía simplemente ignorar. Y ahora, asustada, estaba huyendo. Maldita cobarde. Guardé el teléfono en el bolsillo de mi chaqueta y observé el aula, mis pensamientos oscureciéndose con cada segundo que pasaba. —Bien. Empecemos —dije con voz firme, cruzándome de brazos. Algunos estudiantes se incorporaron un poco en sus asientos, otros parecían seguir distraídos. —Abramos los libros en la página 124 —anuncié, dejando que mi tono volviera a ser el de siempre. Frío, autoritario. Las hojas comenzaron a pasar mientras todos obedecían, pero mi mente estaba atrapada en otro lugar. En otra persona. Cada palabra que le susurré anoche seguía resonando en mi cabeza. "Si estuviera frente a mí en este momento, la haría olvidar todos sus miedos." "La haría mirarme a los ojos mientras recorro cada centímetro de su piel." "Le recordaría con cada beso que no puede huir de lo que siente." Podía imaginarla perfectamente en su cama, revolcándose en las sábanas, incapaz de sacar esas palabras de su mente. Y me encantaba saberlo. Una alumna levantó la mano, sacándome de mis pensamientos. —¿Profesor? —Dime —respondí sin cambiar mi expresión. —Sobre el trabajo que mencionó la semana pasada... ¿la fecha de entrega sigue siendo la misma? Mi mirada se posó en ella por unos segundos antes de responder. —Sí. Y si alguien no lo entrega a tiempo, su calificación se verá afectada. No me interesan excusas —dije con calma, sintiendo una leve satisfacción al pensar en cierta estudiante que había enviado una excusa esta mañana. El resto de la clase continuó con normalidad, pero mi mente ya había tomado una decisión. Bianca no podía esconderse de mí para siempre. Y yo me encargaría de recordárselo. ➽➽➽ BIANCA ➽➽➽ Me revolví en la cama, abrazando la almohada como si pudiera esconderme del mundo. Pero el mundo, al parecer, tenía nombre y apellido: Charlotte Méndez. Ella me observaba con los brazos cruzados, recargada en la puerta de mi habitación con una expresión de absoluta incredulidad. —De verdad no piensas ir —dijo, sin molestarse en disfrazar su desaprobación. Fingí un suspiro cansado y enterré más la cara en la almohada. —No me siento bien. Me duele un pie —murmuré con voz débil, esperando que sonara lo suficientemente convincente. Charlotte soltó un bufido tan fuerte que hasta Ángela, mi gatita blanca, saltó de la cama con un pequeño maullido de protesta. —Por Dios, Bianca. Tú nunca faltas. Has ido hasta con resfriado a la escuela. Fruncí el ceño, girándome un poco para mirarla sin levantarme. —Eso no prueba nada. —Sí, sí lo hace. Prueba que estás huyendo como una cobarde. Bufé y giré nuevamente, cubriéndome con las sábanas hasta la cabeza. —No estoy huyendo. Charlotte se acercó con pasos lentos y, antes de que pudiera reaccionar, tiró de las sábanas, dejándome al descubierto. —¡Oye! —Dilo sin esconderte bajo las sábanas y tal vez te crea. Apreté los labios, sintiendo mi cara arder. —No quiero verlo —admití en un susurro. Charlotte rodó los ojos con exasperación. —¿Y qué planeas hacer? ¿No ir a la universidad nunca más? —Tal vez. Charlotte me miró como si estuviera hablando con una niña de cinco años. —Bianca... —¡Es que no puedo enfrentarlo! Mi mejor amiga suspiró y se dejó caer en la cama junto a mí, apoyando la cabeza en su mano mientras me observaba. —¿Por qué te da tanto miedo? Abrí la boca, pero ninguna respuesta salió. Charlotte entrecerró los ojos, como si intentara descifrarme. —Dime la verdad... ¿tienes miedo de él o de lo que sientes cuando estás con él? Mi estómago se contrajo al instante y mi garganta se cerró. —No... no sé... Charlotte sonrió levemente. —Eso no es un no. —¡Dios, Charlotte! Me cubrí la cara con ambas manos, sintiéndome completamente acorralada. Ella rió suavemente y me dio un codazo. —Vamos, dime la verdad... ¿te gustó? Mi cuerpo entero se puso tenso. Charlotte sonrió aún más. —Oh, sí te gustó. —¡No sé de qué hablas! —Sí sabes. Apreté los labios, sintiendo el calor subir hasta mis orejas. Charlotte me observó con curiosidad. —Dime, ¿qué fue lo que más te gustó? ¿Su voz? ¿Sus labios? ¿O la forma en que te sujetó? —¡Charlotte! —exclamé, horrorizada. Ella se echó a reír. —¡Vamos, Bianca! No te hagas la santa ahora. —¡No soy santa! Charlotte sonrió de manera traviesa. —Oh, lo sé. Me cubrí la cara otra vez, sintiéndome al borde del colapso. —Dios, esto es un desastre. —No lo es. Es solo complicado. Solté un suspiro largo. —Si me presento hoy, no podré ni mirarlo a la cara. Charlotte se encogió de hombros. —Eso es fácil. No tienes que mirarlo a la cara. Solo mírale el pecho. O las manos. O... otras partes. La miré horrorizada. —¡Charlotte! Ella se carcajeó. —Lo siento, lo siento. Me senté en la cama con una mueca de frustración. —¿Qué voy a hacer? Charlotte sonrió y apoyó una mano en mi hombro. —Solo hay dos opciones: enfrentarlo o seguir huyendo. Y te advierto, si sigues huyendo, él vendrá por ti. Mi cuerpo se estremeció ante la idea. Romano viniendo por mí. No, no. Mejor no pensar en eso. Sacudí la cabeza rápidamente y miré el reloj en mi mesita de noche. —No tendré que enfrentarlo hoy. Su clase termina en media hora —murmuré, tratando de convencerme a mí misma de que estaba a salvo. Charlotte arqueó una ceja con diversión. —¿Eso significa que piensas ir? Solté un suspiro pesado y asentí lentamente. —Iré porque me toca un examen con una profesora en mi tercera materia. No tengo opción. Charlotte chasqueó la lengua y se cruzó de brazos. —Ajá... La miré con el ceño fruncido. —¿Ajá qué? Su sonrisa se volvió traviesa. —Que ya encontraste una excusa para aparecer en la universidad sin sentir que en el fondo quieres verlo. Mi cara ardió al instante. —¡No es cierto! —Sí lo es. Me levanté de la cama rápidamente, tratando de ignorarla. —Tengo que cambiarme. Charlotte me observó mientras rebuscaba en mi armario, disfrutando demasiado mi caos interno. —Entonces, dime... si Romano te ve, ¿qué harás? Mi espalda se tensó. —Nada. —¿Y si te habla? —Fingiré que no lo escucho. —¿Y si te atrapa antes de que puedas huir? Me giré rápidamente, mirándola con los ojos abiertos de horror. —No lo hará. Charlotte sonrió con calma. —¿Y si lo hace? Tragué saliva y desvié la mirada. —No va a hacerlo. Charlotte soltó una risa baja y sacudió la cabeza. —Dios, Bianca. Eres adorable cuando entras en modo negación. Bufé y tomé mi ropa, empujándola fuera de la habitación. —¡Sal de aquí! —¡Solo digo la verdad! —¡Fuera! Charlotte salió entre risas mientras yo cerraba la puerta de un portazo, apoyando la espalda contra ella con un suspiro largo. Bien. Solo tenía que ir, hacer mi examen y regresar a casa sin que cierto profesor me viera. Fácil. O eso quería creer. UNA HORA DESPUÉS Caminé por los pasillos de la universidad con paso firme, sosteniendo mis libros contra el pecho como si fueran un escudo protector. Mi plan era sencillo: evitar cualquier ruta donde pudiera encontrarme con Romano y entrar directamente a mi examen. Nada de desvíos. Nada de encuentros accidentales. Sin embargo, mi estómago se contrajo con fuerza cuando pasé por el pasillo cerca de su oficina. El recuerdo de la última vez que estuve ahí golpeó mi mente como un rayo. Sus labios. Sus manos en mi cuerpo. Su voz grave diciéndome que no podía huir de lo que sentía. Mi respiración se volvió errática y aceleré el paso, repitiéndome a mí misma que solo tenía que salir de ahí antes de que... —Miss Lombardi. Me congelé. Mi corazón se detuvo. Cerré los ojos con fuerza. No. No. —Pensé que no vendrías hoy —continuó su voz, baja y controlada. Tomé aire lentamente y me giré con torpeza. Ahí estaba. Apoyado contra el marco de la puerta de su oficina, con los brazos cruzados y una expresión de absoluto control. Llevaba su camisa blanca con las mangas dobladas hasta los codos y el primer botón desabrochado. Dios, ¿por qué tenía que verse así justo hoy? Tragué saliva y apreté los libros contra mi pecho. —P-profesor... —murmuré, sintiendo mi cara arder. Romano inclinó la cabeza ligeramente, sus ojos recorriéndome con calma. —Así que te sientes mal, ¿eh? Oh, maldita sea. Charlotte. La iba a matar. Intenté sonreír con nerviosismo. —Ehm... sí. Romano dejó escapar un suspiro bajo y dio un paso hacia mí. —Mentira. Mi estómago se contrajo. —N-no... —Charlotte me lo dijo todo. Mi boca se abrió, pero ningún sonido salió. —Así que te encuentras perfectamente. Solo estabas evitando verme. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. No podía huir. No esta vez. Romano sonrió levemente y sus ojos azules brillaron con diversión. —Dime, pequeña, ¿vas a seguir huyendo... o vas a admitir lo que realmente sientes?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR