➽➽➽ RICCARDO ➽➽➽
La observé con calma, disfrutando cada segundo de su lucha interna.
Bianca estaba paralizada, con los labios entreabiertos, los ojos grandes de puro pánico y los libros aferrados a su pecho como si fueran un escudo.
—Dime, pequeña, ¿vas a seguir huyendo... o vas a admitir lo que realmente sientes? —murmuré con voz baja, dando un paso más hacia ella.
Vi cómo tragó saliva con dificultad y su pecho subió y bajó de manera errática.
—N-no sé de qué está hablando, profesor —dijo rápidamente, evitando mi mirada.
Sonreí levemente, inclinando la cabeza mientras observaba su caos.
—Por supuesto que lo sabes.
—No, no sé.
—Bianca...
—Tengo que irme —soltó de golpe, girándose en dirección contraria.
No lo permití.
En menos de un segundo, estiré la mano y sujeté su muñeca, deteniéndola en seco.
—No tan rápido.
Ella se congeló al instante. Pude sentir la tensión en su cuerpo. La forma en que su piel se erizó bajo mis dedos.
Y lo más interesante de todo...
No intentó apartarse.
Esperé unos segundos antes de hablar, dejando que la tensión creciera entre nosotros.
—Dime la verdad —murmuré con voz controlada—. ¿Por qué evitaste venir hoy?
Silencio.
Pude ver cómo apretó los labios y sus dedos se aferraron más a los libros.
—Bianca.
—Porque no quería verlo —dijo en un susurro rápido, sin mirarme.
Solté una risa baja.
—Mentira.
—¡No es mentira!
Tiré suavemente de su muñeca, obligándola a girarse y mirarme.
Su piel ardía.
Sus ojos estaban brillantes.
Su respiración errática.
Dios... era demasiado fácil leerla.
—Dilo de nuevo —murmuré con calma.
—¿Q-qué?
—Dilo otra vez, pero esta vez mírame a los ojos y dime que no querías verme.
Bianca tembló y trató de apartar la mirada.
No se lo permití.
—Vamos, pequeña. Sé que puedes hacerlo.
—¡No me llame así! —exclamó con la voz temblorosa.
—¿Por qué no?
—Porque... porque...
—Porque te gusta.
Bianca se quedó sin palabras.
Sus labios temblaron. Sus mejillas estaban rojas como el fuego.
Sonreí levemente y deslicé mis dedos por su muñeca hasta entrelazar nuestras manos.
—Admite que querías verme.
Ella negó rápidamente con la cabeza.
—N-no...
—Mentirosa.
—¡No soy mentirosa!
—Entonces dímelo. Mírame y dime que no has estado pensando en lo que pasó entre nosotros.
Su cuerpo entero se estremeció.
—¡No puedo decir eso!
—¿Por qué?
—¡Porque sí he pensado en eso!
El aire en mis pulmones desapareció.
Bianca pareció darse cuenta de lo que acababa de admitir, porque sus ojos se abrieron con puro horror y trató de soltar mi mano.
No lo permití.
Mi agarre se volvió más firme.
—¿Qué dijiste?
—N-nada.
—No, no. Repite lo que dijiste.
—¡No!
Sonreí con calma, disfrutando de cada segundo de su vergüenza.
—Así que has estado pensando en mí...
—¡No en usted! ¡En lo que pasó!
—Es lo mismo.
—¡No es lo mismo!
—Entonces dime... ¿qué fue lo que más pensaste?
Bianca me miró con los ojos grandes y llenos de desesperación.
—¡Dios, por favor, deje de hacerme preguntas así!
—No hasta que me respondas.
Bianca apretó los labios y me miró con pura frustración.
—¡Usted no juega limpio!
—Nunca dije que jugaría limpio.
Ella cerró los ojos con fuerza y murmuró algo en voz baja.
—¿Qué dijiste?
—¡Que pensé en sus labios! —exclamó de golpe, antes de taparse la boca con ambas manos.
El calor se expandió en mi pecho.
Dios santo.
Me incliné un poco más hacia ella, asegurándome de que sintiera mi respiración contra su piel.
—¿Mis labios?
Bianca tembló.
—Sí...
Sonreí levemente y me acerqué a su oído.
—¿Quieres que te bese otra vez?
Ella se quedó completamente inmóvil.
Pude sentir su respiración contra mi cuello, su pecho subiendo y bajando con rapidez.
—No...
—Mentirosa.
—¡No lo soy!
—Bianca...
—No...
—Mírame.
Ella negó con la cabeza rápidamente.
—No quiero.
—¿Por qué?
—Porque si lo hago...
Esperé.
Bianca cerró los ojos con fuerza y dejó escapar un susurro tembloroso.
—Voy a querer más.
Mierda.
En un solo movimiento, solté su muñeca y sujeté su rostro entre mis manos, obligándola a mirarme.
Sus ojos verdes brillaban con puro caos.
Con puro deseo.
—Dilo de nuevo.
—No...
—Dilo.
—¡No puedo!
—Dímelo, Bianca.
—¡Voy a querer más!
Silencio.
Puro, maldito silencio.
Solo su respiración. Solo su cuerpo tembloroso contra el mío.
Mis dedos se deslizaron hasta su cuello, sintiendo su pulso acelerado bajo mi tacto.
—Entonces pídelo —murmuré con voz baja.
Vi su garganta moverse cuando tragó saliva con dificultad. Sus labios temblaban, y su mirada se debatía entre la resistencia y la rendición.
Y entonces...
—Quiero que me bese otra vez —susurró tan bajo que, de no haber estado tan cerca, jamás la habría escuchado.
El mundo se detuvo.
Mis músculos se tensaron y mi control se desmoronó en el mismo instante en que esas palabras salieron de su boca.
Sin darle oportunidad de arrepentirse, sin darle la posibilidad de huir esta vez, abrí la puerta de mi oficina, la tomé por la muñeca y la jalé dentro.
El sonido de la puerta cerrándose con fuerza fue lo último que escuché antes de pegarla contra ella.
Mi boca chocó con la suya en un beso desesperado, intenso, sin restricciones.
Bianca dejó escapar un gemido ahogado, sus dedos soltaron los libros que llevaba y se aferraron a mi camisa con fuerza. Su cuerpo entero se estremeció contra el mío cuando mis manos descendieron hasta su cintura y la sujeté con firmeza, manteniéndola atrapada entre la puerta y mi cuerpo.
Dios, se sentía tan bien.
Demasiado bien.
Mi lengua invadió su boca sin piedad, devorándola, explorándola como si necesitara aprender cada maldito rincón de ella.
Bianca jadeó contra mis labios y su cuerpo tembló de nuevo.
—Oh, Dios... esto no está bien —murmuró en un susurro, más para ella misma que para mí.
Sonreí contra su boca.
—Pero te gusta.
Ella soltó un gemido frustrado y trató de apartarse.
No la dejé.
Sujeté su rostro con ambas manos, obligándola a seguir el ritmo del beso, profundizándolo aún más.
—Piensas demasiado, pequeña.
Bianca tembló y solté una risa baja al sentir cómo su resistencia se desplomaba por completo.
—Esto... esto es una locura —susurró con voz entrecortada, aferrándose más a mi camisa.
Mi boca descendió hasta su mandíbula, dejando un rastro de besos ardientes por su piel.
—A veces... las locuras son las mejores decisiones.
—Voy a morir —murmuró, cerrando los ojos con fuerza.
—No te preocupes. Si mueres, te revivo con otro beso.
Bianca soltó un gemido y su cabeza cayó hacia atrás, dándome más acceso a su cuello.
—Dios...
Mis labios se deslizaron hasta la curva de su clavícula y dejé una mordida suave ahí, disfrutando de la forma en que su cuerpo reaccionaba a cada caricia.
—Sabía que te gustaba esto —murmuré contra su piel.
—Cállese.
Sonreí.
—Dímelo otra vez.
—¿Q-qué?
—Lo que dijiste antes de que te besara.
Bianca se tensó.
—No...
—Dímelo.
—No quiero.
Levanté la cabeza y la miré fijamente, con mi rostro apenas a centímetros del suyo.
—Dímelo, Bianca.
Ella apretó los labios y negó con la cabeza.
—No.
Solté un suspiro falso y deslicé mis manos por su espalda, presionando su cuerpo más contra el mío.
—Si no lo dices, tendré que sacártelo de otra manera.
Bianca jadeó suavemente cuando mi boca volvió a su cuello, esta vez más abajo, más cerca de su hombro.
—Joder, Romano...
—Así me gusta.
—Dios, me va a dar algo.
Me reí suavemente contra su piel antes de volver a besarla con más intensidad.
Ella dejó escapar un pequeño sonido ahogado y sentí cómo sus uñas se clavaban en mi camisa.
—Esto es un error...
—Pero sigues aquí.
—Porque no puedo moverme.
—Mentira.
—No es mentira.
—Entonces dime que pare.
Silencio.
Bianca tragó saliva y su cuerpo se tensó levemente.
Esperé.
Ella abrió la boca, pero nunca pronunció esas palabras.
Sonreí con satisfacción.
—Sabía que no lo dirías.
—Cállese.
—Dímelo otra vez.
—¡No!
Me reí y dejé una última mordida en su clavícula antes de apartarme un poco, mirándola fijamente.
—Tienes que ir a tu clase.
Bianca me miró con el ceño fruncido, aún con la respiración agitada y los labios hinchados.
—¿Ahora sí le importa mi clase?
Me encogí de hombros.
—No, pero si te dejo aquí un segundo más, no voy a poder detenerme.
Bianca se quedó sin palabras.
La solté lentamente, disfrutando la forma en que su cuerpo temblaba al alejarme.
Ella se llevó una mano a los labios, su rostro aún ardiendo.
—Voy a matarte, Romano.
Solté una risa baja y pasé un dedo por su mejilla.
—Lo dudo, pequeña.
Ella soltó un resoplido y se giró rápidamente, recogiendo sus libros del suelo.
—Dios, ¿cómo se supone que voy a concentrarme en un examen después de esto?
Sonreí, recargándome contra la puerta con los brazos cruzados.
—No lo sé. Tal vez deberías pensar en otra cosa.
Ella me fulminó con la mirada.
—No pienso en usted.
—Mentira.
—¡No es mentira!
—Mírame y dime que no pensaste en este momento anoche, cuando estabas acostada en tu cama.
Bianca se quedó en silencio.
Mi sonrisa se ensanchó.
Ella bufó, se giró y abrió la puerta rápidamente.
—Voy a mi examen.
—Diviértete, pequeña.
—Cállese.
Vi cómo se alejaba con pasos rápidos, aún tocándose los labios.
Y supe que, aunque intentara negarlo...
No iba a poder sacarme de su mente.