Capítulo 8

1305 Palabras
➽➽➽ BIANCA ➽➽➽ Regresé a casa sintiéndome como si acabara de sobrevivir a una guerra. Todo el camino desde la universidad hasta aquí había sido un desastre de pensamientos caóticos y arrepentimientos existenciales. ¿Por qué tenía que ser tan torpe? ¿Por qué mi cerebro y mi boca tenían que traicionarme constantemente? ¿Por qué Charlotte tenía que estar presente para presenciarlo todo? Solté un suspiro agotado y abrí la puerta de la casa. Y ahí estaba ella. Charlotte. Sentada en el sofá de la sala con los brazos cruzados y una sonrisa tan maliciosa que ya sabía que esto no iba a terminar bien para mí. Me quedé parada en la entrada, mirándola con una mezcla de cansancio y resignación. —¿Cuánto tiempo llevas sentada ahí? Charlotte apoyó un codo en el reposabrazos y sonrió aún más. —Desde que terminamos nuestra llamada. Fruncí el ceño. —Eso fue hace dos horas. —Exacto. Solté un resoplido y dejé caer mi mochila en el perchero. —¿No tienes vida o qué? —¿Y perderme la oportunidad de verte sufrir? ¡Ni loca! Rodé los ojos y me dirigí a la cocina. —Voy a servirme un vaso de agua antes de que empieces con tu interrogatorio. Charlotte me siguió como un depredador acechando a su presa. —Oh, no, cariño, no hay necesidad de interrogatorio. Ya lo sé todo. Me congelé con el vaso en la mano. —¿Cómo que ya lo sabes todo? Se apoyó en la isla de la cocina, mirándome con una expresión de pura satisfacción. —Mr. Romano te escuchó hablar sola otra vez. Confirmaste que hablaste de él conmigo. Intentaste mentir, pero eres pésima mintiendo. Luego te fuiste a la biblioteca para huir del mundo, solo para terminar revelando tus pensamientos más vergonzosos justo cuando él estaba detrás de ti. ¿Me faltó algo? Me llevé una mano a la cara. —Dios... necesito una nueva identidad. Charlotte soltó una carcajada y rodeó la isla para abrazarme con exageración. —¡Mi bebé está enamorada de su profesor! —¡NO ESTOY ENAMORADA! —¡Sí lo estás! ¡Sí lo estás! ¡Sí lo estás! Intenté quitármela de encima, pero Charlotte se aferró como un koala. —¡Suéltame, maldita sabandija! —¡Admite que te gusta! —¡No lo voy a admitir porque no me gusta! —Oh, claro, por eso te sonrojaste tanto cuando hablaste de sus manos grandes. Mi corazón se detuvo. Charlotte me miró con una sonrisa diabólica. —¡No lo dije! —Sí lo dijiste. —¡No! —Bianca... —¡CHARLOTTE! Se soltó de mí y se apoyó contra la mesa con una expresión de absoluta felicidad. —Mira, yo solo digo que si un hombre logra sacarte de tus casillas con tanta facilidad, es porque te mueve algo. —Lo que me mueve es la desesperación. —Ajá, claro. Me crucé de brazos y la miré con seriedad. —Ya me torturaste lo suficiente. ¿Podemos hablar de otra cosa? Charlotte fingió pensar. —Mmm... no. —¡UGH! Le di la espalda y caminé hacia la sala, pero Charlotte me siguió de inmediato. —Dime la verdad... ¿Cómo se sintió cuando te dijo que le enviaras saludos de mi parte? Mi rostro se puso rojo al instante. Charlotte gritó de emoción. —¡Sabía que te afectó! Me cubrí la cara con las manos. —¡Dios, haz que se calle! —¡JAMÁS! Se dejó caer en el sofá con una risa satisfecha, mientras yo me hundía en el otro extremo del sillón, deseando que el suelo me tragara. —En serio, Bianca, esto es hermoso. No puedo esperar a ver qué más pasa entre ustedes. La miré con los ojos entrecerrados. —Nada va a pasar entre nosotros. Charlotte me miró con una ceja arqueada. —Claro, sigue repitiéndotelo. Suspiré, agotada. —Voy a mi habitación. Giré sobre mis talones y comencé a subir las escaleras, convencida de que al menos podría encerrarme en mi cuarto y evitar a Charlotte por el resto de la tarde. Pero no. Porque Charlotte era Charlotte. Y no se iba a quedar quieta. —¡Espera, espera! —dijo mientras subía tras de mí con rapidez. —¡No, Charlotte! ¡Déjame en paz! —exclamé sin siquiera mirarla. —¡Solo quiero hablar! —¡No, no quieres hablar, quieres atormentarme! Llegué a mi habitación y abrí la puerta con urgencia, pero antes de poder cerrarla en su cara, Charlotte se metió con rapidez, casi tropezando en el proceso. —¡Mierda, Charlotte! —¡Ya, ya, solo escucha! Me crucé de brazos y le lancé una mirada asesina. —Tienes treinta segundos para decir lo que sea que tienes en mente antes de que te saque a patadas. Charlotte sonrió con satisfacción y se dejó caer sobre mi cama como si fuera suya. —Ya me imagino contándome todo lo sucio que te hará cuando finalmente te quite esa timidez y te dé como cajón que no cierra. Mi boca se abrió en horror absoluto. —¡¿CÓMO DIJISTE?! Charlotte ignoró mi indignación y continuó con su discurso pervertido. —Ya me imagino la vergüenza que vas a sentir cuando le confieses: Mr. Romano, soy virgen... —dijo, imitando una voz dulce y nerviosa. Me cubrí la cara con ambas manos. —¡Dios, Charlotte! ¡¿Puedes cerrar la maldita boca?! Pero no. Y, aparentemente, había venido a destruirme. —Dios, su voz sonaba gruesa... —susurró, entrecerrando los ojos como si lo estuviera visualizando—. ¿Te imaginas esa voz gruesa susurrándote al oído? Cerré los ojos con fuerza. —¡NO LO ESTOY IMAGINANDO! —Joder, Bianca... —hizo una pausa dramática y luego bajó la voz a un tono ronco—. Qué rica está tu v****a. Mi cerebro colapsó. —¡¿CHARLOTTE, QUÉ CARAJOS TE PASA?! Ella se echó a reír a carcajadas, revolcándose en mi cama mientras yo la miraba con absoluto horror. —¡Estás enferma! ¡Eso fue demasiado! —¡Ay, por favor! ¡Sabes que lo imaginaste! —¡No lo hice! —¡Sí lo hiciste! —¡NO LO HICE! —¡BIANCA, NO ME MIENTAS! Me dejé caer en la cama, tapándome la cara con una almohada mientras Charlotte seguía riéndose como una loca. —Dios, qué vergüenza... —murmuré con la voz amortiguada por la almohada. Charlotte se sentó a mi lado y me dio un golpecito en la espalda. —Vamos, amiga. Solo digo que cuando eso pase, quiero detalles. —¡Nada va a pasar! —Ajá. Levanté la cabeza y la miré con el ceño fruncido. —Charlotte, juro por Dios que si sigues hablando de esto, voy a buscar la forma de hacerte sufrir. Charlotte solo sonrió con picardía. —Si eso significa que Mr. Romano me hará sufrir como a ti... acepto. Mi cara ardía en llamas. —¡Sal de mi habitación! Me levanté y la empujé hasta la puerta mientras ella se reía como una desgraciada. —¡BIANCA, ACÉPTALO, LO QUIERES! —¡SAL, DEMONIO! —¡LO QUIERES, BIANC—! Le cerré la puerta en la cara antes de que pudiera terminar su oración. Respiré hondo, apoyando la espalda en la puerta. Silencio. Por fin. Fui hasta mi cama y me desplomé sobre las sábanas, mirando al techo con la cara completamente roja. Charlotte estaba loca. Y lo peor... Es que, por un segundo. Solo por un segundo. Su maldito comentario sobre la voz de Mr. Romano susurrándome al oído... Hizo que mi piel se erizara. Me cubrí la cara con las manos, sintiéndome la persona más patética del universo.
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