➽➽➽ RICCARDO ➽➽➽
El fin de semana finalmente había llegado. Después de días agotadores, mi apartamento se sentía como un refugio silencioso, lejos de los pasillos llenos de estudiantes y las constantes responsabilidades de la universidad. Estaba en la sala, con una copa de whisky en la mano, mientras Cristian, mi mejor amigo desde la primaria, se acomodaba en el sofá con una cerveza en la suya.
Cristian era doctor, un hombre inteligente y directo, pero sobre todo, alguien que sabía demasiado sobre mí. Lo suficiente como para notar cuando algo me estaba jodiendo la cabeza, aunque yo intentara fingir lo contrario.
—Entonces... cuéntame más de esa alumna —dijo con una sonrisa burlona, dándole un sorbo a su cerveza.
Rodé los ojos y solté un suspiro, recostándome contra el sillón con una expresión indiferente.
—No hay nada que contar —dije con neutralidad.
Cristian arqueó una ceja y me miró fijamente.
—Eso es una jodida mentira —dijo con seguridad.
Solté una risa baja y giré la copa en mi mano, observando el líquido dorado girar dentro del vaso.
—Tengo que fingir que no me la quiero follar —murmuré con la mirada fija en el whisky.
Cristian se atragantó con su cerveza y tosió.
—¡Joder, Riccardo! —exclamó con sorpresa.
Me encogí de hombros, sonriendo de lado.
—Si vieras lo inocente que es, no dudarías en querer romperla —dije con calma.
Cristian me miró fijamente por unos segundos antes de reírse y negar con la cabeza.
—Eres un maldito enfermo —dijo, divertido.
Sonreí con tranquilidad y di un trago a mi whisky antes de apoyarme en el respaldo del sofá.
—Eso ya lo sabías —dije con indiferencia.
Cristian apoyó un codo en la rodilla y me miró con una sonrisa de diversión.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? —preguntó con curiosidad.
Tomé otro sorbo de mi whisky, dejando que el sabor fuerte bajara por mi garganta antes de responder.
—Nada —dije con seriedad.
Cristian frunció el ceño y me miró con incredulidad.
—¿Nada? —repitió, como si no pudiera creerlo.
—No puedo —dije con firmeza.
Cristian soltó un bufido y se acomodó en el sofá.
—Por supuesto que puedes —dijo con seguridad.
Lo miré con una expresión neutra antes de negar con la cabeza.
—Es mi alumna —dije con seriedad.
—¿Y? —preguntó Cristian con una sonrisa burlona.
Apreté la mandíbula y pasé una mano por mi cabello antes de mirarlo fijamente.
—Y es inocente —dije con voz grave.
Cristian levantó una ceja con diversión.
—¿Y desde cuándo eso te ha detenido? —preguntó con burla.
Apreté la mandíbula con fuerza.
—No lo entiendes —dije con voz baja.
—Oh, claro que lo entiendo —dijo Cristian con una sonrisa maliciosa—. La quieres.
No respondí.
Cristian sonrió aún más.
—Sabía que sí —dijo con satisfacción.
Solté una risa sarcástica y negué con la cabeza.
—No seas estúpido —dije con indiferencia.
—No, no lo soy —dijo Cristian con calma—. Pero tú sí, si crees que puedes seguir ignorando lo que realmente quieres hacerle.
Lo miré con el ceño fruncido.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que la empotre contra el escritorio la próxima vez que entre a mi oficina? —pregunté con sarcasmo.
Cristian rió y se encogió de hombros.
—No digo que no lo hagas —dijo con diversión.
Negué con la cabeza y suspiré, pasándome una mano por la cara.
—No puedo —dije con frustración.
Cristian apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y me miró con interés.
—Pero si no fuera tu alumna... ¿qué le harías?
Me quedé en silencio por un momento, dejando que la imagen de Bianca se formara en mi mente. Su piel suave, su mirada inocente, la forma en que se mordía el labio cuando estaba nerviosa...
Apreté la mandíbula y solté un suspiro pesado.
—La destrozaría —dije con voz baja.
Cristian sonrió, claramente entretenido.
—¿Cómo? —preguntó con interés.
Tomé un sorbo de mi whisky antes de responder.
—La haría rogar. Haría que su dulce boca pronunciara mi nombre una y otra vez hasta que no pudiera hablar de tanto gemir. Haría que entendiera lo que es ser poseída de verdad.
Cristian rió y negó con la cabeza.
—Eres un maldito dominante —dijo con diversión.
Sonreí apenas.
—Siempre lo he sido —dije con calma.
Cristian me miró con curiosidad antes de inclinarse un poco hacia adelante.
—Dime la verdad... ¿Cuánto tiempo crees que podrás resistirte?
Apreté la mandíbula y miré mi copa con seriedad.
—No lo sé —admití con voz baja.
Cristian rió y dio un sorbo a su cerveza antes de apoyarse en el sofá.
—Pues si quieres mi opinión... no creo que dure mucho.
—¿Por qué dices eso? —pregunté con el ceño fruncido, sosteniendo mi vaso de whisky con firmeza.
Cristian sonrió con diversión, con esa mirada de cabrón que me conocía demasiado bien.
—Porque cuando un hombre como tú quiere algo... siempre encuentra la manera de obtenerlo —dijo con seguridad, dando un sorbo a su cerveza, confiado.
Apreté la mandíbula, inclinándome hacia atrás en el sofá mientras giraba el vaso entre mis dedos, observando cómo el líquido dorado se movía lentamente dentro del cristal.
—No quiero quitarle su inocencia. Es perfecta así. Cuando piensa en voz alta, cuando se pierde en su propio mundo, cuando se sonroja con facilidad... no quiero que eso cambie. Solo quiero que sea más segura de sí misma, que tenga más confianza... y cuando llegue el momento, quiero ser yo quien la vuelva una puta en la cama. Pero solo en la cama. Quiero que fuera de eso siga siendo ella misma, que mantenga su dulzura, su torpeza, su manera de hablar sin darse cuenta de lo que dice. Quiero que siga pensando en voz alta... para poder saber exactamente qué es lo que pasa por su maldita cabeza —murmuré, con la mirada fija en mi vaso.
Cristian soltó una carcajada, apoyándose en el respaldo del sofá mientras me miraba con una mezcla de burla e incredulidad.
—Eres un jodido enfermo —dijo riendo.
Sonreí apenas y le di un trago largo a mi whisky.
—Eso ya lo sabías —respondí con calma.
Cristian negó con la cabeza, aún sonriendo.
—Sí, pero una cosa es saberlo y otra es escucharte decirlo así, tan jodidamente serio.
No respondí.
Porque lo que había dicho era la verdad.
Quería que Bianca siguiera siendo ella.
Con su dulce torpeza, con su maldita costumbre de hablar sola, con su inocencia intacta en todo lo demás.
Pero cuando llegara la noche... cuando estuviera debajo de mí, con su piel ardiendo y su cuerpo temblando...
Quería que solo supiera gritar mi nombre. Quería que aprendiera a rogar. Quería enseñarle lo que era el placer. Quería verla descubrir lo que significaba pertenecerle a un hombre de verdad.
Cristian me observó en silencio por unos segundos antes de soltar una risa baja y negar con la cabeza.
—Esa pobre niña no tiene idea de lo que le espera contigo —dijo con burla.
Sonreí de lado, sin apartar la vista de mi vaso.
—No. No tiene ni la más mínima idea —murmuré, con calma absoluta.
Cristian bebió un poco más de su cerveza antes de soltar un resoplido.
—¿Y cuánto tiempo planeas esperar antes de hacer algo al respecto?
Apreté la mandíbula y cerré los ojos por un segundo antes de suspirar.
—No lo sé —admití con frustración.
Cristian sonrió más.
—Joder, Riccardo... esto es nuevo para ti, ¿eh?
Le lancé una mirada de advertencia, pero él solo rió.
—Nunca te vi así por una mujer antes —agregó con diversión.
Di un trago más a mi whisky antes de apoyar el vaso en la mesa y recargarme en el sofá, observándolo con calma.
—Eso es porque ninguna antes me había interesado lo suficiente como para querer hacer algo más que follarla y largarme —dije con sinceridad.
Cristian levantó ambas cejas, sorprendido por mi confesión.
—¿Así que esta es diferente?
Me quedé en silencio por unos segundos antes de asentir lentamente.
—Sí.
Cristian soltó un silbido bajo y se inclinó hacia adelante, mirándome con una sonrisa de burla.
—Joder, hermano, te jodiste.
—Todavía no estoy jodido —murmuré con calma, girando mi vaso entre los dedos antes de llevarlo a mis labios—. Me joderé cuando ya no pueda aguantar más y lo haga.