Elena despertó de un profundo sueño, sintiendo cómo cada parte de su ser protestaba por el tormento que había sufrido. Se dio cuenta de que había pasado todo el día en un estado de inconsciencia, atrapada en un mundo de pesadillas y dolor.
Mientras se recuperaba, su mente se llenó de recuerdos dolorosos de su infancia, cuando sus padres la despreciaban y la menospreciaban sin piedad. Su padre Matías Vargas, era un alcohólico violento, y Paula Vargas su madre, una mujer que buscaba consuelo en los brazos de otros hombres para olvidar su propia miseria a pesar de estar casada, mi padre se lo permitía con el propósito de quedarse el con el dinero y así satisfacer sus vicios. A pesar de toda esa crueldad de sus padres, había un rayo de luz en su vida: su vecina Gladis una señora de tercera edad que a escondidas le ofrecía pequeños gestos de bondad, como galletas de chocolate y un buen vaso de leche, siempre le preparaba su comida favorita para su cumpleaños y llenaba su rostro de besos solía decirle que ella era su abuela que Diosito le mando para no estar sola, ella era como un bálsamo para el alma herida de Elena. Además de que fue quien la inscribió en la escuela, regalándole así una oportunidad que ni sus propios padres nunca le habrían dado.
Con esfuerzo, Elena se puso de pie, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar por el maltrato sufrido. Se acurrucó en un rincón de la habitación, sintiéndose vulnerable y sola en la oscuridad que la rodeaba.
A pesar del dolor y la desesperación, un pensamiento ilógico cruzó su mente: la idea de que su vecina la quería más que sus propios padres. Recordaba con cariño los momentos compartidos a escondidas, momentos que le daban fuerzas para seguir adelante incluso en los momentos más oscuros.
El temor a otra paliza la impulso a cumplir con sus deberes como esposa sumisa. Con un suspiro, se puso de pie y se dirigió hacia la cocina, resignada a enfrentar otra noche de tormento a manos de su esposo. Sin embargo, un destello de intriga se encendió en su mente mientras recordaba el cariño de su vecina y se preguntaba si podría encontrar algún tipo de ayuda o escape en ella.
Con cada paso que daba hacia la cocina, Elena se aferraba a la esperanza de que algún día encontraría la libertad que tanto anhelaba, incluso si eso significaba desafiar a su esposo y a su oscuro destino.
Mientras revolvía los escasos ingredientes en la olla, Elena se encontraba en un limbo entre la vigilia y el sueño, su mente luchando por procesar el torrente de emociones que la invadían. Las palabras hirientes de su esposo resonaban en su cabeza, mezcladas con los recuerdos dolorosos de su infancia. A pesar de la sensación de desesperanza que la envolvía, se aferraba a la esperanza de que algún día encontraría una salida de esta pesadilla. Con cada movimiento de la cuchara en la olla, sentía que cada pequeño acto de resistencia contra su opresor era un paso hacia la libertad.