—No es real —dijo Jan—. Estamos fingiendo. —Sí, claro. —Esme sonreía tanto que le recordaba a Jan la sonrisa del Grinch de los dibujos animados cuando tramaba cómo robar la Navidad a los Whovillianos. O, mejor aún, la sonrisa sin rostro del Gato de Cheshire cuando estaba a punto de hacerle una travesura a una desprevenida Alicia. Durante la última media hora, Jan había intentado convencer a Esme de la verdad de la relación entre ella y Alex. Por desgracia, su mejor amiga no se lo creía. En realidad, era peor. Esme, que llevaba toda la vida obsesionada con los cuentos de hadas y los mitos, estaba tejiendo más trama de la que había. —Essie, lo hacemos para que pueda conseguir inversores para el restaurante que queremos construir juntos. —Oh, Dios mío. —Los ojos de Esme prácticamente roda

