A la mañana siguiente, Alex esperaba al final de la gran escalera. Jan llegaba tarde. No era como la pastelera, que vivía su vida según las medidas exactas y los temporizadores de la cocina. La mente de Alex se dirigió al peor escenario posible. ¿Y si ella hubiera cambiado de opinión? ¿Y si se hubiera echado atrás en el trato? Había otros chefs con los que podía asociarse. Chefs famosos que estarían encantados de trabajar con él. Pero la idea le helaba el cuerpo, la lengua se le enturbiaba al pensarlo. Jan entendió su visión culinaria. Y no solo eso, sino que le entusiasmaba con cada nuevo plato que preparaba. Tenía un dominio de las especias incomparable con el de cualquier chef en cuya mesa se hubiera sentado él, y había viajado por todo el mundo. Una vez que Jan viajara y experimenta

