SILVIA —¡Silvia, no encuentro mi Rolex!—. Jason lloriqueó como un niño de tres años desde el dormitorio. —¡Está en el cajón de arriba!— Grité desde la cocina mientras seguía preparando el desayuno. —¿Cómo puedes perder el maldito reloj si se supone que lo llevas en la muñeca? —¡Sigo sin encontrarlo!—. Volvió a quejarse dos minutos después mientras yo ponía los ojos en blanco. Dejé la espátula en el suelo y subí las escaleras para entrar en el dormitorio, donde sentí que un par de manos fuertes me agarraban por la cintura, provocándome un grito de sorpresa. —Buenos días, nena—, saludó Jason con frialdad mientras recuperaba la compostura. —¿En serio?— Enarqué una ceja, poco impresionada. —¿No podías haber esperado a bajar? —No—, respondió con indiferencia. —No estabas en la cama cuand

