CAPÍTULO DIECISIETE A las siete y media la mañana siguiente, Avery estaba sentada en su auto a media cuadra de la casa de Constance y Donald Prince. Vivían en Somerville, justo al noreste de Cambridge, en una pequeña casa amarilla con zócalo blanco en una tranquila calle suburbana. Un cerco de madera blanca rodeaba la propiedad. Había dos porches: uno en el primer piso, y otro en el segundo nivel, donde sillas y una mesa habían sido dispuestas para un desayuno a la luz del sol. La escena parecía ser el lugar perfecto: árboles adornando las veredas, el sol estaba saliendo, y los pájaros cantaban en el cielo. Gritos era todo lo que Avery podía recordar, los interminables gritos de la primera y única vez que había visitado a los Prince, y lágrimas y platos siendo lanzados contra la pared,

