—¡¿Qué diablos estás haciendo?! —me gritó. Me acerqué sin decir una palabra y le apunté con el arma directamente a la cabeza. —Julian, estás empezando a asustarme… ¿qué está pasando? —dijo, con la voz temblorosa. —¡Te dije que te movieras a la sala de estar! —le grité. Notó la seriedad en mi tono. —Está bien… está bien… me estoy moviendo —murmuró. Comenzó a bajar las escaleras y la seguí de cerca, sin bajar el arma ni un segundo. —Sea cual sea el juego que estés jugando, recuerda que estoy embarazada, Julian —dijo, girándose apenas—. ¡Estoy embarazada de tu hijo! —Cierra la boca, mentirosa, o te volaré los malditos sesos —rugí. Sentía ganas de golpearla, de abrirle la cabeza allí mismo, pero eso sería una salida demasiado fácil. Llegamos a la sala de estar y se giró para mirarme.

