Mezcla de Emociones.

1150 Palabras
Narra Irina. Estas personas habían perdido el valor de la decencia, no podía creerlo, deseaba interrumpir su escena por estar en mi cocina teniendo sexo cuando tienen un aposento bien amplio para hacerlo, sin embargo, un morbo que no creía tener me instó a quedarme allí escondida y en silencio observando todo. Era brutal lo que ese capataz le hacía a su esposa, lejos de hacerle el amor se notaba que la cogía con rabia y como por pura obligación o tal vez necesidad, pero aun así provocó que apretara mis piernas y que cada vello de mi cuerpo se erizara… la tenía de rodillas tomándola por las caderas arremetiendo contra ella ferozmente. Ella no mostraba dolor, sino que se nota complacida, incluso se sonríe mientras se aferraba a la encimera; él parecía ser un animal salvaje y ella se movía al compás. Empecé a sudar y la necesidad de tomar agua incrementó en mí. Algo en mí me decía que debía irme a mi habitación junto a mi esposo y otra vocecita me indicaba que no debía de hacerlo porque es mi casa y lo que estaban en falta eran ellos. Los gemidos de Orlando me parecieron gloriosos haciendo que me imaginara a mí misma en el lugar de su esposa sintiendo todo ese placer. Tiraba de su cabello sin tacto, luego volvía las manos a sus pechos estrujándolos, los abarcaba completos, pues no eran muy grandes, estaban hechos a su medida y eso me hizo sentir tristeza, pero no sabía por qué si no necesito estar a la medida para él. Lo importante es que le gusto a mi esposo tal y como soy.  «No soy yo quien está allí» me recrimine a mí misma. Reprimí la necesidad de tocarme, únicamente me limité a mirar como él palpaba la intimidad de su esposa, luego enfoqué mi atención en ese enorme trozo de carne que penetraba a Cristina, casi podía jurar que la partiría en dos. Los chillidos de ella me hacían enfadar, se tornaron incómodos para mí, por ese motivo decidí que era momento de regresar a dormir, porque no tenía valor para enfrentarlo pues había visto demasiado. Pero antes de girarme me encontré con la mirada de Orlando, me observaba fijamente; tal parece que sabía que yo estaba allí escondida, juro que lo vi sonreír de medio lado y luego relamerse los labios con descaro, provocando que mis rodillas perdieran las fuerzas como si un arrollador orgasmo me hubiera atravesado, pero no; era la vergüenza de ser vista por él. Salí corriendo con el corazón martillando dentro de mi pecho y respiré con dificultad. Miguel seguía durmiendo así que me acomodé a su lado y lo abracé, volviendo a sentir culpa. —Estás muy fría— habló entre sueño calentando mis manos con las suyas. Narra Orlando. Había ido a la cocina en busca de agua y también para dejar a Cristina peleando sola, pero no fui capaz de librarme de ella por qué me siguió. —Me dices que tengo un hermoso trasero al que no le das uso ya, Orlando te necesito— me tocaba y yo la evadía, hasta que me enfureció. Con violencia la incliné hacia adelante, no llevaba nada puesto bajo el albornoz, mientras se lo quitaba yo me dediqué a bajar un poco el pantalón del pijama que tenía puesto. De manera rústica entré en ella sin tomarme la molestia de prepararla para mí, no me interesaba hacerlo, lo único que deseaba era que me dejara en paz, pero luego de unos minutos algo cambió, en el momento que   percibí que estábamos siendo observados. «Irina»  Esos ojos brillosos no dejaban de observar cada movimiento de mi parte, y fingí que no notaba su presencia. Empecé a disfrutar lo que estaba haciendo, sin embargo, lo hacía por ella, la imaginé en el lugar de Cristina, y mi placer aumentó mucho, haciéndome eso comprender qué me había obsesionado con la señora estirada que me menosprecia por creer que soy un capataz. Luchaba por no   mirar sus ojos, pero dejé de resistirme, de modo que lo hice, dándome cuenta de que lo había hecho mal porque se marchó y junto a ella desapareció el placer. —¿Qué sucede? — preguntó Cecilia tan asombrada como lo estoy yo porque mi erección desapareció sin más. —Nada, vamos a dormir podrían encontrarnos— usé esa excusa para hacerla callar. Si había algo que a mí me fascinaba más es el morbo de ser encontrado, hacer del sexo algo intenso y prohibido porque en ese momento la adrenalina se instalaba por todo mi cuerpo, sin embargo, no deseaba hacerlo sin Irina observando.  Narrador. Al día siguiente Miguel esperaba a Orlando en la caballeriza como había esperado, pero él no aparecía, puesto que para Orlando las seis de la mañana era aún de madrugada, nunca se había levantado a esa hora y le parecía pesado hacerlo. La primera en ponerse de pie fue Cecilia quien lo llamó con insistencia. —Oye niño rico, ya que quieres hacerla de capataz debes levantarte temprano — le exigió enfadada por la decisión que él había tomado y aunque no estaba conforme sabía que ya él no estaba dispuesto a cambiar de opinión. Él se estrujó los ojos y maldijo en su interior por qué le cuesta adaptarse a esa vida. Minutos después de haberse preparado llegó vistiendo unos vaqueros y una camisa negra que se adhiere a su cuerpo junto a unos zapatos de vestir muy costosos, vestuario que hacía reír a los trabajadores. —Buenos días, señor— saludó a Miguel a quien le hervía la sangre mirando el reloj de pulsera. —Orlando, ¿usted había trabajado antes como capataz?, porque estás no son horas de iniciar su trabajo— le exigió con dureza creyendo que tal vez Irina tenía razón. Luego lo señaló y volvió a decir —esa ropa suya no sé de dónde la habrá sacado, porque parecen mucho más costosas que la ropa que suelo utilizar para ir de fiesta— Orlando se tensó, tras sentirse descubierto. —No, jefe esa ropa me la ha regalado un primo que tengo porque perdí toda mi pertenencia. Por la hora me disculpo es que mi esposa se sintió muy mal porque hemos molestado a la señora, y ella me dice que no debemos de crearle conflictos— sonrió en su interior porque quería provocarle un problema a Irina con Miguel, de esa manera el jefe lo deja en paz y le daba una lesión a Irina por ser tan presuntuosa— usted sabe cómo son las mujeres, me desveló con su intranquilidad. —Si, usted tiene razón, las mujeres son intensas cuando se lo proponen y me disculpo por el desplante de mi esposa, luego me explicó que no se sentía bien—, Miguel aceptó su excusa porque había tenido igual un altercado con Irina.
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