MI FIN TIENE TITULO
El aroma fresco del viento, la sutil fragancia de las flores abriéndose en primavera y el susurro suave de los riachuelos, se mezclaron esa mañana con las risas tiernas y musicables de dos niños. Vestidos con camisones blancos de algodón, sus piernas cortas y regordetas corrían torpemente por una vereda en el campo verde.
Las manos pequeñas se detenían a la orilla, para recoger flores de todos los colores y mostrárselas entre ellos, sonriendo, antes de volverse hacía mí con gran emoción.
—¡Mami, mira!
Dos brazos iguales se extendieron. Me detuve a mitad de la vereda y me arrodillé delante de mis pequeños. Miré las flores y luego a ellos.
—Qué bonitas. ¿Son todas para mí? —pregunté con una gran sonrisa, y las tomé de sus manos para ponerlas en el cesto de ropa a mi lado.
Enseguida ellos volvieron al camino y siguieron corriendo delante de mí, deteniéndose de vez en cuando para recoger más flores, mientras yo los seguía detrás, caminando en silencio con el cesto en una cadera y siguiéndolos con la mirada. Sus caritas regordetas y ruborizadas eran idénticas, tan parecidas que casi se confundían. El cabello castaño en sus cabezas se rizaba en las puntas, y los ojos, de un gris profundo, brillaban con una inocente alegría. Habían nacido en mismo día, con solo minutos de diferencia, después de un parto largo y difícil que todavía me causaba malos recuerdos.
Sin embargo, había una diferencia entre mis dos hijos: eran niño y niña.
—¡Hola, Tess!
La mujer para quién trabajaba, una costurera que servía a una familia rica de comerciantes me saludó cuando me vio aparecer en el pueblo, con mis dos niños corriendo delante de mí.
—Buenos días.
Le sonreí y me acerqué, para poner el cesto entre las dos. Pero ella no lo vio, se quedó mirando a mis pequeños, quietos y tímidos detrás de mí.
—Solo días de no verlos, ¡pero mira cómo han crecido! —señaló y se arrodilló para verlos mejor—. Son tan lindos, Tess. Ni parecen los hijos de una costurera.
Miré abajo con una sonrisa de ligero orgullo. Dos pares de ojos grises se alzaron para verme, antes de pegarse más a mis piernas.
—Acaban de cumplir 2 años, les hice un pequeño pastel —le dije a Agatha y señalé de nuevo el cesto—. Y con esto, les compraré ropa nueva.
Entonces ella al fin lo vio, con una sonrisa se levantó y comenzó a ver la ropa en él. Esa era nuestra rutina, yo le ayudaba a costurar la ropa que a ella no le daba tiempo. Me la llevaba a casa y regresaba a los días con las prendas arregladas, entonces ella me pagaba.
Con ese dinero, que no era mucho pero que bastaba para mis bebés y para mí, sobrevivíamos muy bien.
—¿Qué te parece sí te pago y voy contigo a buscarles algo bonito a estos pequeños? —me propuso, sonriéndoles a mis niños.
De su delantal sacó un par de dulces de leche y se los ofreció. Ellos me miraron un momento, pidiendo permiso, y luego estiraron sus manitas para tomar los caramelos con gran emoción.
—Vayamos al mercado, compremos comida y ropa bonita, ¿les parece?
Con buen ánimo, yo acepté y después de recibir mi paga, los 4 caminamos hacia la parte más bulliciosa del pueblo. Entre Agatha y yo compramos un bonito vestido para mi pequeña y un lindo traje de marinero para mi niño.
—¿Y qué hay para ti?
Me detuve antes de salir de la tienda, sujetando los paquetes de ropa y me volví hacía ella.
—¿De qué hablas?
Sosteniendo a mis dos pequeños de la mano, ella se me acercó. Tenía cara de sentir pena por mí.
—Eres bonita, Tess y aún bastante joven. Pero a pesar de tener belleza y juventud, ¿te matarás sola, trabajando para tus hijos toda la vida? ¿No has pensado en buscarte un marido?
Hizo un gesto a la cantidad de hombres que se nos cruzaban.
—Sí el tuyo murió, ¿por qué no empezar de nuevo? Aquí hay muchos jóvenes que estarían felices, sí los voltearas a ver. A muchos no les importaría criar a los hijos de una chica bonita y dulce como tú, además de trabajadora.
Tragué saliva cuando ella mencionó al padre de mis niños, y un ligero temblor subió por mis piernas. Bajé los ojos a ellos, cada uno al lado de mi amiga, indiferentes a lo que decía de su papá. Porque Agatha era mi amiga, aunque era varios años mayor que yo, de la edad de mi madre. Pero era mi amiga porque ella me había ayudado cuando yo había llegado a ese pueblo 3 años atrás, embarazada de pocos meses y buscando un pueblo pequeño donde vivir... y esconderme.
—¿La guerra te arrebató a tu esposo, Tess? ¿Murió enfermo? ¿O porqué llegaste sola aquí? —por primera vez, me hizo esas preguntas.
Pero yo no me atreví a responderle nada. Solo me di media vuelta y salí de la tienda. Caminé sin rumbo por las calles, oyéndola seguirme entre el bullicio del mercado. Quería decirle que eran tiempos duros, que en pleno siglo XIX la vida era difícil, las industrias eran crueles y la nobleza victoriana aún más, y que esa era la razón de que mi marido hubiese fallecido.
La guerra... Las fábricas... ¡Los nobles...! Quería ser capaz de culpar a cualquiera de que yo ahora estuviese sola, sin esposo y con mis gemelos de dos años dependiendo completamente de mí, una madre joven y sin dinero en sus bolsillos.
Pero eso sería mentir. Porque yo no tenía un marido fallecido al cual llorarle. El padre de mis hijos no estaba muerto... Y yo nunca me había casado con él.
—¿Oíste que el hijo del Vizconde de Anchester volvió de la guerra con grandes triunfos y se le ha otorgado el título de Conde al regresar?
Me detuve en seco cuando esas palabras llegaron a mis oídos. Apreté los paquetes contra mi pecho. Ese nombre era el nombre del pueblo.
—Su padre murió hace años, él tomará las tierras seguramente. Solo esperó que no sea tan despiadado como dicen que era en la guerra.
Volví ligeramente el rostro, y vi a los dos hombres que hablaban de él. Estaban a pocos pasos de mí, sosteniendo un solo periódico. En él, en letras grandes que me costó leer, decía: “Vizconde escala título nobiliario debido a proezas y es nombrado Conde”.
—Sí es cierto lo que dice aquí, el Conde estará aquí en unos días. Después de todo, es el único hijo que quedaba de esos nobles. Ojalá no aumente las rentas, porque la cosecha de este año ha sido escasa.
A mi alrededor, noté más murmullos, y entonces me di cuenta de que todos veían la misma noticia: el regreso del Vizconde, ahora Conde, heredero y terrateniente de esas tierras donde muchos vivíamos. Muchas cosas se decían sobre el Conde de esas tierras. Iba a volver, después de irse a la guerra y recuperar el prestigio que había perdido 3 años atrás, cuando fue encontrado herido en una casa de citas y la gran sociedad inglesa lo había sabido, igual que su padre, el Vizconde. El escándalo había arruinado el prestigio familiar y hecho enfermar a su padre hasta la muerte.
—Ahora que es Conde, deberá encontrar una esposa pronto, ya que es el único que queda de su estirpe. Debe concebir pronto a su heredero o su familia perderá su título.
Más voces. La palabra Conde se repetía en diferentes bocas, con distintos tonos y matices. Miré al piso, pensando en lo terrible que sería el regreso de ese noble, no por el aumento de rentas, sino por...
— No buscará una esposa, se dice que ya tiene una.
Alcé la cabeza y dirigí la vista a los dos hombres. Ellos no me vieron, parada a media calle, apretando la ropa nueva de mis bebés y mirándolos como sí hubiesen hablado de la muerte.
—¿El Conde tiene esposa?
—No esposa exactamente, pero sí una dama de su interés. A su regreso a la capital, envió a alguien a preguntar por ella en Londres, donde la conoció. Seguro eran amantes antes de que él se marchará, y ahora que volvió, buscará casarse con ella.
El otro se rio con una risa escéptica y estridente.
—¿Y la dama aceptará? Si tiene opción, ojalá no. La familia del Conde, los de la Poer, son conocidos por tener un rasgo de locura en su sangre, ¿no? Violentos, inclinados a todo tipo de vicios y placeres, con un temperamento de los mil demonios, sería un tormento para cualquier señorita caer en las manos de uno de ellos.
Me estremecí con una mezcla de temor y asco ante tal descripción de la familia del Conde. No me quedé a oír más, volví sobre mis pasos rápidamente y, en cuanto me encontré con Agatha que me buscaba ente la gente, sujeté a mis hijos y los separé de ella.
—¿Qué pasa, Tess? ¿Ya te vas? Es tarde, puedes quedarte en mi casa y...
Negué antes de que acabará de hablar. Me guardé el paquete de ropa en el bolsillo delantero de mi desgastado delantal y como pude cargué a mis hijos, uno en cada brazo. Sobre nuestras cabezas, el cielo ya comenzaba a nublarse y todo indicaba que una gran lluvia se aproximaba.
—Me voy a casa. Tengo mucho qué hacer...
Debía guardar ropa. Juntar mis ahorros. Pensar a donde podría ir.
—¿Qué te tiene tan nerviosa, Tess?
No le respondí. Ya no dije nada más. Le di la espalda pero, antes de desaparecer de su vista, le hablé una última vez.
—Gracias, Agatha. Por ayudarme. Pero no volveré más. Me voy.
No me quedé a oír su respuesta. Me metí entre los campesinos que ya se iban a casa, igual que yo. Pero ellos se iban para prepararse para la llegada del Conde, quién regía las tierras y dominaba cada alma que vivía en su condado.
Yo, al contrario, me iba para no tener que verlo. No quería encontrarme con un hombre así, con esas manías y esa locura en su sangre. No quería que me viera, porque me reconocería y, en el peor de los casos, sabría que yo había concebido y...
... dado a luz a dos hijos de su noble sangre.