🩷
Eros me baja de su hombro antes de cruzar el umbral de la salida. Es entonces cuando me doy cuenta… estamos en el mismo motel. El aire se me queda atrapado en el pecho por un segundo. Todo vuelve demasiado rápido.
—Debo ir…
—¿Por tus cosas? ¿Por Patricio? Están trayendo tus cosas y Patricio ya espera en el auto.
—No quiero ir contigo. Déjame ir, por favor… —digo, pero él niega. No contesta. Solo se quita el saco y me envuelve en él.
—Esto no es por ti. Es por Patricio, para que no te vea sin ropa. Ahora vamos.
—Pero Andrew…
—Menos preguntas. Y más acción. Camina o te volveré a cargar.
No digo nada. No respondo. Solo camino.
Eros abre la puerta… y el mundo se reduce a él.
—Patito…
Mi voz se rompe antes de terminar de salir. Está ahí. Sentado. Con los ojos abiertos, alerta… como si hubiera estado esperando. Y cuando me ve…
—¡Vicky!
No pienso. No dudo. Me meto al auto y lo abrazo con una fuerza que no sabía que me quedaba. Lo aprieto contra mí, escondiendo el rostro en su cabello, respirándolo… sintiendo que está bien, que está aquí, que no lo volví a perder.
—Estoy aquí… estoy aquí… —susurro, más para mí que para él.
Sus brazos me rodean de inmediato. Pequeños. Firmes. Reales.
—¿Qué pasó? —pregunta, separándose apenas para mirarme—. ¿Por qué me dejaste solo?
Abro la boca. Pero no hay nada. No sé qué decir. No sé qué pasó.
Las imágenes están rotas en mi cabeza. Incompletas. Confusas. Solo siento el frío, el miedo… y algo más que no logro nombrar.
—Yo… —empiezo, pero la voz se me quiebra.
No puedo. No puedo mentirle.
El silencio pesa. Mis ojos van a Eros. Él aprieta la mandíbula cuando se sienta a mi lado.
—Usó otra habitación para que pudieras descansar —dice—. Se quedó dormida y olvidó levantarte.
Responde. Impecable. Frío. Como si no tuviera sangre en los nudillos hace apenas unos minutos. Como si no hubiera estado rompiendo todo.
Patricio frunce el ceño.
—¿Y por qué no me despertaste? —me pregunta, volviendo a mirarme—. Yo me hubiera movido para que durmieras conmigo.
Trago saliva.
—Yo… pensé que estabas muy cansado… —miento, apenas sosteniendo su mirada—. ¿Me perdonas?
Se queda en silencio un segundo. Pensando. Demasiado inteligente para su edad. Demasiado atento.
—Uhmm… ¡por supuesto! —dice con una gran sonrisa—. Solo me asusté mucho. Por eso llamé a Eros… ¿y Andrew?
La pregunta cae directo en mi pecho. Mi cuerpo se tensa sin querer.
Andrew.
Su nombre se siente extraño ahora. Pesado.
—Él… —empiezo, pero me detengo. No sé qué decir—. Ayer, después de que llegamos, se fue a su casa.
Lo que digo es verdad. Mi verdad. No miro a Eros. No puedo.
Patricio asiente despacio, como si evaluara la respuesta.
—¿Eros nos va a llevar lejos? —pregunta después, girándose un poco entre los dos.
La pregunta me atraviesa. Abro la boca para responder…
—Estoy a punto de ser presidente —dice Eros en voz baja—. ¿Tú quieres irte lejos de Washington? ¿Lejos de mí?
Su voz corta la mía antes de salir. Está tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo, el ritmo de su respiración.
Patricio lo mira.
—No… pero Victoria dijo que debemos irnos. Yo no me quiero ir, pero ella es mi hermana y no quiero dejarla sola. Tú me dijiste que soy el hombre de la casa y tengo que cuidarla.
Silencio.
Uno pesado. Uno que me deja sin aire.
Intento hablar. Explicar. Corregir. No llego.
La mano de Eros se posa sobre mi pierna. Firme. Aprieta lo suficiente para hacerme callar. Él asiente hacia Patricio con una sonrisa.
Luego se inclina hacia mí. Su aliento roza mi oído.
—Por el resto del camino no digas nada —susurra—. No quiero escuchar tu voz.
Se me eriza la piel.
—Si dices algo… le contaré a Patricio lo que hiciste. Y veremos si aún quiere estar contigo.
El aire se me queda atrapado en el pecho.
No respondo.
No puedo.
No por él.
Por Patricio.
Me quedo inmóvil, mirando al frente, mientras él se aleja como si nada. Como si no acabara de romperme otra vez.
—Así es, campeón. Tú eres el hombre y hasta el momento la has cuidado muy bien —dice Eros, cambiando completamente el tono—. Llegando a casa vamos a prepararte para el colegio. ¿Cómo te fue en tu examen?
—Bien… saqué 10 en matemáticas.
—¿Otra vez? —Eros sonríe apenas—. Ya te estás volviendo mejor que yo.
Patricio ríe.
Y ese sonido… me destruye.
Porque sé de dónde viene. De noches largas. De tareas en la mesa. De Eros, llegando a casa agotado, sentándose a su lado sin fallar. De terapias. De un niño que dejó de hablar después de que mamá murió… y de un hombre que se negó a dejarlo caer. Que se volvió su mundo.
Yo lo vi.
Yo estuve ahí.
—¡Tengo el mejor profesor! Por eso vas a ser presidente. Quizá cuando yo sea grande también pueda serlo.
—Entonces tienes que ser el mejor en todo —responde Eros—. Siempre.
—Sí… papá. Yo voy a ser el mejor. Como tú.
El mundo se detiene.
Eros no corrige.
Solo asiente.
Aprieto los labios. No es justo. Nada de lo que está pasando lo es.
¿Cómo voy a separarlos?
El auto se detiene frente al penthouse. La puerta se abre y Amanda está ahí. Esperando. Impecable, como siempre. Como si el mundo no pudiera tocarla.
—¿Por qué no vienen a la casa? —dice, mirando primero a Eros—. Es mejor para que puedan hablar mientras yo…
—No —responde él.
Corto. Seco. Final.
No la mira. No le da espacio. No hay explicación. No hay respeto diplomático. Solo una pared.
Bajamos.
—Gracias por traernos, madre. Y por prestarme tu seguridad. Desde aquí me encargaré de avisar a la mía que los necesito.
Entramos juntos. Patricio se sostiene de nuestras manos. Al abrir la puerta encontramos un desastre. Todo está tirado. Como si un tornado hubiera pasado. Como si todo se hubiera roto en este día.
—¿Qué pasó? —pregunta Patricio.
—Entraron a robar —responde Eros—. Por eso a Victoria te llevo a ese lugar. Pero cuando vuelvas de la escuela todo estará en su lugar.
Patricio asiente y corre a su habitación.
—Mi habitación está bien —grita —No me robaron mis juguetes. ¡Ni mi playstation!
Eros sonríe apenas. Con esa sonrisa que parece que ahora solo será para patito.
—Voy a llevarlo a la escuela —dice—. Tú deberías darte un baño.
Lo miro.
—No creas que por qué estoy aquí mandas en mi vida…
Sus ojos me cortan.
—Si quieres discutir, lo haremos cuando vuelva. No frente a él. Uno de los dos tiene que controlarse y dejar de decir cosas inapropiadas frente al niño.
El tono no sube. Pero pesa.
—¿Estás diciendo que no sé cuidar a mi hermano?
Eros se acerca. Demasiado.
Su mano toma mi mentón. Firme. Controlado.
—Estoy diciendo que aún eres impulsiva. Y Patricio no se merece eso. No merece a alguien que no sabe qué hará mañana.
Se inclina más.
—Cuando vuelva… espero que estés limpia.
Mi respiración se corta.
—Porque si no… yo mismo te bañaré.
El silencio se vuelve denso.
No me suelta de inmediato.
Luego… me deja. Mi rostro cae hacia un lado.
Eros va a la habitación de Patricio y este sale vestido. Perfecto. Impecable. Su pequeño uniforme lo hace parecer una copia pequeña de Eros si no fuera porque se parece mucho a mi madre podría parecer su hijo.
—Ya nos vamos —dice, besando mi mejilla—. Báñate. Hueles muy mal.
Asiento. Eros me fulmina con la mirada. Pero sonríe cuando Patricio se da la vuelta. Parece que así serán las cosas a partir de ahora.
Y se lo lleva.
Dejándome sola.
Exhalo lento, pasando una mano por mi rostro, obligándome a pensar. A dejar de sentir.
Porque esto ya no es orgullo. No es dignidad. No es lo que quiero.
Es lo que hay.
Eros no me dio opciones… solo me mostró las consecuencias.