🩷POV Victoria Cameron
El aire se atoró en mi garganta.
Su mirada estaba oscura. Fija. Demasiado concentrada en mí, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Sus labios volvieron a rozar mi piel. Un beso lento. Luego otro.
Subiendo apenas unos centímetros por mi pie.
Sentí sus dedos deslizarse por mi tobillo mientras sus labios seguían el mismo camino.
Mi cuerpo empezó a temblar.
Eros lo notó.
Una pequeña curva apareció en la esquina de su boca.
—Lo sabía… —murmuró contra mi piel—. Tu cuerpo todavía me reconoce.
Quise patearlo. Quise apartarlo. Pero mis piernas estaban atrapadas entre sus manos. Y él seguía subiendo.
Sus labios llegaron a mi pantorrilla.
Mis dedos se aferraron a las sábanas. No era placer. Era rabia. Era miedo.
Era la sensación insoportable de que estaba perdiendo el control de la única cosa que todavía era mía.
Mi cuerpo.
—Eros… —mi voz salió más débil esta vez.
Él no respondió.
Sus labios siguieron subiendo. Su mano se deslizó más arriba por mi pierna, empujando la tela de mi ropa mientras sus dedos apretaban mi piel.
Cerré los ojos con fuerza.
Durante años habíamos jugado a esto. Durante años había confiado en él. Había reglas. Siempre había reglas. Incluso en nuestros momentos más oscuros.
Pero ahora…
Ahora no sabía si esas reglas seguían existiendo. Sus labios se posaron en mi rodilla. Luego más arriba. Su mano abrió más mis piernas.
El pánico empezó a subir por mi pecho.
—Eros… detente.
Nada.
Ni siquiera levantó la cabeza. Sus labios rozaron mi muslo. Mi respiración se volvió irregular. Mi cuerpo seguía temblando. Pero no por lo que él creía.
Y entonces lo entendí.
Él no estaba viendo mi miedo. Estaba viendo lo que quería ver. Estaba viendo a la mujer que siempre se rendía ante él. Pero esa mujer ya no existía.
Sus labios volvieron a subir. Sentí su mano deslizarse más arriba. El pánico explotó dentro de mí.
Y entonces lo recordé.
La palabra. La única palabra que siempre había detenido todo.
—¡Vanilla! Vanilla.
La palabra salió de mi boca como un disparo. Todo se detuvo.
Al instante. Sus manos se quedaron quietas. Sus labios se separaron de mi piel.
El silencio cayó sobre la habitación.
Abrí los ojos.
Eros levantó la cabeza lentamente. Nuestros ojos se encontraron.
Mi pecho subía y bajaba demasiado rápido. Mi cuerpo seguía temblando. Durante unos segundos ninguno habló. Y entonces vi el momento exacto en que entendió.
La expresión en su rostro cambió. El deseo desapareció. Soltó mis tobillos de inmediato. Como si de pronto hubiera recordado algo importante.
Algo que nunca debía cruzar.
Se quedó quieto un segundo.
Luego pasó una mano por su rostro.
—Mierda…
Su voz salió baja. Confundida. Como cuando no sabía que decir. Se sentó en el borde de la cama mirando el suelo.
Yo no me moví. Solo recogí mis piernas. Todavía podía sentir el lugar donde sus labios habían estado.
Finalmente levantó la cabeza.
—Lo siento.
No sonó como una disculpa vacía. Sonó como alguien que acababa de darse cuenta de algo terrible.
—Victoria… lo siento —dijo levantando una mano para tocarme pero yo me aparté de él.
Lo miré.
—Estuviste a punto de vio...
—No… —murmuró—. No iba a…
Pero las palabras murieron en su garganta.
El silencio que siguió fue brutal. Eros cerró los ojos. Su mandíbula se tensó. Porque ambos sabíamos que no tenía defensa. Se pasó las manos por el cabello. Frustrado.
—Perdí el control.
Una risa amarga escapó de mí mientras una lágrima caía por mi mejilla.
—¿Perdiste el control?
Lo miré con incredulidad.
—Me secuestraste. Me encerraste. Me mentiste durante meses.
Mi voz empezó a romperse.
—¿Y ahora hablas de perder el control? Tienes el control. Ahora más que nunca lo tienes.
No respondió. No podía. Respiré hondo. Tenía que ser valiente. No podía romperme más frente a él.
—Pero no tendrás control sobre mi.
Mis ojos se clavaron en los suyos.
—Puedes tenerme encerrada aquí.
Mis dedos se apretaron contra la sábana.
—Pero nunca más vas a tenerme como antes.
La frase quedó flotando entre nosotros. Eros me observó durante unos segundos. Luego asintió.
—Está bien.
Fruncí el ceño. Eso era nuevo.
—Acepto eso. Me equivoqué y merezco un castigo. Lo acepto.
Su voz fue tranquila.
—No me interesa solo tener tu cuerpo. Si eso piensas estás muy equivocada. Solo quiero que te quedes conmigo.
Mi pecho se apretó.
—Esto no es quedarse. Estoy encerrada.
—No lo estarás para siempre.
El silencio volvió.
—Quiero ver a Patricio.
Sus ojos cambiaron apenas.
—Lo verás.
—¿Cuándo?
—Cuando aceptes que no puedes hacer nada. Cuando entiendas que no puedes alejarte de mí. Porque aunque yo quiera protegerte, si te vas, voy a destruirte.
Su mirada se clavó en la mía.
—Se que no quieres estar conmigo ahora. Pero también sé que eso cambiará. Tu corazón late por mi. Siempre lo supe. No estás aquí por qué estoy obsesionado contigo. Estás así por qué me obsesiona tu devoción. Tus ojos cuando me miras. La forma en la que hablas de mí. Como tu cuerpo reacciona ante mí.
No respondí. Sentí la vergüenza arder dentro de mi.
Eros suspiró. Luego se levantó. Rodeó la cama.
Cuando el colchón se hundió detrás de mí, mi cuerpo se tensó.
—Me quedaré a dormir. Como cada noche. Estaré aquí.
Sus brazos rodearon mi cintura. Me atrajo contra su pecho. Cucharita. Intenté apartarme.
—Suéltame.
No respondió. Su brazo siguió firme.
—Eros…
Nada. Entonces me di cuenta su respiración. Lenta. Profunda. Estaba dormido. Intenté mover su brazo. No pude. Era demasiado pesado. Demasiado fuerte. Finalmente dejé de luchar.
El cansancio cayó sobre mí como una ola. Por más que intentara convencer a mi cuerpo de que Eros me había traicionado, este se relajó bajo su toque.
No recordaba en qué momento me dormí.
Pero cuando abrí los ojos otra vez, la habitación estaba completamente oscura.
Miré el reloj de la mesita de noche. 3:00 a. m.
El brazo de Eros ya no seguía sobre mi cintura. Con cuidado lo levanté. Milímetro a milímetro. Hasta que logré deslizarme fuera de la cama.
Mi corazón latía con fuerza.
Mi mirada se clavó en el ascensor al final del corredor.
Respiré hondo. Caminé hacia él. Cada paso hacía que mi corazón golpeara más fuerte contra mis costillas.
Presioné el botón. El ascensor llegó casi de inmediato.
Las puertas se abrieron con un pequeño sonido metálico.
—¡Mierda!
Rogaba que Eros no lo hubiera escuchado. Entré. Presioné el botón de la planta baja. Las puertas se cerraron.
Durante el descenso sentí algo que no había sentido en horas. Esperanza.
Eros siempre tenía seguridad. Siempre. Pero estaba borracho. Tal vez, en su descuido, olvidó decirles que se quedaran. Tal vez había cometido un error. Tal vez había una grieta en todo su maldito sistema.
El ascensor se detuvo. Mi vientre se apretó. Contuve la respiración. Un pequeño ding rompió el silencio. Las puertas comenzaron a abrirse. Y mi esperanza murió en ese mismo instante.
Jeff estaba ahí. De pie frente al ascensor. Como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.
—Señorita Cameron.
Su traje oscuro estaba impecable. Su postura inmóvil.
—Estoy atrapada… —susurré.
Pero una parte de mí se negó a aceptarlo.
—Tengo que salir —dije como si nada hubiera pasado.
—No puedo permitirlo.
—Jeff, por favor.
Guardó silencio.
Entonces lo vi.
El golpe.
Su ojo morado.
—¿Te pegó?
Jeff no respondió.
—Dios mío…
—El señor Cross dio instrucciones claras. Por favor vuelva a arriba.
—¡No soy una prisionera!
Jeff guardó silencio.
Entonces escuché el sonido del ascensor. Las puertas se abrieron.
—Victoria.
Eros bajó. Estaba descalzo. Sus ojos cansados. Pero aún así su mirada empezaba a darme terror.
—Pensé que había sido claro… ¿Qué haces aquí?
El nudo en mi garganta se rompió.
—Eros… por favor déjame ir.
Mis manos temblaban.
—¿Quieres que me arrodille? ¿Quieres que te suplique? Dime qué quieres y lo haré.
Silencio. Lo estaba pensando.
—Vuelve adentro.
Negué con la cabeza y me incliné para arrodillarme, pero sus manos atraparon mi cuerpo antes de que mis rodillas tocaran el suelo.
—No.
Su voz fue firme.
—No te arrodilles.
—Eros… solo quiero irme.
—Lo siento.
Me levantó sobre su hombro como si no pesara nada y comenzó a caminar hacia el ascensor.
—Eros, bájame.
Lo hizo apenas las puertas del ascensor se cerraron y empezamos a subir al apartamento.
—Victoria quiero confiar en ti pero…
La puerta del ascensor se abrió, salí inmediatamente. Yo caminé directo al sofá y me senté. No iba a volver a esa habitación. Eros se sentó frente a mí mientras la luz tenue de la ciudad iluminaba su rostro.
Sus ojos estaban sobre mí.
Observándome.
—Te dije que no te dejaré ir.
Su voz era tranquila. Demasiado tranquila.
—Habrá reglas —continuó—. Si las cumples, tendrás recompensas. Y si las rompes…
—Habrá castigos —terminé por él.
Eros asintió.
—No hay nada con lo que puedas amenazarme —dije— Tampoco quiero nada excepto ver a…
—Patricio —añadió.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—No lo verás hasta mañana.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué?
Eros se levantó y caminó lentamente hacia mí.
—Cada vez que intentes huir… —Sus ojos se clavaron en los míos. —Eso significa un día más sin ver a Patricio.
La rabia explotó dentro de mí.
—¡No puedes hacer eso!
—Ya lo hice —respondió seguro.
—¿Qué vas a decirle?
—Él sabe que estás bien. Él está bien. Jamás le haría daño. —Su voz bajó un poco. —Se lo prometí a tu madre.
—Le prometiste muchas cosas… —susurré más para mi que para él. Pero se que me escuchó.
El silencio cayó entre nosotros.
—Jeff se quedará a cuidarte —añadió.
—No confío en él. Me golpeó. Me secuestró.
—No te preocupes. Ya entendió que no puede hacerte nada.
Sus ojos se endurecieron ligeramente.
—Solo tiene que evitar que te vayas. Pero no volverá a tocarte. Si te vas…si logras irte no volverás a ver a Patricio. Así que tú decides. Confío en que eres lo suficientemente inteligente para tomar la decisión correcta.
El silencio se volvió insoportable. Eros caminó hacia la habitación. Cerró la puerta de un portazo.Ni siquiera le importó que yo me quedara ahí. Sabía que no podía irme.
Sabía que no intentaría escapar otra vez.