TRES

1962 Palabras
Lo seguí hasta su oficina, para ser un hombre grande, su oficina era diminuta. Apenas entramos, abrió un cajón de su escritorio, sacó una hoja y me la ofreció. Leí los recaudos y sólo me faltaba uno, copia de mi pasaporte, nada grave. Le di las gracias y salí por donde mismo había entrado. Al llegar al área de las mesas, Hans emitió un silbido para hacerme saber que quería decirme algo. —¿Ahora qué quieres? —dije con fastidio. —Bienvenida a mi club —dijo sonriendo— que no te quepa la menor duda de que haré tu semana insoportable —elevé una ceja indicando el inicio de mi sarcasmo. —No me aflijo por pequeñeces, sobreviviré —hice un gesto de despedida con mi mano y salí del lugar. Al abrir la puerta, la luz del día golpeó mis pupilas haciendo que me quejara y entrecerrara mis ojos para poder ver. Había olvidado que aún no era de noche. —Ese lugar necesita una redecoración urgente —me quejé— el idiota de Hans… ¡es insoportable! Abrí mi scooter y recorrí el camino de regreso a casa, observaba todo a mí alrededor para memorizar el camino al club. No estaba tan alejado de la universidad y eso me animaba mucho, deseaba ser productiva y saldar mis gastos por mí propia cuenta, sin ayuda de mis abuelos, después de todo, ya ellos habían pagado por el alquiler de la casa. Recorrí cada calle disfrutando de la brisa en mi rostro y lo hermoso de cada edificio. Austria es un lugar maravilloso, aunque no sabría decir si ese sentimiento era producido por el hecho de estar sola y sentirme libre. Al faltar una calle para llegar a casa, me di cuenta que había olvidado mi móvil en la barra del club. —¡Tarada! —golpeé mi rostro con mi mano— ahora tengo que regresar y ver, de nuevo, la cara del gruñón. Con mucho fastidio regresé, comenzaba el atardecer y tenía muchísima hambre. Apenas llegué, vi a la chica que antes me había recibido, barriendo la acera del frente. No se percató de mi presencia, así que entré sin que notara que alguien había pasado por allí. Caminé hasta la barra y allí estaba mi teléfono, nadie se dio cuenta de que lo había dejado, así que lo tomé y me giré para marcharme. —¿Ahora merodeas como los gatos? —la voz de Hans comenzaba a enojarme. —Solo vine por mi teléfono —dije con odiosidad. —Ven acá, Káiser —su voz era autoritaria, me acerqué con cautela, por lo menos teníamos la barra entre nosotros— ¿andas en un scooter por la ciudad? —¿Para eso me haces perder el tiempo? —Hans elevó una ceja. —No respondes una… —Una pregunta con otra pregunta —rodé mis ojos— ya lo sé, Hans. Y sí, es mi transporte, debo ahorrar para la universidad. —Espera allí —lo vi rodear la barra— ven, te llevaré más rápido a casa —quise negarme, pero tenía mucha hambre. —Aceptaré, pero sólo porque quiero llegar a casa para comer —llevé mi mano a mi estómago y Hans sonrió. —Ven, mejor te invito a comer —extendió su codo para que tomara si brazo— anda, también tengo hambre y hay un restaurante que estoy seguro te encantará —tomé su brazo y dejé que me guiara. Caminamos hasta su auto, aparcado junto a la acera cerca del local. Tomó la ruta en dirección a la universidad, no recordaba haber visto un restaurante por esa ruta, pero tal vez era solo el camino hacia él. Dobló en una esquina a la izquierda y, luego de algunos metros, se detuvo. Observé los edificios alrededor, pero los árboles no me permitían ver algún letrero. Bajamos y caminamos al menos cinco metros, Hans se detuvo frente a una puerta y yo miré hacia el interior. Ese era el lugar, levanté mi cabeza y mis ojos se ampliaron, era un restaurante de comida italiana. Cómo ya lo dije, amo la pasta y me parecía el lugar perfecto para cenar, y más porque mi estómago comenzó a hacer ruidos. —Anda —dijo Hans dándome un ligero empujón— quedarás fascinada por su comida. Obedecí cual cachorro adiestrado, el lugar era encantador, estilo italiano, con pinturas de artistas del mismo país en sus paredes donde se mostraban algunos hermosos paisajes, excepto uno, que era el retrato de una familia de 8 integrantes; supondría que era la familia dueña del restaurante, quién sabe. Nos sentamos junto a la ventana, un chico se acercó, nos saludó cortésmente, entregó el menú y se marchó. Estaba fascinada con la cantidad de platos que se ofrecían. —Al menos no es la típica pizzería italiana que ofrece pasta y pizza —murmuré para mí misma, pero Hans alcanzó a escucharme. —¿Aceptas ayuda o puedes elegir sola? —No tengo ocho años, Hans —ladeé una sonrisa— y entiendo un poco el italiano —visualicé una de mis sopas preferidas— Tengo que probar esto —luego vi que ofrecían brócoli al horno —definitivamente tú irás a mi estómago —al llegar a la lista de pastas, quedé estupefacta— ¿28 platos de pasta? —miré a Hans por encima del menú— Debe ser una broma. —Los he probado todos, no tengo uno favorito. —Ya elegí ¿aún decides? —No, yo sabía lo que venía a comer —cerró su menú e indicó al chico que estábamos listos para ordenar. —Las damas primero —dijo el joven al acercarse— ¿cuál será su orden? —Sopa de tomate, brócoli al horno y lasaña al ragú bolognese, por favor —ambos me miraron boquiabiertos. —Pizza toscana —pidió mi acompañante— y dos copas de vino tinto, Chianti, por favor —el chico hizo un ademán y se retiró con nuestro pedido. —Sigo siendo menor de edad —murmuré tratando de que no escucharan. —En Italia, los jóvenes pueden tomar una copa de vino, nada más —dijo Hans mientras observaba a través de la ventana. —No estamos en Italia —me recliné en mi asiento y crucé los brazos debajo de mis senos. —Deja de lado las creencias absurdas, Káiser —lo vi fruncir sus cejas— ¿acaso crees que te haré daño? —Su mirada se posó en mí. —No es lo que creo —mantuve la mirada en sus ojos— es solo que… nunca he tomado alcohol —Hans ladeó una sonrisa, parecía divertirse con mis palabras. —¡No es tan malo! —Apoyó sus codos sobre la mesa y de nuevo fijó su ojos en los míos— hablemos de otro tema —Una de sus manos frotó su mejilla— ¿qué piensas estudiar? —Artes dramáticas —Hans elevó una de sus cejas. —¿Actriz? —parecía indignado. —Sí, soy muy buena para eso. —Y no lo dudo, he visto tus presentaciones —mis ojos se ampliaron. No había manera de que él me haya visto. —¿Dónde me viste? Sólo he actuado en la escuela. —¿Y? —¿Cómo que “Y”, Hans? —comenzaba a molestarme— ¿cómo pudiste verme actuar dentro de la escuela? —¡Ah! el drama es por esa razón —Hans sonreía— ¿recuerdas las diez veces que tu abuelo Jorge fue a verte? —hundí mis cejas ¿a qué venía eso? —Sí, yo lo invité. —Yo acompañé a tus abuelos, estuve con ellos en cada presentación —tragué saliva. —No entiendo… —se supone que él era solo el chofer de mi transporte escolar. —Es simple Káiser, a donde tú vayas, yo iré adelante —ladeé mi cabeza, me sentía confundida. —Sigo sin entender, Hans —pasé mis manos por mi cabello para arreglar un mechón suelto— ¿qué tiene que ver eso con que hayas ido a mi escuela? ¿Puedes explicarme? ¿Qué tiene que ver mi abuelo Jorge en eso? —Es simple, trabajo para él —abrí mi boca sin darme cuenta— vigilo cada paso que das, incluso si no estoy contigo. —Me es… —no pude terminar la frase, nuestra cena llegó. —Luego lo veremos —Hans prefirió no continuar hablando durante la comida. Mi cabeza no dejaba de concluir precipitadamente sobre lo que Hans había dicho ¿Acaso mi abuelo no confiaba en mí? Eso no podía ser cierto, nunca le di motivos para hacerlo, he sido una buena persona. “Nunca he usado drogas, nunca he tomado alcohol, nunca he salido con mis amigos a fiestas sin presencia de adultos en ella, nunca he tenido novio, ni he prestado atención a sus pretensiones, nunca he dicho maldiciones delante de nadie. He sido estudiosa, aplicada, respetuosa, responsable con mis deberes, tanto en la escuela como en casa, obediente con las reglas ¿por qué mantenerme vigilada?” Mi cabeza comenzaba a doler, mi estómago comenzó a cerrarse y apenas pude comer la sopa. Hans parecía preocupado, mantenía la mirada fija en mí y cuando se dio cuenta de que no comería más, pidió al camarero que retirara la comida y la colocara para llevar. Mi mente no paraba, un pensamiento surgía tras otros y hacían que el dolor de cabeza fuese en aumento. —Káiser… —Hans intentó decirme algo, pero levanté mi mano para hacerle saber que no quería escucharlo. —Sólo… —intenté no llorar— llévame a casa, por favor. No dijimos nada en todo el camino, salvo al llegar, fue cuando agradecí por la comida y por haberme traído, él solo se limitó a decir que esperaba verme el lunes en el club. “El club” —pensé nerviosa— “no me siento segura de ir sabiendo que Hans estará allí observándome, pero debo trabajar” Al entrar en la casa, aseguré la puerta detrás de mí, me dejé caer en el suelo y lloré hasta sentirme tranquila. Cuando tuve la cabeza lo suficientemente clara, me levanté, llevé la comida a la cocina y busqué mi teléfono. —Mi abuelo debe aclarar todo —dije molesta— ¡no es justo que me ponga un maldito niñero! Marqué su número y escuché varios tonos antes de que mi abuela contestara. —Hola pequeña, no tan pequeña —dijo ella con alegría— ¿cómo te ha ido en Austria? —Hola abuela, me ha ido bien, no tengo quejas —dije con un tono serio— ¿ustedes están bien? —¡Vaya! Con ese tono no parece que ha sido así —su voz denotaba preocupación— pero sí, estamos bien ¿sucede algo? —Nada, solo tengo dolor de cabeza, es todo. —Bien, espero que sea solo eso. —Sí, no te preocupes —tomé aire y exhalé pesadamente— ¿Dónde está mi abuelo? —Se está duchando, ya sabes que se baña más de lo que se acicala un gato —escuche una ligera risa. —Sí, me imagino —abrí el refrigerador y saqué una botella de agua— abuela, hazme un favor… —Dime. —Dile al abuelo que necesito hacerle una consulta. —Espero que no sea financiera, puede cobrarte una comisión por la consulta —de nuevo escuché su risa. —No, no es sobre eso. —Bien, le daré tu mensaje. —Gracias abuela, te envío un beso inmenso. —Y yo te envío mil. Cuídate, mi niña. —Tú también, abuela. Adiós.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR