Luego de la cena, abrí mi computadora portátil y busqué información sobre la masturbación. Descubrí cosas interesantes, sobre todo me sorprendí al ver que se usaban dildos de diferentes tamaños y grosores, algunos estimuladores de clítoris y hasta había elementos para usar en los pezones. Busqué tiendas en Austria que ofrecieran esos productos, pero estaban muy lejos de mi ubicación. Así que opté por buscar en sitios web y encontré algunos muy buenos y con buenos precios. Terminé comprando un dildo realista con base de succión, 23 centímetros, y una “mariposa” para estimular el clítoris controlado por un pequeño control remoto.
—Si mis abuelos se enteran para qué estoy usando mis ahorros, seguro me colgarían de un árbol —hablé conmigo misma. Decidí no pensar en eso, continuar con mi propósito y esperar que todo estuviese bien.
Dos días después, llegó mi encargo a la puerta de mi casa. Apenas lo abrí, corrí a la habitación destinada para mi placer, el sótano. Abrí la puerta, encendí las pocas luces del lugar y dejé el paquete en el suelo. Subí a buscar algunas cosas que necesitaría, toallas, algunos cojines, toallitas de limpieza, una silla y una pequeña mesa rectangular que estaba en la habitación que dije que usaría para estudiar. Acomodé los objetos en la mesa, me senté, saqué las cosas de la caja, las examiné y desinfecté con algunas toallitas.
Primero usaría la mariposa, así que me desnudé, leí las instrucciones y repetí todo como se indicaba. Las vibraciones me hicieron saltar de la silla, era mucho mejor que hacerlo con mis dedos, pero sin dudas el chorro del agua me resultaba aún mejor. Me divertí cambiando las vibraciones al azar hasta que mi cuerpo ya no se conformaba con la estimulación. Estaba lista y lo suficientemente mojada para perder mi virginidad, así que apagué las vibraciones.
Estaba decidida a hacerlo con el dildo, no quería esperar hasta que el hombre “indicado” le diera la gana de llegar a mi vida. Agarré el dildo, lo observé fijamente, nunca había visto un pene real, y si éste se asemejaba, pues me resultaba hermoso con esas venas brotando por su longitud, sentía el deseo de llevarlo a mi boca para saborearlo, pero no lo hice porque sabía que no era real, su sabor tal vez sería desagradable.
Lo fijé de un golpe en el asiento de la silla y me preparé para su invasión en mi cuerpo. Muy despacio dejé que abriera el canal vaginal, me dolía un poco, sentí un pequeño ardor que me hizo levantar, noté en la punta del aparejo un poco de sangre, nada grave, regresé a mi posición anterior y ésta vez sentí un poco de presión y ardor. No me detuve, sino que me dejé caer con todo mi peso sobre él.
Mi respuesta fue sujetarme de la mesa, ahogar un grito, levantarme rápidamente y caminar por todo el lugar con mis manos entre las piernas. Cuando sentí un poco de alivio, saqué mis manos y vi en ellas sangre, de nuevo, no era mucha, pero sí era más que en el primer intento. Regresé a la mesa, activé la mariposa hasta enloquecer y sin apagarla, me senté de nuevo sobre el dildo.
Permanecí sentada moviendo mis caderas al ritmo de las vibraciones. De pronto comencé a gemir ligeramente dejándome llevar por lo que mi cuerpo me decía que hiciera, poco después, ya no eran tímidos gemidos sino unos muy sonoros, resonaban en la habitación y escuchar el eco de mi deleite me hacía sentir más extasiada.
Luego de dos horas, dándome placer de diferentes formas y maneras… la silla, mesa, suelo, escaleras y pared se quedaron cortos para mi capricho. Me di por vencida y subí desnuda para asearme de nuevo; de camino a la habitación, iba apagando todas las luces. Entré a la ducha, me bañé, sequé mi cuerpo y sin más, me dejé caer en la cama suave.
En las siguientes dos semanas, me dediqué a buscar información sobre tres universidades, dos de ellas no eran de renombre, pero sí estaban más cerca de mi residencia, e igual ofrecían lo que me gusta, arte, pero artes dramáticas. Sí, ya sé que soy buena para el arte, pero, al fin y al cabo, siempre fui muy buena actuando en mi escuela, mi profesora siempre halagaba mi talento, así que decidí sacarle provecho.
Universität für Musik und darstellende Kunst Wien (Universidad de Música y Arte Dramático de Viena) era el lugar que había elegido para mis estudios, al final debía viajar hasta Viena para cumplir con mis clases, pero me resultaba encantador porque la ruta tomaría apenas 20 minutos y podría buscar empleo en la ciudad cerca de la universidad.
Mientras esperaba para la presentación de la prueba de dominio del inglés y el alemán, conocí a dos chicas alemanas que estudiarían artes dramáticas igual que yo. Me resultaron encantadoras y algo alocadas, pero a primera vista, pude deducir que provenían de familias adineradas. Lo sé, sueno un poco prejuiciosa pero su nivel educativo y su manera de hablar me lo indicaban.
Luego de presentar las pruebas, me dediqué a esclarecer mis dudas sobre la documentación. Por fortuna, mi padre se ofreció a buscar lo necesario y enviarlo tan rápido como fuese posible, cosa que agradecí. Buscar trabajo fue un poco difícil más no imposible, varias cafeterías ofrecían empleo a medio tiempo y un bar cercano también. El bar me ofrecía la oportunidad de estudiar el turno completo en la universidad, ya que el trabajo era nocturno y no era hasta tan tarde, pues cerraban a la medianoche y, además, ofrecían transporte.
Me presenté al bar, el dueño me entrevistó, pero dijo que no podía trabajar por ser menor de 21 años, cómo estadounidense, sus reglas en el negocio eran las mismas que las que aplicaba su país. Me levanté e intenté salir de la oficina, pero él me detuvo.
—¿Cuánto tiempo tiene en éste país? —preguntó antes de que tocara la puerta.
—No mucho, estoy aplicando en la universidad para estudiar —dije casi sin ánimos.
—Te tendré en cuenta si no encuentro buenos candidatos —colocó mi carpeta sobre una bandeja en su escritorio— se han presentado pocos, no manejan bien el alemán y eso no es bueno cuando el 90 por ciento de los clientes es local.
—Agradezco que me tenga en cuenta —el hombre sonrió tímidamente. Abrí la puerta y salí.
No tenía muchas esperanzas en ese empleo, por lo que me presenté en las cafeterías, pero al no tener experiencia, todos me rechazaron.
—Es más difícil de lo que creí —murmuré al sentarme en una de las sillas de última cafetería en la que tuve una entrevista.
Ordené un café y un sándwich, me quedé mirando hacia la puerta, observaba a las personas que entraban y salían. Luego de un rato, decidí marcharme; no estaba con ánimos para estar allí. Quería retornar a casa, pero no encontré un taxi disponible, así que decidí pasar un buen rato como turista. Hacía muchos años que no visitaba Austria y tampoco había estado en éste lado de la ciudad, así que ¿por qué no conocer nuevos lugares?
Caminé algunas manzanas, encontré algunas tiendas curiosas, entre ellas una tienda de Scooters. No dudé en entrar, me encantan esas cosas, tuve una cuando tenía 8 años y quería volver a divertirme con uno de ellos. El encargado de la tienda, muy amablemente, me mostró diferentes modelos; estaba fascinada con ellos y no podía decidirme por uno solo. Sin dudas, gastaría mis ahorros antes de completar el mes, pero esto era algo necesario, ya no se trata de un juguete, sino de un medio de transporte, esencial para movilizarme en la ciudad.
Finalmente, luego de meditar entre las opciones, me decidí por un micro Scooters Metropolitano, ajustable para diferentes alturas, soporta cien kilogramos y es plegable aunque tendría que cargar con casi seis kilos. No le busqué más detalles, pagué mi nueva posesión y salí rodando de allí. Di vueltas por los alrededores de la universidad para familiarizarme con el entorno, en ello, descubrí un pequeño local comercial donde se solicitaba jóvenes para trabajar. Sin dudarlo, bajé de mi scooter, lo plegué y me dispuse a entrar al lugar.
Lo primero que noté fue el horario en la puerta, era nocturno, muy nocturno, por lo que dudé un poco antes de empujar la puerta. Sí, tengo casi 18 años, soy muy alta, lo que me ayuda un poco en mi presentación, sin importar cuán joven sea, así que atravesé el pequeño pasillo hasta llegar a un área con lo que asumí eran mesas, al final había un pequeño escenario bien iluminado con instrumentos musicales y un par de micrófonos al frente, justo del lado opuesto estaba la barra. Respiré aliviada al ver que no era un cabaret.
Apenas podía distinguir los objetos frente a mí, la iluminación en el área de las mesas no era muy buena que digamos, de hecho era horrible, y la decoración no es un tema muy lejano a la iluminación. De paso, la alfombra negra hace todo más sombrío.
—Buen día, disculpa —dijo una chica de color, no podía leer bien el identificador en su blusa— el club está cerrado ahora ¿puedo ayudarte en algo? —su rostro me hizo saber que la chica sentía confusión.
—Buen día, entré para saber sobre el empleo —dije sin más.
—¡Ah! eso —por alguna razón parecía aliviada— espera un momento, buscaré al encargado de eso —dio media vuelta y luego volvió a girar hacia mí— lo siento, soy una tonta, puedes sentarte donde prefieras.
—Gracias —miré a mí alrededor y opté por sentarme en una de las sillas altas junto a la barra. Al menos allí había mejor luz.
Coloqué mi móvil sobre la superficie detrás de mí y luego de unos minutos, escuché que una puerta se abría, miré en dirección al sonido y vi que un hombre muy alto atravesó la puerta, no exagero en el tamaño de ese ser, tuvo que bajar su cabeza para pasar por la puerta. Estaba casi en shock, era como ver la versión europea de Dwayne Johnson y sin darme cuenta comencé a babearme.
—Cierra la boca, Káiser —escuché en el otro extremo de la barra, detrás de mí— Sospecho que hay humedad entre tus piernas —su risita irónica era inconfundible. Giré mi cuerpo en dirección a la voz.
Y allí estaba Hans, de pie, detrás de la barra, limpiando un vaso y sonriendo burlonamente sin levantar la mirada.
—¿Hans?
—Buen día, señorita —dijo el hombre al acercarse a mí— mi nombre es Murad Ramsden —“es un nombre extraño” pesé— me dijeron que viene por el empleo.
—Te lo advierto Murad, es una chica despistada —dijo Hans desde lejos— yo que tú, no le doy el puesto.
—¿La conoces? —indagó curioso el grandote.
—Sí, fui su chofer cuando sus hormonas estaban a flor de piel —dijo riendo.
—¡Eres un cretino, Hans! —dije molesta.
—Es broma Káiser —dejó a un lado el vaso y me miró— ¿qué haces en Austria?
—Vine a estudiar —enderecé mi cuerpo y miré al gigante a mi lado— pero no quiero perder mi tiempo libre en tonterías, quisiera trabajar —giré de vuelta a Hans— ¿cuánto tiempo tienes en Austria? —no respondió, solo sonreía de manera malvada.
—Bien, ¿tiene alguna experiencia? —regresé la mirada al Murad y negué con la cabeza.
—Nunca ha trabajado —dijo Hans con tono serio— pero es muy responsable y dedicada en sus deberes.
—Gracias por la referencia, Hans —el hombre posó su mirada en la mía y elevó una ceja— el puesto es simple, estarás junto a Hans, necesita quien se encargue de recibir los vasos, copas y demás, los lave y los coloque en su sitio —levanté mis hombros.
—No tengo problemas con eso —el hombre ladeó una sonrisa.
—Te pondré a prueba durante una semana —dijo el hombre mientras levantaba la cabeza para mirar detrás de mí— ¿te parece justo, Hans?
—Me parece mucho tiempo —deseé tener visión láser para matarlo con la mirada— comenzará a quejarse por sus uñas —levanté mis manos y mostré mis uñas cortas, bien cuidadas y con sólo una capa de brillo en ellas. Murad sonrió ampliamente.
—Está bien —el hombre frente a mí tocó ligeramente mi hombro— acompáñame para darte los requisitos que debes traerme el lunes —me levanté y lo seguí.