Las puertas del quirófano se abrieron con un leve chirrido y el cirujano salió, visiblemente agotado. Tenía el rostro cubierto de sudor y la mascarilla arrugada, colgando de una oreja. Se detuvo frente al área de espera y miró alrededor con expresión grave. —¿Familiares del general Fiorenzo? —preguntó en voz alta, mirando a ambos lados. Nadie respondió. Ginebra se puso de pie de inmediato. Su corazón golpeaba con fuerza en el pecho. Tragó saliva y dio un paso al frente. —Yo… —dijo, con voz temblorosa—. Yo estoy aquí. El médico la observó con atención, midiendo sus palabras. —¿Es usted familia directa? —No… no exactamente. Pero no hay nadie más —respondió con sinceridad—. Yo… yo me haré cargo. Puedo contactar a su familia, si me dice cómo está. Por favor. El médico asintió despacio,

