Todo era negrura al principio. Una negrura densa y silenciosa. Tiziano Fiorenzo abrió los ojos con dificultad. La luz artificial lo golpeó en los ojos. El zumbido de las máquinas, el olor de la sangre, el sonido leve de un monitor, marcando su pulso. Luego sintió como una gota de sudor le corrió por la sien. Quiso moverse, intentó mover las pierna. Solo una reaccionaba. La otra no respondió. Volvió a intentarlo. Una vez más y no consiguió moverla. Sus ojos se abrieron de golpe. La confusión fue reemplazada por una lucidez repentina y brutal. Se sentó bruscamente, miró bajo la sábana, y lo supo. —¿Qué…? —la voz le salió ronca, seca—. ¿Qué mierda es esto? Las máquinas empezaron a pitar. Su respiración se aceleró. —¿Dónde está mi pierna? —gritó, jadeando—. ¿¡Dónde mierdas está mi p

