Las feroces luces del alba daban en todo mi rostro. Es una mañana de noviembre y despierto más enérgico que lo normal. Mi hijo estaba acostado a mi lado derecho, me desperezo por encima del bostezo. Las persianas están situadas a los costados de la ventana. Durante la madrugada me había levantado con mucha sed y había ido hasta la cocina para servirme un vaso con agua. Luego cuando regrese a la habitación se había ido la luz. El calor era un poco insoportable. Había abierto las ventanas y corrido las cortinas para que entrara aire. A pesar de que me crie en un lugar donde abunda el calor, nunca llegue acostumbrarme del todo. Lo odiaba, prefiero mil veces el frío. Me levanto con la pereza aun impregna en todas mis extremidades. Hernán hoy venía a almorzar. Sería la primera vez que lo prese

