El pasillo es demasiado estrecho para contener todo lo que siento y apenas la puerta se cierra tras de mí, el aire se vuelve insoportable. «No puede ser». Golpeo la pared con el puño cerrado, una, dos, tres veces, hasta que la piel se abre y la sangre sale. Pero no me importa. Ni el ardor en mi mano ni el resquemor en la herida de bala que todavía está sanando en mi hombro. El dolor físico es lo único que consigue apartar, aunque sea por unos segundos, la idea de que puedo perderla. —¡Mierda! —rujo, la voz me sale rota y quebrada. Me escucho más como animal que humano. Y podría llegar a serlo. Porque no puedo lidiar con esto. Con este terror imparable que se mezcla con una furia que nunca antes he sentido. Apoyo la frente contra la pared fría y espiro como un condenado, pero el

