Capítulo 3

4454 Palabras
La comunidad Ángeles Caídos, fue fundada hace varios años atrás por un hombre llamado Angus Petersons de cuarenta y cinco años de edad. Era un hombre de ojos oscuros como la noche, de hombros anchos y que siempre vestía de traje. Su cabello era de color n***o azabache y tenía patillas a cada lado de su rostro. Su contextura física era firme y fuerte, ya que cuando tenía la oportunidad, pasaba horas y horas en el gimnasio. Era de carácter fuerte y cuando se enfurecía, trasmitía demasiado miedo. Ni una mosca volaba frente a sus narices si este no se lo permitía. Pero a pesar de ser una persona fría por fuera, por dentro, era un ser humano con un corazón gigantesco. Angus se encargaba de albergar a niños desgraciados de todas las edades que necesitaban ayuda económica y que no tenían un lugar a dónde ir; en una gran mansión con habitaciones de tamaños medianos, y todo tipo de sectores para satisfacer sus necesidades. Él era un hombre de muchísimo dinero que rebalsaba exageradamente de sus bolsillos y que estaba cansado de agotarlo en sí mismo, por ese motivo, Angus creó una pequeña comunidad (aproximadamente de una hectárea de terreno) para que ellos tuvieran un techo y vivieran como niños afortunados. Era una especie de Dios personificado en la tierra, gracias a él tenían comida, pequeños hospitales con doctores profesionales y una escuela privada sólo para que los que niños tuvieran una educación privilegiada, con los mejores profesores que el mismísimo señor Angus se había encargado de elegir. Habían adolescentes que habían huido de sus hogares por maltratos diversos y cuando uno de las autoridades de Ángeles Caídos los encontraba vagando por las calles en pleno invierno—o en cualquier estación del año— los llevaban ante el señor Angus para que este hablara con ellos. Con su consentimiento, claro. Nadie era obligado a nada. Sí Angus veía que su caso era extremadamente serio, les permitía quedarse hasta el tiempo que ellos quisieran.  Una de las personas que trabajaban para el señor Angus, era Barbara. Ella, con otras personas más, se encargaba deambular con sus camionetas por las calles de Newport para encontrar a chicos abandonados, y luego se ocupaba de alimentarlos, de vestirlos y de darles a entender que una nueva vida los esperaba con los brazos tendidos. Los niños que vivían bajo la supervisión del señor Peterson, se volvían amables a través del tiempo, con clase y por sobre todas las cosas: personas de bien. Cada uno tenía su habitación, su baño, y sus armarios con nuevas vestimentas para ponerse cada día de la semana, y estaba demás decir que, hasta los chicos que estaban en la etapa de la adolescencia tenían su propio teléfono móvil.. Esos chicos vivían como reyes y jamás volvieron a pasar hambre. De la pobreza pasaron a la riqueza de la noche a la mañana. Si una de las autoridades escuchaba una blasfemia salir de la boca de algún niño o tenían un comportamiento muy rebelde, era estrictamente castigado. Pero no era necesario llegar a ese limite, ya que nadie maldecía porque eran felices. La comunidad era siempre para ayudar, pero...nadie sabía de su existencia. Angus mantenía a su comunidad en secreto. Ya que no quería que nadie se enterara de su proyecto. Nadie lograría entender por qué lo estaba haciendo. Él también había pasado hambre y no quería ver a ningún niño que viviera esa horrorosa situación. La gente que trabajaba para él, tenía PROHIBIDO decirle a alguien acerca de su trabajo, porque no quería que ninguno de sus familiares supieran de su obras benéficas. Ellos no lo comprenderían. Aquel gran hogar para niños desafortunados estaba protegido por grandes murallas de hierro y alambres de púas, y cada un metro, había dos cámaras de seguridad. Sólo para protegerlos y para que no se sintieran amenazados por la gente del otro lado. Ese era el lema; proteger a niños que habían vivido en el infierno a pesar de ser inocentes. Parecía una adolescente bastante agresiva y eso no le iba a gustar mucho a su jefe. Pero, para eso estaba el hogar, para educar y enseñar, para frenar a los adolescentes mal educados y llevarlos por el camino del bien. Barbara sacó un llavero de su bolsillo trasero del pantalón y apretó un botón azulado de este. Automáticamente la gigantesca puerta de acero de un tono grisácea se abrieron de par en par. La camioneta ingresó, y Barbara volvió a apretar el botón azulado para que las puertas se cerraran. Eran las nueve de la mañana y la helada había consumido todo el césped de la comunidad. Hasta la copa de los arboles desnudos se congelaban por las falta de hojas. Los niños se encontraban durmiendo cada uno en su acogedoras camas, los fines de semana tenían permitido dormir hasta la una del mediodía y los días de semana tenían que levantarse para ir a la escuela ubicada en el predio. La camioneta continuó avanzando por el camino de rocas blancas hasta llegar a la gigantesca casona. Barbara apagó el motor y se volvió para mirar a la joven. Le daba lastima despertarla ya que se había quedado dormida, pero tenía que hacerlo para llevarla con el señor Peterson. La pelirroja apenas le rozó el hombro con la mano, y la chica abrió los ojos como un gato asustado, sobresaltándose en el asiento. —Hemos llegado.—le susurró de una manera tan dulce que hasta Alia pudo sentir la calidez de su voz. Se frotó el rostro para despabilarse y comenzó a mirar hacía todos lados de manera paranoica para saber a dónde la había llevado. —Tranquila,—le dijo rápidamente, al notarla asustada—ya hemos llegado a la comunidad. La niña lanzó un bostezo ruidoso y volvió la mirada hacía Barbara, esta la miraba con simpatía. La mujer bajó de la camioneta y rodeó el coche para abrirle la puerta a Alia. Esta asomó su cabeza fuera del coche antes de sacar su cuerpo por completo, buscando cualquier indicio sospechoso solo por simple precaución. Alia estaba a la defensiva por si notaba algo raro. Lo importante era estar lo más lejos posible de Harbor Way, y parecía que lo había logrado. Observó la gran mansión que tenía frente a ella, boquiabierta. Era demasiado enorme y parecía un castillo inmenso. Estaba construida con ladrillos grises. Las numerosas ventanas cubiertas por cortinas blancas hacían juego con el tejado de pizarra de un tono color piel. Cuatro impresionantes columnas negras soportaban el chistoso pórtico de la fachada de la entrada. Sobre la doble puerta principal negra, había como un fuego de artificio producido por los cristales de colores que la decoraban. Sí alguien viera esa enorme e interminable mansión lo ultimo que pensarían era que se trataba de un hogar. Alia apoyó un pie con vacilación fuera del coche y Barbara la tomó del brazo para que no tropezara, ya que la debilidad estaba maltratando el cuerpo de la pobre. —Esta es la comunidad Ángeles caídos, es para niños que escapan de sus casas y aquí los cuidamos y los educamos.—explicó la mujer, mientras subían los inmensos y largos escalones. La Néctilea seguía aturdida y no confiaba en lo que le estaba diciendo la mujer. ¿Por qué estaba tan aislado y con puertas blindadas?¿Por qué tenían que mantener a los niños de allí tan asegurados? Alia le siguió la corriente para ver hasta qué punto llegaría la ayuda de la señora de pelo rojizo. Sí intentaban hacer algo con ella, encontraría alguna forma de escapar porque siempre lo conseguía gracias a sus manos. Pero...sí el lugar le agradaba, se quedaría por un tiempo hasta poder idear un plan para salir de Oregon. También necesitaba estar tranquila para poder calmar su estado de shock y enfrentar las cosas como una mujer, y sabía que quizá...ese era el lugar que ella necesitaba. La mujer volvió a sacar el llavero y apretó un botón, pero esta vez era uno de un tono amarillento. La Néctilea memorizó todos sus movimientos por si acaso. Las puertas inmensas de mármol se abrieron de par en par, de forma automática.  Alia se sobresaltó por el rechinido que estas hicieron y la mujer le dio unas palmaditas en el hombro para que se tranquilizara. La boca de la joven se transformó en una inmensa O, cuando vio un vestidor gigantesco. Los pisos estaban hecho de cerámica negra que brillaba por el contacto del sol y un enorme candelabro dorado colgaba del techo, parecía del tamaño de una ballena. Alia posó uno de sus pies contra una de las baldosas de manera instintiva para obtener una mejor visión. Sintió un leve escalofrío cuando sus pies descalzos chocaron con la fría cerámica. Continuó mirando el vestíbulo y sus ojos quedaron pegados en las escaleras de alfombra roja, y los cuadros que estaban colgados en las paredes con rostros de diferentes niños. Alia dio otro paso más. Las paredes eran de un azul oscurecido por los años y estaban decorados con lamparas de plata a cada extremo de las paredes, casi a la misma medida. El lugar parecía no terminar nunca por lo enorme que era. Estaba segura de que antes había sido una iglesia. Dio otro paso más. El aire del calefactor le pegó justo en la nuca cuando siguió avanzando con un poco más de confianza. Había altas y delgadas columnas pintadas de blanco, y cada una de ellas tenía jarrones invaluables de un valor incalculable. Alia levantó la mirada, y ahogó una exclamación al notar una hermosa obra de arte en el techo que parecía inalcanzable. La pintura consistía en niños jugando y sonriendo mientras corrían por un parque lleno de flores y arboles. La mansión parecía un monasterio y hasta el zumbido de una mosca podría ser retumbado entre las paredes de la dichosa comunidad. Tragó saliva, aquello era demasiado sospechoso. Quería preguntarle a Barbara cuál era el verdadero motivo por el que la había traído allí, pero no se sentía preparada para hablarle. Su boca se encontraba dormida. —Los niños a esta hora se encuentran durmiendo en sus camas, tienen permitido dormir hasta el mediodía los días sábados y domingos.—le informó. Alia escuchó la voz de la mujer, lejana. Seguía con ese horroroso malestar que le impedía escuchar a los demás. Agachó la mirada para deshacer las ganas de llorar. El dolor de su pecho la estaba matando de manera lenta y sin piedad. La mujer se acercó más a la joven y la miró apenada por su tristeza. —No sé que te han hecho esas personas, no sé que es lo que te ha pasado.Pero aquí no hay tristeza y todos reciben amor sin dar nada a cambio. Alia buscó sus ojos y cuando se encontró con ellos, vio calma, vio esperanzas. Ella lo que más necesitaba era amor, era afecto, porque nadie se lo había dado, porque todos se habían encargado de manera gustosa de humillarla y...todos le habían dado la espalda. —Ahora voy a llevarte con el señor Angus. Es un hombre maravilloso y... Las palabras risueñas de Barbara quedaron sin terminar al ver el temor que Alia estaba demostrando. La niña dio un paso hacía atrás y la miró con pánico en sus ojos. Alia no quería tener contacto con ningún hombre, ni siquiera mirar a la cara a uno. Les daba repulsión con tan sólo tener a uno a miles de kilómetros. No podía ni siquiera sentir el olor de alguna colonia masculina. —No te preocupes—se apresuró a decir la pelirroja—, él se encarga de cuidar a todos los niños. Es un hombre de gran corazón. Te lo prometo. ¿Podría una persona prometer tanto, sin miedo a no cumplir? La joven apretó los labios y la miró con desconfianza. Al darse cuenta de que la mujer realmente quería ayudarla y después de varios segundos de mirarla, accedió a verlo. Cuando subieron a la planta de arriba, Alia tenía la mirada clavada en cada decoración detallista. Los pasillos angostos estaban llenos de puertas de habitaciones con carteles con los nombres de los niños que dormían allí. Alia no tenía noción de cuanto habían caminado hasta que se detuvieron en una puerta grande y pesada con una perilla dorada que relucía por lo limpia que se encontraba. La Néctilea podía verse reflejada en ella. Barbara tocó la puerta y la abrió en cuanto escuchó que una voz gruesa y seca les había permitido el ingreso. La niña tuvo la vista panorámica del despacho, y al hombre que se encontraba de espalda mirando por el enorme ventanal. Tragó con fuerza. —Señor Peterson.—dijo Barbara para captar la atención de su jefe—,he traído a una niña nueva. Angus se volteó lentamente para mirar a la nueva integrante de la comunidad y una sonrisa no muy bien definida brotó de sus labios. Se notaba en su mirada que ya no le sorprendía que vinieran adolescentes sucios y con ojos morados, porque estaba segura de que él ya había presenciado peores casos. Alia se sintió intimidada por cómo la mirada del hombre estaba sostenida en ella. Juntó sus manos para transformarlas en un puño y se las llevó a su estomago para intentar deshacer ese vacío inmenso que tenía. —Déjanos solos, Barbara.—soltó él. Sintió como la mirada de Barbara le trasmitía ánimos, y en cuanto ella se marchó, pudo percibir ese incomodo silencio que comenzaba a perturbarla. —¿Quieres tomar asiento?—le ofreció, mientras apuntaba con una mano tendida en dirección a uno de los sofás negros que tenía en frente. Alia no despegaba la mirada del suelo e ignoró al hombre completamente. —¿Quieres comer galletas o leche?—le volvió a ofrecer, pero Alia continuaba sin contestar—Muy bien—murmuró él y se sentó detrás de su escritorio—es entendible que no quieras hablar y seguro estás pasando por algún momento difícil, y te escapaste de algún lugar. Eso supongo yo. Pero aquí, te ofrecemos un techo para que puedas vivir y continuar con tu vida sin que los de afuera te molesten. Estás a salvo.—le aseguró con los codos apoyados en la enorme mesa. Alia escuchó cada una de sus palabras y levantó la mirada para verlo. Le costaba creer que todo eso se lo estaba ofreciendo sin dar nada a cambio, le era difícil procesar todo a la vez. La niña arrastró los pies y se sentó con cuidado en un inmenso sofá de cuero n***o. Angus relajó los hombros al notarla menos evasiva, y largó un suspiro. —Sólo te haré un par de preguntas y cuando terminemos, Barbara te buscara una habitación.—le dijo con tranquilidad. Silencio, sólo había silencio. Alia tenía la mirada perdida y no tenía lucidez de lo que sucedía a su alrededor. —¿Cuál es tu nombre?—escuchó que le preguntaba el hombre. Pero Alia no contestó. Seguía con aquel nudo en la garganta que le impedía hablar, que le impedía expresarse, que le impedía decir lo que tenía guardado. Continuaba asustada, no sabía si había sido buena venir hasta alli, pero, prefería estar en el mismísimo infierno antes de estar en Harbor Way. —¿Quieres escribirlo en un papel? Quizás de esa forma te parezca más cómodo comunicarte.— insistió el señor Peterson, mientras deslizaba una hoja y una pluma en su escritorio hasta que quedaron frente a ella. Alia centró sus ojos en la pluma y el papel. La pluma le recordó aquella tarde en su vieja escuela en donde le había clavado una en la cintura de Blis. Blis. La maldita Blis. Por culpa de ella todo había comenzado. Su respiración se volvió agitada y forzosa ante ese recuerdo. Sus manos se aferraron a cada lado del sofá y su pecho subía y bajaba de manera rítmica. Angus arrugó la frente por el comportamiento de la joven,y la miró de forma confusa. De pronto, Alia se puso de pie y tomó la pluma con rabia y repulsión. Acto seguido, la arrojó en dirección al ventanal que yacía abierto sacándola de su vista. Angus prestó atención a cada uno de sus movimientos y no parecía sorprendido. Continuaba sentado, como si estuviese disfrutando del espectáculo que ella estaba brindando ante sus ojos. La niña miró la ventana y por primera vez, una lágrima resbaló por su delicada mejilla. Estaba quebrada, estaba sola en aquel mundo que se reía por su sufrimiento. Su vida no tenía sentido. Ya estaba cansada de que todo el mundo se burlase de ella, porque no tenía la culpa de haber nacido, nadie le preguntó si realmente quería nacer. Ya estaba tan cansada de seguir llorando. Había recibido un peso sobre sus hombros tan pesados y difícil de llevar, que necesitaba realmente escaparse y tener la mente en paz. Eso quería, estar en paz. Todo había sucedido tan rápido, tan deprisa. En una noche de diversión, cuando ella realmente la estaba pasando genial...su alrededor había dado un vuelco de ciento ochenta grados, así, como si nada. Ya quería parar con ese dolor tan espantoso en su pecho, que le pedía a gritos que se muriera de una vez por todas. Ese sufrimiento no se iría con caricias, ni con amor. Ese dolor le estaría para siempre y no podría lidiar nunca con él aunque lo intentara. ¡Ella renunciaba a seguir viviendo! Alia corrió hasta el ventanal y se apresuró a treparlo antes de que ese hombre se lo impidiera. Se tiraría y se iría al infierno. O al cielo. Ya todo le daba igual. Sólo quería morirse. Quería con su alma terminar con todo y hacerle saber a Park y a Melisa que por culpa de ellos, la muerte había llegado temprano para su pequeña. Cuando estuvo a punto de sacar una de sus piernas fuera de la ventana, unas grandes manos tomaron cada extremo de sus hombros y sintió un pecho firme contra su espalda. Angus la aferró contra su cuerpo para que no tratara de cometer una locura. Lo odió por no dejarla descansar en paz. —¡Por favor, déjeme ir!—gritó Alia entre sollozos desgarradores, con patadas y manotazos para zafarse de su agarre. Angus la abrazó con fuerza para poder tranquilizarla. Pero Alia continuó luchando para liberarse. Volvió a gritar con ganas, con rencor. Para sacar ese sufrimiento que la estaba consumiendo. Gritaba como si realmente la estuvieran matando a sangre fría. ¡Estaba muerta en vida! Necesitaba gritar hasta que su garganta ardiera y sus pulmones explotaran. —Por favor.—le rogó en voz baja. Al señor Peterson se le partió el alma con tan sólo escucharla. Llegó un momento en el que la joven de ojos azules ya no lloraba y tampoco emitía ningún sonido. Angus se alarmó al notarla tan calmada y le levantó el mentón para ver si ya se había tranquilizado...pero no. Alia se había desmayado.         Se despertó poco a poco, sintiendo como todo a su alrededor comenzaba a no tener sentido alguno. Pudo distinguir una habitación blanca, con una cortina anaranjada flameando por el ingreso de la brisa y debajo de ella había un escritorio desnudo. La puerta se abrió y levantó la cabeza, con la esperanza de que fuera su hermano Jamie, pero sintió unas inmensas ganas de chillar cuando se dio cuenta de que era Barbara asomando su cabeza. —¿Puedo pasar?—le preguntó, con dulzura. Alia le clavó la mirada como si continuara perdida. No tenía ni siquiera fuerzas para levantarse. Barbara ingresó con una bandeja en la mano que incluía zumo de naranja y tostadas recién hechas, untadas con lo que parecía con mantequilla de maní. La mujer dejó la bandeja en el escritorio y se sentó en la punta de la cama. —El señor Peterson me ha contado lo que sucedió hace una hora. No le sorprende en absoluto que hallas reaccionado así, todos los chicos de tu edad trataron de hacer lo mismo y él siempre se los impidió.—contó Barbara, apenada. Alia se reincorporó y se sentó entre las sabanas sin apartar la mirada ni por un segundo. —¿Puedes decirme tu nombre? Sino, no sé como debería llamarte.—preguntó, simpática. —Alice. Me llamo Alice—mintió. La pelirroja se quedó de piedra al ver que había respondido y que al final su voz resultaba ser la de una niña muerta de miedo que no aparentaba de su edad. Relajó los hombros, aliviada. —Que bonito nombre.—susurró la mujer, conmocionada. Alia sabía perfectamente por qué se había cambiado de nombre y sólo lo había hecho por dos motivo: El hombre que solía llamar padre miraba siempre junto ella Resident evil, su película favorita. Cada vez que él llegaba de trabajar veían la saga completa para pasar el momento juntos. Alia admiraba la valentía, la frialdad y fuerza de Alice, la protagonista. El otro motivo era porque si llegaban a encontrarla la buscarían por su verdadero nombre y no por ese "seudónimo" y dudaba que alguien se llamara Alia allí... ¿O sí? —¿Quieres desayunar?—le preguntó la mujer mientras se levantaba y sonreía con amabilidad. Se estaba muriendo de hambre, deseaba una buena hamburguesa con patatas fritas, pero viendo la circunstancias por la que estaba pasando, prefirió no decir nada. Alia asintió con lentitud, miró la bandeja y se resistió a no pasarse la punta de la lengua por los labios. —¿Puedo pedirte un favor?—preguntó la Nectilea, en un susurró apenas audible. —Lo que tú quieras. —Quiero privacidad, la necesito. No quiero ver a nadie, no necesito la presencia de nadie, solo quiero estar sola, por favor. —Por supuesto. Cuando Barbara se marchó, Alia volvió a encontrarse sola con sus ruidosos e insoportables pensamientos. Tenía que enfrentar las cosas de una puta vez y aceptar lo que realmente era. Le costaba pensar con claridad, ya que emocionalmente estaba destrozada. Sin embargo, era consciente de que si se había ido, era para no volver jamás. No tenía ningún sentido regresar. ¿Para qué volver?¿para sufrir nuevamente? ¡Por supuesto que no volvería a pisar un pie allí! Estaba muy lejos de la ciudad y dudaba muchísimo que la encontraran. La policía se cansaría de buscarla y la darían por muerta. ¡Sí la daban por muerta seria un jodido milagro! Terminó de beber su zumo de naranja y recorrió la habitación. Era la mitad del ático, eso sin duda. La cama estaba cubierta por unas mantas de terciopelo perfectos para el invierno que se aproximaba cada vez más. Siguió recorriendo y había una puerta blanca dentro de la habitación, sin manchas de humedad. Con curiosidad se levantó del escritorio y arrastró los pies hasta quedar frente a ella. Tocó el pomo y no se sorprendió al encontrarse con un baño de azulejos amarillos, un lavaba manos con revestimiento de piedra y un espejo rectangular algo pequeño, de marco n***o. Había una bañera blanca y parecía recién comprada, como si jamás nadie la hubiera utilizado. Al instante sintió la necesidad de sumergirse en la bañera y limpiar toda la mugre que tenía encima que le pesaba como un abrigo de piel mojado. Pero el problema era que no tenía ropa nueva que ponerse y quiso llamar a Barbara nuevamente para ver si tenía algún conjunto común que le prestara mientras tanto. Prefirió no molestarla. Con la esperanza de encontrar algo nuevo que ponerse y no la ropa que le había comprado la mujer, fue hasta un placar de mármol n***o que estaba junto a la ventana y que creyó que estaba vacío. Sin embargo, se había equivocado. Abrió las dos puertas pesadas y sus ojos se abrieron como platos al mirar el guardarropas que toda chica sin dinero desearía obtener. Comenzó a sacar la ropa fuera del placar para tener mejor visión de lo que tenía. Diez jeans de tono azulado de distintos tonos, blancos y negros. Camisas lisas pero ajustadas, camperas de invierno, bufandas, gorros de lana, guantes, ropa interior sin estampados y muchas cosas más. Era el armario de sus sueños. Había muchísima ropa para distintas ocasiones festivas y hasta casuales. Pero sólo se conformó con colocarse unos vaqueros negros y varias prendas para que el frío pasase de ella. Con la ropa en la mano, fue hasta el baño y puso el cerrojo por si acaso. Se desvistió y contempló su cuerpo desnudo con una mueca, miró los golpes leves que tenía en la parte de las caderas y varios raspones en las rodillas. Su rostro tenía moretones y podría decirse que se volverían más negros. Todos eso se debía al intento de violación que había sufrido en Zinza. —Hijos de puta.—masculló con rencor. Se sentía algo satisfecha por haber asesinado a uno de ellos, de dejarlo caer desde esa altura para que su cuerpo se estrellara como una bolsa de arena y se rompiera al tener contacto con el suelo firme. Al instante recordó el rostro de Thomas cuando la vio. Estaba pálido y también pestañeaba con frenesí, como si le costara creer lo que estaba viendo. El corazón le dio un vuelco y la horrible sensación en su pecho volvió a reaparecer. Tenía que asegurarse de que no lo volviera a ver nunca más, tenía que olvidarse de él para siempre. Debía borrarlo de su corazón por el bien de ella. Detestaba pensar que seguro estaría espantado por a ver descubierto el monstruo que era. Ahora él sabía lo que realmente pasaba con ella y quizás pensaría que estaba loca o algo así. Su cabeza iba a estallar en cualquier momento. Tendría que comenzar a analizar lo sucedido y no entrar en estado de petrificación. Se miró al espejó y con la frente en alto, desafió a su reflejo. —Hay que ser fuerte—empezó a decir—,tenemos que aceptar las cosas como son, Néctilea. Yo soy hija de...—las palabras se le atoraron en la garganta y con frustración lo volvió a intentar—Soy hija de..—la voz se le apagó, y no pudo admitir nada. Pero se estaba mintiendo así misma, y eso no era nada honesto de su parte. —Yo no tengo padres—gruñó con furia—,yo no tengo padres, yo no soy hija de nadie ¡Megumi no es mi madre y no soy una Bartons! ¡No lo seré nunca! Otra vez el ataque de furia la invadió y comenzó a rasguñarse los brazos para acallar sus emociones. Sus uñas se incrustaron en la piel de su estomago como un cuchillo afilado. Sus manos viajaron hasta su pelo y empezó a tironearlo con fuerza. Quería despedazarse así misma, porque sentía que se lo merecía. Su forma de descargarse era cínica pero aquel dolor...calmaba su furia. Con desesperación, buscó entre las puertas del lavamanos algo con filo para lastimarse peor, pero no encontró nada más que banditas adhesivas y cepillos de dientes, más pasta dental. —¡Mierda! Continuó rebuscando y ahogó un gritito de alivio al notar un trozo de espejo roto del tamaño de una perla. La agarró rápidamente y se lo clavó con salvajismo en la cicatriz que se había hecho en el restaurante en donde había ido con Jack. Le encantaba sentir esa sensación de ardor y quemadura a la vez, le fascinaba. Era como llorar, pero sin derramar ninguna lágrima. Con el vidrio incrustado en su brazo, se metió a la bañera después de cargarla con agua tibia. Cuando se sentó en ella, mordió sus labios por la oleada de satisfacción que sintió. Tomó la punta sobre saliente del vidrio incrustado y lo sacó de su piel. Mordió su lengua para no soltar ningún grito de dolor. La sangre salió a chorros, disparada y se mezcló con el agua. ❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀   Hola, soy Florencia Tom, escritora de este libro y quiero agradecerte por quedarte enganchada con este capitulo. No te olvides por favor de darle un corazoncito y compartir esta historia con aquella persona que quiera sentir lo mismo que tú!¿Quieres continuar leyendo esta historia?¡Desliza hacía abajo y continua disfrutando de esta historia!¡No olvides visitar mi perfil y encontrar nuevos libros escritos por mí!¡Beso grande, te quiero!       
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