Capítulo 5

4477 Palabras
El primero de diciembre golpeó la puerta de Alia. La víspera de navidad rodeaba la mansión de Ángeles Caídos. A un mes de su desaparición, todo se había vuelto claro como el agua y cada día se había reconfortado gracias a la ayuda de Bárbara. Esta no paraba de traerle comida, de atender sus necesidades ya Alia le causaba mucha gracia al verla siempre presente en su habitación, y no atendiendo a los demás niños que seguro la necesitaban más que a ella. Era la primera navidad que pasaría sola, rodeada de extraños que solo buscaban lo mismo que ella; sobrevivir a la soledad a su corta edad. Esa misma noche en la que estaba nevando en los jardines de la gran casona, el señor Petersons apareció en su dormitorio. Alia le permitió el ingreso sin ni siquiera abrir su boca. El señor Petersons se sentó en el asiento del escritorio y miró la habitación que lucía impecable gracias a la Nectilea de ojos azules. Siempre la mantenía limpia. Su vida allí adentro era aburrida y sin sentido, pero no quería estar con nadie más que no sea con ella misma. El hombre miró cada detalle del dormitorio como si fuera algo nuevo para él. ¿Por qué miraba la habitación cómo si nunca la hubiera visto?  pensó la Nectilea, con cierta incomodidad  Sí él mismo mando a construir este lujoso hogar. —¿Cómo estás?—le preguntó el hombre, volviéndose para mirarla después de varios minutos de silencio. —Bien.—se limitó a decir. —Me ha contado Barbara que tu nombre es Alice ¿no es así? Alia asintió con lentitud y una de sus cejas estaba arqueada. Sé ve que Bárbara no había entendido el mensaje de  Cierra la boca o te mataré . El hombre de traje gris la miró nuevamente, pero aflojó los hombros, aliviado porque ella lo estaba escuchando. —Quiero que sepas que estoy para lo que necesites. Se que hace un mes llegaste y no has salido de la habitación. Comprendo tu comportamiento tan aislado que mantienes con las personas de aquí. Y dicho esto, se marchó de la habitación con pasos firmes y con una postura que solo un hombre sin sentimientos podría tener. Pero, por una extraña razón que ella no supo explicarse así misma...ese hombre le resultaba algo familiar. Como si lo hubiera visto antes. El veintitrés de Diciembre nevó cómo nunca. Alia miraba por la ventana los copos diminutos de nieve, que caían del cielo para cubrir las hojas muertas de todo el jardín inmenso. Deseaba con el alma salir de la mansión para que la nieve la cubriera también a ella. Pero no podía, tenía que mantenerse alejada de todo lo bello, porque siempre lo arruinaba todo. La canción superhuman cantada por Kelly Sweet, acariciaba sus oídos. La había colocado en su teléfono. Cerró los ojos para sólo concentrarse en la voz de la chica, imaginando que la cantaba ella. Que cantaba en el medio del bosque y que llevaba puesto un precioso vestido blanco que dejaba su espalda al descubierto, y a sus hombros desnudos. Bailaba entre los arboles con una coreografía que sólo los que bailaban ballet podrían hacerlo. Ella no bailaba ballet, pero dentro de su mente sí. Mientras movía su cuerpo al compás de la canción, en su cintura sintió dos manos que la rodearon e hicieron que se voltearan. Vio el rostro de Thomas, este tenía plantada una media sonrisa. La pareja bailó por todo el bosque. Alia acobijó la cabeza contra su pecho firme y posó su mano. Sintió inmensas ganas de llorar. Thomas le giró su cuerpo hasta que la espalda de Alia quedó pegada contra su pecho. Sintió su perfume, sintió como sus manos viajaban desde sus hombros hasta las muñecas de sus manos. Él estaba allí, con ella. —¿Cómo lo haces?—le preguntó Alia, en un susurro. —¿Hacer qué? —Hacer que te ame. Era veinticuatro de Diciembre y la hora del celular macaba las diez de la noche. La navidad se acercaba en una cuenta regresiva que empezaba a inquietarla. Su primera noche en donde pasaría sola en una época que siempre disfrutaba con esos extraños que solía llamar familia. Podía escuchar que la melodía de los villancicos intentaba ingresar por su habitación. Podía escuchar las carcajadas de los niños jugando en la planta baja. Debía haber más de cien niños corriendo por todo el gran salón. También, se imaginaba un gran árbol de navidad y una larga mesa con diferentes platos de comidas, hasta vinos en copa de cristales para los chicos más grandes. Podía saborear aquel sabor de los emparedados especiales que siempre Melisa hacía para ella y no para Jamie. Porque a él no le gustaban. ¿Melisa alguna vez la quiso de verdad?¿la amó realmente como si fuera una hija suya? Se sentía tan devastada con tan sólo pensar que había vivido en una mentira toda su vida. La puerta de la habitación se abrió con lentitud y la Nectilea volvió su mirada hacía esa dirección. Barbara ingresó con un vestido de gala de color rojo diabla. Este estaba lleno de lentejuela. El vestido cubría sus pies y las mangas llegaban sólo hasta sus codos corpulentos. Barbara no se destacaba por su cuerpo algo excedido de peso, sino, por la simpatía y la seguridad que trasmitía. Su cabello estaba sujeto en una coleta alta y algunos mechones rebeldes caían delante de sus orejas, y también cubrían parte de su frente. La mujer ingresó con una caja blanca de tamaño mediano y con una sonrisa en sus labios. Posó la caja en la cama y se volvió hacía Alia. —No quiero que pases una noche de navidad aquí arriba en donde nadie puede darte cariño. Así que te he traído un regalo anticipado.—destapó la caja y de él sacó un hermoso vestido de un tono salmón—Quiero que te coloques este vestido y me acompañes abajo. Todos están ansiosos por conocerte, ya que nunca tuvieron la oportunidad de verte. Alia miró el vestido que la había cautivado y luego miró a Barbara. —Si no te sientes cómoda allí abajo, puedes volver a subir a tu habitación otra vez.—le dijo para tratar de convencerla. Miró en dirección a la ventana y soltó una lágrima de angustia. ¿Cómo estarán pasando la navidad ellos?-pensó con tristeza-¿Se sentirán feliz por mi ausencia? —¿Alia? —No sé cómo reaccionara el resto si bajo, y eso me tiene algo inquieta.—le dijo con un nudo en la garganta. —El que lo haga, sera mandado a su habitación sin recibir ningún regalo. —le aseguró con firmeza y Alia embozó en sus labios algo parecido a una sonrisa. Le cepilló el cabello dorado, le puso un poco de coloretes a su labios y delineó sus ojos con paciencia. Le hizo un recogido a un lado de su cabeza para dejar al descubierto su fino y largo cuello, y del otro lado dejó caer su cabello en modo de una cascada. El vestido ciruela le llegaba hasta las rodillas, y dejaban al descubierto su escote. Sus hombros estaban cubiertos por una tela de seda que recorrían sus brazos como una serpiente enroscada hasta llegar a sus manos. Tenía también, unos tacos que la hacían extremadamente alta y hasta se sintió una modelo a punto de salir a la pasarela. —Estás hermosa.—le dijo Barbara, maravillada, Alia sonrió con timidez. —Ahora si me haces el honor...—Barbara le tendió su brazo flexionado para que el brazo de la Nectilea se aferrase a éste, y así lo hizo. Las dos salieron de la habitación y caminaron por el pasillo extenso. Los tacos de la chica se enterraban en la alfombra roja que se perdía a la distancia. No había nadie en el pasillo, y por ese motivo Alia caminaba con confianza. Con pasos firmes y por pura suerte no perdió el equilibro. La voces de los villancicos cada vez se escuchaban más fuertes y las risas, los murmullos y las charlas iban aumentando. El estomago se le encogió. Después de un mes, por fin bajaría a conocer a todos los integrantes de la comunidad. Cuando llegaron a la escalera, las dos bajaron con lentitud. Alia se aferró más al brazo de Barbara mientras que sentía que todos los ojos de los presentes estaban puestos en ella. Mantuvo su mirada en el suelo. La música seguía, pero las voces se fueron apagando a medida que fueron descendiendo. Elevó la mirada y contuvo el aliento. Personas que no conocía estaban allí, mirándola. Los niños que correteaban de un lado al otro, se pararon en seco sólo para verla, curiosos. Todos estaban vestidos de traje negros y las señoras presentes tenían vestidos de gala. Había alrededor de cincuenta o cien personas. El enorme vestidor estaba decorado con luces de diversos colores que titilaban cada dos segundos. En el centro del gran salón, lucia un enorme árbol de navidad que seguro los empleados del señor Petersons habían tardado un día entero para armarlo y colocarle las bolas navideñas una por una. —Todos aquí te brindaremos el amor que tu familia no ha podido darte.—le murmuró Barbara, al oído. Ni siquiera la escuchó, porque nadie podría darle el amor que ella necesitaba. Tampoco quería la compasión de nadie, porque después de todo...el mundo conspiraba contra ella, para que sus fracasos fueran las metas de su vida. Su mente negativa la estaba consumiendo. Cuando posaron sus tacones sobre el último escalón. El señor Peterson fue el primero en recibirla con una gran sonrisa. Pudo sentir su colonia de hombre, y la frescura que tenía aquel señor que no paraba de mirarla. —Feliz navidad, Alice.—le dijo con voz firme, y con media sonrisa. —Gracias. —No la pierda de vista ningún segundo, Barbara. Ella es importante para nosotros.—le comentó a Barbara y Alia sintió un ligero escalofrío. Dicho eso, el señor Petersons se adentró entre los invitados. Barbara abrazó a Alia por los hombros. —Realmente me alegra muchísimo que hayas salido de la habitación. Le dijo alegremente y la niña sólo se conformó con sonreirle. —Ven te presentaré a los chicos que viven también aquí. Barbara la condujo entre las personas que no se apiadaban de seguirla con la mirada. Se hundía entre sus hombros por lo nerviosa que se encontraba. Ni siquiera sabía por qué estaba allí. Un grupo de jóvenes-de cuatro personas- que se encontraban hablando de manera animada en un rincón del salón, se la quedaron mirando cuando ella y Barbara se fueron acercando. La conversación que estaban manteniendo entre ellos, se fue apagando hasta convertirse en sólo un silencio absoluto. —Chicos, ella es Alice. Ha llegado aquí hace un mes, pero nunca a querido salir de su habitación. Ya saben, siempre sucede con los recién llegados.—comentó con una risita nerviosa al final de sus palabras. Alia levantó la mirada y observó cada uno de sus rostros: una joven coreana, una chica bonita, un pelado, y por supuesto, Travis. En ese momento, una mujer no mayor de cincuenta años, se acercó a Barbara y le susurró algo al oído. —Alice, volveré en varios minutos. Mientras tanto, pónganse al día, mis pequeños ángeles. —les dijo con simpatía. Barbara y la mujer se mezclaron entre el grupo de personas. Alia quería matar a Barbara por dejarla sola con aquellos chicos que no conocía. Travis se dirigió hacía ella, algo incomodo y emocionado a la vez. —Alice, te presento a Luna,—dijo apuntando con la mirada a la chica coreana de cabello n***o y un fleco que cubrían sus cejas—él es Zack—volvió a apuntar ahora a un joven rastafari que tenía su traje de fiesta algo desaliñado, que sonrió con picardía en cuanto la vio a los ojos—ella es Lucy y él es Cory.—dijo finalizando su recorrido de presentación con una chica de coleta alta, de cabello castaño que no paraba de sonreirle con simpatía, y con un chico de cabello rapado,de rostro serio y soberbio que trasmitía algo de miedo. —Un gusto Alice, me encanta tu vestido ¿tu color de cabello es natural?—le preguntó Lucy, totalmente excitada por su presencia. Alia asintió con la cabeza, limitandose a sólo sonreir. La Nectilea en ese preciso momento estaba fantaseando como seria si Lucy moría ahogada en un estanque, ¿había algún estanque por allí cerca? Si es de ser así, sería fabuloso cumplir su fantasía. Alia se aterró por su pensamiento tan siniestro ¿por qué pensaba de aquella forma? —¿Y por qué estás aquí, Alice?—la interrogó Cory, de manera grosera. —Nada interesante. Cuentame de ti. Cory, el más alto del grupo, tragó saliva antes de contestarle. —No hablo de mi pasado. —Bueno, por lo que veo, tenemos algo en común. El aire entre los jóvenes se puso tenso y sofocante ante la fría personalidad de la rubia. —¿Cuantos años tienes, Alice?—le preguntó Lucy, para esfumar ese aire tan incomodo. —Quince años. —¿Alguna vez has ingerido algún tipo de droga?—le preguntó Zack, con gran interés. Alia sonrió con ironía por la pregunta estúpida que le acababan de hacer. —No, y si intentas venderme, no tengo dinero para comprarte. —Yo no vendo drogas. —Tampoco me molestaria que lo hicieras. —se encogió de hombros la Nectilea. El grupo, excepto Zack, soltaron una carcajada por su comentario. Alia no quiso reírse delante de ellos, pero sus risas eran tan contagiosas que no pudo evitarlo. Pudo volver a sentir que se sentía reír de nuevo. —Me caes bien, Alice.—le dijo Luna inmediatamente cuando su risa había cesado. El grupo en ese momento, fue interrumpido por los altavoces que iniciaron la cuenta regresiva. La navidad estaba por entrar por la puerta. —¡Diez...!—comenzaron a gritar todos los presentes, en forma de coro. Alia era la única que no gritaba como el resto del grupo. Se abrazó así misma y sintió un molesto nudo en la garganta. —¡Nueve... ocho...siete! La Nectilea se resistió para no taparse los oídos para dejar de escuchar esas espantosas voces alegres. Cerró los ojos con fuerza, como si sus párpados no se hubieran unido lo suficiente. —¡Seis... cinco...cuatro! Su respiración fue aumentando cada vez más. —¡Tres!—no iba a llorar—¡Dos!—no necesitaba a su familia, ella estaba bien—¡Uno! Estaba apunto de gritar. Iba a gritar muy fuerte, hasta que sus cuerdas vocales se rompieran. Pero sintió las manos pesadas de Travis sobre sus hombros. Abrió los ojos y se encontró con el rostro de él. Su expresión decía que no tenía por qué preocuparse.  Por una extraña razón, Alia soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo, se sintió relajada. Como si la mirada de Travis estuviera calmándola del todo. Cosa que le resultó algo extraño. —¡Feliz navidad!—estallaron mientras todos brindaban con sus copas y sonaba nuevamente la orquesta con un villancico pegadizo. Los confetis, los globos y las guirnaldas, cayeron del cielo, provocando una lluvia de colores. De repente, la puerta del gran vestíbulo se abrió de par en par. Un hombre gordo con traje de Santa Claus ingresó con un carro que aparentaba ser un trineo y con renos de plásticos gigantes manejados con ruedas. De inmediato, todos los niños de la comunidad salieron disparados para recibir al hombre que habían esperado todo el año para que les dieran sus obsequios. El hombre disfrazado, tomó un micrófono que tenía a mano y habló desde allí. —¿Quién se aportado bien este año, mis ángeles?—dijo el hombre, y soltó su famoso Jo-Jo-Jo. ¡Por supuesto que Alia se había portado muy bien aquel año! Claro, si tachába que le había clavado una pluma en las caderas a una imbecil e intentó asesinarla, robándole su oxigeno, y también mató a un hombre. Alia se había portado muy bien...muy pero muy bien. Eran las cuatro de la madrugada y el señor Petersons le había dado permiso a los niños de abrir sus regalos, luego de tanto insistir. La mayoría de la gente ya se había marchado y ya no quedaba casi nadie. Sólo los niños que vivían allí y los que se encargaban de limpiar. Alia y el grupo de chicos se encontraban callados, y sentados en los escalones más alto de la escalera. —¿Esos niños no tienen padres?—preguntó Alia, con aire distraído, al ver a todos los niños que vestían con sus pequeños esmoquin y las niñas lucían preciosos vestidos de princesas. Los pequeños, jugaban con sus peluches, carros deportivos diminutos, muñecas y diversos juguetes. Todos corrían y saltaban, ninguno parecía triste. Todos eran felices a pesar de la desgracia que seguro notarían más a futuro, cuando crecieran. —Varios de ellos fueron rescatados de orfanatos que los maltrataban y otros fueron encontrados en la calle.—le explicó Travis, que se encontraba sentado junto a ella. —Yo no comprendo como los adultos pueden haber abandonado a esas criaturas inofensivas.—se lamentó Luna, entristecida mientras los observaba. —Sólo gente sin corazón puede cometer ese tipo de cosas.—dijo Zack, mientras prendía un cigarro. —¿Te dejan fumar aquí?—le preguntó Alia, sorprendida. —Claro, tengo dieciocho. Puedo hacer lo que quiera mientras que no trate de ofrecerle a los más pequeños.—contestó, orgulloso de sí mismo. —¿Eres mayor?¿qué demonios haces aquí entonces?  -No es fácil. El señor Petersons me ayudó a terminar la secundaria y ahora trabajo para él en la sección de cocina. Me gusta cocinar y algún día quiero ser un gran chef. Él me dijo que para el próximo año me pagaría un apartamento a Francia para poder comenzar mis estudios gastronómicos allí. Alia estaba maravillada con la historia de Zack ¿qué tan bueno podía ser el señor Petersons? Ese hombre era la persona más buena y generosa del mundo entero. —¿Y tú Alice?—le preguntó Travis. —¿Yo qué? —¿Qué seras el día de mañana, cuando seas mayor? —Traficante de ponis. El grupo estalló de risa ante el comentario sarcástico de la rubia. —Ya, ya. Basta de jueguecillos y cuéntanos qué haras en el futuro.—le preguntó Lucy, cuando esta estuvo un poco más calmada. —¿No sé si estaré viva mañana y quieres que te diga que haré en el futuro? Yo vivo el hoy, Lucy. Lucy se la quedó mirando con una media sonrisa en los labios y con la mirada perdida en la nada. Como si estuviese analizando lo que había dicho Alia. —Me gusta tu forma de pensar, rubia.—alagó Travis, incluyéndole un codazo en el brazo. Alia asintió con la cabeza y soltó un bostezo largo, y agotador. —Necesito dormir, ya que no tuve ningún regalo de navidad—bromeó. —Quizas mañana recibamos regalos.—supuso el rastafari, dándole una última calada a su cigarro. En la mañana de navidad, alguien tocó a la puerta de Alia y esta se despertó a pesar de que su sueño era pesado. Siempre se mantenía con un ojo abierto y con el otro cerrado, por si acaso. Con muchísimo cansancio, arrastró sus pies hasta abrir la puerta. No había nadie y sólo había una pequeño regalo en la entrada. Cuando Alia lo llevó hasta la cama y desenvolvió el papel amarillento con el que se encontraba cubierto. Abrió la caja y se encontró con una pequeña cadenilla de oro y un dije en forma de ala de un ángel, hundido en un terciopelo para que no se rompiera. También había una pequeña nota junto a ella. La tomó con cuidado y dejó en la palma de su mano, para mirarla mejor. Era hermosa. No era pesada y quedaba tan perfecta con el tono de su piel. Seguro se le vería espectacular alrededor de su cuello. Luego, empezó a leer la nota. No dudes que estás sola. Los demonios que se encuentran detrás de esos muros gigantes, también nos han arrebatado una de nuestras alas. Sin ella no podemos levantar vuelo para continuar con nuestras vidas, pero si nos ayudamos entre nosotros...hay esperanzas de que no todo está perdido. Con cariño: Travis, Lucy,Lunita,Cory y Zack el cocinero, que pondrá drogas en los brownies y los distribuirá por toda Francia. Le causó gracia al leer lo de Zack. Pero lo que decía la nota, la hizo pensar. Ella no era un ángel. Jamás se compararía con uno, porque ella era mala, perversa y sobre toda las cosas, era una maldita asesina.  Volvió la mirada hacía la cadena. Se resistió para no colocársela. Aún no era momento de ponérsela. No confiaba en esos chicos aún. Necesitaba conocerlos mejor, pero no quería su amistad. No los conocía y desconfiaba mucho, porque todo a su alrededor era perfecto. Todos se comportaban amables y cariñosos con ella, y eso era lo que más le resultaba asustadizo de ese lugar. ¿Y sí era verdad?¿Y sí realmente eran chicos que sufrían y que sólo querían ser educados con ella? Le resultaba extraño, muy extraño. Y también no había tenido tiempo para analizar lo de Barbara. Barbara era otra clase de r**a, una Nectarfia, pero eso no quería decir que no fuese un monstruo. Como ella. Guardó la cadenilla sólo porque era muy hermosa para romperla y la colocó en el cajón de su mesa de noche. Se volvió para mirar por la ventana. —Feliz navidad Thomas.—susurró, para invadir esas lágrimas que amenazaban con salirse. ¡Odiaba llorar! La hacía parecer débil y frágil. Ella debía ser fuerte. Ya podía imaginarse como estarían ellos en navidad. Desayunando juntos, sentados en la mesa. Papá mirando a mamá con una mirada que sólo ellos entendían. Mamá se sentaría a su lado y le acariciaría la mano que se encontraría por encima de la mesa. Jamie, mientras comería su desayuno -que seguro consistirían en sus típicos cereales redondeados y de colores diversos-, estaría charlando animadamente con Blis...en vez de con su hermana. Blis llevaría en su cabello corto, un hermoso gorro de lana gris y a pesar de que estuviese abrigada con un tapado de leopardo enorme, nunca dejaría de lucir su figura atractiva. Los cuatro conversarían acerca de lo ultimo de las noticias y las ultimas novedades de la moda. En ese punto estaba segura de que mamá y Blis se entenderían muchísimo. Cosa que jamás había pasado entre ella y su madre. La nieve caería igual de densa sobre el patio del jardín y ellos quedarían hechizados por la blancura de ésta. —¡Hijos de puta!—gritó con odio en su voz. Los odiaba por haberla remplazado fácilmente. Como sí ella jamás hubiera existido. Se habían burlado de ella. Seguro estaban festejando su perdida ¡por supuesto que lo festejaban! Estaban gustosos ya que no tenían esa carga llamada Alia, en sus vidas. Porque ella siempre había sido la oveja negra que traía la desgracia en un abrir y cerrar de ojos. —Me las van a pagar.—gruñó con ese rencor que iba creciendo cada vez más en su pecho. En ese momento, Barbara ingresó en la habitación con un sonrisa en el rostro. Alia no disimuló en absoluto su disgusto por haberla interrumpido. —¡Feliz navidad! La pelirroja se abalanzó sobre ella y la llenó de besos en todo su rostro. Alia se echó a reír y a chillar mientras que Barbara la abrazaba con fuerza. ¡Odiaba también reír!¡Odiaba todo aquello que le provocaba emociones! —¡Ya, ya!—se quejó Alia, mientras intentaba sacársela de encima. —Perdón.—se disculpó, mientras se echaba hacía atrás—La navidad me pone idiota. —Ya lo he notado. —Vine a decirte que los chicos te están esperando en el cuarto de Lucy para desayunar. La habitación de ella está aquí al lado.—le avisó mientras apuntaba hacía la izquierda, y caminaba en dirección a la puerta. Cuando Alia iba a responderle, Barbara cerró la puerta. ¿Desayunar con ellos? No sonaba nada mal, y necesitaba despejarse un poco para no pensar en esas personas que prácticamente le habían arruinado la vida. Se levantó de la cama y puso toda su voluntad para colocarse unos jeans ligeros y una camiseta oscura con un estampado de alas de ángeles abiertas. ¿Por qué tanto fanatismo con los ángeles? Quizá el señor Petersons se había leído la saga de Hush Hush y se lo habría tomado muy enserio. Salió de la habitación y entró en la de Lucy. Ni siquiera llamó antes de ingresar. Los chicos estaban hablando de forma animada y no paraban de soltar carcajadas. Todos estaban con una vestimenta de recien levantados. Las chicas tenían el cabello recogido y no tenían ninguna pizca de maquillaje. Lucy y Luna estaban jugueteando con una de las almohadas de la chica de cabello castaño, mientras tomaban café. Zack soltaba el aliento contra el cristal de la ventana, y dibujaba garabatos en ella con su dedo pulgar. Travis y Cory, hablaban acerca del viaje a Francia del chico pelado, con verdadero entusiasmo. Las voces de ellos cesaron cuando Alia ingresó y cerró la puerta con su cintura. —Muy bien gente ¿qué están tramado? Tanta amabilidad me está asustado.—dijo mientras que se cruzaba de brazos,y los miraba uno por uno. —¿De qué hablas, Alice?—le preguntó Zack, totalmente asombrado por su actitud. —¡Muéstrenme sus ojos ahora mismo!—exigió la rubia, con una voz tan firme que hizo estremecer a los presentes. —¿Qué diablos te pasa?—masculló Luna, mientras se ponía de pie para enfrentarla. El grupo se puso de pie al mismo tiempo y se lanzaron miradas entre ellos. Alia temió lo peor cuando se fueron acercando poco a poco hacia ella. Sus rostros se volvieron sombríos y diabólicos a la vez. —Luna, cierra las ventana y ponle a la puerta el cerrojo.—le ordenó Cory, en un modo autoritario. La coreana obedeció. Alia creyó que ella se acercaría a la puerta para cerrarla, por eso se puso en posición de ataque por si intentaba encerrarla. Pero la chica sonrió con sorna y con un chasquido de dedos la puerta se trabó y la ventana se cerró, las cortinas la ocultó para que la luz del sol no ingresara. Alia abrió los ojos y sintió como su corazón empezaba a latir de modo frenético, latía tan fuerte que hasta pensó que sufriría un paro cardíaco. —Lucy, debilitala un poco.—dijo Travis, con una sonrisa irónica. La chica de cabello castaño frunció sus ojos en dirección a ella, y Alia comenzó a sentirse enferma hasta tal punto que ya no pudo continuar de pie. —Zack, llévala hasta la cama de Lucy para ver de qué familia proviene.—murmuró Cory. Alia sintió como su cuerpo comenzaba a flotar en la habitación. Podía mirar todo lo que sucedía a su alrededor, pero no podía moverse, ni gritar y tampoco podía mover sus dedos para poder defenderse. Sintió como su cabeza caía lentamente sobre una de las almohadas de la cama y como los demás se iban acercando hacía ella hasta rodearla. —¿Crees que sea Nectilea?—oyó que preguntó Lucy. —Creo que es Nesfistea.—le respondió Zack, de una forma no muy convincente. ¿Nesfistea?¿cuántas razas existían? Alia tenía la mirada clavadas en ellos y sentía como su rostro se iba cambiando a un rojo en llamas. Estaba furiosa y se sentía débil a comparación de otras situaciones que había vivido. No podía mover ningún musculo de su rostro, y tampoco ninguna parte de su cuerpo. Demasiado vulnerable. —Abre bien sus ojos, Travis.—le dijo Cory, de manera entusiasta. Sintió como los torpes dedos de chico rubio se posicionaba en sus párpados y los separaba sin dificultad. Alia quería chillar y morderle la mano, pero estaba petrificada. Vio como el rostro de Travis casi se le pegaba al suyo. Su respiración cálida chocaba contra su nariz y le pareció tan repugnante que sintió enormes ganas de vomitar. —Es Nectilea. Tiene diez auras azules alrededor de sus pupilas y eso quiere decir que...su cumpleaños se acerca y ya será una Nectilea madura y con muchísima sed de sangre.—le informó al resto y estos intercambiaron sonrisas y miradas relajadas. ¿Por qué se comportaban así?¿Qué sabían ellos? —Alice—se dirigió Luna hacía ella, con una sonrisa amplia—bienvenida a la familia. ❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀❀   Hola, soy Florencia Tom, escritora de este libro y quiero agradecerte por quedarte enganchada con este capitulo. No te olvides por favor de darle un corazoncito y compartir esta historia con aquella persona que quiera sentir lo mismo que tú!¿Quieres continuar leyendo esta historia?¡Desliza hacía abajo y continua disfrutando de esta historia!¡No olvides visitar mi perfil y encontrar nuevos libros escritos por mí!¡Beso grande, te quiero!       
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