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POSEÍDA POR MI HERMANASTRO

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venganza
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los opuestos se atraen
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mafia
heredero/heredera
de enemigos a amantes
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Descripción

Mi madre se casó con un monstruo para huir de la miseria, arrastrándome a un infierno de lujo, secretos y sangre. Así fue como entré al mundo de la mafia. Así fue como me convertí en su presa.

Alessandro Falcone. Mi nuevo hermanastro.

Frío. Calculador. Implacable.

Desde el primer momento en que nuestros ojos se cruzaron, dejó clara una cosa: yo le pertenecía. Lo que empezó como un asfixiante juego de encierro y poder, pronto se transformó en una atracción letal que amenaza con consumirnos a ambos y destruir mi poca cordura.

Dos hermanastros unidos por el pecado. Un juego de dominación donde rendirse es la única regla y enamorarse... una sentencia de muerte.

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Capítulo 1: El sabor del cobre y la oscuridad P1
El aire en la propiedad de los Falcone pesaba. No era el tipo de pesadez que trae el polvo o el encierro prolongado, sino la densidad sofocante del dinero sucio, los juramentos de sangre y los secretos enterrados bajo capas de mármol lunense. Llevaba apenas doce horas bajo ese techo, y ya sentía que las inmensas paredes de roble oscuro me estaban cerrando la garganta. Mi boca sabía a cenizas y miedo. Era el rastro amargo que siempre me dejaban las pesadillas. En mis sueños, el pasado aún tenía garras; me arrastraba de vuelta a los callejones húmedos de mi infancia y a los gritos ahogados que mi madre había intentado borrar al casarse con el Don de la familia Falcone. Me incorporé en la inmensa cama con dosel, frotándome los ojos hasta ver destellos. La sed era insoportable, una lija raspándome las cuerdas vocales. Necesitaba agua. Deslicé los pies fuera de las sábanas de seda de mil hilos. Al tocar el suelo, el suelo n***o me devolvió un frío punzante que trepó por mis tobillos, un recordatorio físico de que este lugar jamás sería mi hogar. Llevaba puesto un pijama gastado, unos pantalones cortos de algodón y una camiseta de tirantes blanca que había lavado tantas veces que la tela se había vuelto casi translúcida. No ofrecía ninguna armadura contra el hielo glacial de la casa, ni contra los monstruos que habitaban en ella. Salí al pasillo. La mansión no dormía; acechaba. Las sombras se estiraban a lo largo de los corredores como dedos descarnados, tragándose la poca luz de luna que lograba filtrarse por los imponentes ventanales. Caminé descalza, mis pasos amortiguados por las gruesas alfombras, guiándome por instinto hacia la planta baja. El silencio era absoluto, tan profundo que podía escuchar el latido acelerado de mi propio corazón rebotando en mis tímpanos. La cocina era del tamaño de mi antiguo apartamento entero. Entré, recibida por el destello clínico de las encimeras de acero inoxidable, que bajo la luz mortecina de la madrugada parecían mesas de autopsia. Un tintineo rompió el silencio. Hielo golpeando cristal. Me detuve en seco. Los músculos de mis piernas se tensaron, listos para correr, pero mis pies se negaron a moverse. Una figura imponente en la penumbra, apoyada contra la isla central de granito. Alessandro. Mi nuevo hermanastro. El heredero del imperio. La chaqueta de su traje a medida, oscura y arrugada, descansaba sobre la superficie inmaculada como un animal abatido. Él llevaba la camisa negra remangada hasta los codos. Sus antebrazos estaban en tensión, surcados por venas gruesas y tatuajes de tinta negra que serpenteaban y se perdían bajo la tela. Llevaba un vaso bajo y ancho a los labios. Entonces, el olor me golpeó. Fue un impacto físico antes de que mis ojos pudieran procesar los detalles. Una mezcla embriagadora y brutal: olor a lluvia, la madera ahumada de un puro toscano, la loción de afeitar de bergamota y... algo más. Algo crudo y metálico. Óxido. Cobre. Sangre. Dejé de respirar. O eso intenté. Al retroceder un milímetro, mi talón rozó el borde de un taburete. El roce fue imperceptible, pero en esa tumba de piedra sonó como un disparo. Un suspiro traicionero, aterrorizado, escapó de mis labios entreabiertos. Él no se sobresaltó. No hubo sorpresa en su lenguaje corporal. Simplemente bajó el vaso y giró el cuello. Lento. Calculador. Depredador. Sus ojos color gris tormenta, o de un acero frío, se clavaron en mí. Me sentí desollada viva bajo esa mirada. La oscuridad del lugar parecía emanar de él, de su postura rígida y amenazante. Alessandro dejó el vaso sobre la encimera con un sonido sordo y definitivo. No apartó la vista de la mía. Se giró por completo hacia mí. La escasa luz iluminó sus manos. Tenía los nudillos en carne viva. La piel estaba despellejada, magullada en tonos violáceos, y unas gotas rojas, densas y frescas, manchaban la palidez de sus dedos. Acababa de llegar de "trabajar". Y en el sindicato de los Falcone, el trabajo no se hacía frente a un escritorio. Se movió. Un paso. Dos. El pánico estalló en mis venas. Retrocedí por instinto, pero mi espalda chocó de inmediato contra el borde afilado del frigorífico. Estaba atrapada. Cada uno de sus movimientos era felino, carente de esfuerzo, letal. El espacio entre nosotros, que hace unos segundos parecía inmenso, se evaporó. Alessandro se detuvo a escasos centímetros de mí. Era tan alto que me obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El calor que irradiaba su cuerpo era un contraste enfermizo con el frío de la habitación; era un horno alimentado por la adrenalina, la violencia reciente y algo más oscuro que se negaba a nombrar. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, rozando apenas la tela delgada de mi camiseta con cada respiración. Apoyó una mano a cada lado de mi cabeza, aplastando las palmas ensangrentadas contra el acero inoxidable, enjaulándome. El olor a sangre fresca me inundó los sentidos, mezclado con su calor masculino. Bajó el rostro. Su mandíbula tensa rozó mi sien, y su respiración caliente acarició la piel desnuda de mi clavícula. Un escalofrío violento me sacudió entera, erizando hasta el último vello de mi cuerpo. Mis manos temblaban a mis costados, sin saber si empujarlo o aferrarme a él para no caer al suelo. —La oscuridad en esta casa muerde, Alessia —murmuró. Su voz era un susurro áspero y magnético, vibrando directamente contra mi pecho con un inconfundible y sutil acento italiano. Giró el rostro lentamente, hasta que sus labios rozaron la comisura de mi boca. Sentí el sabor a licor oscuro en su aliento. Sus ojos bajaron a mis labios temblorosos, dilatados con una posesividad salvaje que amenazaba con devorarme viva. —Vuelve a tu cama —ordenó en un susurro ronco, la amenaza acariciando cada sílaba—. Antes de que decida que eres mi cena. El aliento me abandonó. Las palabras de Alessandro no fueron un grito, ni siquiera una advertencia elevada. Fueron una promesa arrastrada, pronunciada con la misma casualidad con la que alguien anunciaría que va a llover. El instinto de supervivencia, aletargado por el impacto de su cercanía, finalmente pateó mis entrañas. Con las rodillas temblando de tal forma que amenazaban con hacerme colapsar, me deslicé por el hueco que dejó su brazo izquierdo. No corrí de inmediato; el miedo me obligaba a moverme con la cautela de una presa que no quiere detonar el instinto de caza del depredador. No miré atrás. Mis pies descalzos golpearon el mármol n***o del pasillo, y solo cuando doblé la esquina y la oscuridad del corredor me tragó, me permití correr. Mis pulmones ardían. El aire de la mansión se sentía denso, impregnado aún con la mezcla de bergamota y sangre que Alessandro llevaba encima. Cuando cerré la pesada puerta de roble de mi habitación, no me bastó con pasar el pestillo. Empujé una silla victoriana de respaldo alto bajo el pomo de la puerta. Me deslicé por la madera pulida hasta caer sentada en el suelo, abrazando mis rodillas contra el pecho. Me froté los brazos con fuerza, intentando borrar la sensación fantasma de su calor, pero la piel se me había erizado de forma permanente. El sabor del miedo seguía en mi paladar, pero ahora, traicioneramente, se mezclaba con la memoria táctil de su respiración rozando mi clavícula. Esa noche no volví a dormir. Me quedé en el suelo, viendo cómo la oscuridad de la habitación se disolvía lentamente en un gris plomizo y enfermizo a medida que amanecía.

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