❝UN TÍO LOCO.❞
El reloj despertador arreglado sonó a las seis de la mañana siguiente. Harry lo apagó rápidamente y los hermanos se vistieron en silencio, no tenian inconveniencia en cambiarse juntos pero Harry trataba de mirar a otro lado cuando su hermana se cambiaba.
Bajaron las escaleras sin encender ninguna luz.
El plan de Harry consistia en esperar al cartero en la esquina de Privet Drive y recoger las cartas para el número 4 antes de que su tío pudiera encontrarlas.
-¡AAAUUUGGG!
Harry saltó en el aire. Había tropezado con algo grande.
Hydra rápidamente se dio cuenta de que con lo que habia tropezado su hermano era su tío.
Tío Vernon les grito a los dos durante media hora y luego les dijo que prepararan una taza de té.
Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón.
-¿Te das cuenta? -explicó a tía Petunia, con la boca llena de clavos- Si no pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo.
-No estoy segura de que esto resulte, Vernon.
-Oh, la mente de esa gente funciona de manera extraña, Petunia, ellos no son como tú y yo -dijo tío Vernon.
El viernes, no menos de doce cartas llegaron para los mellizos. Como no las podían echar en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, por entre las rendijas, y unas pocas por la ventanita del cuarto de baño de abajo.
Tío Vernon se quedó en casa otra vez. Después de quemar todas las cartas, salió con el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir.
El sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse. Veinticuatro cartas para para cada uno de los Potter, entraron en la casa, escondidas entre dos docenas de huevos, que un muy desconcertado lechero entregó a tía Petunia, a través de la ventana del salón. Mientras tío Vernon llamaba a la oficina de correos y a la lechería, tratando de encontrar a alguien para quejarse, tía Petunia trituraba las cartas en la picadora.
-¿Se puede saber quién tiene tanto interés en comunicarse con ustedes? -preguntaba Dudley a sus primos, con asombro.
-Es obvio que si supieramos no estaríamos siempre preguntando quien manda las cartas, idiota -contestó Hydra rodando los ojos.
La mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz.
-No hay correo los domingos -les recordó- Hoy no llegarán las malditas cartas...
Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le golpeó con fuerza en la nuca. Al momento siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de la chimenea como balas. Los Dursley se agacharon, pero Hydra y Harry saltaron en el aire, tratando de atrapar una.
-¡Fuera! ¡FUERA!
Tío Vernon cogió a Harry por la cintura y lo arrojó al recibidor, para luego hacer lo mismo con Hydra. Cuando tía Petunia y Dudley salieron corriendo, cubriéndose la cara con las manos, tío Vernon cerró la puerta con fuerza.
-Ya está -dijo tío Vernon- Quiero que esten aquí dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. Agarren alguna ropa. ¡Sin discutir!
Diez minutos después se habían abierto camino a través de las puertas tapiadas y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista.
Condujeron. Y siguieron avanzando. Ni siquiera tía Petunia se atrevía a preguntarle adónde iban. De vez en cuando, tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido contrario.
-Quitárnoslos de encima... perderlos de vista... -murmuraba cada vez que lo hacía.
No se detuvieron en todo el día para comer o beber. Al llegar la noche, Tío Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspecto lúgubre, en las afueras de una gran ciudad. Dudley, Hydra y Harry compartieron una habitación con camas gemelas (donde nuevamente los hermanos durmieron juntos).
Al día siguiente, comieron para el desayuno copos de trigo, tostadas y tomates de lata. Estaban a punto de terminar, cuando la dueña del hotel se acercó a la mesa.
-Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor y señorita H. Potter? Tengo como cien de éstas en el mostrador de entrada.
-Yo las recogeré -dijo tío Vernon, poniéndose de pie rápidamente y siguiéndola.
-¿No sería mejor volver a casa, querido? -sugirió tía Petunia tímidamente, unas horas más tarde, pero tío Vernon no pareció oírla.
Qué era lo que buscaba exactamente, nadie lo sabía. Los llevó al centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y otra vez lo puso en marcha. Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en mitad de un puente colgante y en la parte más alta de un aparcamiento de coches.
Comenzó a llover. Gruesas gotas golpeaban el techo del coche. Dudley gimoteaba.
-Es lunes -dijo a su madre- Mi programa favorito es esta noche. Quiero ir a algún lugar donde haya un televisor.
Lunes. Eso hizo que Hydra se acordara de algo. Si era lunes, entonces, al día siguiente, martes, era el cumpleaños número once de Harry y de ella.
Tío Vernon regresó sonriente. Llevaba un paquete largo y delgado y no contestó a tía Petunia cuando le preguntó qué había comprado.
-¡He encontrado el lugar perfecto! -dijo- ¡Vamos! ¡Todos fuera!
Hacia mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que parecía una gran roca en el mar. Y, encima de ella, se veía la más miserable choza que uno se pudiera imaginar. Una cosa era segura, allí no había televisión.
-¡Han anunciado tormenta para esta noche! -anunció alegremente tío Vernon- ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su bote!
Un viejo desdentado se acercó a ellos, señalando un viejo bote que se balanceaba en el agua grisácea.
-Ya he conseguido algo de comida -dijo tío Vernon- ¡Así que todos a bordo!
En el bote hacía un frío terrible. El mar congelado los salpicaba, la lluvia les golpeaba la cabeza y un viento gélido les azotaba el rostro. Después de lo que pareció una eternidad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa.
El interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda.
Sólo había dos habitaciones.
La comida de tío Vernon resultó ser cinco plátanos y un paquete de
patatas fritas para cada uno. Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo salió humo.
-Ahora podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? -dijo alegremente. Estaba de muy buen humor. Era evidente que creía que nadie se iba a atrever a buscarlos allí, con una tormenta a punto de estallar.
Al caer la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de las altas olas chocaba contra las paredes de la cabaña y el feroz viento golpeaba contra los vidrios de las ventanas. Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá. Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la puerta, y Hydra y Harry tuvieron que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la manta más delgada.
La tormenta aumentó su ferocidad durante la noche. Y los mellizos no podian dormir.
El reloj luminoso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó a Hydra de que tendría once años en diez minutos. Los dos esperaban acostados agarados de la mano a que llegara la hora de su cumpleaños.
Cinco minutos. Oyeron algo que crujía afuera.
Cuatro minutos. Hydra se dio vuelta para quedar de frente a Harry.
Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas? Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar?
Un minuto y tendrían once años.
Treinta segundos... veinte... diez... nueve... tal vez despertarian a Dudley, sólo para molestarlo... tres... dos... uno...
BUM.
Toda la cabaña se estremeció y Hydra se sento mirando a la puerta para después mirar a Harry con confusión.