Capítulo 4: Prisionera

2502 Palabras
CHARLOTTE: Cierro la puerta detrás de mí intentando no hacer ruido, luego me saco los zapatos que me había prestado Elizabeth. Con sigilo y a tientas en la oscuridad, me dirijo hacia las escaleras.  Había sido una mala idea aceptar la invitación de aquél cabrón, lo supe desde un principio. Aunque el haber recuperado mi móvil era un enorme alivio, aunque solo era para fastidiarlo, ya que mucho uso no le daba y ese era el motivo por el cual no me había fijado ni siquiera que no llevaba mi teléfono conmigo sino otro. La luz de la sala se enciende justo cuando estoy por subir las escaleras, me quedo inmóvil en el lugar. Ruego internamente que sea mi madre.. — ¿A dónde estabas, mi dulce?— pregunta su voz ronca, como un asqueroso ronroneo. Trago saliva, no estaba dispuesta a voltearme. — ¿Acaso no responderás? Sabes lo mucho que odio eso, mi dulce. Puedo oír sus pasos muy cerca de mi, la ropa que estoy usando en aquel momento me hace sentir desnuda. Mis ojos se cristalizan, parpadeo prohibiendome derramar alguna mísera lágrima delante de alguien como él. No merecía eso. — Salí con Elizabeth— me vuelvo hacia él con la voz temblorosa. Entrecierra los ojos y como de costumbre, me siento más que nerviosa. Comienzo a temblar y eso solo empeora la situación, temía. Temía de él. — Mientes—dice. Siento que me falta el aire. Me arrepentía de no haber dejado que Aiden me llevara nuevamente a casa de Elizabeth. Lo hacía. Niego mi cabeza con frenesí y retrocedo subiendo las escaleras; sin perderlo de vista. — No, creeme. Estaba en casa de Elizabeth. Retrocedo, pisando mal uno de los escalones y caigo sentada en el filo de uno de los escalones. El dolor agudo que siento en aquel momento no era nada comparado a lo que noches anteriores había sufrido. Con una de sus manos me toma bruscamente de la nuca y hace presión en ésta acercando su rostro al mío. Puedo percibir su aliento nauseabundo a alcohol y con una mezcla de cigarro, espantoso. Mis ojos comienzan a cristalizarse, no le demostraría lo débil que podía ser en su presencia, no lo haría.  — Sabes perfectamente que aborrezco las mentiras — escupe con odio. Trago saliva ruidosamente y me quedo inmóvil en el lugar, cualquier palabra o movimiento, jugaría en mi contra. — ¡¿Me oyes?!—pregunta con sus ojos inyectados en sangre. Asiento temerosa y luego me tira del cabello hasta arrojarme al suelo.  Aquí vamos una vez más... Me toma de la cintura y me acorrala contra la pared más cercana, su mano sujeta mi cuello impidiéndome respirar. Sin poder controlarlo, siento mis mejillas humedecidas en cuestión de segundos. Golpea mi mejilla con b********d y con la presión de la bofetada caigo al frío suelo de baldosas blancas — Eres una cualquiera, te acuestas por ahí con quien se te cruce. Dicho esto, comienza a golpearme sin piedad, nadie podía detenerlo, era el mismo diablo personificado. Intento cubrirme con mis manos pero es inútil y la última vez que lo hice terminé con la muñeca fracturada. Cierro los ojos y suelto un grito ahogado cuando siento su pie estrellarse en mí pecho y luego el abdomen. — Ya basta, por favor, b- basta— suplico. Pero él hace caso omiso a mis súplicas y sus golpes no se detienen, está ebrio, como todas las noches y mis gritos ahogados nadie podría escucharlos. Mi madre trabaja todas las noches. Me toma del brazo con fuerza y suelto un quejido de dolor para acercar su boca a mí oído: — Espero que con eso aprendas. No quiero enterarme que le dices a tu madre de esto, las consecuencias no son nada buenas y ya lo has comprobado. Se aleja y sube las escaleras con naturalidad, como si nada hubiera sucedido para luego escuchar como cierra de un portazo la puerta de la habitación de mi madre. Luego de unos veinte minutos logro “estabilizarme” y entonces subo el último escalón. Aprieto los labios para no gritar de dolor al apoyarme en la barandilla y rozar una de las zonas afectadas. Con cuidado abro la puerta de la habitación de Sam y su pequeño cuerpo descansa plácidamente arropado con las sábanas. Gracias al cielo no ha oído nada. Me adentro a mí cuarto y cierro la puerta detrás de mí cuidadosamente, cubro mis labios con mis manos y nuevamente lagrimas salen de mis ojos, me deslizo por la puerta hasta quedar sentada en el suelo. Indago en el bolsillo de mi pantalón y con suerte encuentro mi móvil, mis ojos se iluminan cuando veo un mensaje en la pantalla la cual brillaba con intensidad. «Hola, anoté mi número, espero que no te moleste. Puedes escribirme cuando quieras volver a cenar gratis en el restaurante de mi padre. Buenas noches :) ». Aiden. No tengo siquiera fuerzas para responder, James había abierto viejas heridas que se habían cicatrizado y había depositado nuevas heridas en mí piel.  Tiro mi móvil lejos de mí alcance y apoyo mi cabeza en la madera de la puerta, cierro los ojos sintiendo mi visión borrosa a causa de las lágrimas. Sin tener las fuerzas necesarias para colocarme de pie o al menos poder arrastrarme hacia la cama, me quedo inmóvil y decido pasar la noche sentada en el suelo, apoyada en la puerta. El dolor que sentía en aquel entonces no me dejaba pensar con claridad. Sollozo en silencio y cierro mis ojos intentando conciliar el sueño, haciéndome un ovillo en el lugar y rozando alguna que otra herida, el infierno no se acabaría jamás. No me cabía duda, las esperanzas que sentía en un principio comenzaban a evaporarse con el paso del tiempo.  Unos suaves golpes detrás de la puerta me despierta, abro los ojos desorientada y agotada. No había logrado dormir bien, lunes a la mañana y me había ausentado dos días en casa, me refiero a que no había salido de mi habitación.  Hoy tenía que hacerlo. — ¿Charlie?— pregunta una voz que reconozco enseguida. Me siento con algo de dificultad sobre la cama y acto seguido, me coloco de pie, sintiendo cada dolor en las zonas afectadas de mi cuerpo, camino hacia el espejo y veo que las heridas en mi rostro se han convertido en un hematoma de colores oscuros, morados y verdes alrededor. Espantoso. Un buen maquillaje iba a poder cubrir lo suficiente. Con el tiempo me había hecho experta en maquillaje, fácilmente podría cubrir los gastos de la universidad como maquilladora. Tomo la bata que está colgada detrás de la puerta para usarla intentando ocultar la zona afectada de mi rostro. — Aguarda un segundo, Sam. Escucho como hace un sonido afirmativo con su garganta y camino con dificultad hacia la puerta para luego abrirla. Una pequeña cabeza atiborrada de cabellos rubios y diminutos se asoma enseguida, alza su mirada y me observa con el ceño fruncido. Contemplo su vestimenta y noto que ya está vestido. Sam es alguien muy responsable para alguien de su edad. — Se hace tarde, Charlie― es lo único que dice. Me había quedado dormida y olvidé por completo que Charlie tiene clases, mamá al parecer no había llegado a casa a dormir. Asiento y beso la coronilla de su cabeza, al agacharme a su altura siento un leve tirón en mi espalda, me sobresalto y espero que no lo note. El pequeño suele ser muy listo. — Me voy a cambiar y te llevaré a la escuela, ¿si? Asiente no muy convencido y se queda de pie en el lugar examinando mi rostro. Conocía aquella mirada y temo lo que diga luego. — ¡Rápido, Charlie!— exclama y luego se aleja. Cierro la puerta aliviada y también extrañada, aquella mirada de duda y cuando posaba sus ojos en mí como hace unos minutos atrás solo significaba que algo desconcertante vendría luego, Sam nunca terminaba de sorprenderme. Me despojo de las prendas de la noche anterior rápidamente pero con cuidado de no rozar los hematomas esparcidos a lo largo de mi cuerpo. Elijo algo que intente no hacer contacto con mi piel, algo suelto y cómodo. Hoy tenía examen de literatura, en aquella materia no tenia notas altas y debía poner todo mi empeño. Si decidía faltar el profesor no dudaría en desaprobarme y hacerme rendir en las clases de verano. Mi móvil comienza a vibrar insistente. Lo alcanzo y en la pantalla había una imagen de Elizabeth junto a mi, y su nombre brillaba en letras rojas. Atiendo. — Buenos días Ricitos de oro. Estoy abajo— dice.  Ruedo los ojos y no evito sonreír al oír su voz. Me asomo a la ventana y encuentro el BMW de Elizabeth al frente de casa. — Tengo que llevar a Sam al colegio— murmuro, mientras caminaba al baño. Lo coloco en altavoz y lo dejo sobre el mueble. Ella se despide y antes de que le diga algo, siento la risa de Sam en la planta baja, Elizabeth adora a Sam y siempre que puede satisface cada capricho de mi hermano menor. Hago mis necesidades, lavo mi rostro con abundante agua y con suavidad para no rozar mi pómulo golpeado, luego cepillo mis dientes y salgo del baño. Aplico base de maquillaje sobre mi rostro limpio e hinchado debajo del ojo izquierdo, sobre el pómulo.  De repente la puerta se abre y Elizabeth tiene en brazos a Sam, al verme, le dice a Sam que vaya a ver televisión y acepta alegre. Cierro mis ojos al oír cerrar la puerta, después de unos segundos ella toca mi rostro con delicadeza y me obliga a mirarla. Sus ojos grises me miran con un atisbo de preocupación y frunce el ceño, enfadada. — Es un desgraciado, maldito hijo de puta— mira a un costado y aprieta con fuerza sus puños. Suspiro y saco de un cajón un suéter n***o holgado con tachas que adornaban los hombros, me pongo las zapatillas y paso por delante de ella en un vano intento por esquivarla. — ¿Por qué no te fuiste a casa, Charlie? Miro el suelo apenada, era la única que sabía lo que aquel infeliz me hacía cada noche, sabía a la perfección cuántas veces me había tocado. Al saberlo, por supuesto que intentó acusarlo pero la detuve, era muy listo en todo sentido, lo había intentado cuando tuve la oportunidad de acusarlo pero fue inútil. Desde aquel entonces, Elizabeth lo aborrecía como a nadie más en el mundo. — No me gusta molestar, Elizabeth.  Frunce su ceño a la vez que se cruzaba de brazos. — Sabes que eres bienvenida siempre a casa, mamá y Jack te conocen. Están encantados siempre que vas a casa y lo sabes— su expresión se suaviza al ver mis ojos cristalizados—, no, hey, tranquila. Ya llegará el momento y aquel hijo de puta va a pagar por todo lo que te ha hecho y estaré allí cuando estés lista para enfrentarlo. Sus brazos me rodean y algunas lágrimas salen de mis ojos cuando siento su cercanía. Ella siempre estuvo y está para mí, teme imaginar hasta qué punto pueda llegar aquel animal, teme por mí tanto como por Sam. Sam no tiene que vivir lo que yo vivo. No tiene que hacerlo, prefiero que aquellos golpes sean para mí antes que ver lastimado a Sam. Limpio mis ojos y me coloco de pie. Elizabeth me ha visto llorar, sonreír, conocía a la perfección cada uno de mis demonios y la única que se había quedado junto a mi desde que lo había sabido. Elizabeth y Sam cantan una canción de la radio casi gritando. Yo me limitaba a sonreír y observarlos con diversión. — Vamos canta, Charlie— me anima Sam. Río y comienzo a cantar el coro, era la única parte que conocía. Ríen al escuchar mi voz desafinada y nada comparada con la del cantante. La melodía finaliza cuando mi amiga estaciona el coche a unos metros de la escuela de Sam, él besa sonoramente la mejilla de Elizabeth y luego besa mi mejilla alegre. Bajo del coche y me coloco de cuclillas para besar su mejilla, él se detiene y me observa de reojo. — Te quiero, Charlie— dice colgándose de mi cuello, luego aleja su pequeño rostro y observa mi pómulo golpeado, a pesar de que no se notaba lo acaricia y me mira con cierta tristeza, luego se aleja para desaparecer detrás de las puertas del colegio dejándome anonadada. No mentía cuando decía que Sam es muy listo para ser tan pequeño. Al llegar a la universidad, Elizabeth besa mi mejilla y se dirige a su clase. Antes de entrar me tapo la mejilla con mi cabello, a pesar de la cantidad de maquillaje que había utilizado porque me siento insegura y aunque era fácil pasar desapercibida, tengo miedo que alguien pueda notarlo y notificarlo en la universidad para que posteriormente llegue a casa.  Me adentro al instituto cabizbaja y siento algunas miradas sobre mí, decido ignorarlas a todas levantando los muros a mi alrededor aunque muy en el fondo siento mucho miedo. Mi móvil vibra en mí mano derecha avisando la llegada de un nuevo mensaje, lo leo y mis ojos se cristalizan. «No quiero que llegues tarde a casa. No querrás que te vuelva a hacer daño nuevamente, ¿o si?». James. Decido ignorar el mensaje y luego abro el casillero para sacar los libros de literatura, observo mi reflejo en el pequeño espejo que había en la puerta de mi casillero y me veía realmente fatal, el maquillaje no hacía magia. Mi piel lucía más pálida de lo normal, mis ojos azules estaban rojos a su alrededor y el golpe debajo de mí ojo izquierdo se hacía cada vez más notable. Era un completo desastre. Cierro los ojos algo cansada y tomo una sudadera negra que siempre guardaba en el casillero para ocultar mi cabeza bajo la capucha intentando así pasar desapercibida. Esquivo los cuerpos de estudiantes demasiado entrometidos. Los odiaba, odiaba que fueran tan curiosos.  Continúo con mi camino hacia clases y cuando elevo mis ojos, unos ojos chocolate detienen su mirada en los míos. Aparto mi vista de inmediato y lo esquivo frunciendo el ceño. A los segundos me toma del brazo y me gira hacia él. Su rostro se transforma por completo y frunce el entrecejo con preocupación o tal vez con curiosidad. Aborrezco a los curiosos y él entraba en la categoría, ¿en qué momento creyó que era buena idea interponerse en mi camino? — ¿Qué, qu- te sucedió?— balbucea. — No te interesa— lo fulminó con la mirada. ¿Por qué son tan entrometidos? Me suelto de su asqueroso agarre y dispuesta a irme me toma de las muñecas nuevamente. — Tu maldito comportamiento no ayuda, solo estoy intentando acercarme a ti.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR