Engaño.
PVO Katarina.
París, Francia.
—¿Faltará mucho, Roger? —pregunto sintiendo que las manos me sudan de tantos nervios que cargo encima.
—No, Sra. Katarina, en unos diez minutos estaremos en el hotel.
Agradezco y respiro profundo, varias veces. Es lo único que me calma, el mismo método que usaba cuando trabajaba de incógnito para la CIA en el área tecnológica. Increíble pensar que eso fue hace apenas dos años, cuando conocí a Alexander Russo y su galantería me hizo caer.
Fue en una de las tantas fiestas de mi padre, el más importante multimillonario del país.
Lo puse a prueba, por supuesto. No soy de esas mujeres que se lanzan a un hombre, aunque esté más rico que el chocolate. Le oculté mi verdadera identidad diciéndole que solo trabajaba para los Reagan, mi familia. Y aun así, me enamoré y dejé todo: mi trabajo, mis honores, mi libertad, todo para ser solamente la Sra. Russo.
—Llegamos, Sra. Katarina.
Así que este es el apartamento de soltero de mi esposo en París. Bonito, moderno y en el mejor lugar de la ciudad. Tal como él, perfecto por fuera, inalcanzable por dentro, el mejor arquitecto que he conocido.
"Feliz aniversario, mi amor. Lamento no poder estar contigo, pero este viaje de negocios no podía cambiarlo. Prometo compensártelo cuando regrese a Nueva York."
Volví a leer su último mensaje, e inevitablemente sonreí como una adolescente enamorada, apretando el celular contra mi pecho.
—¡Ay, mi cielo, qué tierno! Pero no te preocupes, amor mío, si no puedes venir a mí, yo iré a ti.—Mascullé, ignorando que Roger estaba presente.
—Sra. Katarina, si me disculpa, el lugar está a oscuras. ¿Segura que quiere ver al Sr. Russo así?
—Vamos, Roger, esta noche quiero ser yo quien lo sorprenda. Es nuestro primer aniversario y no viajé seis mil kilómetros para echarme atrás. ¿No te parece?
Sé que a Roger, el chófer de mi familia, nunca le ha caído en gracia mi esposo y no lo disimula, pero también conoce sus límites.
—Tiene razón. Espero que al Sr. Russo le agrade su sorpresa.
—Claro que sí. Ya puedes irte, Roger. No esperes mi llamada hasta mañana.
Le guiño un ojo y subo con las bolsas de compras que hice antes de venir aquí. Ingresé la clave del departamento y, una vez dentro, coloqué el champán en el frigobar y los bocaditos al horno. Tenía tiempo para decorar el lugar a mi manera y sorprenderlo.
Según la secretaria, Alex llegaría a las ocho. Aún eran las siete, así que tenía tiempo de sobra.
Aproveché entonces para enviarle a Alina, mi alumna de matemáticas, los ejercicios de repaso. Me respondió enseguida, agradecida, aunque me dijo que saldría a una fiesta esta noche y que no podría resolverlos hasta mañana.
Claro, apenas diecinueve años.
Vive lo que yo nunca me permití, no porque no pudiera, sino porque jamás llamó mi atención: fiestas, salidas nocturnas, locuras con alcohol, besos prohibidos.
Quizás alguna noche de sexo sin culpa.
Suspiro por lo que me perdí y no será, pero no me arrepiento, porque yo soy una esposa fiel, enamorada y entregada de su marido. Y soy feliz. ¿Qué más puedo pedir?
—Esta noche, por fin, seré la mujer de Alexander Russo. —Me llevo una mano al pecho—Y no habrá trabajo que pueda impedirlo.
Mis ánimos estaban por los cielos y mi ilusión de por fin formar una familia, a tope pero el sueño y cansancio del viaje me venció. Menos mal me dormí en la habitación de invitados. No me hubiese gustado arruinar la cama que había preparado con pétalos de rosa y nuestro aroma favorito: jazmín.
—Eso fue increíble, ¡me encantó la sorpresa, amore!
¿Alex? ¿Ya llegó?
Me levanté sobresaltada, acomodé mi cabello y el vestido que compré —consejo de Lea, mi mejor amiga— para esta ocasión.
Temblando de nervios y frío, caminé hacia la habitación principal. Pero, a medida que me acercaba, los sonidos se hicieron más claros. No eran solo voces, eran ¿gemidos?
—Te amo, mi amor, te amo —gimió una voz femenina que me pareció conocida.
—Haz silencio, pequeña y déjame que sea yo quien dirija esas caderas.
No quería. Mi instinto me gritaba que debía apartarme y salir de ese lugar, pero mi mano se movió sola y la puerta se abrió apenas un poco, lo suficiente para ver y para que mi mundo se derrumbara en cuestión de segundos.
Era él.
Alexander, mi esposo, pero la impresión de ver quién estaba encima de él fue lo más shockeante.
¡Era Alina!, la alumna que estaba enseñando, la chica por la que mi esposo intercedió para que le diera clases de matemáticas. ¡En nuestra casa!
—No sabes lo feliz que me hace este collar, mi amor, me queda perfecto.
—Te lo mereces por ser buena chica.
¿Q-qué…?
—Y cuando lleguemos a Nueva York te daré ese diamante que tanto quieres en la subasta.
—¡Gracias, mi amor! —dijo ella antes de montarlo y gemir como bestias ansiosas que se entregaban con tanta pasión y deseo.
Tuve que taparme la boca para no gritar de horror. El aire se me fue del cuerpo y me paralicé. Él, que jamás me había tocado creyendo que estaba cansado por las largas jornadas de trabajo, o era su naturaleza ser frío, ahora se entregaba así a ella.
Retrocedí sin hacer ruido y avancé a pasos lentos a la habitación de invitados donde me dejé caer al suelo y abracé mis piernas en una esquina. Quise gritar, llorar, pero no me salía ni una lágrima. Estaba vacía, en shock.
Cuando el silencio volvió, me levanté y, sin darme cuenta, estaba al frente de su habitación. Entré y enseguida, un olor a sexo y alcohol me golpeó con fuerza, causándome náuseas tan fuertes que tuve que tomarme el estómago para no vomitar.
No, no ahora, Katarina.
El piso estaba hecho un desastre: ropa, copas, el champán que compré tirado en el suelo y que ella creyó era regalo de él.
Avancé despacio, y a pesar del dolor y mi mirada perdida, vi el fin de mi amor, disecado por una traición: Alina y Alexander estaban dormidos, desnudos, borrachos y con las sábanas apenas cubriéndolos.
—Me mataste, Alexander, me mataste.
La voz se quebró y las lágrimas, al fin, cayeron.
—No me amabas y quizás nunca lo hiciste.
Cerré los ojos y apreté los puños para no gritar, para no lanzarme sobre estos hijos de perra que me habían traicionado de la peor manera.
Mi marido y mi joven alumna.
No haré escándalo, no voy a reclamarte nada, Alexander, pero sí te destruiré siendo la perfecta esposa que todos admiran, y pagarás con lágrimas de sangre cada humillación y burla a mis espaldas, querido esposo.
Tomé el celular con las manos temblorosas.
—¿Srta. Katarina? —respondió Roger al segundo timbre.
—Lamento molestarte, Roger, pero necesito que vengas por mí al apartamento de mi esposo. Y solicita el avión privado de mi familia. Diles que partimos a Nueva York cuanto antes.
Hubo un silencio corto, pero suficiente para saber que algo malo había pasado, aunque no dijera una palabra.
—Enseguida voy, Srta. Katarina.
Agradecí y, cuando me di cuenta, ya estaba en la entrada del edificio. No miré atrás, no reparé en mi aspecto, que debía ser patético.
El cielo se nubló y esa noche cayó un aguacero como ningún otro sobre la Ciudad Luz, que ahora era para mí la ciudad de la oscuridad.
Esa noche, bajo la lluvia, murió la gentil y perfecta Katarina Russo.
Y nació una nueva, fría y decidida.
La que Alexander se arrepentiría de haber despertado.