POV Sadie McPherson Nuestros besos poco a poco subieron la intensidad, pero nunca perdieron la reverencia. El tacto de Alastair era una oración silenciosa de respeto, un manifiesto de su promesa. Una de sus manos se encajaba en mi nuca, guiando mi cabeza con una autoridad que me hacía sentir cuidada, no controlada. No era la opresión que mi cuerpo recordaba, sino una dirección gentil que me decía: Aquí, conmigo, estás a salvo. La otra mano sostenía mi cintura con propiedad, con una firmeza que me anclaba. Sentía su necesidad en la forma en la que me agarraba, con una fuerza que no lastimaba, sino que era, paradójicamente, muy excitante. Su deseo, tan palpable, se convirtió en una señal de seguridad: él me quiere, él no me lastimará, yo soy suya en esta entrega. Sentí sus caricias lentas

