Capítulo 1: El Peso de los Años
El jardín de Ana en Gaya había cambiado.
Las rosas que una vez florecieron con furia silvestre ahora crecían con una calma medida, como si los años hubieran domesticado su dolor. Los arbustos, antes descuidados, ahora formaban senderos ordenados. Un pequeño banco de piedra se alzaba bajo el roble centenario, y junto a él, una lápida de mármol blanco pulido.
Cinco años habían pasado desde que Serenidad fue enterrada allí.
Cinco años desde que los astros, rotos y ensangrentados, habían llevado su cuerpo desde Isagar hasta este lugar sagrado. Cinco años desde que Lans había depositado la flor blanca sobre la tierra fresca y prometido volver.
Y había vuelto.
Cada año, en el aniversario de su muerte, Lans regresaba a Gaya. Dejaba atrás Isagar, sus obligaciones, su vida, y viajaba durante días para sentarse en el banco de piedra y mirar la lápida.
Esa mañana, el sol despuntaba entre las ramas del roble, pintando la hierba de tonos dorados. Lans llegó como siempre lo hacía: solo, a caballo, con el rostro pálido y los ojos que habían perdido el brillo juvenil que alguna vez tuvieron.
Tenía veintisiete años ahora. Las alas blancas seguían siendo las más grandes de Felían, pero las llevaba plegadas con menos orgullo. Su cabello, antes castaño oscuro, había empezado a platearse en las sienes. Y en su mano derecha, un anillo de plata brillaba débilmente.
El anillo de su matrimonio con Anlana, princesa de Felían.
Se había casado hacía tres años. Una alianza política, como su padre había querido. Anlana era buena, inteligente, paciente. Le había dado estabilidad, un propósito, un lugar en el mundo. Pero nunca le había dado lo que Serenidad le había dado.
Paz.
Lans se arrodilló frente a la lápida y dejó una flor blanca sobre el mármol. La misma flor que ella le había regalado aquella noche en la cabaña, la que había guardado durante meses, la que aún conservaba seca entre las páginas de un libro.
—Cinco años —susurró, con la voz ronca—. Y aún te recuerdo cada día.
El viento acarició su rostro, como si ella le respondiera.
Sakura llegó al atardecer.
No había cambiado tanto. Su cabello n***o seguía siendo el mismo, sus ojos violeta conservaban la determinación feroz que la había mantenido con vida durante dieciséis años de exilio. Pero había algo nuevo en ella: una calma, una aceptación. Como si finalmente hubiera dejado de huir.
Gaudi la acompañaba, como siempre. Luminis brillaba débilmente en su cinto, pero él ya no la empuñaba con la misma urgencia. Había encontrado su lugar en el mundo junto a Sakura, protegiendo las fronteras de Gaya, entrenando a jóvenes guerreros.
—¿Llegó antes? —preguntó Gaudi, viendo el caballo atado al árbol.
—Siempre llega antes —respondió Sakura.
Se acercaron a la lápida. Lans seguía allí, sentado en el banco, con la mirada perdida en el horizonte.
—Lans —dijo Sakura.
Él levantó la vista y asintió. No hizo falta decir más.
Se sentaron juntos en silencio, los tres, como habían hecho cada año desde la muerte de Serenidad.
—¿Vendrán los otros? —preguntó Gaudi.
—Amelia y Jenny dijeron que sí —respondió Sakura—. Kaito está en el norte, con los suyos. Dijo que llegaría mañana.
—¿Y Ángel?
El silencio se hizo más denso.
Ángel apenas se dejaba ver desde la muerte de Serenidad. Había rechazado las invitaciones a quedarse en Gaya, había rechazado la oferta de entrenar con Gaudi, había rechazado cualquier intento de acercamiento. Viajaba solo, sin rumbo fijo, aparecía de vez en cuando en aldeas remotas para ayudar a los necesitados, y luego desaparecía de nuevo.
La última vez que alguien lo había visto fue seis meses atrás, en una aldea de Saris, donde había pasado una sola noche antes de internarse en las montañas.
—No sé —respondió Sakura, con un suspiro—. Ya no sabemos nada de él.
Amelia y Jenny llegaron al día siguiente.
Amelia había cambiado. La joven encerrada en la mansión Thermopolis era ahora una hechicera respetada, con un pequeño círculo de aprendices en Gaya. Su cabello castaño había crecido, y su mirada verde brillaba con una sabiduría que solo los años podían dar. Pero aún llevaba consigo la varita de su abuela, y aún dormía con el relicario colgado al cuello.
Jenny, en cambio, parecía la misma. O quizás era al revés: Jenny siempre había parecido más vieja de lo que era, como si los años con los muertos la hubieran envejecido antes de tiempo. Ahora, a los veinticinco, su mirada oscura seguía viendo más allá de lo visible.
—¿Kaito no ha llegado? —preguntó Amelia.
—Mañana —respondió Sakura—. Dijo que quería traer algo.
—¿Y Ángel? —preguntó Jenny, con una nota de esperanza en la voz.
Sakura negó con la cabeza.
—Nadie sabe nada de él. Lleva meses desaparecido.
Jenny bajó la mirada. Había intentado contactarlo a través de los espíritus, pero siempre encontraba un muro de silencio. Como si Ángel no quisiera ser encontrado.
Kaito llegó al amanecer del tercer día.
Traía consigo una piedra tallada con la forma de un zorro, igual a la que había dejado en la tumba cinco años atrás, pero más pequeña, más delicada. La colocó junto a las flores marchitas y se quedó un momento en silencio, con los ojos dorados brillando de humedad.
—Sobreviví —dijo en voz baja, como si Serenidad pudiera oírlo—. Como tú querías.
Los astros se reunieron alrededor de la tumba, como habían hecho cada año desde aquel día.
Pero esta vez, faltaba uno.
—¿Creen que vendrá? —preguntó Amelia.
Nadie respondió.
Porque todos sabían que Ángel no vendría. Como no había venido el año anterior. Ni el anterior. Como llevaba años alejándose, lentamente, sin decir adiós.
El grupo pasó la noche junto a la tumba, como habían hecho cada año.
Hablarion de los días pasados, de las batallas, de las pérdidas. Kaito contó historias del norte, de cómo los cambiaformas comenzaban a reunirse de nuevo. Gaudi habló de sus aprendices, de cómo Luminis seguía brillando cuando alguien con buen corazón la empuñaba. Amelia y Jenny compartieron sus descubrimientos sobre la magia ancestral.
Lans habló de Isagar. De cómo su padre, Arman, se había vuelto más retraído con los años, más distante. De cómo Anlana lo sostenía en los días difíciles, sin pedir nada a cambio.
—¿Eres feliz? —preguntó Sakura de repente.
Lans guardó silencio un largo rato.
—No lo sé —admitió—. A veces creo que sí. Otras veces... otras veces me despierto en medio de la noche y no sé dónde estoy.
—Eso no es felicidad —dijo Gaudi.
—No. Pero es lo que hay.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Jenny, que había estado en silencio, alzó la vista.
—Anoche tuve una visión —dijo, con voz baja—. No sé si es importante. Pero creo que debo decirlo.
Todos la miraron.
—Vi a Ángel —continuó—. Caminando solo hacia el norte. Llevaba su capa, su cuchillo. Nada más. Y caminaba sin mirar atrás.
—¿El norte? —preguntó Kaito—. ¿Hacia las montañas?
—Sí. Hacia las Montañas Sombrías.
—¿Qué haría allí? —preguntó Amelia.
Nadie respondió.
Pero en la mirada de Jenny había algo que ninguno supo interpretar. Una sombra. Un presagio.
Al amanecer, Lans se levantó y miró hacia el norte.
—Tengo que irme —dijo.
—¿Volverás? —preguntó Sakura.
—Siempre vuelvo —respondió él, como había respondido tantas veces.
Se despidió de la tumba con una última flor blanca.
Luego montó a caballo y partió hacia Isagar.
Detrás de él, los astros se quedaron mirando la lápida de mármol blanco.
—¿Creen que Ángel estará bien? —preguntó Amelia.
—Ángel ha estado solo durante años —respondió Kaito—. Siempre ha sabido cuidarse.
—Pero esta vez... —dijo Jenny, y se detuvo.
—¿Qué? —preguntó Sakura.
Jenny negó con la cabeza.
—Nada. No es nada.
Pero sus ojos oscuros seguían fijos en el norte.
En algún lugar, muy lejos, en las Montañas Sombrías, Ángel caminaba solo hacia lo desconocido.
No llevaba nada.
No tenía nada que perder.
Y en su corazón, una decisión que llevaba cinco años madurando comenzaba a florecer.
Cinco años habían pasado desde que Serenidad murió.
Cinco años de silencio, de lágrimas contenidas, de vidas que seguían adelante sin saber muy bien cómo.
Pero esa noche, algo cambió.
En Gaya, la tumba de Serenidad brilló débilmente bajo la luz de la luna.
En Isagar, Lans sintió un escalofrío en medio de la noche.
En las Montañas Sombrías, Ángel encontró la puerta.
Y en lo profundo del Reino del Olvido, el Reloj del Alma comenzó a latir.
Como un corazón que despertaba.
Como una promesa que estaba a punto de cumplirse.