Félix estaba inmóvil sobre sus pies, en el mismo sitio mientras los guardias levantaban el cuerpo de la primera en caer. Por la mente del joven no rondaba algo más que la necesidad de experimentar algo nuevo, mientras ni siquiera parpadeaba, una sola gota de sangre se filtró entre su tapaboca (que no había ajustado lo suficiente) y su mejilla, hasta tocar sus labios entreabiertos, mojando sus dientes blancos perfectamente alineados y mezclándose con su saliva, dejando que la lengua, como juez en ese momento, determinara si aquello era o no lo que había necesitado el cuerpo desde que pisó suelo de esta nueva era. —¡Agggh! —se quejó una voz masculina al otro lado de las filas. Ese lamento vino de un joven que, aún sin dejar su puesto, pero sin evitar arrodillarse m

