XVI

4439 Palabras
Marinette      Una banda, repleta de músicos comenzó a tocar en cuanto me bajé del carruaje. La música, repleta de alegría y ganas de festejo se introdujo en mi  cabeza de forma estruendosa e inevitablemente no pude evitar esbozar una mueca de desagrado.        —Sin duda, esto es un buen recibimiento—dijo mi padre justo a mi lado.        Le dediqué una mirada repleta de rencor, aún no me podía creer que fuese capaz de caer tan bajo. Apenas habían pasado dos días desde que me castigó, mis heridas aún estaban muy frágiles y sin embargo, no había tenido el menor reparo en sacarme de su cuarto a rastras para entregarme a Jouvet antes de la boda.        Y hablando  del rey de Roma, Jouvet se hizo paso entre los diferentes músicos. Llevaba un chaquetón largo que le llegaba a la altura de las rodillas, abierto, dejando a la luz una hortera camisa blanca con ribetes y volantes plegados sobre los botones. Al menos no llevaba bermudas y leotardos, porque sin duda, esas cosas deberían estar prohibidas.        —No sabe lo feliz que me hizo la noticia, Tom—dijo él con una sonrisa.—Lo último que me esperaba con su telegrama era que la señorita Dupain se mudaba a palacio.        —A mí también me tomó desprevenida—esbocé una falsa sonrisa mirando a mi padre de reojo.       —Consideré oportuno que ambos pasarais más tiempo juntos—explicó mi padre, mientras me tomaba del brazo mostrando un hermoso gesto paternal, lástima que aquello fuese aún más falso que mis ganas de mudarme—. Muy pronto deberíais compartirlo todo y por eso es mejor familiarizarse el uno con el otro.       —No podría estar más de acuerdo, Tom—dijo Jouvet haciendo una pequeña reverencia con la cabeza, después su mirada recayó en mí.—Espero que su estancia en palacio sea lo más cómoda posible.        Quise decir algo, lo primero que se me viniese a la cabeza y que mostrara mi completo desacuerdo en todo aquel asunto de locos, pero papá fue más rápido que yo y contestó antes:        —Confío en que será así—aseguró mi padre,—y estoy seguro de que el castillo será un lugar mucho más seguro que mi casa. Nunca se saben los peligros que pueden estar en cada esquina, mismamente el circo de los días pasados resultó ser una farsa.        —Aún seguimos investigando ese fatídico accidente, fue para todos una sorpresa que la carpa saliese ardiendo—explicó el rey. Su mirada pasó de mi padre a mí y percibí cierto aire ansioso en sus ojos, un hecho que me produjo escalofríos.        Hacía frío, de hecho, el invierno estaba cayendo, pero aún así el sol chocaba con fuerza sobe los jardines de palacio, rociando con su luz nuestros cuerpos, que combinado con mi malestar y mis heridas aún sin sanar, ocasionó cierto mareo.        Me llevé una mano a la frente y me tambaleé ligeramente.       —Marinette—los brazos de mi padre me sujetaron, sosteniéndome lo suficiente como para que mis rodillas no flaqueara.—¿Estás bien?        Lo miré con ojos fulminantes, siendo consciente de la falsedad de sus palabras. ¿Cómo podía ser capaz de caer tan bajo? ¿Cómo se atrevía a preguntar por mi bienestar si él mismo era el causante de mi pésima salud?        Me zafé de su agarre con brusquedad, tambaleándome hacia atrás.Choqué con un cuerpo detrás de mí y unas manos sujetaron mis brazos por detrás. Ladeé mi cabeza y vi a mis espaldas los ojos castaños de Jouvet.       —Estoy... Estoy perfectamente—aseguré incorporándome, sacando todas las fuerzas que tenía para aparentar fortaleza.       —¿Está segura?—en esta ocasión fue Jouvet quien preguntó.—La encuentro un poco pálida.       —Quizás debería llamar a un médico para que la revise—explicó mi padre, mirándome con una mirada afilada.—Cuando se instale en su cuarto.        Jouvet pasaba su mirada de mí a mi padre sin comprender muy bien.       —¿Hay algo que deba saber?—preguntó Jouvet y pude apreciar que fruncía el ceño.       —Anoche... mi hija y yo tuvimos un pequeño altercado, pero no debe preocuparte, son cosas que pasan entre un padre y una hija—explicó mi padre.—A veces le cuesta aceptar sus modales y su posición.       Quise saltar y gritara los cuatro vientos que golpear a una hija con un instrumento para domar animales no era un acto que cometería una persona con modales, pero tal y como estaban las cosas—tensas y frías—prefería no involucrarme demasiado en la conversación.       —Bueno, ¿quizás vaya siendo hora de que conozca su habitación?—dijo Jouvet, rompiendo con el tenso silencio que se había formado, incluso la banda había dejado de tocar y se dedicaba a mirarnos como si nos tratásemos de los personajes de una comedia.        —Estoy seguro de que debe de estar deseándolo ¿no es así?—mi padre inclinó la cabeza para mirarme y yo, simplemente, me dediqué a mirar al frente, ignorando su presencia.      —Muy bien—Jouvet dio una pequeña palmada y me tendió la mano.—¿Vienes, querida?     En cualquier otra ocasión, hubiese soltado una profunda arcada de tan solo pensar que debía acompañarlo dela mano, aunque, en aquellos momentos, fuese quien fuese, era bien recibido si suponía la vía de escape de mi padre.        —Un momento, alteza—dijo—¿Me permite unos segundos? Solo... para despedirme de mi hija        —No faltaba más, Tom—Jouvet sonrió son suficiencia.—Tomaos el tiempo que consideréis oportuno.        Mi padre hizo un asentimiento de cabeza y se giró hacia mí para rodearme con sus brazos y abrazarme. En cualquier otra ocasión, recibir un abrazo de mi padre me hubiera conmovido e incluso me hubiese abalanzado sobre él para corresponderle; sin embargo en aquellos momentos, opté por quedarme quieta, completamente rígida, deseando romper cualquier clase de contacto. Él pareció notar mi falta de entusiasmo y sus brazos de se pudieron tensos y sentí como su cuerpo se erguía----, aunque no terminó de separarse por completo de mí.       —Espero no tener que repetir lo que ocurrió anoche—sentí su áspero aliento sobre mi oído.—Porque si me entero de que vuelves a estar cerca de un hombre que no sea el rey, no seré tan considerado.       Me aparté de él, con una mirada fulminante. Creí ver un arrepentimiento en él, o al menos la más mínima muestra de afecto que demostrara que iba a echarme de menos. Pero me había equivocado, la única preocupación que había en su cabeza era la de no deshonrar a la familia.       —No necesito tus amenazas—dije, encarándolo, ignorando la presencia de todo el mundo.—Ya nada de lo que me digas me afecta, no creo que haya nada más doloroso que lo que me hiciste, papá, y no creo que pueda perdonártelo. Nunca.        Sus ojos me miraron con severidad y me percaté del pequeño atisbo de oscuridad que se reflejó en ellos.       —Alteza—mi padre llamó al rey, sin despegar su mirada de la mía.       Jouvet se colocó a mis espaldas, como si la voz de mi padre lo hubiese invocado al estilo genio de la lámpara.       —Tenga muy presente lo que hemos hablado—dijo papá.—Y a la más mínima sospecha ya sabe como actuar y asegúrese de que no le tiemble la mano.  ○•○•○ Marinette      Mis ojos recorrieron la estancia con especial atención. El lugar era muy espacioso, y si mi cuarto anterior era espacioso, este lo era aún más, al menos el doble. Había una cama de matrimonio en el centro y de la que caían largas cortinas de seda recogidas con finos cordeles. Encima del colchón había dos grandes cojines de terciopelo, de esos que te entran ganas de abrazarte a ellos y quedarte dormida todo el día. Enfrente de la cama, había un gran tocador de madera que ocupaba casi toda la pared con un espejo que hacía ver la sala aún más grande e imponente y en otro extremo había una ventana que dejaba una perfectas vistas de la ciudad.        Todo era precioso y eso no podía negarlo, pero lo desde que entré a esa habitación no podía evitar tener un nudo en el estómago que no me dejaba respirar, especialmente cuando vi el tamaño de la cama, donde cabían dos personas personas perfectamente.       —La noto muy callada—dijo Jouvet a mis espaldas.       Me fijé en los criados que estaban terminando de dejar mis maletas en la sala y debió haber un momento en el que Jouvet les tuvo que ordenar que abandonaran la estancia, porque todos ellos a la vez salieron sin decir palabra.        —¿No es de su gusto?—inquirió cuando nos quedamos completamente solos.       Respiré hondo y cerré los ojos.       —Al contrario—me giré hacia él y tomé todas las fuerzas posibles para sonreirle—.Todo es precioso...—bajé la mirada y con disimulo volví a plasmarla en la sala.—¿Acaso se trata de su cuarto?       Jouvet soltó una pequeña risotada y para mi sorpresa, pude apreciar cierta autenticidad en ella. Volví a dirigirme hacia él y vi como se rascaba la coronilla con nerviosismo.       —Lamentablemente no—dijo y sentí como toda la presión que había surgido se desinflaba de golpe. Al menos no tendría que compartir habitación con él.—Mi habitación esta al final del pasillo.       No supe que decir exactamente, sobre todo escoger las palabras adecuadas para no gritarle a la cara:«¡Al menos no tendré que dormir contigo, por primera vez piensas algo positivo en esa mochuela hueca!»       —Oh...—al final, solo salió eso de mi boca.       —Escuche...—se acercó hacia mí y tomó mi mano.—Quiero hacer las cosas bien—dijo, y supe que al igual que a mí, para él tampoco era fácil escoger las palabras correctas.—Sé que ninguno de los dos empezamos con buen pié, y también sé que no soy de su agrado.       Abrí la boca para contradecir algo, cualquier mentira que no me hiciera ver tan desagradecida y borde, pero él levantó la mano y me detuvo.       —Nunca lo he sido y las circunstancias no me han permitido cambiar eso—continuó. Su pulgar comenzó a acariciar la palma de mi mano provocándome pequeños escalofríos.—Y yo tampoco me he puesto muy en la favor para agradarla.        Agaché la cabeza, fijando el atención en un punto exacto del suelo. Todo lo que decía era verdad y la lengua me picaba porque me moría de ganas de decirle que tenía razón, porque era cierto él había hecho cosas horribles por conseguirme, cosas como amenazar de muerte a Marlene y a Nathaniel y cosas como estar a punto de hacerme todo tipo de cosas obscenas delante de sus soldados y golpearme frente a los invitados de un fiesta.       —Supongo que aunque crea que sabe tratar con mujeres, en realidad no tiene ni idea—le solté con indiferencia.—Y creo que todavía debe aprender mucho.       Una sonrisa torció sus labios.      —Puede que tenga razón—dijo y su mirada era tan intensa que me obligó a sostenerla.—Pero ahora... ahora que la tengo tan cerca de mí, no pienso renunciar—me aseguró.—Quiero que sea mi esposa, y su padre también quiere que así sea, así que tendré que hacer algo para que usted también esté de acuerdo con ese matrimonio.       Me quedé callada durante unos segundos y el silenció reinó en la habitación con el único sonido de las agujas de un gran reloj que había colgado en la pared.       —Siento decirle que... eso es muy complicado—murmuré apartando con suavidad su mano de la suya.—Soy más de las que se guían por el corazón y las emociones en lugar de tratos carentes relacionados con el honor y el poder.       La mano de Jouvet aún seguía en la misma posición, fingiendo agarrar aún la mía. Arqueó ambas cejas y se aclaró la garganta.       —No sé que le habrá dicho su padre, pero creo que no es muy diferente a lo acordado conmigo—aseguró adoptando nuevamente su pose erguida y distinguida—. Soy completamente consciente de la heridas que tiene en la espalda, y está en usted que le traiga un médico para que pueda tratarla o dejar que usted misma se busca las habichuelas.        Amenaza captada.        Y yo que pensaba que este tipo podía tener algo dentro de él que pudiese agradarme, pero ya veo que aquello era más complicado que ver a un cerco volando.       —No quiero ser yo quien la castigue—prosiguió, rascándose una barbilla poblada por una perilla de vello castaño.—No quiero hacerle daño, señorita, así que hágase un favor así misma y ponga de su parte, créame, será más fácil para usted.—Soltó un prolongado suspiro y miró a su alrededor.—Solo piénselo, y trate de tomar una actitud un poco más... cariñosa y agradable. No quiero que nos presentemos en el altar como dos desconocidos, sería de lo más... incómodo ¿no le parece?       Me sonrió, y la bondad que creí ver en su anterior sonrisa desapareció, volviendo a esa falsedad que llenaba su rostro cada vez que lo hacía. Lo observé con el ceño fruncido, viendo como daba vueltas por la sala, pavonándose delante de mí.       — Creo que ya está todo dicho y aclarado entre los dos—dijo.—Ahora la dejaré sola para que descanse y se instale con tranquilidad.       El sonido de sus zapatos de charol pisar el suelo de mármol resonaron por la estancia.        —Espero encontrarla para la hora de la cena.       Me lanzó una última mirada y finalmente pude respirar tranquila cuando escuché la puerta cerrarse.       «Espero que Adrien pueda encontrarme, tengo que hablar con él sea como sea...» ○•○•○ Adrien      Saqué las balas de la pequeña bolsa que colgaba de mi cinturón y me aseguré de que cada uno de mis pistoletes estaban en perfecto estado. Soplé por el agujero por el que se metían las balas y salió una tremenda polvareda que nubló mi campo de visión.      —j***r—gruñí para mí mismo mientras me limpiaba los ojos con el puño de la camisa.       Aquella cosa tenía más mierda que la habitación de Nino. No me extraña que hubiese fallado los últimos días, las balas tenían que haberse quedado pegadas y eso era un problema, sobre todo si entre mis planes estaba matar a Tom, porque por más que Marinette se negara, en cuanto ella estuviese a salvo en Miraculous, ese hijo de puta iba a tener una bala entre ceja y ceja y ella no tendría por qué enterarse.        Lo que sí tenía claro es que este cabrón no iba a irse de rositas, no después de golpear a Marinette de esa forma. Iba a pagarlo muy caro, y lo iba a hacer con su propia sangre.      —¿Quieres dejarlo ya, Camille?—dijo una voz a mis espaldas.—Me estás poniendo nerviosa y si sigues así lo único que vas a hacer es distraerme.      Fruncí el ceño y miré a lo lejos. Divisé a la niña muda frente a un árbol, dando saltos y señalando hacia arriba. Seguí la dirección se su dedo y ahí vi fue donde a la loca que siempre la acompañaba a todos lados.       Metí la pistola en mi cinturón y caminé hacia la cría que, aunque no pudiese hablar, su cara era tan legible como  el mapa de Francia. Lo que aún seguía sin cuadrarme era donde estaba Kagami, porque había oído su voz y no veía su cara de mala hostia por ninguna parte.      —¿Qué pasa, enana?—dije cuando me quedé junto a Camille.        La niña dio una pequeña encogida, y no pude evitar sonreír al pensar que la había asustado. Me miró con los ojos muy abiertos y me agarró del pantalón, zarandeándome mientras señalaba hacia la copa del árbol.       —¡Oh, no. Él otra vez no!—exclamó una voz que sonó justo encima de nosotros.       Mi mirada se clavó en las ramas del árbol y no pude evitar hacer una mueca al ver a Kagami escalando y gateando por las ramas mientras intentaba alcanzar algo.       —¿Qué cojones estás haciendo?—inquirí cruzándome de brazos, observándola hacer el gilipollas.—¿Es qué tienes complejo de mono?       —Nada que te importe, muñeco—dijo sin siquiera mirarme. Estaba demasiado entretenida estirando el brazo hacia delante para coger algo.—Así que te puedes largar.       Miré a Camille y después la miré a ella, esbozando una sonrisa divertida en mi cara.      —Pues la verdad, creo que voy a quedarme—dije observando cada uno de sus movimientos—Será divertido ver como te la pegas con el suelo.       La escuché soltar un gruñido y supe que se había sacudido porque varias hojas cayeron al suelo.       —Lo que se va a pegar es mi pie contra tu cara, imbécil—me soltó.      —Suena bien, pero mientras tanto...—me senté en el suelo y le hice una señal a Camille para que viniera conmigo—¿Quieres cerezas? Es mejor ver un espectáculo con comida.       Al principio, la niña dudó un segundo, aún con su atención puesta en su amiga, aunque , al final, cuando vio las cerezas de mi bolsa, se sentó sobre mi pierna y empezó a comer conmigo.      —¿Y qué se supone que está haciendo?—le pregunté a la cría.      Ella me miró y comenzó a hacerme señales con las manos.       —¿Así que está haciendo esas gilipolleces por una pelota?—murmuré volviendo a mirar hacia arriba.—¡¿Sabes una cosa?!—le grité, sintiendo unas ganas tremendas de joderla.—¡Se te daría muy bien rescatar gatos de los árboles!     —¡Ah, ¿sí?!—la escuché decir—¡También se me da muy bien arrancar cabezas del cuerpo!      —¿Enserio?—dije arqueando una ceja.—Suena bien, luego tienes que enseñarme     —¡Me parece bien!—me gritó.—¡¿Por qué no utilizamos tu cabeza de ejemplo?!      Hice una mueca.       —¡Nah!  Le acabas de quitar la diversión—espeté. Me giré hacia Camille y le di otra cereza.       Observé cada uno de los movimientos de Kagami y aunque intentara parecer dura y segura de sí misma, estar a cinco metros de altura no era algo muy cómodo que digamos.       —Yo no iría por ahí—dije, viendo como estaba a punto de agarrarse a una rama que no podría aguantar su peso.      —¡Y tú qué sabrás!—me gruñó sin hacerme ni puto caso.—Estoy acostumbrada a las alturas, en el circo, hacía malabares y caminaba por cuerdas a cinco metros de...—de repente la rama se partió y ella soltó un grito ensordecedor.       Logró agarrarse justo a tiempo a otra rama que tampoco duraría mucho tiempo.        Camille se levantó atropelladamente e hizo afán de alargar sus brazos para coger a la loca de la colina.        Sonreí con insuficiencia y me puse en pie.       —Creo que alguien necesita mi ayuda—dije sin borrar mi sonrisa.—No durarás mucho—miré hacia arriba y esperé.       —¡Y una mierda!—me espetó, haciendo afán levantar una pierna y apoyarla en el tronco.       —¿Por qué no dejas de hacer el gilipollas y te dejas caer? No te preocupes, tranquila, yo te cojo—dije apoyándome en el tocón del árbol.       —¡Estás loco si piensas que voy a aceptar tu ayuda!—dijo, y continuó intentando agarrarse a cualquier cosa.       —Deja ya el orgullo—espeté.—Tampoco es como que recibir un poco de ayuda te deje la dignidad por los suelos.       —No puede hablar de dignidad alguien que no la tiene—me dijo.       —Au—me llevé una mano al pecho, fingiendo indignación.—¡Eso me ha dolido!       —Iba con esa intención—sus palabras quedaron ahogadas con otro chillido, seguido por el crujido de una rama.       —Lo que te va a doler es la hostia que estás a punto de darte—miré hacia arriba, calculando el tiempo que iba a tardar en caer.       La escuchaba maldecir para sí misma, mientras se agarraba a todo lo que podía.       —Uno...—comencé a contar, sabiendo que le quedaban apenas unos segundos.—Dos...       —¡Idiota, deja de contar! ¡Me estás poniendo nerviosa!—me gritó y justo en ese momento, la rama donde estaba agarrada crujió dando la clara señal de que había llegado a su final.      —Y tres—me incorporé con insolencia y sin mucho esfuerzo estiré los brazos para cogerla al vuelo.      Sentí como su cuerpo caía justo entre mis brazos y en cuanto logré atraparla, ella empezó a removerse con fuerza y provocó que yo también perdiera el equilibrio. Caí hacia tras con ella encima de mí. Su cuerpo se quedó encima del mío, pegada a mí y con su cabeza apoyada sobre mi pecho. Tan rápido como fue capaz, ella levantó la cabeza y su mirada se encontró con la mía y, para mi sorpresa no se lio a hostias, sino que se quedó paralizada, encima de mí con los ojos muy abiertos y una mirada penetrante.       —¿Se está cómodo por ahí arriba?—pregunté, cuando la incomodidad se hizo claramente palpable dentro de mí.       Su expresión atolondrada se esfumó y en su lugar volvió su semblante arrogante y molesto. Clavó sus dos manos en mis hombros y se levantó, dejando todo su peso sobre mí. Cuando se puso en pié me dio una pequeña patada en la pierna y me miró de reojo mientras caminaba hacia Camille.      —¡De nada, eh!—espeté levantándome de mala gana.      —Vayámonos, Camille—agarró a la niña de la mano y prácticamente la arrastró por el suelo.     —¡No sé si te habrás dado cuenta de vivís en mi casa!—gruñí molesto.—¡¿Como piensas ignorarme?!       Ni siquiera se molestó en responder. Tan solo me dedicó una mirada fulminante y se alejó, como si de alguna forma estuviera huyendo de mí.       «Qué tía más rara»      Mi único consuelo era, que con suerte, no tendría que verla esta noche, ni ninguna, porque yo ya tenía planes.  ○•○•○ Adrien      Tal y como predije, colarme en la mansión de los Dupain Cheng era pan comido. Tenían una vigilancia de mierda y por un momento me pregunté si Marinette estaría segura en manos de unos incompetentes como aquellos.       En cuanto llegué a su ventana, no pude evitar maldecir al verla cerrada.       «Menos mal que le dije que la dejara abierta»       Forcé la cerradura, sin mucho esfuerzo y en cuanto puse pié en la habitación me di cuenta de que allí no había nadie.       —Joder...—gruñí para mis adentros, maldiciendo todo lo que me rodeaba.      Una de las cosas que más detestaba era esperar y al parecer me tocaba hacerlo ahora mismo. En mi cabeza comenzaron a rondar todo tipo de gilipolleces, no era la primera vez que me dejaba plantado y aquella vez fue porque había recibido una paliza de su padre. Mi mandíbula se tensó y no pude evitar cerrar mis manos en puños. Las heridas de su espalda aún no habían cicatrizado y no podía andar fuera de la cama por mucho tiempo sin reposo.       «Mi padre no me dejará salir hasta que le dijera tu nombre» Aquellas fueron sus palabras.      Esa puerta debería estar cerrada y Marinette tendría que estar dentro. No dudaba de ella, y confiaba lo suficiente como para saber que no me delataría. No podía decir lo mismo de su padre y conociéndolo, era capaz de cualquier cosa y cualquier b*********d, y lo había demostrado llenando a su propia hija de latigazos.       Me contuve para no salir por aquella puerta a buscarlo y exigirle donde estaba ella. Quería hacerlo, sobre todo porque tenía una excusa para matarlo de una vez por todas. Pero, aunque me moría de ganas de hacerlo, preferí esperar, al menos unos minutos para ver si aparecía.      Me moví de un lugar a otro, paseándome por la habitación, poniéndome alerta por cada vez que escuchaba unos pasos por el pasillo.      Mis ojos se posaron sobre su armario, y no me había percatado de que estaba abierto de par en par, completamente vacío y sin ninguna de su ropa en el interior. Fruncí el ceño y rápidamente me dirigí hacia el tocador donde solía tener perfumes, peines y algunas joyas, pero al igual que el armario, no había nada en él.       Abrí las puertas y los cajones, buscando el mínimo rastro, cualquier objeto que me dijera que ella estaba ahí y solo había mandado que lavaran su ropa o cualquier gilipollez de ricos. Entonces lo vi, en unos de los cajones un pequeño sobre blanco, firmado con su nombre y con una frase que me heló la sangre: «Para Adrien»       Rajé sin consideración alguna el sobre, haciéndolo pedazos hasta dar con una carta escrita con la misma letra con la que había firmado. Mi corazón latía con fuerza y el terror de apoderó de mí. Si su padre volvía  a llevársela juro por mi vida que quemaba la casa, el castillo y la ciudad entera.       Sujeté el papel con fuerza, arrugando sus extremos mientras leía atentamente.       Querido Adrien:       No tengo la certeza de que puedas leer esta carta, pero si lo haces y llegas a encontrarla, quiero que sepas que estoy bien, no me ha pasado nada, aunque no esté en mi cuarto como cabría esperar. Mi padre me ha obligado a mudarme a palacio y apenas tengo tiempo para escribirte esta carta. Necesito que hablemos, y en lugar de ir detrás de mí padre, ven a buscarme al castillo, por favor, búscame.        Tuya siempre.         Marinette      Arrugué la carta y me la guardé en el bolsillo mientras me disponía a salir por la ventana. Si antes tenía ganas de sangre, ahora las tenía el doble, porque ahora en lugar de querer matar solo a Tom, también quería matar al rey.
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