Marinette
Me miré en el espejo observando mi reflejo. Una de las criadas de palacio llegó poco después de que Jouvet se fuera para traerme un vestido, uno que debía llevar especialmente para esa cena, pues, según Jouvet, sería muy especial, porque era la primera de palacio.
Debía reconocer que el vestido era muy bonito, era de un rosa pálido con algunos bordados que apenas se veían, tenía un escote redondo que desembocaba en una fina marga corta que se quedaba bombacha sobre mis hombros. Si normalmente los vestidos que llevaba eran lujosos, aquel lo superaba con creces, y tal y como diría papá, tenía aspecto de princesa y futura reina.
No era muy fanática de las joyas, pero me habían traído una caja de terciopelo con un fino collar de oro con forma de flor, que iba a juego con unos pendientes largos que tenían la misma forma.
Respiré hondo y me apoyé sobre mi tocador de madera. Maldita sea, no quería asistir a esa cena, no sabiendo que Adrien podía estar en aquellos momento en mi cuarto, y si veía que no me encontraba allí era capaz de salir a buscar a mi padre.
La imagen de Adrien siendo arrestado por los hombres de papá me provocaba escalofríos. Ya intentó una vez matar a mi padre y se contuvo porque yo estaba herido, ahora que yo no estaba, era capaz de hacer cualquier cosa.
Agaché la cabeza y suspiré.
Había una posibilidad muy pequeña de que encontrara mi carta, y me hubiese gustado poder dejarla más a las vistas, encima de mi cama o en el tocador, pero si mi padre o cualquiera de los empleados la veía sería un gran problema para él y también para mí. No estaba segura de si Adrien llegaría hasta la carta, conociéndolo, lo primero que habrá hecho será recorrer la casa para buscar a mi padre y tan solo de pensar en esa escena me provocaba escalofríos.
Recorrí mi habitación. Los nervios me estaban devorando poco a poco, sintiéndome impotente ante aquella situación. Yo aquí esperando por una estúpida cena mientras que Adrien y mi padre podrían estar dándose la paliza del siglo.
Dos golpes consecutivos se escucharon en la puerta.
«Maldición ya están aquí para avisarme de que la cena está lista»
—Adelante—dije, sacando el poco valor que me quedaba.
La puerta se abrió de golpe y apareció un soldado de palacio muy extraño: sus ojos estaban muy abiertos y su boca abierta en una perfecta "O", mientras que su cuerpo estaba completamente rígido, con los hombros echados hacia atrás y unas piernas que temblaban más que un flan.
Escuché en ese momento un sonido muy extraño y de repente, el hombre cayó al suelo con una gran herida mortal a su espalda.
No pude evitar soltar un grito aterrada al ver como se formaba a su alrededor un charco de sangre. Justo detrás de él, limpiando el filo de su navaja con su propia camisa, estaba la persona que menos esperaba encontrar.
En cuando me vio gritar, Adrien cerró la puerta tras él y se abalanzo hacia mí tapándome la boca con la mano.
—No grites ¿vale?—me pidió mirándome directamente a los ojos.—No quiero tener que matar más personas esta noche.
Lo miré con ojos muy abiertos mientras que él apartaba su mano de mi boca poco a poco.
—L-Lo has.... lo has matado...—dije sin apartar la mirada del c*****r del hombre que yacía en el suelo.—Has matado a una persona...
Adrien maldijo internamente y en su mirada pude ver que un deje de nerviosismo y quizás arrepentimiento.
—Lo se... j***r, lo sé, bichito—gruñó malhumorado.—Pero no tenía otra opción, este sitio tiene cientos de habitaciones, necesitaba a una persona que me condujera hasta la tuya y tampoco podía dejar testigos sin ponernos en peligro.
Pestañeé varias veces, aún sin poder apartar los ojos del soldado muerto. Adrien me siguió con la mirada y volvió a soltar un juramento mientras me tomaba de ambas mejillas obligándome a apartar la mirada.
—Lo siento—se disculpó mientras apoyaba su frente contra la mía.—Lo siento, sé que no te gustan estas cosas, pero...—resopló por lo bajo y cerró los ojos.—Estaba muy preocupado. Cuando leí la carta y me enteré de que estabas aquí con el payaso del rey me volví loco. No podía imaginar otra cosa que tú y él en una cama... Pensaba... j***r, pensaba que te podía estar haciendo cualquier cosa.
—E-Estoy bien—titubeé, posando mis dos manos sobre las suyas.—Estaremos en habitaciones separadas hasta el día del matrimonio, al menos eso ha dicho.
Soltó un suspiro de alivio y sin darme tiempo a decir cualquier otra cosa, me rodeó con sus brazos, atrayéndome hacia él con fuerza. Su corazón latía con fuerza, y su respiración estaba entrecortada. Dios mío, debió pasarlo muy mal, y la desesperación se palpaba en su tono de voz. Enseguida, correspondí a su abrazo y acuné mi rostro contra su pecho mientras lo atraía hacia mí, prometiéndole con mi cercanía que estaba bien, sana y salva.
—Pensaba que no leerías mi carta—dije, contra su pecho.
—Créeme, estuve a punto de no hacerlo—se separó levemente de mí y me miró directamente a los ojos.—Tenía otros planes más entretenidos en lugar de leer un cuento.
—Adrien...—suspiré y cerré los ojos.
—Tranquila...—me interrumpió.—No he matado a tu padre, si es lo que estás pensando, ni siquiera me lo he encontrado. Digamos que tu carta me ha dado la escusa para matar al rey antes que a tu padre.
Sentí como el alivio se iba extendiendo por cada parte de mi cuerpo.
—¿Por qué estás aquí, Marinette?—quiso saber, cambiando rápidamente de tema.—¿Cual de los dos ha tenido la maravillosa idea? ¿El florero o el seboso?
—Fue un acuerdo mutuo—expliqué agachando la cabeza.—Mi padre dice que aquí estaré más vigilada, aún sospecha que aquella noche estuve con alguien... Jouvet ha puesto vigilancia por todas partes y voy a tener que ir acompañada en todo momento...
—Ey... tranquila...—me tomó del mentón y me obligó a mirarlo.—Si esas son las intenciones de tu padre, siento decirle que lo lleva claro, porque tú y yo vamos a seguir viéndonos.
—Adrien...—apoyé mis dos manos sobre su pecho, sintiendo que aquello que quería decirle no sería fácil, ni para él, ni para mí.—Ya no estoy segura de que todo esto sea una buena idea. El castillo es más peligroso... hay un guardia en cada puerta y alguien me estará vigilando a cada momento...
—¿Enserio? ¿De verdad piensas que la seguridad es buena?—señalé al guardia que acaba de matar con tan solo un movimiento certero sobre su espalda.
—Lo sé... yo... sé de lo que eres capaz, pero... siempre hay un riesgo y yo... no quiero ponerte en peligro—aseguré, y sentí como mis ojos se cristalizaban.—Es demasiado peligroso, Adrien. No quiero que te atrapen por venir a verme, por... por un capricho...
—¿Un capricho? No me jodas, Marinette. Si accedí a verte todas las noches, no fue para contarte cuentos para dormir. Lo hice para asegurarme que estarías bien mientras te recuperabas de los golpes. Lo dice para que protegerte, al menos hasta que tomaras la decisión de venirte conmigo—me aseguró.—Y ahora que estás tan cerca de ese cabrón del rey, no voy a dejarte. Ahora, tengo razón de más para venir, porque ese tipo va a estar rondándote y a la mínima de cambio va a intentar meterte en su cama.
—Él dijo que me respetaría hasta que...—comencé a decir, pero él me interrumpió.
—Claro, y yo soy virgen, no te jode—ironizó él de mala gana.
Se escucharon tres golpes al otro lado de la puerta y todo mi cuerpo se tensó. Me refugié sobre el cuerpo de Adrien y él, instintivamente me envolvió entre sus brazos sin quitar la mirada de la puerta. Una de sus manos se movió hacia su cinturón hasta posarla sobre su pistola.
—¿Q-Quien es?—tartamudeé mientras miraba el c*****r del soldado.
—La cena está lista, señorita—dijo la voz de una mujer.—Su majestad la está esperando.
Los brazos de Adrien se pusieron rígidos y sabía que la idea de una cena con Jouvet no le hacía ninguna gracia.
—Sí...Sí. Está bien—respondí con nerviosismo.—Por favor, dígale que necesito un momento, no tardaré en bajar.
—Se lo haré saber, no se preocupe—dijo la mujer, y escuchamos sus pasos alejarse por el pasillo.
En cuanto nos aseguramos de que nos habíamos quedado otra vez solos, Adrien volvió a dirigirse hacia mí.
—¿Con qué no quiere meterse entre tus piernas, eh?—inquirió, soltando un juramento.—Yo que tú tendría cuidado en lo que te da de beber, porque con dos copas de vino y un champán te manda por arte de magia a su bonita recámara, si es que no lo intenta encima de la mesa.
Lo fulminé con la mirada, ante la poca sensibilidad de sus palabras. Solté un pequeño gritito de indignación y le di la espalda.
—No entiendes nada de lo que te digo, ya no se trata de Jouvet ni de las intenciones que él tenga conmigo. Eso da igual—espeté malhumorada, caminando al otro extremo de la habitación.—Podrías ponerte alguna vez en mi lugar ¿sabes? ¿Te gustaría que yo atravesara la ciudad entera con cientos de guardias que quieren capturarme solo para verte?
Se quedó mirándome desde la distancia, sin decir ni una sola palabra. Negué varias veces con la cabeza y suspiré, aguantando las lagrimas.
—Supongo que me volvería loco—dijo a mis espaldas.—Pero las cosas no son así. Yo no soy tú, y tú también podrías ponerte en mi lugar. Conozco tus miedos Marinette, y sé que te aterra que un hombre te toque.
Sentí como se iba acercando poco a poco hacia mí. Sus brazos rodearon su cintura y boca rozó el lóbulo de mi oreja.
—Tienes miedo de que vuelva a repetirse lo mismo que aquella noche en los establos y yo también. No pude hacer nada entonces, pero ahora sí—murmuró contra mi oreja.—No voy a dejar que ese idiota te ponga una mano encima ¿me oyes?
Sentí el tacto de sus labios sobre mi cuello, allá donde depositó un pequeño beso que encendió todas las partes de mi cuerpo.
—No quiero que vuelvas a revivir esa pesadilla—me obligó a girarme para quedar de cara a él.—Me da igual lo que digas, y me da igual como te pongas, pero no voy a dejarte. Nuestro plan sigue en pié, y aunque se caiga el cielo, yo estaré aquí todas las noches para ti, te lo prometí y no voy a romper mi promesa.