Adrien
Estaba amaneciendo y la oscuridad ya no me servía de mucha ayuda para ocultarme de las miradas de los parisinos. La mayoría, sobre todo los agricultores y peones ya estaban rondando por la ciudad para comenzar la jornada de trabajo.
No solía dejarme ver por la ciudad en pleno día, pero en aquella ocasión no tenía otra opción.
Me pasé toda la noche con Kagami, hablando de las putas llaves que parecían tener relación con mi pasado y tuve que dejar a Marinette por una vez.
Suponía que un ligero retraso no afectaría demasiado y con un poco de suerte, ella aún estaría durmiendo. Aunque solo fueran unos minutos tenía que verla, ese fue el propósito que me impuse a mí mismo.
Me detuve enfrente del castillo y miré hacia arriba. Su ventana estaba cerrada y aunque siempre la dejaba abierto, no me extrañó. Es decir, era normal. Si no aparecí durante la noche, era obvio que no me iba a esperar a primera hora de la mañana.
Saqué de mi cinturón unas pequeñas cuchillas atadas a una correa. Siempre las utilizaba para escalar sitios altos, aunque hubo una época donde las empleada para desgarrar cabezas y arrancar miembros del cuerpo. Sí, aquellas cosas eran algo así como mis garras, las ataba a los nudillos de mis manos y mis golpes se convertían en el arma más letal de todas.
Di un saltó y me enganché sobre la piedra dura de la pared. Empecé a escapar, calvando las cuchillas con fuerza mientras me impulsaba con los pies. Escuchaba el sonido de algunas voces, procedentes de empleados de palacio que merodeaban por los alrededores. Tuve que quedarme quieto en varias ocasiones, procurando no llamar la atención.
Cuando llegué a la ventana, me agarré a la barandilla del balcón y me impulsé hacia el interior. Me asomé al interior, y tan solo vi las ventanas corridas que me ocultaban todo el campo de visión.
Golpeó el cristal dos veces, por si Marinette estuviese cambiándose o en la bañera, aunque a decir verdad, no le importaba pillarla en una situación así, pero aún así, prefirió avisarla para evitar un berrinche por su parte.
Nadie contestó.
—Qué luego no diga que no la he avisado—sacó una pequeña navaja y comenzó a forzar los cerrojos de la ventana.
No tardé ni dos minutos en abrirla, y sin andarme con gilipolleces, aparté las cortinas y entré en su cuarto.
Lo primero que miré fue la cama, vacía y perfectamente colocada, como si nadie hubiese estado durmiendo en mucho tiempo, después reparé en el tocador, también vació y con todo ordenado.
Caminé hacia el cuarto de baño y abrí la puerta, esperando verla en la bañera, dándose uno de esos baños eternos con agua rosa, pero tampoco había nadie.
«¿Dónde coño se había metido»
Era muy temprano, era imposible que nadie no estuviese merodeando por ahí. Me despeiné el el pelo con nerviosismo y respiré hondo mientras fijaba la mirada en la puerta.
Mierda, ¿por qué no estaba en su habitación y por qué cojones estaba todo tan ordenado? Es como si ella no hubiese dormido allí.
Caminé de un lugar a otro, nervioso y a la vez inquieto. No quería precipitare a la ligera, ni pensar cosas que podían ser una simple gilipollez.
Pero, j***r, ¿y si la misma noche en la que decido faltar el cabrón de Jouvet se la lleva a su cama? ¿Y si la han cambiado de habitación?
Mi cabeza se atestó de preguntas. Preguntas a las que solo podía responder Marinette, pero claro, ella no estaba allí precisamente para responderme.
Se formó una batalla dentro de mí, entre dos bandos que no estaban muy reñidos, pues la parte en la que buscaba a Jouvet y le cortaba la garganta estaba ganando con bastante diferencia. Matar a ese desgraciado me ahorraría muchos dolores de cabeza, al menos solucionaría ese temita de no tocar a Marinette.
Me vi caminando en varias ocasiones hacia la puerta, sobre todo queriendo abrirla para buscarlo, pero luego mi conciencia de removía y la cara de Marinette me detenía.
¿Qué querría ella? ¿Querría que saliese a buscarla? ¿Qué la sacase del sitio donde la tuviesen retenida? ¿O preferiría que me quedase sentado un momento y pensara en lo que era bueno o no?
Mierda, Marinette. Todo esto no hubiese pasado si estuvieras aquí.
Maldije internamente durante varios minutos y cuando saqué la voluntad de abrir esa puerta y recorrer el pasillo entero para buscarla, unas voces me hicieron detener en seco.
Todas eran femeninas e iban acompañadas por unos pasos que se acercaban cada vez más a la puerta. El picaporte se movió, dando una clara señal de que iban a entrar.
—Joder...—gruñí corriendo rápidamente hacia la ventana.
Escuché la puerta abrirse y en ese momento me precipité al vació, agarrándome justo a tiempo al balcón que sobresalía.
«Vale, esperaré hasta esa noche. Si ella no estaba en su habitación, entonces pasaré a la acción»
○•○•○
Marinette
—¿Crees que estas flores irían bien aquí?—le pregunté a una empleada, mientras sostenía un pequeño ramo de tulipanes. Fruncí el ceño y me mordí el labio inferior, imaginando como podía acoplarlas sobre la barandilla de las escaleras.
—Quedarán de maravilla, señorita—aseguró una de las empleadas, mientras recolocaba unos manteles blancos en una mesa redonda.
Volví a mirar las flores y me llevé una mano a la barbilla, pensativa. Con un hilo fino quedaría muy bien sujetas.
—Catherine, dame un trozo de esas cintas que estás colocando—le pedí, colocando los tulipanes un poco por encima para ver que tal quedaban.—Creo que así estarán bien.
Levanté la cabeza y miré a Catherine al ver que no me respondía. Y como iba a hacerlo, estaba dormida sobre la otra barandilla, recostada y con la baba caída.
—Catherine, ¿me estás escuchando?—dije, esta vez en un tono de voz más alto.
Al escuchar mi voz, dio una fuerte encogida y movió los brazos despavorida.
—¡Eh! ¡¿Qué?! ¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué ocurre?!—todas las cintas que llevaba rodaron por el suelo y ella aún parecía estar saliendo de una novela de terror.
—Que vas a llenar todo el estanque con las babas que se te caen—no pude evitar soltar una pequeña risita.
Catherine se puso bizca para mirar sus labios y contempló como un fino hilo de saliva recorría su barbilla. Se secó con torpeza y después me miró molesta.
—Muy graciosa—refunfuñó.
—¿Qué pasa? Es la verdad—me encogí de hombros y me agaché para recoger las cintas que se le habían caído—Solo quería una de éstas.
—Podrías haberlas cogido y ya esta...—soltó un prolongado bostezo y se estiró con pereza.—No entiendo por qué has quedo venir a decorar. Creía que se encargaban los empleados.
—En ningún momento te obligué a venir—corté un trozo de cinta y até un nudo sobre los tallos de las flores.—Ya te dije que no podía dormir y quería hacer algo de provecho en lugar de dar vueltas por la cama. Solo te avisé por si te apetecía acompañarme, pero ya veo que echas demasiado de menos la cama.
La fiesta de ésta noche no se celebraría en palacio. Jouvet decidió cambiar de aires, según él para amortizar la casa de campo que tenía a las afueras de París. Aunque yo, tenía la teoría de que quería despistar a Adrien y a Miraculous por si se les ocurría realizar otro atraco.
No pude pegar ojo en toda la noche, no después de que Jouvet entrara en mi cuarto y me tocase mientras dormía. El temor a que pudiera aparecer de nuevo venció al sueño, más aún después de sus amenazas.
Era demasiado bonito estar tanto tiempo en palacio y no tener que lidiar con él. Al parecer a él ya le estaba cansando todo aquello y lo que llevaba temiendo desde que entré en el castillo estaba comenzando a realizarse.
Jouvet comenzará a exigirme cosas que no pensaba darle.
Por si la noche anterior no tuviera suficiente, Adrien no apareció. No vino a verme tal y como prometió que haría todas las noches. Y eso, era algo que también me tenía preocupada.
Algo dentro de mí estaba un poco enfada con él, pues de una forma u otro él había faltado a su palabra y para colmo en el peor de los casos. Aunque, si lo pensaba bien. Si Jouvet hubiera entrado en mi cuarto, nos habría encontrado en una situación un tanto comprometedora.
Pensar en aquella suposición me tranquilizaba y las consecuencias de que Adrien hubiese estado conmigo cuando Jouvet entrara, serían catastróficas. Sin embargo, no podía sentirme mal y un poco abandonada.
—Ésta noche vamos a tener que acostarnos muy tarde—dijo Catherine, mientras hacía lazos con las cintas.—Deberíamos estar durmiendo ahora mismo, ¿y si las ojeras no se nos van?
—Para entonces tendrás la cara perfecta, Cath—dije, poniendo los ojos en blanco.—Y hazme un favor, deja de quejarte o sino ve adentro, creo que también hay habitaciones.
—¿Bromeas?—inquirió.—Si me duermo ahora me despertaré una hora antes de la fiesta y entonces sí que tendré ojeras con una dosis de pelo de bruja.
Solté una risotada y negué con la cabeza.
—Eres de lo que no hay—dije, aún con una sonrisa puesta en mis labios.—Si te sirve de algo, allí hay una estanco, puedes meter la cabeza y espabilarte un poco.
—¡iugh! ¡No! Quien sabe la cantidad de bichos apestosos que tiene que haber nadando por ahí—arrugó la nariz e hizo una mueca de desagrado.
—¿Te refieres a los peces?—pregunté, divertida.
—Peces, ranas, sapos, mosquitos—enumeró, levantando un dedo por cada palabra que decía.—Y muchas cosas raras que no sé ni como se llaman.
—No creo que tu hermano tenga un estanque con sapos, ni ranas—aseguré, haciendo un segundo nudo para asegurar la sujeción de las flores.—Es todavía más delicado que tú.
—Pero hace días que no viene por aquí—dijo.—Oye, hablando de él, ¿sabe que estamos aquí, haciendo el trabajo de los empleados?
—¿Se lo has dicho tú?—pregunté, levantando los ojos para mirarla.
—¡Por Dios, no! Da miedo verlo nada más levantarse, y a mi madre ni pensármelo, se escandalizaría demasiado.
—Entonces no lo saben, a no ser que haya por ahí algún empleado que se lo suelte todo—miré mi obra de arte orgullosa. Mi barandilla llena de flores sería lo más bonito de la fiesta.
—¿Tú crees que saldrá bien?—murmuró, situándose detrás de mí.—Lo de esta noche, quiero decir.
Me giré hacia ella.
—Hace mucho que no asisto a este tipo de eventos—dijo, nerviosa.—Tengo miedo de fastidiarlo todo y que mi madre y mi hermano no me dejen salir nunca.
—Catherine—La tomé de la mano y sonreí.—Por su puesto que saldrá bien. Vas a conocer a muchas personas y ya veras como se quedan encantados contigo. Además, yo estaré contigo todo el tiempo, por si me necesitas.
La abracé con fuerza y la estreché entre mis brazos para darle ánimos.
—Confía en mí, Cath. Todo va a salir bien, ya lo verás.
○•○•○
Adrien
Me dediqué a afilar un palo, quitándose capas y capas de madera con mi navaja. Estaba de muy mala hostia y al menos hacer eso me desestresaba un poco, porque me imaginaba que el palo era Jouvet y yo estaba despellejándolo poco a poco.
Estaba sentado en los escalones de mi cabaña con la mirada fija en el suelo y con la cabeza pensando en Marinette.
—Me cago en ese cabrón—maldije y corté tan fuerte que partí el palo por la mitad.
No me apetecía entrar dentro. Prefería esperar y ver con mis propios ojos como anochecía para salir pitando hacia su cuarto.
—¿Puede saber quien es el pobre desgraciado al que estas torturando en esa cabeza?—preguntó una voz femenina a sus espaldas.
—j***r—no pudo evitar maldecir fuertemente y no se tuvo que dar la vuelta para saber de quien se trataba.—Lo que me faltaba.
Chloe se sentó a mi lado y me miró con los brazos apoyados en sus rodillas.
—¿Vienes a por más huevos para hacer una tortilla?—espeté, tirando de mala gana las dos mitades del palo.—Porque siento decirte que ya los agotaste.
Sonrió maliciosamente y se colocó cuidadosamente su pelo sobre sus hombros.
—Eso depende de como te portes—dijo, como si fuese obvio.
«Pero bueno, ¿de qué coño iba? ¿Acaso no sabe quien es el que manda aquí»
—No se si te habrás dado cuenta de que ya no eres princesa, ni reina, ni la hija de un monarca—le espeté y por primera vez, levanté la mirada hacia ella.—Eres otra más en esta panda de paletos sin cultura.
Soltó una risotada que se escuchó más forzada y ensayada de lo que pretendía.
—Eso no te lo crees ni tú, guapetón—dijo, sin borrar la sonrisa de su boca.—Todo el mundo sabe que yo destaco entre la muchedumbre. Hasta Nathaniel me hace más caso a mí que a ti.
«Pero eso es porque es gilipollas»
—¿Has venido aquí solo para restregarme que eres superior a la r**a humana?—inquirí, haciendo un sobre esfuerzo en no soltar lo que acababa de pensar.—Porque si es así, yo me piro.
Metí la navaja en mi cinturón y me preparé para ponerme en pie.
—En realidad solo quería hablarte de Marinette—dijo y eso fue suficiente como para hacerme sentar otra vez.
Sonrió al ver el efecto que habían tenido sus palabras en mí.
—¿Qué pasa con ella?—pregunté con desagrado. No sabía lo que pretendía, pero si podía contarme algo importante sobre la vida de Marinette, haría el esfuerzo de escucharla.
—Sé que te estás viendo a escondidas con ella—soltó y sus palabras fueron como un jarro de agua fría.—Por favor, todos lo saben y era obvio que yo fuese la primera en enterarme.
—¿Y qué?—apoyé mi antebrazo en la pierna y la miré con una mueca. Al parecer, por aquí todos sabían mi vida privada—¿Quieres un premio de consolación por enterarte antes que todos?
—No—dijo, mirándose las uñas.—Solo quiero que me digas si lo que tenéis, es algo serio o simplemente un caprichito que se os ha metido en la cabeza.
—Mira, no voy a contarte mi vida—dije con sarcasmo.—Si te aburres, vete con Nathaniel y ves a darle la plasta a él.
—Te estoy hablando enserio, idiota—me espetó con una mirada fulminante.—Marinette lo ha pasado muy mal y sé que estar junto a un hombre es difícil para ella, más de lo que te imaginas. Si ha decidido acercarse a ti es porque siente algo muy fuerte por ti.
—Lo sé—mi voz, se escuchó más cortante de lo que pretendí.—Me contó lo que ocurrió y créeme, me duele más a mí que a ella.
Mantuvimos un silencio prudente entre nosotros, sin precipitarnos en decir nada inapropiado, sobre todo cuando tenía que ver con un tema tan delicado para Marinette.
—Solo te pido, que por favor, tengas cuidado—dijo ella y por primera vez, su voz carecía de orgullo y altivez.—Marinette no es una mujer con la que puedas jugar. Ella ha sufrido mucho y no creo que pueda aguantar que vuelvan a hacerle daño.
Respiró hondo y jugueteé con la evilla de mi chaqueta.
—No necesitas decírmelo—dije.—Jamás haría algo que pudiera dañarla, de eso puedes estar segura.
Me puse en pié, esta vez del todo, dispuesto a dar por sentada la conversación.
—Entonces... ¿Puedes decirme quien es esa mujer que tienes metida en tu casa?—preguntó, y al igual que yo, ella también se levantó.—Te he visto mucho con ella últimamente.
—Ya te he dicho que lo que haga con mi vida no es asunto tuyo—dije, encarándola con la mirada.—Así que deja de suponer mierdas que no van a ninguna parte.
—Yo solo digo lo que veo—dijo ella.—He visto como os miráis tú y ella y no me gusta nada.
—Creo que deberías decirle a Nathaniel que te de algo para la cabeza.—Dije—Creo que estás teniendo alucinaciones.
—Sé lo que digo y sé que en el fondo tú también—se acercó más a mí y me señaló con el dedo índice.—No me gusta que jueguen a dos bandas y te advierto, no voy a dejar que utilices a mi amiga para tus juegos sucios, porque si le haces daño, me las vas a pagar muy caro.
Me miró de arriba abajo, amenazante y después me dejó allí, solo y con un humor aún peor que antes de que llegara.
○•○•○
Marinette
—¡No, Catherine!—le advertí, levantando mi dedo con autoridad.—¡Te he dicho qué no te des la vuelta! Como te des la vuelta, te juro que no te lo termino.
—¡Jo!—se quedó, dando un pequeño pisotón en el suelo. Parecía una niña pequeña.—¡Qué mas da cuando me mire! Terminaré viéndome al fin y al cabo.
—Pero es mejor ver el resultado final. Además quiero que sea una sorpresa y tú no vas a estropearlo.
—Es que odio esperar—gruñó, cruzándose de brazos.
Sonreí y me dediqué a seguir trabajando con tu pelo. Le estaba haciendo un recogido que sujetaba sus tirabuzones cuidadosamente sobre su nuca. Llevaba como una hora entera trabajando con su pelo, retocando los rizos y colocándolos de una forma bonita y a la vez sencilla.
Desde pequeña me había gustado ir discreta, con vestidos, peinados y maquillaje sencillos y modestos. Los lujos y la ropa cara eran demasiado aparatosos y en Catherine no pegaba en absoluto. Es decir, su personalidad no concordaba demasiado con su forma de vestir, y en parte, sabía que se debía a su madre.
Esta noche, apostaría por mi estilo. Dejaría que Catherine se viera tal y como es, dulce y encantadora y con un vestido sin tantos bordados ni estampados sobrecargados. Simplemente sería ella misma, con todo lo que tenía, sin excesos.
—¿Puedo hacerte una pregunta?—dijo, sacándome de mis pensamientos.
—Dime—cogí una horquilla y recogí un tirabuzón rebelde que se le había escapado.
La escuché respirar hondo y frotarse las manos con nerviosismo, algo que hacía siempre que se sentía inquiera.
—No sé si debería...—musitó.—Es posible que me esté metiendo donde no me llaman pero...
—Venga, Cath, no te preocupes—dije, quitándole importancia a aquello que quería decirme—Ya me conoces y sabes que puedes decirme cualquier cosa.
—Bueno... Yo es que... es algo que llevo preguntándome desde que me enteré que vivirías con nosotros.—Dijo.
Dejé el peina sobre la mesa y me apoyé en el tocador.
—Tú dirás—la animé, prestándole toda mi atención.
—¿Tú... En verdad amas a mi hermano?—musitó, en voz tan baja, que creí no haber escuchado bien.
Vale, reconozco que la pregunta me pilló por sorpresa. Me esperaba cualquier cosa de ella menos esta en particular.
¿Yo amaba a Jouvet?
Pues claro que no.
Pero... ¿Cómo podía responderle eso a su propia hermana?
—Es... algo complicado...—dije, agachando la mirada. En realidad, no necesitaría amarlo, mis intenciones no eran esas, sobre todo cuando planeaba fugarme con el hombre al que verdaderamente amaba.
Volví a ponerme manos a la obra y a hacerle los últimos retoques a su peinado. Con un poco de suerte, dejaría por zanjado el tema.
—Es que... nunca os he visto juntos... Y tengo entendido que tú no te llevas muy bien con él.—Prosiguió ella.
—Tú más que nadie sabes que es un hombre complicado, Catherine—dije, prestando toda mi atención en su pelo.
—Por eso mismo... ¿Por qué te compromestirse con él?—me preguntó.—No es la clase de hombre con el que querría verte. Creo... que eres muy buena para él.
—Mi padre—dije simplemente.—Él y tu hermano se encargaron de organizarlo todo—cogí del tocador una fina peineta y se la coloqué en su melena recogida. Deje algunos mechones que cayeran por su rostro para darle un aspecto más informar.—Verás... mi pasado no fue fácil y mi padre cree que si me caso con el rey, podré arreglar toda la desgracia que traje a la familia.
—¿Eso quiere decir que el matrimonio es concertado?—preguntó y noté su voz un poco alterada y sorprendida.
Asentí.
—Eso... Eso es horrible...—Catherine se puso en pié y me giró hacia mí, olvidando por completo su recogido.—Oh, Marinette... Yo... No sabes cuanto lo siento.
—Tranquila.—Sonreí con tristeza.—Estoy sobrellevándolo poco a poco.
—No... Yo... he estado quejándome por cosas inútiles y muy infantiles cuando tú... tú tampoco estás bien...—se lamentó. —Casarte a la fuerza con alguien a quien no amas es... horrible.
—Enserio, Cath, no pasa nada, ya te he dicho que sé manejarlo.—Posé una mano sobre su hombro para tranquilizarla, aunque, reconozco que hablar de todo este tema me entristecía, sobre todo al recordar a mi padre. La persona que me había dado la vida y que me había entregado a otro como un objeto cualquiera.
Había pasado mucho tiempo y no tenía noticias de él. Supuse que no tendría muchas ganas de verme si ni siquiera se había pasado por el palacio a preguntar.
—¿Y... Hay alguien a quien sí ames de verdad?—me preguntó, tímida.
«Maldición, Catherine, ¿por qué tienes que preguntarme este tipo de cosas?»
—¿Importaría si así lo fuera?—inquirí con amargura.
Suspiró con pesar y me obligué a mí misma a cerrar los ojos. Odiaba sacar este tema.
—Mira, ¿por qué mejor dejamos hablar de esto?—pregunté, forzándome a mí misma a sonreír.—Tú peinado ya está listo. Venga, mírate a ver que te parece.
Catherine me obedeció y se giró para ver su reflejo en el espejo.
Sus ojos brillaron emocionados y sus labios formaron una espléndida sonrisa.
—¡Dios mío, Marinette!—gritó emocionada.—¡Me encanta, me encanta—se dio media vuelta hacia mí y se abalanzó para abrazarme.—¡Gracias, gracias!
—¡Cuidado, no vaya a ser que se deshaga!—le advertí.
—¡Cierto!—se separó de inmediato y volvió a mirarse.—Creo que, por una vez en mi vida, me siento segura conmigo misma.
Sonreí, feliz por ella, por haber hecho algo bueno por alguien; sin embargo, nuestra conversión me había dejado un sabor amargo en el corazón.
○•○•○
Marinette
Catherine me esperaría en la puerta principal del palacio. El cochero, vendría con el carro muy pronto para llevarnos a la casa de campo real.
Ya era de noche y a pesar de que Adrien podría estar al llegar, aún era demasiado temprano. Era consciente de que no podría verlo y que si él venía, yo no estaría allí. En cierto modo, algo muy dentro de mí, había aceptado irse del palacio esa misma noche, para evitarlo. Aún seguía un poco molesta por su plantón y no pensaba olvidarlo así como así.
Además, todavía seguía conmocionada por los recuerdos de mi padre y necesitaba tomarme un tiempo para mí antes de que el cochero llegara.
Respiré hondo para tranquilizarse y me detuve justo enfrente de mi cuarto.
«Solo serán unos minutos»
Llevé una de mis manos al picaporte y abrí la puerta justo antes de entrar a mi habitación, cabizbaja. Pero, en cuando levanté la mirada, no pude evitar pegar un salto hacia atrás y golpearme con la puerta entreabierta a la vez que gritaba despavorida.
Allí estaba él, tan tranquilo, tumbado en mi cama con los brazos detrás de su nuca y con aquella sonrisa burlona que tanto lo caracterizaba.
Me tapé la boca, siendo consciente de que había gritado demasiado fuerte y después me asomé al pasillo para comprobar que no había nadie cerca.
—Vaya, hasta que por fin apareces—dijo, con toda la tranquilidad del mundo.
Cerré la puerta con cuidado y me giré hacia él con los brazos en jarra.
—¿Cómo que hasta que por fin aparezco?—inquirí.
Después de haber sido él a quien no le dio la gana aparecer, me culpaba a mí.
—Tú fuiste el que no apareció anoche—lo incriminé, fulminándolo con la mirada.
—Tuve un contratiempo—se inclinó sobre la cama y me lanzó una mirada que me recorrió de arriba abajo.—Bonito vestido, ¿te lo ha regalado tú prometido?
—¿Qué clase de contratiempo?—insistí, ignorando por completo su última pregunta. Ni siquiera valía la pena responderla.
—Uno que no debe preocuparte
Se puso en pie y se estiró con pereza.
—Además tengo mucho de lo que hablar contigo y quiero hacerlo por el camino.
—¿Cómo que por el camino?—enarqué una ceja dubitativa y me crucé de brazos.
—Nos vamos, tú y yo—aclaró.—Te dije que iba a llevarte un día de estos y he decidido que éste es el día.
—¡Ni hablar! No puedes desaparecer durante una noche entera y luego venir como si nada diciéndome que tengo que irme contigo, así por las buenas—espeté.—Si hubieras asomado tus bonitas narices por aquí anoche, me lo pensaría.
—¿Es qué hace falta avisar?—inquirió él, esbozando una mueca.—¿Tan apretada tienes la agenda?
—Sí, de hecho. Tengo que ir ahora mismo a una fiesta. Mi fiesta en realidad y me están esperando abajo—dije.—Así que, lo siento hoy no va a poder ser.
—¿Estás haciendo esto porque no vine ayer?—preguntó dando dos pasos hacia mí.—Porque si es por eso, siento decirte que es una completa gilipollez.
—Mira Adrien, no eres el centro del universo y no puedo estar todos los días a tu disposición—sentencié, perdiendo la paciencia.
Él podía hacer cosas a mis espaldas cuando le diera en gana y cuando yo tenía planes él me obligaba a cancelarlos para ir detrás de él. Pues no sería así. Había quedado con Catherine y no iba a defraudarla.
—Me están esperando—dije, evitando su mirada.
—Así que prefieres pasar el tiempo con esa panda de estirados—me soltó y aunque no lo miraba, sabía que él si me observaba a mí.
—Adiós—dije simplemente, dando media vuelta y abandonando mi cuarto.
Puede que yo lo estuviese dejando esta noche, pero él también lo hizo el día anterior.