XXVII

4016 Palabras
Adrien       Cuando la vi abandonar la habitación me debatí sí romper algo o seguirla a donde quiera que fuese.      Me acaba de dejar a un lado por ir a una puta fiesta de ricachones.      j***r, y yo que tenía pensado llevarla a Miraculous esa misma noche para dale en las putas narices a Chloe y hacerla entender que Marinette era más importante para mí que para ella. Tenía pensado que las dos se reencontraran y que Marinette entrara en razón de una maldita vez y se diera cuenta de que su sitio debía estar en Miraculous de nuevo.       No entendía por qué debíamos esperar tanto, ella ya no estaba cerca de la criada esa a la que tanto quería y las heridas de su espalda ya estaban sanando.       Me acerqué a su ventana y miré desde arriba como Marinette caminaba hacia un carro y se subía junto a otra mujer. El cochero las ayudó a subir y cuando se aseguró de que las dos estaban bien se fue a sus asientos para hacer emprender la marcha a los caballos.     «Bien, bichito. Si no te has querido venir conmigo a las buenas, entonces tendrás que hacerlo a  las malas» ○•○•○ Marinette      Cuando llegamos a la saca de campo real, todo estaba abarrotado de personas. La entraba principal estaba llena de carros y caballos y dentro había al menos un centenar de invitados. Había olvidado por completo cómo eran las fiestas que organizaba Jouvet, o en general la élite.       Catherine y yo anduvimos por los grandes jardines exteriores, pasando a través de las personas y buscando algún hueco donde colocarnos.       No solía estar muy al tanto de las familias que formaban parte de la élite, pero sí que conocía de vista a bastantes, para mi desgracia. Entre todos, como no, estaba las tres arpías que conocí cuando regresé de París. Sí, esas que estaban tan desesperadas por captar la atención de Adrien.       Volverlas a ver solo me produjo angustia y con un poco de suerte, podría pasar de ellas como de las moscas. Además tampoco quería cruzarme demasiado con Jouvet y prefería mantener una distancia bastante prudente de él durante el transcurso de la noche.       Estaba de acuerdo con que aquella era una fiesta para reafirmar un compromiso que ya estaba más que cantado, pero aún así lo evitaría a toda costa. No me hacía ninguna gracia tener que cruzar una palabra con él, no después de que me desnudara y tocara mientras dormía.       —Marinette—me llamó Catherine.       Me giré para ver que quería decirme y la vi mirando un poco atemorizada a toda la maragunta de personas.      —Hay demasiada gente...—murmuró.      —Tranquila... No te pongas nerviosa... Todo el mundo va a su aire—la agarré de la mano y la hice caminar junto a mí.—Venga, ven. Vamos a comer algo.       Nos acercamos a la mesa repleta de comida. Cogí una bandeja de frutas variadas y se la extendí para que cogiera una, pero al parecer, ella tenía su atención fija en algo que había detrás de mí.       —¿Te gusta la macedonia?—pregunté, intentando recuperar su atención.      —¿Las has visto?—dijo, esquivando mi pregunta.       —¿A quién?—dejé la bandeja de comida con cuidado y me di la vuelta para ver a quien se refería.        —Esas—puso una mano sobre mi mejilla y me hizo mirar hacia la derecha.—Siempre me están criticando y riéndose a mis espaldas.      Fruncí el ceño y no pude evitar lanzar una mirada fulminante al verlas mirar para nuestra dirección.      —Ignóralas—le aconsejé.—No merece la pena ni prestarles atención.       —Pero es que no puedo evitarlo—dijo, sin dejar de mirarlas.—Es como si tuviera a las espaldas una manada de hienas.       —Supongo que no hay mucha diferencia—dije, esbozando una sonrisa.       —Más que hienas, son orangutanes—corrigió e hizo un gesto de insuficiencia.        Ambas nos reímos y yo no pude evitar imaginar a aquellas brujas con los cuerpos de un mono.        —Vaya... Qué grata sorpresa veros juntas—dijo una voz a nuestras espaldas. Inmediatamente, las dos dejamos de reír y adoptamos una pose rígida y seria.—Tranquilas, jovencitas no quiero interrumpir nada.       —Hola, mamá—saludó Catherine y la noté removerse incómoda.       —No pensaba verte por aquí, Catherine—dijo la mujer, recorriendo a su hija con la mirada.—Creía que no te gustaban este tipo de celebraciones.       —Estaba un poco agobiada de estar tanto tiempo encerrada en casa—se explicó Cath.—Me apetecía un poco cambiar de aires.       —En eso estoy de acuerdo, hija—la mujer sonrió y posó una mano sobre el hombro de su hija.—Y por lo que veo te está sentando de maravilla—nos recorrió a las dos con la mirada.—Esos vestidos son una maravilla.       —Gracias—Catherine lucía un poco incómoda y yo simplemente me dediqué a quedarme callada.       Después de mi extraño encuentro con ella prefería guardar las distancias.       —¿Y por qué estáis aquí tan apartadas?—inquirió la madre de Cath—Id con las demás, el hija de Quintana es encantadora y ha preguntado por vosotras dos veces, podéis acercaos a saludar.      «¿Saludar al grupo de arpías? ¡Ni de broma!»       —Creo que nos quedaremos mejor aquí, ¿verdad?—miré a Catherine, con la esperanza de que me diera la razón.       —Esto... ¡sí! Nosotras estamos bien aquí.       —¡Y aquí están las tres mujeres más hermosas de toda la fiesta!—dijo una voz detrás de mí.        «Genial, él que faltaba»      —Hijo mío... Creí que no tendrías tiempo ni de saludar a tu madre esta noche.—la mujer se apartó de nosotras y abrazó a Jouvet.       —Me subestimas mamá, obviamente no iba a  perder la oportunidad de ver semejante belleza—alagó, besando la mano de ella.       Soltó una risita e hizo un gesto de insuficiencia.       —Tú siempre tan considerado—dijo y se giró hacia nosotras, mientras pasada un brazos por la cintura de Jouvet—Y vosotros dos, ¿por qué no estáis juntos?—en esta ocasión sus ojos castaños se posaron en mí.       —Acaban de llegar mamá—dijo Jouvet.—Es obvio que mi querida prometida no ha tenido tiempo de venir a verme, ¿no es así?       Sentí que su mirada podía ver a través de mí y por un instante consideré meterme en una maceta.       —Sí, hemos llegado hace a penas unos minutos...—titubeé, agachando la cabeza.       —¡Pues venga! ¡¿A qué esperáis?!—animó su madre.—Ésta es vuestra fiesta, la gente debe veros juntos.       —De hecho...—Jouvet se rascó la perilla y sonrió.—Venía precisamente a por mi futura esposa—se acercó a mí y me extendió el brazo para que lo tomara.—Es importante que los dos hablemos para tratar ciertas cosas.       —Entonces no molestaremos más—dijo la mayor, agarrando a Catherine del brazo.—Nosotras nos vamos con las chicas, así os dejaremos un espacio para hablar.       —Pero espera, aún no...—Catherine intentó decir algo, pero solo bastó con una mirada de su madre para acallarla y caminar detrás de ella como un perrito faldero.       —¿Un paseo?—preguntó Jouvet, aún con su brazo extendido.       Miré a mi alrededor y los cientos de ojos puestos en nosotros. Obviamente, había demasiadas personas mirándonos y no podía despreciar al rey delante de todos.       Correspondí a su gesto y lo tomé del brazo mientras que los dos, empezamos a caminar.       Jouvet saludaba y sonreía a todo aquel que lo miraba y yo, simplemente trataba de evitar una gran mueca de desagrado que amenazaba con salir de mis labios cada vez que alguien nos miraba.       —¿Qué tal dormiste ayer?—me preguntó, aún con una sonrisa forzada mientras miraba al resto de invitados.       —No pude pegar ojo en toda la noche—solté, encogiéndome de hombros.       ¿Enserio el muy patán se atrevía a preguntarme eso después de haber entrado sin avisar a mi cuarto?       —Pues cuando fui a verte estaban durmiendo profundamente, incluso soñabas—dijo y cuando llegamos a la punta del jardín dimos media vuelta para repetir el recorrido.       —Sí, lástima que viniera a despertarme—espeté cotrariada. Estaba dispuesta a hacerle saber que lo que hizo anoche no me gustó para nada.       —¿Ah sí?—inquirió y por primera vez apartó la mirada del resto para posarla en mí.—Pues estuviste bastante tiempo disfrutando de mis caricias mientras dormías.       Mi piel se puso blanca y por un momento creí que el aire no llegaría a mis pulmones.      —Escúcheme bien—murmuré, asegurándome de que nadie nos escuchase.—No vuelva a hacerlo de nuevo. Le juro, que si lo vuelvo a ver entrando a mi habitación de esa forma, no le dejaré ponerme una mano encima, nunca. Me dará igual que estemos casamos, me dará igual lo que vean todos, pero óigame bien. No pienso dejar que me toque hasta que no estemos casados.       Soltó una risotada y carraspeó al final. Se lamió el labio inferior y me miró con una sonrisa maliciosa.       —¿Es eso lo que quiere?—me preguntó.      —No es lo que yo quiero—corregí.—Sino lo que debemos hacer.       —¿Y cree que mientras llega el día del matrimonio la dejaré pensar en otro hombre?—espetó. Llegamos a un lugar apartado, al invernadero techado por una cúpula de cristal.      Enmudecí al instante y por su expresión, sabía que mi cara debía ser un cuadro.       —¿Quien era el hombre con el que soñabas?—preguntó, sin ningún tipo de rodeos.      Tragué saliva y parpadeé varias veces con nerviosismo.       —No tiene por qué importarle.—Dije.—Sabe perfectamente que yo no soy partidaria del acuerdo entre usted y mi padre, y mi corazón y mi mente son libres para pensar en quien me dé la gana.       Lo escuché murmurar algo en voz baja y cuando lo miré creí encontrármelo con cara de querer matar a alguien, pero en su lugar lo vi sonriendo, lo que me desconcertó aún más.       —Entonces vas a tener que acostumbrarte a mis visitas nocturnas—dijo.—Porque voy a tener que hacerte ver quien será el único hombre de tu vida.       —¿Es qué acaso no me ha escuchado?—le reprendí.—Le dije que no puede tocarme hasta que nos casemos, me da igual estar bajo su mismo techo y me da igual que sea mi futuro esposo.      —Así que es eso lo que quieres ¿Verdad? ¿Quieres esperar hasta el matrimonio?—inquirió y por primera vez lo vi nervioso como si le costase respirar.       —Creí habérselo dejado bastante claro antes—dije, con la cabeza bien alta.       —Muy bien—aseguró, asintiendo con la cabeza.—Entonces no seguiré persiguiéndote. Dejaré que seas tú la que venga a mí, porque te aseguro que llegará ese día y ese día no está muy lejos.       —Si piensa que soy de las que se rebaja, se equivoca—le aseguré.—Ya le he dicho mis condiciones, y tendrá que respetarlas.      —Está bien, las respetaré—dijo.—Pero, aténgase a las consecuencias.      Dicho aquello, pasó por mi lado y se alejó para entremezclase con el resto de invitados.       Lo observé desde lejos y no pude evitar sentir una sensación asfixiante sobre mi pecho. No sabía muy bien, por qué sus últimas palabras las había entendido como una amenaza.       La idea de que Jouvet me hubiera escuchado tener fantasías con Adrien me aterraba, sobre todo, en el caso de haber pronunciado su nombre exacto mientras dormía.       El resto de la noche la pasé con un nudo en el estómago. Ni siquiera comí, simplemente me dediqué a hacerle compañía a Catherine e intentar sacarle conversación sobre cualquier cosa que me ayudase a olvidar lo que acababa de ocurrir.       Jouvet no se acercó a mí en el resto de la noche, sino que se dedicó a hablar con sus socios y con el resto de hombres de la élite. Apenas me miró y no sabía si eso era una buena señal o por el contrario una muy mala.       —Venga, al menos prueba la tarta—dijo Cath, extendiéndome un planto.—¡Está riquísima!      Negué con la cabeza y me obligué a sonreír un poco.      —Enserio, Cath. No tengo hambre—murmuré, observando a los músicos que tocaban canciones animadas con sus trompetas y tambores.       —¿Qué te ha dicho mi hermano?—dijo, acercándose a mí confidencialmente.— Desde que has llegado de su paseo estás más pálida que la leche—dejó e plato de tarta sobre la bandeja de un camarero y se apoyó sobre sus rodillas.—¿Va todo bien?      «No» Quise decir.       —Sí...       Jugueteé con la pulsera de mi muñeca y respiré hondo.      —Estoy bien, tranquila—reafirmé, sin muchos ánimos.       El sonido de un cubierto golpear el cristal de una copa, captó la atención de todos.        —Por favor—Jouvet se dirigió a la banda de músicos y les hizo una señal para que cesara la música.—Por favor, silencio. Con el permiso de todos ustedes, me gustaría dar un anuncio en esta hermosa celebración.       Todo el mundo se quedó en silencio y miraron expectantes a su rey.      —Por favor, acérquense—pidió Jouvet, haciendo un gesto para que todo el mundo se acercara—Acérquense.—Después sus ojos se clavaron en mí y fue entonces cuando supe que algo no andaba bien—Cariño—me llamó.—¿Me acompañas?      Me quedé inmóvil en el asiento y sentí como la mano de Catherine se posaba sobre mi hombro.       La miré, con el temor reflejado en mis ojos y con todo el valor que fui capaz de sacar, me obligué a levantarme de mi silla y caminar hacia el centro del salón.       Cuando estuve lo suficientemente cerca, me removí incómoda.      —¿Qué es lo que pretende hacer?—susurré con temor, viendo como todo el mundo nos observaba con expectación.      —Algo que tú misma provocaste—respondió en un susurro tan flojo como el mío. Después se irguió de nuevo y adoptó una expresión que iluminó su rostro entero.—Es una noticia   que todos, absolutamente todos, van a disfrutar—dijo, esta vez en voz alta, asegurándose de que todo el mundo allí presente pudiera escucharlo.       Se giró hacia mí y deslizó una mano alrededor de mi cintura para poder acercarme más a él.        —Señoras, señores—dijo.—Es para mí un orgullo dar a conocer ésta noticia. que nos llena de felicidad a mi prometida, la señorita Marinette Dupain-Cheng  y a mí. ¿La razón?—me miró con una mirada disfraza de dulzura.—El adelanto de nuestro matrimonio.      El corazón se me detuvo en ese instante y por un momento todo lo que tenía a mi alrededor dejó de existir.       —Dentro de exactamente un mes, mi querida prometida y yo, nos diremos él sí quiero delante del altar—puntualizó Jouvet—¡Y están todos oficialmente invitados!       «¿Un mes?»       No. Aquello no podía estar pasando... Un mes era muy poco tiempo, era demasiado precipitado.      Todo el salón se llenó de aplausos y vitoreos. Todo el mundo nos felicitaba y daba la enhorabuena, pero yo ya no estaba allí. Mi mente se había quedado paralizada en el momento en el que Jouvet dijo la noticia.      —¿Qué pasa, cariño?—me preguntó Jouvet, aplaudiendo cómo el resto—¿No dices nada? Te están esperando.       Todo comenzó a darme vueltas. Las voces y los aplausos retumbaron en mi cabeza  y las piernas comenzaron a temblarme.      —Marinette...—me insistió.—¿Qué ocurre, tesoro?     Entonces, perdí el equilibro y me vi a mí misma cayendo al suelo, completamente mareada.       —¡Marinette!—Jouvet me atrapó a tiempo y sentí cómo sus brazos me tomaban en brazos.—¡Disculpen!—sentí como comenzaba a caminar a toda prisa.—¡Es por la conmoción! ¡Me la voy a llevar para la casa!       Escuché algunos gritos y la voz de Catherine y después todo se volvió n***o.  ○•○•○ Marinette      Me desperté con el sonido de unos caballos galopar y algunas voces masculinas hablar.     Tuve la sensación de estar moviéndome y como si el lugar donde me encontraba estuviese temblando.       Fruncí el ceño e hice una mueca de malestar mientras abría los ojos poco a poco.       Me costó un poco acostumbrarme al lugar y sobre todo asimilar donde estaba. Recorrí el sitio con la mirada y no tardé mucho en darme cuenta de que estaba en el carro. A mi lado estaba Jouvet, sentado y a nuestro alrededor, una decena de guardias que custodiaban nuestro carruaje.       Cuando mi mente regresó al presente, recordé lo que acaba de ocurrir y lo que el anuncio que el estúpido de Jouvet acababa de hacer.       —¡¿Por qué lo ha hecho?!—le exigí, agarrándolo del brazo con fuerza.—¡En ningún momento planeamos ninguna fecha, ni mucho menos una tan cercana!      Aquel no era el mejor momento para una pelea, sobre todo, en mi estado, aún demasiado adormilado y débil.      —¡No me venga con reclamos, Marinette!—dijo, zafándose bruscamente de mi agarre—. Tú dijiste que no podía tocarte hasta el matrimonio y voy a cumplir mi palabra. Además no te creas que te voy a dejar salir airosa después de lo que me has dicho. No voy a consentirte una falta como la que me has hecho. Y dame gracias por que no te he sacado a patadas de ahí.      En ese momento levanté mi mano, dispuesta a estamparla sobre su cara, pero él fue más rápido que yo y me agarró del brazo.      —A mí me respeta...—le amenacé.       —Estoy dispuesto a olvidar que gemiste el nombre de otro hombre mientras dormías, pero a mí me vas a respetar, mujerzuela—me apretó el brazo con fuerza y por un momento perdí toda la sensibilidad en él.       —¡Todo el mundo al suelo!—gritó uno de los guardias que nos acompañaban.       Los dos nos giramos y yo me asomé por la ventana de la carroza.       Y entonces lo vi. Su caballo n***o se empinó levemente y pude apreciar su esbelta figura vestida de n***o entremezclarse con la noche.       —¡A él!—gritó Jouvet.—¡A él, imbéciles!     En ese momento, los doce guardias corrieron hacia él.       Chat Noir se bajó de su caballo y con su típica arrogancia caminó   hacia los hombres que se dirigían hacia él.      Dos de ellos fueron los primeros en llegar con sus espadas en mano y cuando estuvieron justo enfrente, Chat levantó sus dos puños a la vez y los hizo caer hacia atrás con la nariz rota. Después llegó otro, soltó un grito de guerra, dispuesto a alcanzarlo, pero él fue más rápido y sin ningún esfuerzo le dio una patada que lo hizo caer al suelo de rodillas y una vez allí le dio un puñetazo en la mejilla.       Una media sonrisa se formó en mis labios, al ver como se encargaba uno a uno a todos esos hombres sin ninguna clase se esfuerzo.      Llegó el turno del sexto o séptimo y cuando quiso golpear su rostro, Chat levantó su brazo deteniendo el golpe para después retorcerle la muñeca y hacerlo caer con el hueso dislocado. Y así hasta que llegó el último que al tener al criminal más peligroso tan cerca, se vio atemorizado y simplemente se dio media vuelta y empezó a correr.       Cuando tuvo todo el campo libre se acercó hacia la carroza y nos miró con una sonrisa burlona.      —Buenas noches, majestad—saludó haciendo una reverencia fingida.      —Hoy te mueres, desgraciado—Jouvet tensó su mandíbula y después me volvió a agarrar del brazo para atraerme hacia él—¡Y tú, Marinette. No te mueves de aquí o me las vas a pagar!—me soltó un brusquedad de manera que mi espalda chocó contra el asiento.       Jouvet bajó atropelladamente del carro y caminó hacia Chat para colocarse enfrente de él.       —¿Por qué huía tan rápido?—preguntó él, con sus ojos verdes brillando a través de su antifaz negro.—¿Acaso me tiene miedo?       —¿Qué quieres?—preguntó Jouvet.—¿Acaso me va a asaltar cómo la última vez?      Chat Noir hizo un gesto de insuficiencia, como si un atraco fuese algo insignificante para él.      —Esta vez estamos solos—prosiguió Jouvet—Y no tengo ninguna clase de impedimento que me prohíba matarlo.—En ese momento, sacó de un su bolsillo una pistola y con ella apuntó a la cabeza de Chat.      Levantó una ceja y miró divertido a Jouvet, como si lo amenazaran de muerte todos los días.       —Me parece perfecto, alteza—dijo Chat Noir y en cuanto Jouvet apretó el gatillo sin miramiento alguno, él simplemente se agachó con una rapidez que me dejó muda, esquivando la bala que iba dirigida a su cabeza. En cuanto se puso en pie, le arrancó de un golpe la pistola de la mano y golpeó con su frente la cabeza de Jouvet, haciéndolo retroceder varios pasos hacia atrás.—Ahora estamos en igualdad de condiciones, uno contra uno, sin armas ni nadie de por medio.       El rey se llevó una mano a la frente y comprobó como ésta se manchaba de su propia sangre.        —¿Qué pasa? ¿Acaso no sabe usar sus puños?—se burló Chat, incitándolo a atacarlo.      —Te voy a matar, malnacido. Voy a matarte y desenmascararte de una vez por todas—Jouvet se abalanzó hacia él y Chat, simplemente se hizo a un lado para esquivarlo.       Jouvet cayó de cabeza al suelo y se manchó de tierra mojada, pero enseguida volvió a ponerse en pie y en posición de ataque.      Soltó un grito de indignación y levantó su puño cerrado con la intención de golpear a mi criminal favorito. Y justo antes de que lo hiciera, Chat levantó el suyo y le dio de lleno en su mandíbula tirándolo al suelo por tercera vez.      —¿Se da cuenta?—se burló Chat Noir mirando desde arriba al rey.—París tiene a un bueno para nada como gobernador. Ni siquiera ha durado ni dos minutos en una pelea.       —Adelante—dijo Jouvet, limpiándose la sangre del labio inferior.—Hazlo. Mátame,  ¿acaso no es eso lo que haces? Matar a todo el que se te cruce por tú camino, sin compasión ni remordimiento.       Chat soltó una risotada irónica y negó con la cabeza.      —¿Y quien dice que vengo a por usted?—preguntó.—Solo quiero que recuerde, que Chat Noir le perdonó la vida esta noche.       Dicho aquello, sacó de su cinturón una pequeña esfera metálica que chisporroteaba por un extremo. Yo ya había visto una de esas, fueron las mismas que utilizó para invisibilizar todo el corral de comedias.       Chat tiró al suelo la bola y una nube de humo cubrió todos los alrededores.       Comencé a toser con fuerza y a agitar mis manos para apartar la neblina que me había cubierto por completo hasta que, de repente, sentí una presencia detrás de mí.       No hizo falta girarme para saber de quien se trataba.       —Y tú te vienes conmigo.       Su voz murmurar sobre mi oído fue lo último que escuché hasta de que todo se volviera n***o.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR