VIII

4576 Palabras
Adrien      Sentía como la sangre hervía en mi interior.  La cólera y la rabia se adueñaron de mi cuerpo y mis ojos quedaron completamente cegados por la imagen que estaban viendo.       Marinette lo estaba besando, y lo estaba haciendo delante de mis narices.       No quería dejarme dominar por mis impulsos, ni tampoco quería hacer algo de lo que después me arrepentiría, pero j***r, las ganas de romperle la cara a ese hijo de puta me estaban consumiendo.       Me percaté de la mirada azulada de Marinette. Sus ojos estaba completamente fijos en los míos y pude percibir como derramaba una lágrima silenciosa que me culpaba a gritos de todo lo que se estaba dando delante de mí.       Bajé la mirada y me percaté de que me estaba haciendo una señal con la mano, indicándome la dirección contraria, justo a mi derecha.       «Claude»       ¿Acaso ella estaba haciendo todo eso para ayudar a Claude? ¿Había venido a la prisión por el mismo motivo que yo?        A pesar de sus indicaciones, no obedecí al instante, sino que permanecí en esa posición un poco más, sin despegar la mirada de ella.       Y por un momento, se me pasó por la cabeza mandar a Claude a la mierda y liarme a hostias con Jouvet, y gritar a Marinette lo estúpida que era. ¿Por qué coño tenía que besarlo? ¿Es qué pensaba que de esa forma me estaba salvando a mí, o a Claude? Y una mierda.       La fulminé con la mirada y negué con la cabeza, sintiendo la decepción y la impotencia fluir por todo mi cuerpo.       Parpadeé varias veces, con la esperanza de que de esa forma pudiese borrar esa imagen de mi mente y sin dar más vueltas al asunto tomé la dirección que ella me había indicado.       Si ella quería besar a ese hijo de puta, pues bien. No iba a ser yo quien se lo impidiese, no me incumbía nada de lo que le ocurriera, su vida ya no me importaba. Ella ya no era mi prisionera.        Tal y como había indicado, Claude estaba en la última celda del pasillo.       —Eh—lo llamé de mala gana—Despierta, dormilón. Nos vamos de aquí.       Claude levantó la mirada y en cuanto me reconoció, esbozó una sonrisa.      —¿Chat Noir?—preguntó corriendo hacia la puerta—¿Eres tú de verdad?     —No, tú abuela. No te jode—espeté, sacando la catana para poder forzar la cerradura.    —Joder... pensaba que no ibais a venir—dijo mientras observaba fijamente como intentaba abrir la verja.     —Todos estaban como locos, insistiendo en hacerlo—expliqué, haciendo palanca para reventar la puta cerradura. Hice una mueca y apreté con todas mis fuerzas.—Así que no tuve más remedio que venir.       La clavija por fin se rompió y la verja se quedó entreabierta.  Agarré uno de los barrotes y la terminé de abrir para que Claude pudiese salir.     —Venga, larguémonos de aquí—dije recorriendo el largo pasillo por la mirada.      Marinette y el gilipollas del rey podrían estar aún cerca.       —He visto antes a Marinette—dijo Claude siguiendo la dirección por la que miraba—¿Acaso habéis planeado todo esto entre los dos? Ella parecía muy segura de lo que hacía.       Entrecerré los ojos, fulminándolo con la mirada.      —Pues te equivocas—gruñí molesto—Esa solo ha venido aquí para liarse con ese cabrón. Así que, si no quieres que vuelva a meterte en esa celda, más te vale no volver a mencionarla.       Claude levantó sus manos exageradamente, en señal de rendición.      Me asomé por la esquina y fijé la mirada donde minutos antes Marinette y Jouvet habían estado.       No vi a nadie.       —Todo despejado. ○•○•○ Marinette      El carro se detuvo delante de la mansión. El primero en bajar fue Jouvet que con grana avidez giró por delante del cochero hasta pararse delante de mi puerta. Me extendió la mano con una espléndida sonrisa y me ayudó a poner los pies en el suelo.       Levanté la mirada y vi a papá salir por la puerta, como si de alguna forma, hubiese estado esperándome desde el mismo momento en el que salí de la casa. Caminé agarrada del brazo de Jouvet hasta la entrada y no detuvimos junto delante de mi padre.       —Alteza—dijo papá agachando ligeramente la cabeza.       —Señor Dupain—Jouvet le devolvió el gesto.       —Es agradable verlos a los dos tan felices ¿hay algo de lo que me deba enterar?—inquirió mi padre enarcando una ceja.       —Su hija y yo hemos arreglado todas nuestras diferencias y el malentendido ocurrido anoche no es nada más que un mal recuerdo. Le pido mis más sinceras disculpas por mi comportamiento tan grosero, no fueron formas de tratar a mi futuro suegro—se disculpó  Jouvet, adoptando una expresión de corderito inofensivo.     —Por favor, majestad. No se disculpe por un asunto tan insignificante, apenas lo recordaba esta mañana. Además, si todo esta solucionado con mi hija, no hay nada más que hablar.—dijo papá con una sonrisa.       En ese momento, la mirada de Jouvet se desplazó hacia mí. Sus ojos me observaban con admiración y jugosa ilusión. Aquella era la primera vez que le dedicaba un poco de afecto, aunque para ser sincera era la primera y muy posiblemente la última. Y lamentaba desilusionarse, pero todos aquellos mimos y carantoñas eran únicamente una excusa para liberar a Claude y salvar a Adrien.       Triste, pero cierto.       Aunque, no descarto la opción de continuar unos días más con esta mentira, solo para que no sea tan evidente el cambio de comportamiento.       —Hija mía,  ¿por qué no subes y te tomas una taza de té caliente? Necesito hablar a solas con el rey—dijo papá sin borrar su sonrisa de la cara.       —Está bien, pensaba darme una baño caliente para relajarme un poco—expliqué, dándoles la excusa perfecta para dejarlos solos.      Me lamenté de proporcionar aquella información, pues en cuando Jouvet escuchó mis palabras, algo se encendió en sus ojos.       «Si supieras que en realidad voy a bañarme para borrar cada rastro que tus manos han dejado en mí»      Esbocé una seductora sonrisa y agarré mi falda. Dispuesta a seguir con mi juego.     —El otro día Marlene compró unas sales de rosas y quiero probarlas—añadí sin despegar mis ojos de Jouvet.—Con su permiso.       Hice una leve reverencia y les di la espalda para entrar a la mansión.  ○•○•○ Adrien      Veía desde lejos a todos celebrar el regreso de Claude. Estaban felices y no hacían otra cosa que reír y bailar a pata suelta, sin ninguna preocupación que les impidiese no hacerlo. Ni siquiera se molestaron en agradecérmelo, tan solo vitorearon a Claude y lo llenaron de elogios y abrazos.       Rodé los ojos y refunfuñé para mis adentros.      Menuda panda de falsos, hace unos días ni siquiera se percataban de la existencia de Claude y ahora lo alababan como un puto héroe, como si de alguna forma haber pasado tres días en prisión ya lo hiciera inmune a cualquier peligro.       No era justo. Todos estaban felices y contentos y yo aquí renegado como un perro.      ¿Cómo coño podía estar celebrando? El rescate de Claude había supuesto ver a Marinette besando a ese cabrón y una parte de mí me decía a gritos que se debía al dichoso Claude. Ella lo había hecho para ayudarme a sacarlo de ahí, otro motivo no había. Ella siempre había odiado al rey, ¿por qué habría de besarlo? ¿Acaso había cambiado de opinión con respecto a él?       La duda me estaba carcomiendo por dentro y ni siquiera me percaté de que había arrancando más de media hierba del suelo. La tiré hacia un lado, malhumorado y apoyé mis antebrazos sobre las rodillas.       —Maldita sea...—maldije cabreado.      —¡Oye, tío ¿Qué haces ahí apartado?!—dijo Nino caminando hacia mí.—Acércate y bebe una copa con nosotros, al fin y al cabo esta fiesta es por ti.      —Paso—dije, poniéndome en pié.—Me voy a dar una vuelta.      Nino frunció el ceño y esbozó una mueca.     —¿A estas horas? ¿Lo dices en serio?—inquirió, siguiendo cada uno de mis pasos con la mirada.       —No debería preocuparme. Al fin y al cabo ser el tipo más peligroso de la ciudad tiene sus ventajas—dije subiéndome a mi caballo.—A no ser que quiera atracarme a mí mismo.       —Hace tiempo que se te fue la cabeza, de ti ya podría esperarme cualquier cosa—dijo—¿Puedo saber al menos a donde vas?       —No—con un golpe seco, mi caballo emprendió la marcha, perdiéndome en la oscuridad del bosque.  ○•○•○ Marinette      —Aún me cuesta creer todo lo que me estás contando—dijo Marlene mientras llenaba la tina de madera de agua caliente.—Has pasado el día entero con el rey, y sin lanzarte a él como a una fiera.       Sonreí con satisfacción mientras frotaba mis brazos y mis piernas con el agua que caía. El aroma a rosas embriagaba toda la estancia y por un momento sentí que estaba en el paraíso.       —Algún día me casaré con él.—Me encogí de hombros con insuficiencia—.Así que tendré que acostumbrarme a su compañía, por muy desagradable que me resulte.        —Marinette...—Marlene frunció el ceño.—No me estarás ocultando nada ¿Verdad? Siempre que pones esa sonrisa pícara es porque estás haciendo una de las tuyas.       Ensanché aún más mi sonrisa y continué lavando mi cuerpo, sobre todo mi cara y mis manos.      —No tienes por qué preocuparte Marlene, sea como sea, todo está bien—aseguré.— Por fin me he dado cuenta de que mi futuro es estar al lado de ese hombre, así que no me queda otra que asumirlo y mirar las ventajas que eso supone—mis ojos quedaron fijos que las diferentes formas que trazaba el agua—Quizás pueda sacar provecho de muchas cosas.      —Escuché esta mañana lo sucedido en la fiesta—explicó, y noté como su expresión reflejaba preocupación. —El rey no llegó a hacerte nada ¿verdad?      Jugueteé con el agua despreocupadamente y me encogí de hombros.       —No llegó a hacerlo—dije—Gracias a Chat Noir.       —Eso también lo escuché, ese delincuente volvió a hacer de las suyas—el tono de desprecio que utilizó para referirse a Adrien me dolió.     —Pero él no hizo nada malo—defendí, interrumpiéndola.—Es cierto que robó todos los objetos de valor, pero todo fue una excusa para salvarme de los golpes de Jouvet.     En ese momento, la expresión de Marlene se tornó a completa sorpresa.     Incluso a mí me afectaron mis propias palabras, había defendido a Adrien delante de Marlene, una persona que era completamente ajena a todo lo que había sucedido en Miraculous.      —Marinette...—suspiró pesarosamente y extendió una de sus manos para posarla sobre mi hombro—No me estarás mintiendo ¿No es así?      —Claro que no, Marlene—espeté malhumorada.—Sé que suena difícil de creer, y suena como una locura. Hasta yo misma llegué a pensar que podría haberse tratado de un sueño—solté un pequeño suspiro mientras sonreía tontamente.       Si bien lamentaba aquel fortuito encuentro con Adrien, no podía negar que no me haya causado una explosión de sentimiento dentro de mí. Especialmente, cuando dejó de lado la grandes masas de nobles que nos rodeaban para acercase a mí y hablarme con esa dulzura tan característica en él.       —Marinette, conozco esa sonrisa, y no me gusta para nada—dijo Marlene poniéndose en pie.—Por favor, no me hagas pensar cosas a las que no quiero llegar.      Levanté la mirada y la miré con ojos brillantes.        —¿Y qué es eso que estás pensando?—inquirí con picardía.       Marlene era mi segunda madre, la mujer que había estado a ahí para todo. Sabía que me conocía más que a sus propios hijos y ocultarle algo era prácticamente imposible.       «Necesito a una persona que me ayude, que me aconseje y me comprenda»      Estaba pasando unos días muy duros, encerrada en mí misma. Comiéndome una y otra vez la cabeza pensando en mi compromiso con el rey mientras que mi corazón deambulaba en busca de otra persona.      —Ay no, Marinette—dijo, casi como un lamento. Se giró sobre sí misma y caminó hacia la ventana—¿No me digas que pasó algo mientras ese hombre te tuvo encerrada?       —No como tú crees, Marlene—aclaré. Sentí como mis mejillas ardían ligeramente, leyendo lo que pasaba por su mente.—No llegamos a hacer el amor.       Noté cierto alivio en su mirada y por fin pude hablar con más tranquilidad.       —Es cierto que al principio sus intenciones conmigo no eran buenas, y en alguna otra ocasión se le fue de las manos. Él tiene un temperamento fuerte y le cuesta controlarlo—la miré directamente a los ojos.—Pero en realidad no es malo, y... creo que yo lo ayudé en cierta forma a salir de la oscuridad en la que vivía.       —¿Acaso has olvidado lo que le hizo a tu madre y al resto de la nobleza en el corral de comedias?—inquirió, y sentí dureza en sus palabras.       —Y papá destruyó a su familia cuando apenas era un niño—espeté molesta, pero pronto, me arrepentí. No tenía derecho a sacar a la luz la vida privada de Adrien. Su identidad era secreta y cualquier información. Agaché la mirada y continué mojando mis brazos.—Olvida lo que acabo de decir.       Un prologado silencio se adueñó de la estancia. Ninguna de las dos decía nada, pudiendo palpar la tensión en el ambiente.       —¿Sientes algo por él?—quiso saber.       Me permití esperar unos segundos antes de responder:       —Sí—confesé.—De hecho, se supone que él me liberó por esa misma razón. Los dos sentíamos algo  y decidió que la única forma de mantenerme a salvo era dejándome en manos de papá. De no ser por esa absurda decisión, yo aún estaría con él, muy lejos de aquí.—Levanté la mirada y la miré directamente a los ojos.—Puede que en estos momentos pienses que estoy loca, pero sé lo que digo y te aseguro que Jouvet es mucho más cruel y mezquino que Chat Noir. No tienen punto de comparación y a pesar de sus errores, él es bueno y sabe amar como cualquiera de nosotros.      Agaché la mirada entristecida.       —Pero ahora él no quiere acercarse a mí y  creo... que yo tampoco—murmuré—. Puede que nuestro amor fuese tóxico, pero era real. De ese amor que te hace perder la cabeza y te obliga a hacer toda clase de estupideces por la otra persona.        —Nunca te había visto de este modo—confesó Marlene—Jamás pensé ver a mi niña enamorada.       La observé con detenimiento y ya no había decepción, ni miedo en su mirada: había ternura.       —A veces me pones las cosas tan difíciles—dijo sin borrar la sonrisa de su boca—¿Cuándo vas a cambiar?—soltó una pequeña risotada.—¿Cuando vas a ser una señorita normal?—adoptó una pose erguida y elegante.      —Yo no soy como todas, Marlene. No soy como esas mujeres de la élite que solo esperan a sus maridos en casa con la única preocupación de cual será el vestido ideal para la próxima fiesta.—Me encogí de hombros—No es culpa mía, pero yo no soy como ellas, no puedo serlo. Y de ser así, estaría traicionándome a mí misma. Yo quiero llegar a ser mucho más que eso, y supongo que eso supone cometer errores tan descabellados como enamorarse de un criminal.       —Y no cualquier criminal, cielo—levantó un dedo, burlona—Encima de Chat Noir, el hombre más buscado de todo el país.        Solté una risita, pensando en lo ridículo que sonaba todo.      Pero era cierto, yo no era una mujer de la élite: me había enamorado de Chat Noir y su mundo ya formaba parte del mío. Y aunque ambos hayamos decidido seguir caminos separados, siempre quedará algo que nos siga uniendo.      —Debo decir que ningún delincuente es tan guapo como él—dije—Y eso no puedes negármelo.       —Tú lo habrás visto con más detalle—me dio un toque cariñoso en la nariz.—Yo tendré que observarlo únicamente en los carteles de la plaza.      —Me hubiese encantado presentártelo alguna vez—dije—Es un poco bruto, pero seguro que te hubiese caído muy bien.      —Quien sabe, puede que algún día pueda llegar a ocurrir—dijo.—Si ese muchacho se atrevió a desafiar al rey por salvarte, significa que todavía siente algo por ti.       Mi sonrisa se desvaneció de golpe.       —No lo creo. Lo hizo por el afecto que una vez tuvo, pero ya me dejó en claro que lo nuestro  había acabado, además creo que es lo más sensato. Ahora que yo estoy a punto de casarme, no sería bueno seguir encontrándome con él. Podría ser peligroso y podrían atraparlo por mi culpa. La élite ya sospecha. Se acercó a mí delante de todos y sin importar lo más mínimo me rodeó con sus manos preguntándome si estaba bien.—Sentí como un nudo se formaba en mi estómago.—No quiero que me utilicen como arma para acabar con él. Lo último que querría es que Jouvet se enterase de yo significo algo para Chat.       Marlene soltó un suspiro, que llegó acompañado de un prolongado bostezo.      —Tienes unas historias muy complicadas, Marinette. No se como te las apañas, pero siempre acabas metiéndote en nosequé  líos—dijo haciendo gestos exagerados con las manos.—Pero supongo que eso es lo que haces que seas tú.      —Estoy segura de que si no metiese en ningún lío te aburrirías—dije con una pequeña sonrisa. La miré, percibiendo su posición encorvada—Te ves cansada, si quieres puedes irte a casa, yo ya puedo apañármelas sola.     —¿Enserio no necesitas que te ayude con algo, quizás con la bata o la toalla?—preguntó mirando a su alrededor, buscando algo que pudiese hacer por mí.     —No enserio, yo estoy bien. Además ya es muy tarde, es de noche y tus hijos deben de estar esperándote.       Me sonrió espléndidamente y me tendió una fina toalla.       —Te quiero mucho—se inclinó levemente para besar mi frente y después salió por la puerta de la habitación.       Desdoblé la fina tela y me puse en pie para salir de la bañera a la vez que envolvía mi cuerpo con ella.       El suelo se iba mojando por finas gotas que chorreaban de mi cuerpo. Me senté en una pequeña banqueta de madera y sequé cada parte de mi cuerpo con la mente por las nubes. Después agarré una fina muda para cubrir las partes más íntimas  y un fino corset que solía utilizar para dormir, pues aquel era el único que no me apretaba tanto como para dejarme sin respiración.  Contemplé mi reflejo en el espejo y me cepillé mi cabello levemente, deshaciendo el moño que me había hecho para evitar que se mojase.       Caminé hacia mi cuarto y cogí una fina bata para ocultar mi cuerpo y até el fino cordel por mi cintura a la vez que caminaba hacia mi cama.  El día había sido muy pesado, sobre todo estando en compañía de Jouvet. Lo único que me apetecía era dormir toda la noche a pata suelta, lejos de todo tipo de preocupaciones.     Una ráfaga de aire frío se apoderó de toda la habitación. Levanté la mirada y vi como la ventana estaba abierta de par en par. Fruncí el ceño levemente y caminé hacia ella para cerrarla.     «Marlene ha debido de dejársela abierta»    La cerré, con cierta duda y desconfianza. Una extraña sensación se apoderó de mí, y pronto sentía como mi corazón comenzaba a latir con fuerza.       Me giré sobre mí misma para poder tumbarme de una maldita vez, pero me topé con una imagen que me heló la sangre.       El pulso se me detuvo por completo y mi respiración se entrecortó cuando lo vi parado delante de mí, con un semblante tan serio y varonil que me dejó sin aliento.       No me percaté de en qué momento había comenzado a hacerlo, pero mi cuerpo temblaba desmesuradamente y no sabía si era por el frío o por la simple presencia de Adrien.       —¿Qué estás haciendo aquí?—le incriminé, sacando el poco valor que conseguí sacar. Agaché la mirada y reparé en mi cuerpo, prácticamente en ropa interior y semidesnuda.      Inmediatamente cogí los extremos de mi bata y me cubrí todo lo que pude.      —¿Desde cuando estabas aquí? ¡¿Desde cuando me estabas mirando?!—exclamé, recordando que hace apenas unos minutos había estado prácticamente desnuda.       Adrien esbozó una sonrisa burlona y se acercó hacia mí.       —Prefiero dejarte con la duda—dijo con esa voz que me provocaba escalofríos.       Retrocedí dos pasos hacia atrás, para evitar que invadiese mi espacio personal. A él pareció divertirle, pues su sonrisa se ensanchó aún más y dio los dos pasos que yo me había alejado.       —¿Qué es lo que quieres?—pregunté perdiendo la paciencia.—Tú no deberías estar aquí y yo no debería verte.       —Ese era el plan, yo te dejaba con tu padre y tú y yo no volvemos a vernos nunca—dijo, y no sabía por qué pero vi cierto reproche en sus palabras.—Todo parecía fácil y sencillo hasta esta mañana cuando te veo besar a ese idiota delante de mis narices.       Sentía como mis pies golpeaban las patas de la cama, impidiéndome retroceder más.       —¿Por qué coño lo has hecho, eh?—preguntó, acorralándome con su cuerpo.—¿Qué me querías demostrar?      Entrecerré mis ojos y lo fulminé con la mirada.       —Él es mi prometido, ¿acaso no puedo besarlo?—inquirí, desafiándolo.—Es lo más normal del mundo, al fin y al cabo muy pronto seré su mujer.      —¿Es enserio, Marinette?— Lo escuché soltar un par de maldiciones y se alejó de mí con desgana, recorriendo la habitación de un lugar a otro.—Anoche estuvo a punto de golpearte y hoy te lanzas a sus brazos como si fuese el hombre de tus sueños.       «¿Me estaba reprochando haber besado a Jouvet? ¿Hablaba en serio?»       Cerré mis manos en puños.      —¿Qué quieres decirme exactamente?—dije, enfadada—¡Venga, dímelo claro!      Se giró hacia mí, y por la expresión de su rostro, sabía que lo había provocado.      —¡Te molesta que lo haya besado, ¿no es así?!—espeté.—¡Estás celoso!       —Me da igual lo que hagas o dejes de hacer, pero lo que de verdad me jode es que intentes restregarme las cosas a la cara, por qué ha sido por eso ¿verdad? Querías joderme para que me sienta culpable por haberte abandonado.       —¡Definitivamente eres un completo imbécil!—lo insulté, sintiendo la rabia fluir por todo mi cuerpo.       «¿Cómo podía decirme algo así? ¿Cómo podía pensar algo tan rastrero?»       Yo jamás quise hacerle daño con ese beso. Y estaba segura de que aquello me había dolido a mí más que a él. Todo lo que hice fue por él, porque quería protegerlo.       —Te vi en la prisión y Jouvet iba a descubrirte ¿Qué querías que hiciera? ¿Dejar que se diera la vuelta? ¡Todo lo que hice fue para evitar que acabases en una de esas celdas!      —¡¡Yo no necesito que me protejas!!—me espetó.—Ni mucho menos necesito que te vendas a ese cretino por mí. No necesito tu ayuda.       Mi mirada reflejaba decepción.       —Por lo visto no has cambiado nada—aseguré—Sigues siendo igual de soberbio y tú orgullo está por encima de todo lo demás.      Soltó una risotada, cargada de ironía.      —Pues por lo visto tú has cambiado mucho—dijo, volviéndose a acercar a mí.—¿Dónde se quedó esa niña a la que le importaban un cuerno las responsabilidades? ¿Dónde está esa chica que prefería cuidar de un polluelo antes que de sí misma?—me recorrió con la mirada, de arriba abajo—Ahora veo a una mujer aburrida que solo se rige por las obligaciones y el deber. Me decepcionas, Marinette.      Me mordí el labio inferior, con rabia y levanté una de mis manos para estamparla sobre su mejilla, pero él fue más rápido y detuvo mi golpe, agarrando mi brazo.      En ese momento, mis pies tropezaron y caí sobre la cama. Su agilidad le permitió abalanzarse sobre mí, quedando arriba de mi cuerpo, pero con el cuidado suficiente como para no aplastarme.       Mi corazón latía sofocado y todos mis sentidos se activaron. Sentía un pequeño hormigueó en mi entrepierna, como si mi cuerpo reclamase la cercanía de Adrien.       Sus ojos esmeraldas me escrutaban con la mirada y percibí que su respiración estaba entrecortada, ligeramente.      Adrien levantó una de sus manos y con cuidado acarició mi mejilla con el pulgar.       —Pero eres preciosa y eso lo compensa todo—confesó recorriendo mi rostro con la mirada.      Una explosión de emociones surgió dentro de mí.       «Maldita sea,  ¿por qué tenía que hacerme sentir así?»      Iba volver a hacerme caer en el abismo. A pesar de no seguir en sus redes, tenía el don de hacerme sentir como su prisionera, encadenada a él para siempre.       —Si no te vas, voy a salir por esa puerta y gritaré por todo el corredor que hay un extraño en mi habitación—lo amenacé, sacando a relucir las pocas fuerzas que me quedaban antes de sucumbir ante sus encantos.      —¿En serio?—dijo enarcando una ceja—¿Vas a delatarme después de que esta mañana te "sacrificaste" por mí? —ironizó.—No me hagas reír.        En ese momento, se puso en pié alejándose de mí hasta llegar a la ventana, a una velocidad sorprendente. Se giró una última vez hacia mí.       —Tranquila, no voy a meterme más en tu vida personal—dijo—.Al fin y al cabo, no quiero saber como ese  tipo te hace el amor. Bueno, si es que sabe hacértelo.       Me incorporé inmediatamente, dispuesta a abalanzarme hacia él y golpearlo, pero justo cuando iba a alcanzarlo saltó por la ventana, escapándose de mi agarre.      —¡¡Te odio!!—grité asomándome por el balcón.—¡¿Me oyes?! ¡¡Te odio!!      Solté una maldición para mí misma, y furiosa cerré la puerta de la ventana, asegurándome esta vez de cerrarla en condiciones.       «No volveré a caer en la tentación del diablo» 
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