VII

2636 Palabras
Adrien    Las puertas de prisión estaban custodiadas por dos guardias armados que vigilaban cada detalle que había a su alrededor. Me oculté entre un carro rebosante de varios sacos de arena y analicé lo que tenía delante.   Si me deshacía de esos dos gilipollas, colarme en la prisión sería pan comido. Ese lugar estaba repleto de pasadizos y pasillos, por lo que sería imposible que me encontrasen, así tendría tiempo de sobra para buscar a Claude a mis anchas.   Saqué de mi cinturón uno de los dardos de Nathaniel y jugueteé con él. Podría inmovilizar a uno de ellos con esto, pero el otro quedaría ileso y se daría cuenta de todo. Me planteé utilizar una de mis bombas de humo, aunque eso supondría llamar mucho la atención.   Maldije internamente.   No tenía ni uta idea de como manejar la situación y lo único que quería era quitarme a estos dos de encima.   «Podría matarlos»   No sería muy difícil borrarlos del mapa sin armar el menor escándalo.   «Marinette no querría que lo hicieras» Dijo una voz dentro de mi cabeza.   Suspiré pesarosamente y negué varias veces con la cabeza. Al final, resulta que Kim tendría razón. Pensar tanto en Marinette me estaba cambiando. Antes no hubiese dudado en rajarles la garganta sin el menor remordimiento y ahora estaba evitando matar a dos soldados para entrar en una puta prisión.    —¡Eh!—dijo una voz detrás de mí.—¿Qué haces ahí?   Levanté la cabeza, topándome de lleno con un soldado que comía una manzana despreocupadamente. Al reconocerme, sus ojos se agrandaron y me escupió en la cara todo lo que tenía en la boca.    —¡j***r, tío! ¡Qué puto cerdo!—espeté malhumorado mientras me quitaba de la cara los restos de manzana.    —¿Qué está pasando ahí?—los dos guardias que custodiaban la entrada se acercaron.   En cuando se pusieron al lado de su compañero, pudieron ver quien tenía enfrente.    «Vale. A la mierda lo de ser considerado»   Los tres se abalanzaron sobre mí, a la misma vez. Los esquivé con facilidad y se golpearon con sus propias cabezas.   Sonreí de lado y silbé para captar su atención.   —¿Qué pasa? ¿Vais a cambiar la regla del tres contra uno por el uno contra tres?—reté, incitándolos a atacarme.   En ese momento, se reincorporaron, sacando a la vez sus armas para atacarme. El primero que decidió acercarse extendieron su espada. Lo agarré del brazo y lo empujé, empotrando su cabeza contra la madera del carro. El otro de ellos me vino por la espalda; lo agarré del uniforme y lo hice girar de tal forma que su brazo se retorció con b********d. Soltó un alarido de dolor y se retorció con fuerza, rogando para que lo soltase.   Lo tiré al suelo, dejándolo retorcerse del dolor y agarré uno de los grandes sacos de arena para tirárselo al tercero de ellos, que me apuntaba por un costado con un pistola temblorosa.   El impacto lo hizo caer hacia atrás, quedando completamente atrapado por el peso del saco.   Los miré a los tres con una sonrisa burlona en la cara y me agaché para coger la manzana que se estaba comiendo minutos antes.   Le di un bocado, saboreando mi victoria.    —Muy rica ¿Eh?—levanté mi brazo para enseñársela y me giré sobre mí mismo para colarme por fin al interior de la prisión.  ○•○•○ Marinette   —¿Le está siendo de su agrado?—me preguntó Jouvet caminando a mis espaldas.—¿Lo ve demasiado modesto? Si hay algo que no le agrada, puede comunicármelo y yo me encargo de cambiarlo.    —Todo es precioso—dije mirando todo el lujo del que estaba rodeada.—Cualquier mujer se sentiría encantada de poder vivir en un lugar como este.   —Me alegra escuchar eso de su boca, señorita—dijo inclinándose en señal de agradecimiento.   —Pero... creo que aún no lo hemos visto todo ¿No es así?—inquirí.—Creo recordar que había un piso subterráneo debajo de este suelo.    —Eso es la prisión, y permítame decirle que no es un lugar para una señorita como usted, así que saltaremos esa parte de palacio ¿Le parece?    —Sí. Por lo que dice... su profesión debe ser muy pesada y peligrosa... es decir si ha pasado por un lugar tan peligroso como la prisión debe de ser muy valiente y entregado para lograr la seguridad de esta ciudad.    —Sí, reconozco que a veces es peligroso, pero de no ser por donde estoy jamás podría haberme comprometido con usted. Así que... digamos que tiene sus recompensas.    Sonreí falsamente y cerré mi abanico.   —Qué amable...—dije—¿Sabe? Es parte tan... varonil y tan valiente de usted me intriga muchísimo, me gustaría conocer esa parte de usted más a fondo ¿Qué le parece?    —Sinceramente estoy desconcertado—confesó.   Mi sonrisa se borró de golpe.    —Después de lo de anoche y en general de todos tus desprecios... jamás pensé en tener una conversación tan sensata con usted—aseguró.   Intenté desviar ese tema de nuevo y optar por la opción de seducción que estaba llevando a cabo. Me acerqué hacia él y lo miré directamente a los ojos.    —Eso que ha dicho de la prisión, me ha dejado muy intrigada, alteza—dije—Si bien recuerdo, anoche lo llamé cobarde...   Su expresión cambió por completo y se enfrió.    —¿Por qué no me hace cambiar de opinión?—pregunté, desafiándolo con la mirada.—Me intriga mucho un lugar como ese ¿sabe? Siempre me han gustado mucho los lugares misteriosos e... inaccesibles para muchos.   —Ya le he dicho que ese no es lugar para una señorita.    —Alteza...—comencé a decir agachando la mirada—Quizás usted aspire a tener una esposa que lo espere todo el día en casa y no una mujer como yo... Una mujer que le gusta compartirlo todo, hasta el más peligroso de los retos ¿Acaso eso no refuerza un matrimonio?    —La mujer que quiero como mi esposa, es usted,—aseguró—pero el trabajo y el deber es otra cosa y la prisión no es para una dama como usted.   Lo miré desafiante evitando con todas mis fuerzas no decirle dos barbaridades de las que podría arrepentirme.    —Cómo quiera—dije simplemente.—Llamaré a mi carruaje, creo que la visita se ha terminado.   Le di la espalda y comencé a caminar hacia la salida.    —Marinette—lo escuché llamarme a mis espaldas.   Me giré nuevamente, esperando aquello que tenía que decirme.   —Por favor—me extendió el brazo para que lo tomase.   Le dediqué una espléndida sonrisa y gustosa acepté su gesto para comenzar a caminar hacia la prisión.  ○•○•○ Adrien  j***r. Vaya puta mierda.   No dejaba de recorrer las celdas y aquella era la segunda vez que pasaba por el mismo lugar. Los presos que había en las celdas eran los mismos y eso me daba una clara pista de que estaba caminando en círculos.     —¡¡Tú!! ¡Ya te he visto pasar varias veces por aquí!—me gritó uno de los presos—Y no tienes mucha pinta de soldado.    Lo miré de reojo y pasé de sus narices, no tenía tiempo para gilipolleces.   —¡Si no eres uno de ellos entonces sácame de aquí!—insistió detrás de mí.  «Ahora resulta que tengo que ser el puto héroe de todo el mundo, no te jode»   Giré el pasillo de la derecha, deseando no haber pasado antes por él. La paciencia se me estaba agotando y pasar tanto tiempo metido allí abajo me estaba agobiando.    «Venga, Claude ¿dónde estás?»   Recorrí con la mirada todas y cada una de las celdas, pero al parecer la suerte no me sonreía.    —Joder...—murmuré llevándome ambas manos a la cabeza  con desesperación.   Unas voces captaron mi atención.   Inmediatamente me oculte tras las sombras de las paredes frunciendo el ceño al reconocer una voz masculina y otra femenina, la cual se me hacía muy familiar.   Ambas provenían del pasillo vecino.   Me llevé mis dos manos a la pistola de mi cinturón y caminé cautelosamente hacia esa dirección.  ○•○•○ Marinette   —No es tan acogedor como los pisos de arriba ¿verdad?—preguntó Jouvet con una pequeña sonrisa.   Sin embargo, mi atención no estaba en sus palabras, sino en todas y cada una de las celdas que componía aquella prisión. Buscando con la mirada a Claude o algo que pudiese tener relación con él.    —Señorita, ¿se encuentra bien?—preguntó, mirándome con el ceño fruncido.—La noto tensa, desde que entramos a este lugar.   Reconocía que ese sitio no era precisamente una bonita recámara bañada en oro. Es más,  resultaba un tanto agobiante, el aire apenas llegaba y se notaba la humedad a consecuencia de los metros de profundidad.    —Le dije que éste no era el lugar para una señorita...    —No... No se preocupe...—murmuré con la respiración entrecortada.—Estoy bien... P-Podemos seguir caminando.   Jouvet me miró con el ceño, pero al final terminó por hacerme caso y continuar con la visita.   Mis ojos comenzaban a fallarme y llegó un punto en el que todo me parecía igual. Cada pared, cada rincón y cada celda, eran para mí exactamente iguales.    Jouvet me iba explicando los diferentes lugares y las diferentes historias que había vivido, evitando pasar por la sala de tortura, cosa que agradecía bastante. No me apetecía para nada entrar a un sitio donde hacían sufrir a personas, aunque se tratasen de criminales. Había aprendido que no todos los delincuentes eran malvados, y tal solo imaginar la imagen de Adrien en una de esas extrañas máquinas,  me revolvía el estómago.    —Y finalmente, el último pasillo y celda de la prisión—indicó Jouvet, a pesar de que o le estaba prestando ni la más mínima atención.—El lugar donde está la razón por la que esa panda de delincuentes irrumpieron en la fiesta.   En ese mismo instante, levanté la mirada y mis ojos se entrecruzaron con otros azulados.    «Claude»   Su imagen era una completa tortura. Estaba malherido, con su rostro y cuerpo repleto de moratones y heridas. Su ojo derecho estaba hinchado y su labio inferior partido.  Él me reconoció al instante, lo noté por la forma en la que su mirada perdida, adquirió un ligero brillo.    —E...Esto... Es cierto que no me encuentro muy bien...—dije soltando el brazo de Jouvet.—Creo que me estoy mareando y no voy a poder seguir caminando—me llevé una mano a la frente fingiendo malestar.—¿Creé que podría traerme un paño y un poco de agua? Por favor.    —Le advertí del mal ambiente de este lugar—me espetó.—Pero no puedo dejarla sola en este lugar, así que haga un esfuerzo en caminar y salgamos los dos de aquí. Después, podrá refrescarse con un poco de agua de la fuente.   Lo miré directamente a los ojos, sin saber que decir o que excusa inventarme para que me dejara sola y poder sacar de allí a Claude, pero las ideas se habían esfumado de mi mente.    —Estás muy pálida, querida—insistió Jouvet.—Estar tanto tiempo bajo tierra de está afectando. Vamos, te acompañaré a la fuente para que puedas despejar un poco tu cabeza.   De repente, una mirada esmeralda se cruzó con la mía.   Mi cuerpo comenzó a temblar al instante y mis pupilas se hicieron pequeñas.   Chat Noir acaba de cruzar la esquina de nuestra derecho y se había quedado completamente pasmado delante de mi y a tan solo a unos metro de distancia de las espaldas de Jouvet.   Sus ojos se quedaron completamente fijo en los míos y su cuerpo inmóvil en el sitio.    —Venga, querida—Jouvet me cogió del brazo, dispuesto a darse la vuelta y salir por el pasillo donde justo Adrien estaba parado.    —¡No!—lo interrumpí, zafándome del agarré para sujetarlo yo misma por sus extravagantes ropajes de terciopelo.—No... No hemos acabado la visita, quiero seguir explorando este lugar—dije, procurando captar toda la atención posible para que no se girarse y pudiera ver a Adrien, que al parecer no tenía ninguna intención de apartarse.   «¿Pero que está haciendo?»   Escuché a Jouvet maldecir.   —Escúchame bien, Marinette—dijo—He sido paciente y me he comportado como un caballero, pero todo tiene un límite. He hecho todo lo que me has pedido y no voy a permitir que mi prometida siga pavoneándose por un lugar como este. Creo que me merezco un poco de respeto ¿No?—inquirió—Así qué... ahora mismo nos vamos.    —¡No, por favor!—volví a detenerlo.—No se vaya por favor...—supliqué maquinando algo dentro de mi cabeza.   Sabía el motivo por el que Adrien estaba en aquel lugar. Había venido por el mismo motivo que yo: rescatar a Claude.  Él podría sacarlo de allí sin ningún problema, seguramente mucho mejor de lo que yo podría hacerlo.   Y por eso tenía que ayudarlo a lograrlo. Tenía que ayudarlo a salvarlo y solo así podríamos acabar de una maldita vez esta tortura de encontrarnos a cada momento. Solo así podríamos poner punto y final a nuestra historia.    —No quiero regresar... Quiero pasar más tiempo con usted—dije, sin pensar muy bien en lo que estaba diciendo.    —Podemos seguir paseando fuera—aseguró el rey.    —Pero fuera hay demasiadas personas y... comenzaba a sentirme muy  gusta estando únicamente a solas con usted—confesé mientras intentaba conducirlo por el pasillo contrario al que se encontraba Adrien.   Di un par de pasos hacia delante, pero Jouvet fue más rápido y me agarró del brazo, después me empujó levemente de forma que mi espalda se  golpeó con una de la paredes de la prisión. Muy cerca de donde estaba escondido Adrien.    —¿Qué me está insinuando, señorita?—preguntó acercando su rostro peligrosamente al mío.    —No insinúo nada... majestad—dije con la voz entrecortada—Solo le estoy diciendo la verdad.   —¿Crees que puede decirme algo así y luego intentar irse de rositas?—preguntó, y sentí su frío aliento sobre mi rostro.—¿No cree que me debe una recompensa? No se.. ¿Por las molestias que me he tomado de acompañarla a todas partes?  Se fue acercando a mí poco a poco hasta sentir como sus labios rozaban levemente los míos.   Cerré los ojos con fuerza evitando así que estos se cristalizasen y tomé aire.  Era la única forma.   Solo así podría protegerlo.   Solo así evitaría que Jouvet lo descubriera.   Sin decir ni una sola palabra para detenerlo, me dejé llevar, permitiendo terminar con ese contacto que había comenzado, dándole a Jouvet lo que tanto tiempo había estado buscando.   Le  entregué uno de mis besos.   Quizás el beso más amargo que había recibido en todo mi vida.   Un beso que reflejaba la angustia y la tristeza de mi alma.   Abrí los ojos, dejando escapar una lágrima silenciosa y así poder mirar al hombre al que tanto había amado. Quería mirarlo mientras dejaba que otro me besara, para que presenciase la  situación  que él había decidido. Todo lo que estaba ocurriendo había sido porque él lo consideraba correcto.   No dije nada más, tan solo me dediqué a corresponder al beso de Jouvet, mientras que con una de mis manos señalaba el pasillo y la celda donde Claude estaba encerrado.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR