VI

3872 Palabras
Marinette      El sonido de las agujas del reloj moverse se entremezclaba con el de la pequeña cucharita de metal dar vueltas alrededor de la taza.       Miré a mi padre de reojo, viendo como el té bajaba por su garganta. No pude evitar sentir un ligero escalofrío que me hizo temblar.       La situación había comenzado a volverse incómoda, y sobre todo tortuosa. Sabía a la perfección que papá no me había hecho levantarme temprano para tomarse el té conmigo.   No había podido dormir en toda la noche. Simplemente lo sucedido no me había dejado conciliar el sueño, mucho menos después de mi reencuentro con Adrien y sobre todo su verdadero motivo por el que estaba allí: rescatar a Claude.   No estaba muy segura de lo que pudo haber ocurrido, pero sabía a la perfección que no  lograron sacarlo de la prisión y eso significaba que aún estaba allí atrapado en manos de Jouvet y sus guardias.   Y lo que más me desconcertaba era que si Claude estaba allí significaba que Adrien intentaría regresar a por él y eso suponía correr el riesgo de volver a encontrármelo.     —¿No piensas decir nada?—pregunté, rompiendo de una maldita vez el silencio.    Dio otro sorbo a su taza y la dejó con cautela sobre la mesa.      —¿Es qué acaso no puedo estar disfrutando de un desayuno tranquilo con mi hija?—inquirió, mirándome por primera vez en toda la mañana.       —Papá... Escucha, no tienes por qué seguir fingiendo—dije, arrastrando mi silla para quedar más cerca de él. Lo cogí de la mano y lo miré directamente a los ojos.—Lo que tengas que decir, dímelo de una maldita vez. Anoche sucedieron muchas cosas y sé que te provocaron lagunas dentro de tu cabeza.    Suspiró con pesar y se zafó de mi agarré para masajearse la frente.       —No quiero empezar algo que va a terminar mal—dijo.—Mi temperamento no está muy sereno, y todavía me cuesta calmarme después de lo ocurrido.     —¿Y por qué debes calmarte? ¿Porque Jouvet te humilló delante de la élite o porque Chat Noir se acercó a mí?    Mi padre levantó una de sus manos. Clara señal de que debía guardar silencio.     —¿Con quién estuviste en el momento que desapareciste de la fiesta?—me preguntó.    Reconozco que  además de pensar en Adrien y en Claude,  había pasado la noche entera inventando posibles respuestas del por qué Chat Noir se había mostrado tan sobre protector conmigo o por qué había decidido plantarle cara a Jouvet. Pero volver a repetir la misma pregunta que el rey me había hecho la noche anterior, me había pillado desprevenida.    Mi padre golpeó la mesa con fuerza, sobresaltándome.    —¡¡Responde, maldita sea!!     —C-Con nadie...—titubeé.     —¿Te estuviste viendo con ese criminal a solas?—inquirió.     —N-no... Claro que no...—respondí mientras jugueteaba con la falda de mi vestido.—Yo ni siquiera sabía que estaba en la fiesta. Cuando atacó al rey fue la  primera vez que lo vi.     —Entonces ¿Dónde demonios fuiste tú sola?—insistió.—El rey no para de afirmarlo, dice que te vio escabullirte de la fiesta, seguida de un hombre.   —Solo quise alejarme un poco para tomar el aire—aseguré.—Estaba agobiada... Había demasiada gente y no podía respirar bien. Seguramente me confundió con otra o malinterpretó las cosas.   —¿Entonces no te viste con él en ningún momento?—pregunto nuevamente, para asegurarse de que lo que estaba escuchando era cierto.    —Por su puesto que no ¿Por quien me toma?—inquirí.—El único que formó un escándalo en esa fiesta fue ese hombre con el que quiere casarme ¿No lo ve? Estaba borracho, y no tuvo ningún reparo en mandar a sus guardias a por usted. Deje de pensar que yo soy la culpable de todo, porque tanto tú como Jouvet piensan que necesito una correa, cuando en realidad al que hay que pararle los pies es al hombre que lleva una corona en la cabeza.    Papá se puso en pié y caminó hacia la ventana mientras se encendía un puro.     —Si el rey desconfió de ti, sus motivos tendría.—exhaló una bocanada de humo y miró por el cristal del ventanal.—Te conozco hija mía. Sueles ser muy impulsiva y aunque no te encontraras  con ese bandido, no puedes negar que mostró cierto interés en ti.—se llevó el puro a la boca y volvió a girarse hacia mí.—Un interés que reflejaba más preocupación que cualquier otra cosa.   Nuestras miradas permanecieron fijas la una en la otra durante varios segundos. Sabía donde quería llegar a parar la situación, y solo de imaginar los pensamientos de mi padre, ya se me revolvían las tripas.     —¿Qué está queriendo decir con eso?—lo animé a decir.     —Nada especial—sacudió las cenizas del puro en el pequeño plato de porcelana y se aclaró la garganta.—Solo me resulta extraño que una bestia como él pueda mostrar ese tipo de afecto por una alguien—Volvió a inhalar la esencia de aquella cosa para después soltarla en una bocanada de humo que me hizo toser.—¿Hay algo que me quieras decir? No se... Algo interesante que ocurriese mientras estuviste prisionera    Sonreí falsamente y me puse en pié para quedar a su altura. Levanté ambas manos y le coloqué la pajarita con cuidado.     —Ya le conté en su momento todo lo que tenía que saber—aseguré.—Así que no se preocupe—le alisé su camisa blanca y me giré sobre mí misma para salir de esa habitación.—¿Puedes decirle a Adolph que prepare un carruaje?—pregunté.   —¿Adónde quieres ir?   —A ver a mi prometido—dije encogiéndome de hombros.—Creo que tenemos mucho de que hablar ¿O acaso no recuerda que estuvo a punto de azotarme como a un caballo, delante de todos?    —Creo que es mejor que ese tema lo trate yo con él—papá se acercó hacia mí, pero yo lo detuve.   —No papá. Esto es cosa mía y es mejor que lo solucione yo por mi cuenta—afirmé.—No tiene por qué preocuparse, no diré nada que le avergüence ni a usted, ni a la familia. Voy a ser la mujer que quieres que sea, papá para que por una vez pueda mirarme y sentirse orgulloso.—Me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla.—Te lo prometo. ○•○•○ Adrien    —¡Todo el puto plan se ha ido  a la mierda, j***r!—espetó Kim mientras se presionaba la herida de su frente con un trapo mojado.    —¿Creéis que hayan podido seguirnos?—preguntó Max.     —No lo creo, logramos despistarlos cuando entramos al bosque.—Dijo Iván.—Pero no puedo decir lo mismo de Claude.   —Seguir aquí se está volvieron cada vez más duro de llevar—dijo otro tipo.—Mi mujer y mis hijas no están a salvo si unos de esos guardias se les ocurre aparecer por aquí.   No paraban de despotricar una y otra vez gilipolleces en mi contra y sobre todo en la cagada que había cometido al exponerme de una forma tan idiota; sin embargo, los dejé decir todo lo que se les viniese en gana porque de una forma u otra sabía que ellos tenían razón. Claude seguía en prisión y todo por... por aquella maldita debilidad que no me dejaba vivir tranquilo    —Venga, Kim. Cálmate, hombre—dijo Nino mientras se frotaba la frente desesperado.—Ya se nos ocurrirá algo.    —¡Qué me calme y una mierda!—le pegó una patada a un cubilete de agua.—¡Deja de defenderlo! ¡Tú igual que todos sabes que ha dejado a Claude por esa zorra estirada!    En cuanto lo escuché insultarla, me abalancé sobre él y lo cogí de la pechera, haciendo chocar su espalda contra la pared mientras que levantaba mi mano cerrada.    —¡¿Qué?! ¡¿Qué vas a hacerme?!—me retó.—Acaso estás dispuesto a matar a otro m*****o de Miraculous porque han insultado a tu muñeca.   Me contuve con todas mis fuerzas para no matarlo a golpes delante de todos.     —Chat...—Nino me cogió del brazo, obligándome a bajarlo poco a poco.—Deja de joderlo todo, y no compliques más las cosas ¿Sí?    Me giré hacia él e incluso en su mirada vi desilusión, como si mi compañero hubiese perdido la confianza en mí.   Liberé a Kim, no sin antes pegarla un empujón que lo hizo perder el equilibrio.    —No se por qué hablas de otro plan mejor, Nino—prosiguió Kim.—Si de todas formas, el pobre Claude ya está conviviendo con los gusanos, no lo habrán dejado vivo después de lo de anoche. Esos cabrones han debido de torturarlo toda la noche y todo porque aquí el amigo  ha querido dárselas de héroe delante de toda esa jarca de nobles. .    Noté como me fulminaba con la mirada, culpándome de todo lo ocurrido. Y j***r, estaban en todo su derecho de cabrearse, pero la culpa había sido mía, y no de Marinette. Ella no tenía nada no tenía nada que ver en todo aquello y por lo visto estaba cargando más que yo.    —Sí, él tiene razón.—Dijo otro.—Eres nuestro líder, Chat Noir. Siempre te hemos seguido y te hemos apoyado en todos y cada uno de tus planes, pero... desde la llegada de esa mujer a Miraculous, todo ha cambiado. Es como si nosotros y toda la banda hubiésemos pasado a un segundo plano. No puedes ver más allá de esa muchacha.   Agaché la mirada y jugueteé con una peña navaja, sacando y metiendo su cuchilla.    —Necesitamos a un líder fuerte y no a uno que se viene a bajo por ver como golpean a una mujer que ni siquiera te pertenece—espetó Kim.   Los murmullos regresaron y toda la habitación se convirtió en un completo gallinero.     —Está bien—dije, captando la atención de todos.—Iré yo. Solo. Entraré en esa prisión y regresaré con Claude.  Se quedaron callados durante varios minutos, hasta que Nino fue el valiente que decidió hablar primero.     —A ver si así os cierro la boca de una puta vez.     —No tío, no puedes entrar ahí tú solo, eso es un s******o—aseguró.—Al menos deja que yo te acompañe.  Negué con la cabeza y levanté una mano para callarlo.   —No quiero que nadie se acerque a la prisión, no voy a poner en peligro la vida de ninguno de vosotros—dije.—Este ha sido un error mío y yo voy a ser quien lo solucione.    —Bien, por fin algo de cordura en ti—se mofó Kim.—Te ha costado darte cuenta, aunque quizás lo hayas hecho demasiado tarde. Con un poco de suerte podrás traer su c*****r para hacerle un entierro digno.   Le dediqué una mirada fulminante, dejando en claro que me estaba tocando los cojones. Este tío estaba acabando con la poca paciencia que me quedaba.    —Voy a traer a Claude—repetí, tensando mi mandíbula.—Y vivo, para que pueda deciros en las putas narices quien fue su salvador.   Agarré mi chaqueta, cogí un pequeño pistolete y salí de la habitación cerrando la puerta con fuerza.    —Lo hiciste bien—una voz se escuchó a mis espaldas.    Me detuve de golpe y me giré sobre mis talones.   Nathaniel estaba apoyado sobre la pared de la cabaña fumando un cigarro que desprendía una pequeña nube de humo.    —Me sorprende que seas precisamente tú el que me dé la razón—dije metiendo la pistola en mi cinturón.—Normalmente no solemos coincidir en muchas cosas.   Lo vi llevarse el cigarro a la boca por última vez y después lo tiró al suelo. Lo pisó para asegurarse de que estaba completamente apagado y caminó hacia mí.     —Aunque todos piensen que ahora eres un cobarde, la protegiste de una buena paliza y delante de toda la nobleza—aseguró, deteniéndose a tan solo unos pasos de mí.—Eso no es de ser un cobarde: es de ser un héroe.   Solté una pequeña risotada y lo miré amargamente.    —¿Es enserio, Nathaniel?—inquirí—Joder...    —¿Acaso piensas dejarte manipular por las palabras de esa panda de paletos?—dijo, mirándome con una mirada que parecía divertida.    —Unos paletos que tienen razón—dije suspirando pesarosamente.—Jodí todo el maldito plan y no pude rescatar a Claude. Y todo por culpa de...—detuve mis palabras, sintiéndome incapaz de terminar—de mi jodida debilidad.    —¿Entonces, según tú querer a una persona es ser un debilucho?—preguntó frunciendo el ceño.   —He dejado atrás muchas cosas por eso—dije a modo de respuesta.    —Pues yo creo que amar a una persona te hace más fuerte, y más valiente también—caminó hacia mí y posó una mano sobre mi hombro—. Solo tienes que mirar un poco más: te enfrentaste al rey y a una decena de guardias tú solo. Y eso no es algo que haría un cobarde, ni mucho menos un debilucho.   Me aparté de él ligeramente y le di la espalda.   Odiaba sus malditos sermones, siempre me hacían pensar demasiado y al final terminaba comiéndome la cabeza.    —Salvaste a Marinette, Chat. Puede que para ellos no no fuese importe, pero yo sé que para ti, sí lo fue y para mí también.    —¿Y de qué se supone que me estás regañando esta vez?—pregunté esbozando una sonrisa burlona.   Nathaniel se quedó pensativo durante unos instantes.    —No te estoy regañando, solo digo que fuiste un idiota al dejar marchar a Marinette. Y lo que hiciste anoche, es una prueba de qué por fin te estás dando cuenta.    —¿De qué, exactamente? ¿De no dejarla vivir con nosotros?—hice una mueca.—No, de eso no estoy arrepentido. De hecho, se qué hice lo correcto y creo que hubiese sido egoísta por mi parte obligarla a estar a mi lado. Lo que ocurrió ayer me hizo darme cuenta de que con ese cabrón no está segura, ni con él ni con su padre. Pero al menos, si algo le ocurre no será por mi culpa.    Nathaniel soltó una risotada irónica y puso los brazos en jarra.   —Has cambiado mucho de eso no cabe duda, pero aún sigues siendo un completo inepto—me soltó.    —Gracias, yo también te quiero—ironicé.   —No quiero meterme en tus asuntos, ya aprendí que cuando algo se te mete en la cabeza, es muy difícil de saca a no ser que alguien más cabezota que tú te plante cara. Pero claro, Marinette ya no está aquí para hacer eso.   Solté una maldición al volver a escuchar su nombre.  Quería olvidarla y este tío no hacía otra cosa que volver a mencionármela.   —He escuchado que vas a la prisión—dijo, cambiando de tema por fin.—¿Quieres qué te acompañe? Te prometo que no hablaré más de mujeres, para eso tenemos mucho tiempo.    Sonreí de lado y le di una pequeña palmada en la espalda amigablemente.    —Gracias, pero solo tenemos un curandero en este sitio y no quiero arriesgarme a perderlo—aseguré.    —¿No quieres perder a un curandero o a un amigo?—soltó con una sonrisa burlona.   Me quedé callado durante unos segundos meditando la respuesta.    —Ambas cosas.                                                                                               ○•○•○ Marinette   Dos guardias de palacio me acompañaron en completo silencio hacia el salón real. Se detuvieron a las puertas de la gran habitación y me hicieron una reverencia antes de dejarme completamente a solas.     —Hay muchas mujeres en la ciudad, majestad—escuché decir a la voz de un completo desconocido.   No me atreví a entrar, simplemente aquellas palabras habían captado mi atención y quizás, podría sacar partido de todo aquello.   —Un hombre de clase como yo, no se conforma con cualquier cosa—dijo Jouvet.—Un rey merece lo mejor y por lo tanto su mujer debe estar a mi altura .  «Más bien tú deberías estar a mi altura, estúpido» Pensé.    —Por eso mismo, estoy teniendo esta conversación con usted—insistió aquel hombre que acompañada a mi futuro esposo—. No creo que la hija de Dupain esté a la altura de ser la futura reina del país. Solo piénselo durante unos minutos, ha estado en las manos de ese criminal durante meses y de su infancia no fue muy buena para una niña de su edad.   En aquellos instantes tuve la tentación de salir de mi escondite y gritarle cuatro cosas a ese hombre del que no conocía ni su cara.    —Ella no tuvo la culpa de caer en tal desgracia—defendió Jouvet—. No me importa su pasado, ahora lo que hay que mirar es el presente. Es lo que más me interesa en ese momento.    —Por esa misma razón estoy diciéndole todo esto, alteza. Esa joven es un tanto rebelde y le falta madurar. No considero oportuno que una reina golpeé a su marido delante de todos los invitados. O debo recordarle que lo humilló delante de todo el palacio.   —Le aseguro, Jerson, que yo haré madurar a  esa mujer, y pronto la tendré comiendo de mi mano.—aseguró Jouvet.    «A lo mejor no llegas a tener la ocasión de madurarme»   —Por eso mismo, hoy mismo iré a su casar y le pediré a su padre que me permita tener una conversación con ella. Los dos tenemos muchas cosas de las que hablar, para que así conozca mi forma de pensar y mi valores como hombre.   —Yo creo que es mejor que deje las cosas como están, majestad. Y olvídese de ese capricho que tiene con ella, no le conviene—aconsejó el desconocido.   En su momento hubiese agradecido las intenciones de ese hombre, al intentar detener mi matrimonio aunque estuviese desvalorándome como persona, pero prefería eso antes que pasar el resto de mi vida con aquel patán. Pero en estos momentos me convenía estar cerca de Jouvet, aunque solo fuesen unas horas, o al menos el tiempo suficiente para que me llevase a la prisión y poder sacar a Claude de allí.   Ese hombre era el vínculo que tenía con Chat Noir y si lo liberaba, conseguiría evitar cualquier tipo de contacto con él.   Agarré mi falda para poder caminar con mayor soltura e hice acto de presencia en la sala.    —En realidad... A mí me parece una idea maravillosa la de su maravillosa alteza, el ReyJouvet—dije, sobresaltándolos a ambos.   —¿M-Marinette?—murmuró Jouvet mostrando sorpresa ante mi repentina llegada.    —Me parecen muy sensatas sus palabras, majestad—insistí, esbozando una encantadora sonrisa.—Y encuentro muy... preciso que nos tratemos los dos.   Jouvet se giró hacia su acompañante sonriéndole victorioso y  caminó hacia mí para hacerme una pequeña reverencia. Me cogió de la mano y después la besó, tal y como solía hacer cada vez que me veía. Después me extendió su brazo para que lo lo cogiese, y gustosa lo acepté antes de salir del gran salón, no sin antes dedicarle una mirada burlona a aquel tipo que acaba de dejarme por los suelos.   Esa mañana, había logrado mi objetivo.  ○•○•○ Marinette   Recorrimos la mayor parte de la ciudad, en el carruaje real. Jouvet había insistido en mostrarme la ciudad, ya que ,según él, había cambiado mucho en el año y medio que había permanecido fuera o aislada de ella. Al parecer, había olvidado el incidente que ocurrió anoche, o al menos sabía fingir muy bien haberlo hecho.   Los parisinos se quedaban mirándonos perplejos. No era muy normal que el rey y su prometida anduviesen caminando por la plazoleta como simples ciudadanos; sin embargo, procuré ignorarlos y centrarme en el plan.    —Quisiera pedirle disculpas por el comportamiento que tuve anoche—dije abanicándome—Pero todo lo de la fiesta me tomó muy por sorpresa y sus acusaciones no me ayudaron a sentir más cómoda. Le ruego que me disculpe.    Jouvet echó un largo vistazo por sus alrededores y se giró hacia mí.   —Está en todo su derecho, Marinette—dijo, para mi sorpresa—. Reconozco que la situación se nos fue de las manos y los dos tenemos parte de la culpa: yo me pasé de copas y no era consciente de lo impulsiva que puedes llegar a ser en ciertas ocasiones, por eso reaccioné de esa forma. Pero sinceramente, considero que es un asunto que carece de total importancia, un simple altercado que no debió ocurrir, ni siquiera merece la pena mencionarlo en estos momentos.   —Sí... yo reconozco que en ocasiones puede ser difícil, y reconozco que su propuesta de matrimonio concertado no me agradó en absoluto—confesé.—Pero aún así debo seguir los deseos de mi padre, yo sé que él quiere lo mejor para mí—dije acercándome a él levemente, con una sonrisa ladeada en mis labios.   Noté como su respiración se entrecortaba y me miraba con ojos hipnotizados.    —¿Eso quiere decir... que acepta mi propuesta de matrimonio? ¿Ya no lo considera un asunto de compra venta?—inquirió.   Ensanché aún más mi sonrisa y me abaniqué de forma pausada mientras volvía a alejarme unos pasos de él.    —Eso quiere decir, majestad. Qué usted tiene derecho a una oportunidad—volví a mirarlo con un brillo fugaz en mis ojos.—Tiene derecho a una oportunidad de ganarse mi respeto y mi cariño...    —¿Y ese sentimiento despectivo que tenía hacia mí?   —Eso...—me acerqué a su rostro peligrosamente y lo recorrí con la mirada.—Le toca a usted hacérmelo olvidar ¿crees qué podrá hacerlo?  Sonrió complacido y me cogió la mano.   —Haré todo lo que esté en mi mano para lograrlo—prometió volvieron a besar la palma de mi mano, después sus ojos se posaron sobre mis labios y justo cuando iba a inclinarse para besarlos, me giré sobre mí misma y comencé a caminar.   —Muy bien, alteza.—Dije—. La ciudad está aún más hermosa de lo que recordaba, ha sido todo un lujo poder verla junto a usted, pero ahora me gustaría que me enseñase el palacio. Al fin y al cabo... ese será mi futuro hogar ¿No es así? Es mejor que me vaya familiarizando con él poco a poco.    —Muy bien—dijo situándose junto a mí.—Le enseñaré nuestro futuro hogar, y el lugar donde nacerán nuestros hijos. 
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