XXXIV

2376 Palabras
Marinette     —Me refiero a que nos larguemos de aquí para siempre.      —¿Cómo dices?—sus ojos se abrieron cómo platos, víctimas del asombro que había ocasionado mi revelación.      —Conozco a alguien que puede ayudarte. Sabe de medicina y me ha salvado la vida muchas veces—le expliqué.—Lo tengo todo bajo control y no tendrás que depender de tu madre y de tu hermano.      —¿Hablas de irnos de aquí?—su voz sonó un poco paranoica, cómo si no pudiera creer lo que le estaba diciendo.—P-Pero,  ¿adonde?      —De eso no tienes que preocuparte—le tendí una mano, animándola a seguir mi camino.—No tendrás que seguir soportando todos éstos atropellos. Tú madre no te merece y tu hermano tampoco. Cath... Confía en mí, sé lo que me hablo.       Sus ojos me miraron con extrañeza y en lugar de coger mi mano, retrocedió varios pasos atrás.       —¿Estás loca? ¡No podemos marcharnos!—dijo, observándome cómo si fuese una loca.—Llevo toda mi vida trabajando para que mi familia me acepte. Abandonarlos, sería cómo traicionarme a mí misma.      —Catherine, ellos no te merecen—dije y miré a mi alrededor, asegurándome de que su voz no había alertado a nadie.—¿Acaso no ves cómo te tratan?       —¡Me da igual!—exclamó.—¡Son mi familia!       —¡Una familia por la que sufres constantemente! ¿No te das cuenta?—quería hacerle abrir los ojos. Quería que se diera cuenta de que abandonar el palacio era la única solución.       —¡¿Pero qué pasa contigo?!—me espetó.—¡¿Por qué quieres marcharte?!      Suspiré hondo y traté de acercarme a ella para hacerla entrar en razón.        —Catherine... Escúchame...       —¡No! ¡Escúchame tú a mí primero!—me interrumpió.—Me hiciste una promesa, ¡me prometiste quedarte aquí conmigo!        —¡Y no pienso abandonarte!—en ésta ocasión me tocó a mi levantar la voz.       —¡Quieres dejar el castillo que es lo mismo!—me recriminó.—¿Es qué hay alguien más? ¡¿Acaso quieres dejar todo esto por algo?!       «Sí. Por alguien que amo más que mi vida entera»       —No voy a irme del castillo, Marinette—dijo, segura de sus palabras.—Mi familia está aquí y no voy a abandonarlos, por mucho que me detesten. Lograré que me miren con orgullo.       Negué con la cabeza, viendo lo equivocaba que estaba. Para que esa gente se sintiesen orgullosos de ella, tendría que ser igual de cínica.      En ese momento, una empleada de palacio pasó a nuestro lado y  cuando la vi llamar a la puerta me di cuenta de que estábamos enfrente de la puerta de Jouvet.      Miré a la criada y después mire a Catherine.       —Espera—cogí a la empleada del brazo y ésta me miró con el miedo reflejado en sus ojos ambarinos.       —S-Señorita Marinette.... ¿Qué... Qué puedo ofrecerle?—me preguntó temerosa.      Miré de reojo a Catherine. Estaba dispuesta a hacerle ver que clase de persona tenía cómo hermano.       —Disculpe pero... ¿Puedo saber qué servicios le ha encomendado mi prometido?—pregunté.       La empleada palideció.       —Pues... Pues... Me ha mandado que vaya a recoger la ropa sucia, para que se encarguen de lavarla—titubeó y por el movimiento de sus manos supe que estaba nerviosa.       —¿Está segura?—insistí, mirándola con firmeza.       —S-Sí—asintió, procurando no mirarme a los ojos.       —Marinette, ¿Qué haces?—intervino Cath.—No deberías molestar al servicio.        —Verás... Necesito que vengas a mi cuarto—le dije a la joven empleada, ignorando las palabras de Catherine. —Hay algunas cosas que tienes que hacer por ahí.        En ese momento, la puerta de enfrente se abrió y Jouvet salió por ella con una fría expresión reflejada en su rostro.       —¿Se puede saber qué demonios está pasando aquí?—preguntó y sus ojos cayeron al instante sobre mí.—Uno no puede dormir tranquilo.      —Son las cinco de la tarde, querido—dije, esbozando una sonrisa irónica.—Pero no se preocupe, ya estaba terminando de demostrarle a su hermana lo que haces con las empleadas de palacio.      Catherine frunció el ceño y nos escrutó a cada uno con sus ojos castaños.      Jouvet soltó una carcajada socarrona y negó con la cabeza fingiendo indiferencia.       —Sí con eso te refieres a pedir que me retiren la comida. Sí, eso es lo que hago. Al fin y al cabo, servir es su trabajo—dijo, inclinándose hacia mí con una sonrisa ladina.      —¡Oh, pues que casualidad! Ella me acaba de decir que venía a recogerte la ropa sucia—dije, sonriendo triunfal. Acaba de pillarlo y Catherine también había podido escuchar su mentira.—¡Admítalo! ¡Admita que la ha llamado para acostarse con ella!       —¡Pero bueno, ¿qué es esto?!—Jouvet miró a su hermana con indignación y después se dirigió a la empleada.—¡Claro que iba a llevarse la ropa! ¡Después de llevaste la comida!      Solté una carcajada socarrona y negué con la cabeza, sin poder creer la poca vergüenza que tenía y sobre todo de mentir tan mal.      —¿Le da vergüenza decir la verdad?—lo reté.—¿Es qué acaso no quiere que su familia se entere de que está metiendo en su cama a todas las empleadas de palacio? ¿Y para qué ? ¿Porque no puede tenerme a mí?       —¿Qué son todos esas acusaciones absurdas contra mi hijo?—dijo una voz a nuestras espaldas.       «Genial, la que faltaba»       La madre de los dos hermanos apareció al lado de su hijo y me lanzó una mirada envenenada que creí que me echaría hacia atrás.       —La creía una joven más educada, señorita Dupain—dijo la mujer, cruzándose de brazos.—Me sorprende su cinismo. Hablar así de su futuro esposo a tan solo unos días de la boda.      —No estoy diciendo nada que sea mentira, señora—dije, orgullosa, pues no tenía nada de lo que avergonzarme. Jouvet me había amenazado y si él estaba dispuesto a jugármela, yo también lo haría.—Si necesitáis una prueba, ella es la indicada—señalé a la empleada.—¿Verdad que estoy diciendo la verdad? ¿Acaso mi prometido te mandó llamar para acostarse contigo?      Todas las miradas se centraron en la joven criada, que pronto comenzó a sentirse intimidada. El miedo estaba reflejado en sus ojos, sobre todo cuando miraba a Jouvet o a la madre de éste.       —Yo...—carraspeó temerosa.—Yo...      Tragó saliva y me miró suplicante, cómo si de alguna forma me echase en cara en la terrible situación que la acababa de meter.      —¿Verdad que te llamé para que recogieras mi bandeja?—habló Jouvet y por la seguridad de su rostro, supe que yo ya había perdido.     —Así es, alteza.—Terminó por decir la joven.      —¿Lo ves?—dijo Jouvet levantando los brazos.—Ella misma lo admite—Se giró hacia mí y sonrió.—No sé que tonterías se te han metido en la cabeza, querida. Pero ya ves, que yo jamás haría nada que pudiera hacerte daño.      Cerré mis manos en puños y lo fulminé con la mirada, evitando abalanzarme sobre él y arrancarle la piel a tiras.      —La única en mi vida eres tú, mi amor—prosiguió y cuando se acercó a mí para tocarme la mejilla, me aparté con brusquedad.       —Cuidado, jovencita—me gruñó la mujer—Respeta al hombre que tienes delante. No solo es tu futuro esposo y el padre de tus hijos, sino también el rey de Francia y si él quiere puede mandarte a fregar como esa mísera criada con la que lo has acusado.       —No te enfusques, madre—dijo Jouvet, separándose de mí para regresar a su cuarto—Ya estoy acostumbrado a estas cosas. Al fin y al cabo, jamás he sido del agrado de mi prometida. Aún no sabe valorar mis sentimientos y al parecer jamás lo hará.      «¿Ahora se estaba haciendo la víctima?»      Sin decir una palabra más, se metió en su cuarto y cerró la puerta con fuerza.        —¡Hermano!—Catherine trató de seguirlo y llamó en un par de ocasiones a la puerta.        —¡¿Mira lo que has conseguido?!—me gritó la mujer.—¡¿Qué clase de trampa has querido tenderle a mi hijo?!      Sentí un pinchazo en el pecho y un nudo en el estómago que no me dejaba respirar.       Fijé mis ojos en Catherine, que aporreaba con fuerza la puerta de su hermano y a una madre que me gritaba e inculpaba como si yo fuera la mala de la historia.       Las voces y los gritos pasaron a formar parte de un segundo plano. Todo comenzó a dar vueltas y mis piernas comenzaron a flaquear.       La mirada de decepción de Catherine fue lo  que logró terminar conmigo.      Unos ojos repletos de rencor que provocaron un nudo en mi corazón.      «¿Qué había hecho mal?»       «¿Cómo había llegado a aquella situación?»      Las fuerzas que me quedaban terminaron por desfallecer y no pude controlarme cuando mi cuerpo cayó completamente inconsciente al suelo.       Después, todo se volvió n***o.  ○•○•○ Adrien      —Quizás alguien descubrió la existencia de esa llave y robó el cuerpo—razonó Nathaniel, llevándose una mano a la barbilla pensativo.       Llevaba unos días de mierda, rompiéndome la cabeza y sin llegar a una solución. Ya habían pasado dos semanas. Llegamos incluso a abrir la tumba de mi madre y la de mi hermano también. Los dos c*******s estaban allí, descompuestos, pero intactos. Pero de mi padre... Ni rastro.       —Si fuera así, solo se habrían encargado de coger la llave—repuse.—¿Para que querrían llevarse un montón de huesos?       —Yo solo doy ideas—Nathaniel se encogió de hombros.       —Pues son muy malas—gruñí, agarrando una silla para sentarme de mala gana.       —Oye, no entiendo porqué estás así—Nathaniel se apoyó sobre la mesa de madera y se cruzó de brazos.—Llevas más de quince años sin acordarte de tu padre y ahora de la nada se convierte en el centro de tus problemas.      —Porque pensaba que sabía donde estaba, al igual que el resto de mi familia—contrapuse, aún con un terrible dolor de cabeza.       —Llevas dos semanas obsesionado con el mismo tema—dijo y se echó algunos mechones rojizos hacia atrás—Deberías relajarte y dejar que las cosas salgan solas, ya encontrarás una solución. Lo que no puedes hacer es desconectar del resto del mundo, ¿qué hay de Marinette? ¿Es qué ya se te ha olvidado que faltan menos de quince días para su matrimonio? Chloe está histérica, cada día me cuesta más impedir que salga a cometer una locura. Y a ti parece que todo eso te tiene sin cuidado.        Maldije para mis adentros, sintiendo como esas palabras se me echaban encima como un vaso de agua helada. j***r, el puto matrimonio seguía en pié y Marinette no daba indicios de querer regresar a Miraculous.        Últimamente no había hablado mucho y aunque odiara reconocerlo apenas le había estado prestando atención. No había dejado de verla, eso era cierto, pero nuestros encuentros carecían de toda conversación. Todo el tema me mi padre me había desestabilizado y había dejado de lado a la persona más importante de mi vida. Reconocía que estuve de mal humor y no me comporté con ella con debí hacerlo.       —Deberías hablar con ella y ésta vez en serio—continuó Nathaniel—. Porque cuanto más tiempo pase, más difícil será sacarla del palacio. Con los preparativos del compromiso ese lugar parecerá la jungla.       —Ni siquiera me había parado a pensarlo—dije, recostándome sobre el respaldo de la silla.        j***r, toda aquella mierda se me había ido completamente de la cabeza.        —Vas a tener que inventarte algo muy bueno para sacarla de allí, al menos antes de que la bomba estalle y no puedas hacer nada para salvarla.  ○•○•○ Marinette      Me llevé una mano a mi dolorida cabeza y esbocé una mueca de dolor. Aún me daba vueltas todo y sabía que si me ponía en pié me volvería a caer.       Observé a Cathetine dar vueltas de un lugar a otro, inquieta y nerviosa, mordiéndose las uñas y murmurando cosas entre sí . Jouvet y su madre había preferido esperar en el salón de abajo. Según el médico, necesitaba espacio y encontrar a un grupo de personas de aquí para allá no me hacía ningún bien.      Agradecía que hubiese sido Catherine quien me hubiese acompañado, a pesar de nuestra discusión aún me sentía más resguardada con ella que con el idiota de Jouvet y su endemoniada madre.      —¿Cómo está, doctor?—preguntó, en cuanto vio al médico recoger todos sus utensilios en un lujoso maletín de cuero.      El hombre soltó una pequeña risotada y se dirigió a Cath con una espléndida sonrisa en sus labios.      «Supongo que esa significan buenas noticias»       —La encuentro bastante bien—aseguró el hombre sin borrar la sonrisa de su boca.—Es cierto que está pasando por una crisis nerviosa nada más. Todos pasamos por una en alguna ocasión.       Suspiré aliviada. Por un instante creí que Catherine podría haberme contagiado y supongo que ella también lo había llegado a pensar.       —Pero, ¿lo del desmayo no es algo extraño?—insistió Cath, aún preocupada.      —No—el hombre hizo un gesto de insuficiencia, cómo si todo careciera de importancia.—No hay de que preocuparse. En éstas circunstancias es lo más normal.—Se giró hacia mí y me observó con un brillo especial en sus ojos.—La señorita está esperando un hijo. Felicidades, Francia muy pronto tendrá un heredero. 
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