XXXIII

3162 Palabras
Marinette      Cuando desperté volví a sentir el mismo estado en el que estaba sumida antes de sumergirme en los brazos de Adrien.       El otro lado de mi cama estaba completamente desnudo. Adrien ya se había ido y al parecer más temprano que de costumbre.       Suspiré pesarosa y me incorporé para quedar sentada en la cama. Cogí las sábanas para tapar mis senos y me peiné el pelo enmarañado con los dedos.       En el fondo había sido lo mejor. Cada vez nos arriesgábamos más al estar tanto tiempo juntos y el día menos pensado alguien podría sorprendernos. Además, no quería que Adrien me insistiera con contarle la verdad. Debía meditar mucho para elegir el momento correcto o sí directamente debía mencionárselo siquiera.       Primero, quería intentar solucionar las cosas yo misma, por muy difícil que fueran, porque si Adrien se enteraba de los chantajes de Jouvet, me obligaría a irme de allí y con Catherine enferma no podía hacerlo.       Parecía que mi regreso había supuesto un cúmulo de problemas dispuestos a amargarme la vida.      Todo había sido demasiado bueno para ser verdad y era obvio que mi felicidad tuviese que quebrar en algún momento.       Esbocé una mueca y me llevé una mano al estómago. Mis tripas crujían ansiosas de alimento, pero yo no estaba precisamente para comer. De hecho, pensar en comida me provocaba náuseas.      Supongo que... los problemas me estaba quitando el poco apetito que tenía.      Cerré los ojos y me eché en la cama de nuevo, perdiéndome en mis pensamientos y calculando las posibilidades que tenía de resolver todos y cada uno de los problemas que tenía. Si tan solo Catherine estuviese sana, lo demás sería coser y cantar. Yo podría huir con Adrien y  dejar a Jouvet plantado en el altar.       Yo no sabía demasiado de medicina, de hecho no era muy buena con todo aquello, pero suponía que el tratamiento contra la tuberculosis podría hacer efecto más o menos rápido, dependiendo de la cura y la persona que lo tratara.      ¿Y si el médico que la está visitando no es competente? ¿Y si Jouvet no perdía el tiempo buscando a un buen médico para su hermana?      La idea de perder a Cath por un incompetente que no supiera mirarla en condiciones me puso enferma. No sabía muy bien desde cuando estaba con la tuberculosis, pero según ella estaba en un umbral intermedio, ni bien ni mal. Simplemente estable.      Una idea loca se me vino a la mente.     ¿Y si llevaba a Catherine con Nathaniel? Ella se sentía como un pez fuera del agua con su madre y su repelente hermano, los empleados huían de ella por su enfermedad y las cotorras de la élite la criticaban a las espaldas. Sin duda, Miraculous podría ser un sitio mejor que la miseria en la que se encontraba y Nathaniel podría tratarla con los ojos cerrados.      Claro que... Ella también debería estar dispuesta a aceptar el reto y sin duda era un cambio de vida extremo el que debía llevar.        —Señorita Marinette, le traigo el desayuno—dijo la voz de una empleada al otro lado de la puerta.      Di un salto en la cama y bajé la mirada a mi cuerpo desnudo.      «Maldición, estoy desnuda»     —Un... ¡Un momento!—pedí, bajando atropelladamente de la cama para coger un camisón de dormir.       Me lo coloqué de mala manera y con nerviosismo me precipité a la puerta para abrirle con una sonrisa inocente.      —Oh, señorita ¿por qué ha salido de la cama?—preguntó, mirándome con extrañeza.—Ya sabe que siempre le servimos el desayuno en la cama.      —Estaba en el aseo cuando has llamado y cómo me pillaba de paso he abierto—el olor a té y bollos recién orneados golpeó mis fosas nasales.     Sin duda aquellos pasteles eran mis favoritos y podía llegar a comer una docena si hacía falta, pero aquel día lo único que me provocaron fueron arcadas. Literalmente.      Me tapé la boca y fruncí el ceño, sorprendida por mis propias reacciones.      La criada dejó con cuidado la bandeja de comida y me miró.     —¿Se encuentra bien?—preguntó, mirándome con preocupación.—¿Quiere que avise a alguien que la mire?      —No... No...—musité y fingí estar en buenas condiciones. Lo último que me faltaba era que Jouvet apareciese por esa puerta preocupándose por mí.—Estoy bien, no te preocupes, pero...—miré la bandeja rebosante de comida y tragué para mí misma.—¿Puedes llevarte la comida? He amanecido con el estómago revuelto.     —Sí—no dudó en acercarse a mi mesita de noche para recoger la bandeja.—¿Quiere que le traiga otra cosa? No se... Algo que le apetezca.      —Gracias.—Sonreí con ánimos.—Pero no tengo hambre. Veré si en la hora de la comida se me pasa.      —Está bien—caminó hacia la puerta y yo se la abrí para ayudarla con la bandeja.—Ya sabe, si necesita algo no dude en perdímerlo.      —Eso haré—le dediqué una última sonrisa y cuando salió al pasillo, volví a cerrar la puerta y respiré hondo.      Lo que sí necesitaba era un buen baño para aclarar mis ideas.      Decidía obviar mi malestar y abrí mi armario para escoger un vestido justo antes de perderme en mi agua calentita de sales de baño.  ○•○•○ Adrien     Le di otra patada al ataúd donde debía estar mi padre y ésta vez la tapa que lo cubría se rompió. Estaba cabreado y las ganas de salir por ahí y matar al primer imbécil que se me pusiera por delante me estaban llenando.      ¿Cuántas veces había ido a arrodillarme bajo aquella cruz? ¿Cuántas veces había ido para hablar con él? Muchas, quizás demasiadas y en aquellos momentos solo podía sentirme como un completo gilipollas.       —Me cago en la hostia—maldije, furioso con todo el asunto.       Mi padre había sido enterrado, yo mismo vi como lo hacían junto al ataúd de mi madre y el de mi hermano. Los tres fueron enterrados allí. Jamás olvidaría ese día, cuando el enterrador del pueblo me acompañó al centro del bosque para darles sepultura. Recuerdo que no me cobró ni un franco por las cajas, pero ¿qué se le podía pedir a un crío de siete años sin padres?      —Podríamos mirar en la tumba de tu madre —sugirió Kagami a mis espaldas, lo que fue la puta gota que colmó el vaso de mi mala hostia.      Me giré hacia ella y la fulminé con la mirada.     —¿Me ves cara de querer cavar otro hoyo para no encontrar una puta mierda?—le espeté cabreado.      —No sé, a lo mejor los enterraron juntos, en una misma caja y no lo recuerdas—se encogió de hombros y se asomó para comprobar el ataúd vacío.—Al menos tendría más sentido que seguir aquí insultando a no se qué porque tu padre no está donde debería estar.       Me llevé ambas manos a mi pelo y lo jalé levemente pensando en dónde cojones estaba mi padre, porque eso era lo único en lo que podía pensar. Después de su muerte lloré, lloré demasiado antes de convertirme en lo que soy ahora y fue porque creí que al menos podría estar descansando en un sitio digno junto con mi madre y mi hermano, pero al parecer ni siquiera eso le permitieron.       —Tío, ella tiene razón—dijo Nino.—No cuesta nada mirar al menos, ¿y si está ahí? Estarías comiéndote la cabeza por nada.      —Sacar a mi padre ya me ha supuesto demasiados dolores de cabeza—gruñí señalándolos con el dedo índice.—No voy a asaltar la tumba de mi madre tampoco.       —¿Qué asaltar ni que demonios?—saltó Kagami aventando sus brazos.—Ésto es grave, si tu padre no está quiere decir que tenemos otra llave perdida.      —¿Y crees que me importa?—espeté de mala gana.—Esas llaves me tienen sin cuidado en éstos momentos.       —Pues es lo que más debería preocuparte ahora mismo—dijo retándome con la mirada.—El cuerpo de tu padre no sirve de mucho ahora que está muerto, pero esa llave empeora las cosas otra vez.       «¿Cómo que el cuerpo de mi padre no importa?»       Me acerqué amenazante hacia ella, listo para decirle cuatro cosas, y entre ellas no estaba pensando en decirle "guapa" precisamente.       —Ey, ey, ey, tranquilizaos—Nino se coló entre medias, pero a pesar de su intervención, Kagami y yo seguíamos matándonos con la mirada. —No sirve de nada pelearse ahora.       —¡¿Es este idiota que piensa con el culo en lugar de con el cerebro?!—Kagami me señaló con ambos brazos y parecía mas indignada que yo con todo aquel asunto de mi padre.       —No tenemos que precipitarnos—Nino levantó sus manos en son de paz.—Ahora mismo estamos muy nerviosos todos y no creo que podamos solucionar nada en ese estado. Lo mejor será que regresemos e intentemos pensar en una solución que no llegue a las manos ni a los insultos.       —El tiempo corre, querido—dijo Kagami sin muchas ganas.—Y mientras éste—me miró con ojos entrecerrados, haciéndome saber que todo aquello iba para mí—quiere emprender una búsqueda innecesaria, alguien tiene esa llave.       No me molesté en preparar un contraataque, me di media vuelta y caminé en la dirección contraria a ellos. Quería llegar a Miraculous lo antes posible y comerme yo mismo la cabeza, porque si de algo estaba seguro era que pensaba encontrar a mi padre, cueste lo que me cueste y ni esas llaves ni nada iban a detenerme.  ○•○•○ Dos semanas después Marinette      Le di vueltas a la cucharilla de mi té, mezclando el azúcar con las hierbas aromáticas. El vapor y la pequeña nube de vaho que soltaba el líquido me hizo echarme un poco hacia atrás. Últimamente estaba muy sensible con todo y la mayoría de las cosas me molestaban.      Supongo que los problemas y la carencia de soluciones me tenía cada vez peor. No había que ser muy astuto para ver que había adelgazado cuatro quilos en muy poco tiempo. Con el paso de los días me exasperaba más y Adrien no estaba muy por la labor de ayudarme.        Era cierto que no le había contado nada sobre los chantajes de Jouvet ni mucho menos mi verdadero motivo por el que aún seguía en palacio. Quedaban poco más de quince días para mi compromiso y eso a Adrien no parecía importarle mucho. Él siempre se había mostrado muy insistente en cuando a mi estancia y mi próxima decisión con mudarme, pero los últimos días habían sido muy extraños entre nosotros.      Apenas hablábamos, él siempre venía a mi cuarto y la mayoría del tiempo nos la pasábamos abrazados, pero en silencio. Ni siquiera en las noches en las que nos entregábamos el uno al otro nos sacaban las palabras. Los "te amo" se había reducido y simplemente nos dedicábamos a disfrutar el placer que nos dábamos.      No dudaba de nuestro amor, de echo sabía que cada día que pasaba lo quería más, pero los problemas y los obstáculos seguían ahí a la espera de estallar en cualquier instante. Sabía que Adrien también los tenía. No se comportaría tan distante y evasivo conmigo si no los tuviera. No hacía falta más que mirarlo para percatarse de su mirada perdida y su falta de emociones. Ni siquiera me había insistido para sonsacarme el por qué me vio llorando aquella noche.      Por esa razón había preferido no empeorar las cosas contándole mis planes con Catherine.      Tenía problemas, igual que yo y aunque había intentado insistirle para que me los contara, él se negaba y prefería callarme con un beso, un abrazo o simplemente una de esas caricias que me hacían tocar las estrellas.       Suspiré para mí misma pensando en el hombre que acaba con todo el uso de razón. Estaba preocupada por él y por nuestra situación. Si no hacíamos algo pronto, el día de la boda llegaría y todo cuanto había soñado terminaría por evaporarse.       —Señorita Marinette—la voz de la mujer que tenía justo delante, me sacó de mi ensoñación.—No ha abierto la boca desde que se sentó en ésta mesa, ¿acaso nuestra compañía no es de su agrado?       Levanté la mirada, encontrándome con los ojos de la madre de Jouvet. Me observaba con una pizca de curiosidad mientras romovía con su cuchara su taza de té caliente.       —No...—musité, respirando hondo.—Es solo que... últimamente no me encuentro demasiado bien y estoy algo distraída.       —Bueno, pues al menos intente alegrar esa cara, querida—dijo y señaló el plato de dulces que había en las bandejas.—Y come algo, es una falta de respeto no probar bocado cuando uno está sentado en una mesa.       —Lo lamento, de verdad—me disculpé, sumisa a sus regaños, pero lo cierto era que no estaba en condiciones de sumirme en una pelea con esa mujer, por muy tentador que fuera.—No tengo mucha hambre.       Catherine me miró, mordiendo un bollo de mantequilla y canela.       —Últimamente  no comes nada—dijo Cath masticando con saciedad el bizcocho.—¿Te encuentras bien? Podría decirle al médico que viene a verme que pase por su cuarto.      —No te preocupes—sonreí, agradecida por sus intenciones.—Estoy bien, es sólo que... todo éste asunto de la boda me tiene un poco nerviosa—mentí.      —Es cierto, con tantos quehaceres y reuniones no me acordaba de los preparativos de la boda—la mujer se limpió la boca con el trapo y me miró con interés.—¿Cómo van?, por cierto.      —Eh... Esto... los empleados me están ayudando mucho...—volví a mentir. En realidad no estaba haciendo nada para lo que sería mi compromiso. De hecho, no merecía la pena esforzarse para algo que no iba a ocurrir—Y Jouvet se está encargando de los asuntos del menú y la seguridad de palacio.       —¿Has ido a mirar ya algún vestido?—preguntó dando un sorbo a su taza.—He oído que han traído una nueva colección de Italia, espero que aún no lo tengas. Sin duda son una maravilla.       Traté de sonreirle, al igual que había hecho con su hija. Su proposición había sonado como una completa pesadilla hecha realidad. ¿Cómo iba a irme con aquella mujer a comprar un vestido de novia?      Ni en broma.       —Un día de éstos iré a echar un vistazo.—Dije con sutileza mientras bebía de mi té.       —Pues menester que sea rápida, jovencita. Quiero que la mujer de mi hijo vaya como toda una reina—explicó.—Y los mejores vestidos ya están siendo reservados, algunos con un año de antelación. Aunque... seguro que al ser la prometida del rey hacen una excepción.—Sus ojos castaños se posaron en Catherine y por fin pude descansar y no ser el foco de su atención.—¡Y tú! ¡¿Cuándo piensas dejar de comer?!—la reprendió.—¡Eres cómo un saco sin fondo! ¡¿Cuántos pasteles llevas ya?!       Cath dejó de inmediato el medio bizcocho que estaba por llevarse a la boca. Se aclaró la garganta y se limpió con torpeza la harina que manchaba sus labios y barbilla.       —Yo... Tengo mucha hambre—se excusó tímida.       —Y cuanto más comas, más hambre tendrás. ¿No ves cómo te estás poniendo?—continuó ella, mirando con dureza a su hija y sin medir ni un poco sus palabras.—A éste paso se te agrandará el estómago.       —Lo siento, madre...—agachó la cabeza avergonzada y se alisó la falda de su vestido.       —Siempre dices lo mismo. Agachas la cabeza y pides perdón, pero luego no dudas en cebarte de nuevo. ¿Acaso has olvidado los consejos del médico? No puedes tomar demasiada azúcar.       Miré a una y después a otra, como si estuviese observando un juego de pelota entre dos niños. Los ojos de Cath se cristalizaron y su espalda se crispó, adoptando una posición tensa que no me gustó. No quería que se hiciera daño, sobre todo con un estado de salud tan delicado.       —Esto... ¡Acabo de acordarme de que hoy venían las cintas para adornar los bancos de la iglesia!—dije poniéndome en pié al instante. La silla chirrió cuando la eché hacia atrás  bajo la mirada de las dos me excusé.—Catherine, ¿tú querías venir para ayudarme a elegir, cierto?      Le hice una señal con la mirada, diciendo que debía acompañarme y dejar a aquella vieja cascarrabias con tu té, sus pastas y sus bollos. Que se lo coma todo ella.       —Ehh... ¡sí! Es verdad, ¡qué despistada soy!—se levantó y evitando la mirada de su madre se puso a mi lado.       —Muchas gracias por su compañía—dije, con una falsa sonrisa en mi rostro.—Espero repetir muy pronto.       La mujer enarcó una ceja y por la expresión de su rostro, noté cómo estaba controlándose para no gritarnos cuatro cosas. Habíamos dejado la hora del té a medias.       Nos alejamos con cautela del cuarto de aquella horripilante mujer y salimos a los pasillos reales y cuando Catherine se encontró fuera del campo de su madre, comenzó a llorar.       —Catherine, no...—me acerqué a ella y la acerqué a mí para consolarla.—No le hagas caso. No merece la pena que llores por eso.       —Ya no sé que más hacer—sollozó.—Nunca consigo hacer que se sienta orgullosa de mí. Por más haga, jamás me mirará de la misma forma que mira a mi hermano.       —No tienes ni que pensar en parecerte a tu hermano, Cath—gruñí, rodeándola con mis brazos.—No te llega ni a la suela de los zapatos.       —Ser cómo él es lo único que puede hacer sentir a mi madre orgullosa—sollozó contra mi hombro y sentir su cuerpo temblar me dio la fuerza suficiente para decir mis siguientes palabras.       —Catherine, ven conmigo—dije sin pensarlo siquiera. Ver cómo esa vieja la trataba me había hecho darme cuenta de que llevármela de allí era la solución para las dos.—Vámanos de aquí.      —¿Qué?—se separó de mí con las mejillas llenas de lágrimas.—¿Ahora mismo? ¿No íbamos a elegir las cintas?      —No—negué con la cabeza y tomé aire.—Me refiero a que nos larguemos de aquí para siempre. 
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