XXXII

4891 Palabras
Marinette       El día anterior terminó por ser tranquilo. Jouvet no volvió a insistir sobre mi "secuestro" y no volví a verlo en todo el día.       Por mi parte, yo tampoco hice muchos esfuerzos por cruzarme con él, y en general con nadie. Pasé todo el día encerrada en mi habitación junto a Catherine, utilizando la escusa de la "conmoción del momento".        Durante la noche, Adrien regresó a mi cuarto, cómo de costumbre, salvo con la única diferencia de que ambos hacíamos esas noches más provechosas. Ahora sin ningún obstáculo que se inmiscuyera entre nosotros, podíamos entregarnos, sin ningún temor ni miedo a nada.       Adrien siempre tenía algo nuevo que enseñarme lo que provocaba que nuestros encuentros pasionales no se vieran para nada repetitivos. Anoche, fue mi segunda vez, y volví a sentirla igual de mágica y especial que la segunda.       Jamás me cansaba de escucharlo decir cuando me amaba y jamás me cansaba de la sensación de sus labios y sus manos sobre mi cuerpo.      No hacía otra cosa más que recordar una y otra vez las dos últimas noches. Se había convertido en mi nuevo obsesión y a pesar de la crudeza de mi situación, no podía evitar llevar una sonrisa puesta a cada momento.       En aquellos momentos estaba con Catherine. Ambas estábamos sobre mi cama, sentadas una enfrente la otra. El día anterior estuvo muy extraña, desde que salimos del despacho de Jouvet apenas me dirigió la palabra y aunque estuvimos juntas casi todo el día, no mantuvimos conversaciones de muy larga duración.        No quise preguntarle, pues suponía que quizás estuviese conmocionada por mi desaparición, pero verla con el mismo semblante una vez más me preocupó.       —¿Quieres que salgamos a dar un paseo?—sugerí.—Los martes siempre hay mercado.       Cath negó con la cabeza, tan seria como me la había encontrado.       Esbocé una mueca y respiré hondo.      —Oye...—comencé a decir.—¿Te encuentras...?       —Tengo que decirte algo—dijo, interrumpiéndome. Su voz había sonado más aguda y agitada que de costumbre, lo que me sobresaltó.      —Sí, yo creo que sí tienes que contarme algo—ironicé haciendo gestitos exagerados con los brazos.—Estás muy rara desde que llegué y sé que a ti te pasa algo.       Sus ojos se cristalizaron y pronto comenzaron a brotar lágrimas transparentes que surcaron sus mejillas.       —Prométeme una cosa...—musitó, frotándose las manos con nerviosismo.       La miré directamente a los ojos y asentí, mostrando que tenía mi completo apoyo.       —Que... pase lo que pase, a pesar de lo que estoy a punto de contarte, no saldrás corriendo—dijo.      —¿Y por qué iba a salir corriendo?—no pude evitar soltar una carcajada irónica.—Catherine, ya nos conocemos. No sé que te pasa, pero estoy segura de que no es tan malo.—intenté cogerla de la mano, pero ella la apartó con brusquedad.       Me quedé con la mano en el aire y ante su gesto me quedé un poco cortada, sin saber cómo actuar.       —Hay una razón más... por la que mi hermano y mi madre me tienen tanto tiempo encerrada en mi cuarto. La razón por la que no me dejan ir a muchas fiestas—prosiguió y esquivó a toda costa mi mirada, repleta de confusión.       Suspiró y cerró los ojos cogiendo fuerzas para lo que estaba a punto de decir.       —Estoy enferma—confesó, helándome cada gota de sangre que recorría mi cuerpo.—Tengo tuberculosis.       Durante varios segundos me quedé parada, delante de ella sin habla. Fue como si mi consciencia se me hubiera salido por los oídos dejando únicamente un cuerpo inmóvil.        Tuberculosis.        Había oído hablar de aquella enfermedad, pero nunca la había sentido tan cerca, o más bien tan cerca de una persona cercana a mí.       —Me la diagnosticaron hace tres meses—prosiguió.—Y... tranquila, no hay riesgo de contagiarte, si es lo que estás pensando, al  menos en las próximas cuatro horas. El médico me hace tomar unas pastillas para evitar contagia. No lo garantiza al cien por cien, pero si reduce el riesgo.       Me quedé mirándola fijamente, aún con la confusión reflejada en mi cara.        Entonces, la verdadera razón por la que Cath había estado recluida había sido para evitar el contagio fuera de las paredes del castillo. Al menos hasta que el le recetaran una medicina que le anularan las posibilidades de contagiar a más personas.         —No tenía planeado decírtelo tan pronto, es decir... No me malinterpretes, solo temía que te no quisieses estar cerca de mí—confesó y notaba la incomodidad en su mirada.—Desde que apareciste has sido la única persona que me ha tratado como una mujer normal y corriente. Eras la única que no me miraba con miedo, ni lástima en este lugar y... cuando recibí la noticia de que ese criminal había vuelto a llevarte con él, me sentí completamente perdida. Marinette, antes de que llegaras a este sitio yo estaba completamente sola, apartada de mundo, hasta de mi propia familia, soportado esta enfermedad en silencio. No sabía que hacer ni adonde ir sin evitar que los empleados me evitasen.        La miré directamente a los ojos y volví a levantar mi mano para intentar coger a suya de nuevo. Ésta vez, ella no la apartó, sino que recibió el contacto como una caricia.       —Cambiaste mi vida y no creo que pueda soportar ésta enfermedad si no estás conmigo—su voz se quebró en las últimas palabras y muy pronto tuvo que dejar de hablar para sumirse en el llanto.       Fue entonces cuando la rodeé con mis brazos y la atraje hacia mí.      —Pues claro que me tendrás contigo, Cath. Superaremos esa enfermedad juntas—le aseguré.—Ya lo verás.       Ella sollozó sobre mi regazo y yo, me dediqué a consolarla mientras le acariciaba su cabello.       —Y no vuelvas a decir que yo me apartaría de ti solo por una enfermedad. Sabes que jamás huiría de ti.—La regañé.       —Prométemelo—me preguntó, sollozando.—Prométeme que te quedarás conmigo.     Detuve mis caricias de golpe y no pude evitar tensar mi mano al escuchar sus palabras.       Quedarme con ella...       —Te lo prometo... ○•○•○ Marinette      Catherine cayó completamente rendida y se quedo durmiendo en mi habitación.       Decidí salir un poco e ir  las cocinas a por un vaso de agua para ella, de seguro que lo agradecería nada más despertar. Además, yo también necesitaba un poco de aire que despejara mi mente.      Aún seguía consternada por la noticia de Cath. Me costaba creer que aquella chica espontánea y energética tuviese una enfermedad tan cruda cómo la tuberculosis. Según ella, estaba estable, en un umbral entre el abismo y la total recuperación. Aún tenía un largo camino que recorrer, pero los médicos solían ser optimistas y aseguraban que podría recuperarse.     Yo, solo podía desea eso. Me preocupaba su estado de salud, aún más sabiendo que no contaba con el completo apoyo de su familia. Pero... Por otra parte, también me preocupaba el tema de compromiso.       Era prácticamente imposible que Catherine se recuperase en menos de un mes y el tiempo seguía corriendo sin darme tregua.       ¿Cómo podría irme con la noticia que acababa de recibir?       Cada minuto que pasaba me iba sumergiendo cada vez más en la cruda realidad. Adiós a fantasías con Adrien y hola problemas.       Tenía que pensar rápido. No tenía mucho tiempo para maquinar un plan que me ayudara a escapar de allí con Catherine fuera de peligro.       Pero, claro, no tenía pinta de ser nada fácil.      Fruncí el ceño, demasiado absorta en mis pensamientos como para percatarme de que estaba pasando frente la habitación de Jouvet.       Su puerta se abrió de golpe y yo, por instinto di una encogida, girándome atropelladamente hacia la recien abierta entrada.     Una empleada  joven, con el uniforme destartalado y botones a medio abrochar salió de su habitación, con las mejillas empañadas de lágrimas y ojos rojos. Cuando la chica levantó la mirada, su piel adoptó una palidez similar a la de un c*****r y sus sollozos se detuvieron dar paso a una expresión de temor.       —Señorita Marinetre yo... Yo...—sus ojos estaban abiertos como platos y sus manos, temblaban como dos flanes.       —¿Qué haces todavía ahí parada?—la voz de Jouvet se escuchó a nuestras espaldas.       Mi mirada pasó de la empleada a él.        —Creí haberte dicho que te largaras. Y según tengo entendido tienes mucho trabajo que hacer en lugar de estar molestando a mi prometida—la recriminó Jouvet con una dura expresión en su rostro.       —C-Claro, alteza—la mujer agachó la mirada, intimidada e hizo una pequeña reverencia sin mirarnos a ninguno de los dos.—Lo lamento, mucho.       No esperó respuesta de nuestra parte, y creo que nosotros tampoco teníamos pensado decir nada. Tan solo la observamos desaparecer por el gran pasillo real.       Me aseguré de que nadie aparecía por ninguna de las esquinas y me giré para observar al que se suponía que sería mi futuro esposo. Su cabello, normalmente repeinado hacia atrás ahora estaba desordenado, no tenía camisa, lo que dejaba ver su torso repleto de vello castaño recorriendo desde su pecho hasta el ombligo. La correa que sujetaba sus pantalones estaba desabrochada y lo mismo pasaba con los botones.      Y... No había que ser muy inteligente para saber lo que había pasado.      Me quedé mirándolo durante varios minutos, con una mirada fulminante que podría atravesar al mismísimo demonio. No podía creer que lo que estaba viendo, y para ser sincera no lamentaba haber visto al que fuese mi prometido después de tener relaciones, sino más bien sentía rabia por el estado en el que acaba de dejar a aquella pobre muchacha, pues a juzgar por su aspecto, se veía a kilómetros que había sido forzada a hacer algo que no quería.       Me giré de inmediato, dispuesta a perder de vista a aquel patán, pero antes de poner la suficiente distancia, él me agarró del brazo y me atrajo hacia él.      —¿Qué te pasa?—murmuró con voz ronca, tan cerca de mí que pude sentir todo su asqueroso aliento sobre mi rostro.—¿No te gusta lo que has visto, eh?        Con cuidado de no tocarlo demasiado, hice afán de apartarlo de mí, haciendo fuerza con mis brazos, claro, que él no tenía ninguna intención dejarme escapar, no aún. Me rodeó con sus dos brazos, pegándome  todo lo humanamente posible a él.       —¿Pero, qué demonios estás diciendo?—pregunté, esbozando una mueca de desagrado.     —¿Estás celosa?—su respiración comenzó a volverse entrecortada y supe que no había terminado de saciarse con aquella pobre chica.—¿Te sientes desplazada?      —¿Y por qué tendría que sentirme así?—le espeté, tensando mi mandíbula. Si tuviese mis manos libres, lo golpearía hasta quedarme sin piel.—Lo que usted haga no me incumbe los más mínimo, al igual que debería pasarla conmigo.       Sin darme tregua, me obligó a entrar a su cuarto y de una patada cerró la puerta, sin el más mínimo reparo. Me forzó a caminar marcha atrás hasta que mis piernas rozaron su cama.       —¿Acaso no te da vergüenza ver cómo tu prometido se revuelca con la chusma?—me empujó con fuerza y mi cuerpo cayó hacia atrás.        Mi corazón se puso a latir con fuerza. Mis pupilas se dilataron y mi piel se erizó.       Hice afán de levantarme rodar hacia el otro lado de la cama, pero él, más rápido que yo, se puso encima de mí, atrapándome con una prisión conformada por su propio cuerpo.      —Jouvet no hagas tonterías.—Le advertí, sin molestarme en tratarle de usted. Ésta persona no lo merecía.—Ya sabes cuales son mis condiciones.     —¿No te das cuenta de cómo me tienes?—se acercó a mí lentamente, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello y sin ninguna discreción aspiró el olor de mi piel.—Me vuelves loco, ¿lo sabías? Y no puedo soportar la idea de verte correr por éste castillo sin poder disfrutar de tanta belleza.      Sin pedirme permiso, comenzó a besar mi cuello y el lóbulo de mi oreja, mientras que sus manos agarraban con más fuerza mis muñecas y dejaba caer su cuerpo sobre el mío. Me aplastó por completo, sin ningún cuidado ni  consideración, cómo si aquella fuera la única forma de poseerme y evitar que me escapase de entre sus brazos.       —Jouvet, ¡para!—le pedí, removiéndome con fuerza, buscando algo de aire.—¿Estás loco? ¡Te he dicho que pares!       —Yo soy el único que da órdenes aquí—dijo y me miró con dos pupilas dilatadas que ocultaban su iris castaño.—Soy el rey y tú eres mía, ¿me has oído?—me sujetó las dos muñecas con solo una mano para que la otra quedara libre para ir bajando poco a poco por mi cuerpo.—Solo mía.      —¡Ya, basta, suéltame!—grité, suplicando por piedad.—¡Por favor! ¡Por favor, detente!      —¡Esto es algo que tarde o temprano iba a llegar, y no creas que me vas a tener esperando hasta que a ti te plazca! Ese  criminal te arrebató de mis brazos en dos ocasiones, y no esperaré sentado a que otra vez venga por ti—acalló sus palabras, besando con rudeza mis labios, mientras que su mano buscaba desesperadamente el broche de mi vestido.—No dejaré que se vuelva a acercar  a ti.      En ese momento, cegada por la desesperación mordí sus labios con fuerza, provocando un dolor punzante que se vio reflejado en su rostro. Pronto comencé a saborear el sabor metálico de su sangre y hasta que no lo vi retorcerse y separarse de mí no lo liberé. Y, justo cuando puso algo de distancia, yo levanté mi rodilla y le di un golpe en la entrepierna que lo hizo terminar de apartarse por completo. En cuanto logré algo de espacio por el que respirar, le di un empujón y logré levantarme de la cama, con el corazón en la mano y los ojos cristalizados.      —Eres una zorra...—murmuró, limpiándose la sangre que corría por su labio inferior y su barbilla.—Eres una maldita zorra...      —¡Los dos hicimos un trato!—le grité.—¡Y pase lo que pase, lo vas a cumplir! ¡Jamás seré tuya hasta que no estemos casados!     Jouvet escupió restos de saliva y sangre y con algo de dificultad se puso en pié, cojeando cuando dio un paso al frente.      —Entonces atente a las consecuencias—amenazó, señalándome con su dedo índice.—Porque cada día, mandaré que una empleada venga a mi cuarto y te aseguro que cada lágrima que que salga de sus ojos será por tu culpa, porque no quisiste ocupar su puesto. No dejaré a ninguna, y hasta que tú no decidas venir a mí.      Lo miré con el miedo reflejado en mis ojos sin dar crédito a cuan lejos estaba dispuesto a llegar aquel hombre.        —Tú misma acabarás rompiendo esa promesa y serás tú la que me supliques que te haga mía—me advirtió.       Incapaz de seguir escuchando una palabra más, di media vuelta y salí de aquella endemoniada habitación.      Y fue por el pasillo cuando no pude evitar derrumbarme y comenzar a llorar.  ○•○•○ Marinette      Tenía los ojos enrojecidos y apenas tenía fuerzas ni para moverme.       La almohada estaba empañada por las lágrimas y yo simplemente seguía utilizándola de esponja para ahogar mis sollozos.       El rostro de aquella pobre empleada no se iba de mi cabeza:  su mirada perdida, su cuerpo temblando, el temor de su voz...       «Te aseguro que cada lágrima que que salga de sus ojos será por tu culpa, porque no quisiste ocupar su puesto»       Las palabras de Jouvet se repetían en mi cabeza, una y otra vez sin darme tregua a pensar en otra cosa.       ¿De verdad sería capaz de llegar tan lejos? ¿Sería tan despiadado como para abusar de una mujer diferente cada día solo para humillarme?      Me lo había dejado bastante claro, y estaba dispuesto a verme arrodillada ante él, suplicándole que me hiciera su mujer y para ello estaba dispuesto a cometer todo tipo de barbaridades.       Enterré mi rostro aún más en la almohada y dejé fluir todo lo que tenía contenido.       Lloré. Lloré como nunca lo había hecho, sin importar que el resto de residentes de palacio me escuchara. Solo quería desahogarme y borrar las amenazas de Jouvet a toda costa.      —¿Marinette?—su voz se escuchó cómo un susurró que rompió con el estridente sonido de mis sollozos.      De inmediato me recompuse y me giré para contemplar a un Adrien que me miraba consternado.       —Adrien...—murmuré, sin poder disimular el puchero que se formaba en mi labio inferior.       No me lo pensé dos veces, me puse en pié y corrí para abrazarlo con fuerza, buscando consuelo en sus brazos.      —Princesa... ¿Qué te pasa?—me preguntó, correspondiendo de inmediato a mi abrazo y atrayéndome hacia la calidez de su cuerpo.—¿Te ha pasado algo malo?      No le respondí, tan solo me limité a separarme de sus brazos, buscando con desesperación el contacto de sus labios. No quería decirle nada de mi encuentro con Jouvet, no podía meter a Adrien en todo éste problema, y si él llegara a enterarse haría todo una locura que acabaría por ponerlo en peligro.       Lo besé con ansias, pillándolo desprevenido.       —Marinette...—musitó sin corresponder a mis besos. Me cogió las manos con suavidad y me obligó a separarme para poder mirarme a los ojos.—Ey, ¿estás bien?       Lo miré con ojos cristalizados y sabía que no podía decirle que sí. Mi lamentable aspecto me delataba, pero necesitaba sus calidez, sus caricias, sus besos. Necesitaba sentirme querida.      —Ahora que estás aquí sí—murmuré, volviendo a abalanzarme hacia él.       Nunca había reaccionado de aquella forma. Jamás me había imaginado a mí misma, abalanzándome sobre un hombre de una forma tan hambrienta. Yo no era así, pero mi única medicina era él, y solo él podría hacerme olvidar lo que acaba de ocurrir. Solo él podría sacar de mi cabeza las palabras de Jouvet, aunque solo fuese durante unos minutos.       Aún no muy convencido, correspondió a mis besos. Me tomó de la cintura y con suavidad me besó, rozando mis labios dulcemente, evitando que la situación fuese a más.      «Genial, para una vez que yo quiero, él me evita»       —Venga, dímelo—insistió, entre beso y beso, luchando por no caer rendido ante mis caricias.—Tú no estás bien...—posó cada una de sus manos en mis mejillas y me obligó a sostenerle la mirada. Se tomó su tiempo, reteniéndose en cada uno de mis rasgos, concretamente en cada lágrima que delataba mi pésimo estado de ánimo.—Ese tío... Jouvet, ¿te ha hecho algo?      Tragué saliva, desviando mis ojos a su boca. No estaba lista para decirle la verdad, no quería pensar en Jouvet, no quería pensar en sus amenazas ni mucho menos quería que Adrien formara parte de todo aquello.       —Adrien por favor, te necesito...—supliqué, mirándolo con ojos vidriosos.—Sólo necesito que me hagas olvidar, que borres todo de mi cabeza—descendí mis manos poco a poco, hasta llegar al dobladillo de su camisa. Ni siquiera esperé a tener su permiso, colé las manos por debajo y pronto lo sentí estremecerse.—Te he echado de menos...      Lo escuché suspirar y sin más dilación lo volví a besar.      —Hazme tuya una vez más...—susurré jugando con sus labios a la vez que veía como su cuerpo comenzaba a perder el control por completo. —No te estoy pidiendo mucho.       No pude ni terminar mis últimas palabras. Posó sus manos sobre las mías y en un casto movimiento me ayudó a quitarle la camisa para luego tirarla en el suelo cómo un trapo viejo.       En esta ocasión él fue quien devoró mis labios, dejando de lado la dulzura y la suavidad. Su lengua pronto invadió cada parte de mi cavidad bucal y yo gustosa correspondí a sus movimientos.      Un gemido ahogado se escapó de mis labios y pronto sus manos buscaron desesperadas los botones de mi vestido. Mientras mis manos se dedicaban a dibujar el contorno de sus músculos, palpando su piel con lentitud.      Lo escuché gemir bajo mis labios, lo que avivó aún más su deseo de dejarme completamente desnuda.      Y eso fue lo que hizo.      Pronto, todo el suelo de mi cuarto se convirtió en un torbellino formado con  nuestra ropa.  Mientras, nosotros nos explorábamos el uno al otro encima de mi cama. Me empujaba contra las sabanas, inmovilizando mis manos por encima de mi cabeza, echándose sobre mí en toda su longitud. Explora cada recodo de mis curvas como si quisiera devorarme, y sus manos recorrer mi cuerpo. Sentí su boca en mi cuello, en mi vientre y suspiré de placer, viendo crecer en mí un deseo incontrolable que pedía a gritos que siguiera.      Su manera de alternar la pasión y la ternura me volvía loca.     Solo él podría hacer algo tan maravilloso.      Estaba de nuevo dominada por un deseo irresistible. Sus manos subieron por mis mulsos, rozando mi cintura y luego me abrazaron mi espalda, levantándome de la cama para quedar suspendida entre sus brazos.    Yo correspondí a su gesto, abrazando su cuello y dejando que se acercase a mí todo lo que él deseara. Su respiración estaba entrecortada. Estaba tenso, como si algún pensamiento recóndito hubiese aparecido en lo más profundo de su mente, pero pronto, su mirada volvió llenarse de deseo y aspiró mi piel, rozando con sus labios mi clavícula y luego subiendo por mi garganta.     Inició un camino trazado por sus labios y depositó una lluvia de besos desde mis costados hasta mi vientre y luego más abajo...      Sus cabellos pronto rozaron mis muslos y gemí cuando su boca se aventuró cerca de mi zona sensible. Solté un gemido y sumergí mis dedos en su cabello.       Tenía la impresión de flotar en una somnolencia llena de dicha. Era el mayor placer que  pudiera existir.       Me arqueé ligeramente, correspondiendo al contacto de su lengua contra mi intimidad, lo que lo invitó a hacerlo con más insistencia, más rápido y más fuerte.      Me encantaba cuando se volvía así: más salvaje, más energético. Cada curva de mi cuerpo se ajustó al suyo a la perfección, cómo si yo estuviera destinada para él desde siempre.       Su boca dejó de prestar atención a la zona que estaba por llevarme al éxtasis para dejar cabida a un sustituto mucho más apetecible.      Su m*****o se acomodó en mi entrada, preparándome antes para su cabida y, justo cuando nuestras bocas volvieron a unirse, él empujó, entrando de una sola embestida en mi interior.       Los dos gemimos a la vez, fascinados por la sensación de estar unidos en un mismo ser.       Así, comenzó con lentas y tortuosas embestidas que terminaron por ser unas más rápidas e insistentes, mientras sus caricias se volvieron más intensas y su boca más hambrienta.      Alcanzó el ritmo clave. Los dos nos movíamos a la vez, persiguiendo algo que ambos buscábamos. Cerré los ojos y clavé mis uñas en sus hombros. Entreabrí la boca y dejé escapar un gemido exhausto.     Todo volvió a ser perfecto para mí. Jouvet desapareció de mi mente por completo, fue como si dejara de existir para mí.      Adrien lo había arrancando de mi cabeza, regresándome a la perfección de sus besos y sus caricias.       Fue como una liberación.       Y cuando al fin llegamos al clímax todo lo que había dentro de mí volvió a ser blanco. Pues esa era la magia de Adrien: todo la oscuridad de mi vida la llenaba de luz.      Una oscuridad que muy pronto se extendería más de lo que imaginaba.  ○•○•○ Adrien     La dejé dormida en su cuarto con un nudo en el estómago que no me dejaba tranquilo. Tuve que irme antes que de costumbre. Dos horas antes de amanecer para ser exactos. Y mira que me jodió, porque había vuelto a tener una de las mejores noches de mi vida.      Pero, lo que aún me tenía de cabeza era el hecho de habérmela encontrado llorando. Obviamente no me había querido decir por qué, pero no había que ser muy listo para saber que debía ser algo relacionado con el cojonazos del rey. Me hervía la sangre con tan solo pensar que podría haberle hecho algo, y aunque ella se hubiese empeñado en ocultarme todo, distrayéndome y acostándose conmigo, no iba a engañarme.       Sabía que le pasaba algo. Algo que venía de mucho antes de que viniera a  Miraculous. Me ocultaba algo, la conocía demasiado bien y no era gilipollas para tragarme el cuento de que me echaba de menos. Ella era fuerte, y no solía llorar de esa forma si alguien le hubiese hecho algo.       Yo siempre había sido partidario de la afirmación de: el sexo lo arregla todo. Pero, Marinette lo había utilizado para jugármela y bien.       De no haber sido por el problema en el que estaba metido, me hubiese quedado hasta la mañana para pedirle explicaciones, pero también había otras cosas que debía zanjar.       —Tío, ¿en qué demonios estás pensando?—me recriminó Nino.—No estás cavando. A este paso voy a hacer yo toda la fosa.       Sí.       Estaba cavando la tumba de mi padre y enserio, era una de las cosas más horribles que había hecho en toda mi vida. No me hacía ni puta gracia abrir la caja donde estaban los restos de un padre que perdí cuando era niño. Y solo por coger una puta llave.       Clavé la pala con más fuerza, echando montones de tierra a mis espaldas, bajo la atenta mirada de Kagami que se dedicaba a mirarnos con los brazos cruzados.       j***r, lo único que quería era terminar con todo aquello lo más rápido posible para regresar con Marinette, porque no la iba dejar escapar. Pensaba obligarla a confesar todo, quisiera o no.       —Sigo pensando que esto no es una buena idea.—Musitó Nino, mirando de reojo a Kagami.—No está bien profanar las tumbas de los muertos.        Le lancé una mirada furtiva, aconsejándole que mejor se mantuviese con la boca cerrada mientras hacíamos la foca cada vez más profunda, así hasta que la pala tocó un punto sólido que me provocó un nudo en el estómago.      «Había llegado»      —La hemos encontrado—dije, apartando la capa de tierra húmeda que custodiaba la caja.—Nino, ayúdame a sacarla.      Hice palanca con el palo y logré separarlo del espacio donde estaba enterrada. Reconocía que no pesaba mucho, pero claro, no podía esperarme mucho de un puñado de huesos.      Kagami se acercó a nosotros y por primera vez hizo algo rentable ayudándonos a sacar la caja del agujero.      La dejamos caer sobre la hierba del bosque y con el corazón en la mano, diré la pala aún lado para prestar toda mi atención en lo que tenía delante.      Allí estaba.      A tan solo unos centímetros de mí, estaba una de las personas que me había dado la vida. La persona que me enseñó a usar los puños, la que me enseñó prácticamente a caminar y a hablar.       El c*****r de Gabriel Agreste estaba enfrente de mí, separado únicamente por una tabla de madera.       Me quedé mirándola fijamente, preparándome para lo que estaba a punto de ver.       —Puedo hacerlo yo, si quieres—dijo Kagami a mis espaldas.—Es solo coger una llave y así no  tendrás que verlo en ese estado.       —No—dije, cortante.—Quiero hacerlo yo. Además...  Es mi padre y creo que corresponde a mí abrir su tumba.       —Cómo quieras—ella se encogió de hombros sin más y me hizo un gesto con la mano incitándome a abrirla.—Tú mismo.       Llevé una de mis manos a mi cinturón y saqué una de mis katanas, dando dos pasos al frente.       —Lo siento, papá—musité.      Respiré hondo y cerré los ojos durante varios segundos antes de abrir el lugar donde él descansaba.       Hice palanca, introduciendo mi arma entre las rendijas de la madera desquebrajada. Esbocé una mueca, haciendo esfuerzo por forzar el candado que la sellaba y con un sordo chasquido, éste cayó al suelo.        Con una mano temblorosa, agarré la cubierta de la caja y sin retrasar más lo inevitable, la abrí, sonsacando del su interior una gran nube de polvo que nos hizo retroceder.      Disipé la neblina con aventando una mano, entrecerrando los ojos para poder vislumbrar algún objeto brillante con forma de llave.      Pero... No la encontré.      Porque no encontré lo que mis ojos esperaban ver.      Pues "nada" era lo último que esperaba ver allí.      Mis piernas flaquearon y todo comenzó a dar vueltas dentro de mí cuando mis ojos se encontraron con un ataúd completamente vacío.       Mi padre no estaba allí. 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR