XXXI

4910 Palabras
Marinette      Abrí los ojos con pereza, acurrucándome sobre el cuerpo que tenía tumbado junto a mí. Lo primero que vi nada más despertar fue su rostro sereno, completamente dormido.      Sonreí, permitiéndome admirar al hombre que estaba a mi lado. Respiraba profundamente y su expresión relajada le endulzaba sus rasgos.       Era muy difícil no verlo con el ceño fruncido, con una mueca o con una sonrisa irónica. De hecho, aquellos eran los atributos que caracterizaban a Adrien. Sin embargo, en aquel momento estaba completamente tranquilo, con su rostro tal y como es, dulce y a la vez pícaro.         Levanté una de mis manos y le acaricié con suavidad su melena dorada, sin dejar de apreciar sus rasgos.      Aún no podía creer lo que habíamos echo durante la noche. Por fin había logrado entregarme a alguien, y lo había hecho en cuerpo y alma, sin ningún rastro de temor.      Hacer el amor había sido lo único que nos faltaba para estar aún más cerca el uno del otro. Esa noche, habíamos establecido una conexión que sería imposible destruir porque era un vínculo que había enlazado nuestros corazones, restaurando todo lo dañado que había en ellos.       Adrien había logrado reparar cada herida que había dentro de mi pecho. Me había hecho superar la prueba más difícil de toda mi vida. Con él, el sexo se había transformado por completo en un acto de amor que me había hecho alcanzar las estrellas.       Me detuve para apreciar nuestro alrededor. Estábamos en la habitación de Adrien, la misma habitación donde estuve retenida los días de cautividad.      Recordé ese primer día. Después del corral de comedias Chat Noir me encerró en su habitación, convirtiéndola en una prisión que odiaría con todas mis fuerzas. Mi único objetivo era escapar de allí y el destino se había empeñado en ser lo suficientemente cruel como para que un año después yo esté en ese mismo lugar entregándome por completo a la persona que creí detestar con locura. Me entregué a mi secuestrador, en el mismo cuarto que una vez fue mi celda.      Sentí como su cuerpo comenzaba a removerse y enseguida dos ojos esmeraldas se abrieron para mirarme con un brillo que me dejó sin respiración.       —¿Qué estás mirando, bichito?—me preguntó esbozando una sonrisa.      «¿Y cómo demonios sabía que lo había estado mirando?»     —Nada—. Mentí, sonrojada.      —No seas mentirosa—extendió sus brazos y me rodeó firme y a la vez suave, atrayéndome hacia su cuerpo.     Correspondí a su gesto, y me giré un poco para poder abrazar su cuello.       —Es verdad—dije, inflando los mofletes.—Y si fuera así, ¿qué tendría de malo?       —No he dicho que fuera malo—dijo, encogiéndose de hombros.—Solo quería saber porque me mirabas con esa cara.      —Estaba pensativa—. Confesé y apoyé mi cabeza en su pecho.      —¿Pensando en que he estado bien o que he estado mal?—preguntó y puso una cara que me hizo derretirme.       —Has estado genial, tonto—me burlé.—Pero no estaba pensando solo en ésta noche.       Adrien se recostó sobre aún más y comenzó a juguetear con mi pelo, tal y como siempre hacía.       —Estaba pensando que si pudiera viajar en el tiempo para decirle a mi yo del pasado que dentro de un año estaría en la cama haciendo el amor contigo, seguro que se volvería loca—dijo, esbozando una sonrisa.       Lo escuché soltar una pequeña risotada y echó su cabeza hacia atrás.      —Seguro que te traumarías—dijo, con una sonrisa ladeada en sus labios.—Odiabas este sitio, ni siquiera querías comer y a mí me odiabas aún más.      —Odiaba más a Dionisia, esa sí que era una bruja. Este sitio me daba asco—le confesé, ahora que no había secretos entre los dos, no me importaba sincerarme.—Y miedo, solo fíjate en esas cadenas que cuelgan del techo.      Adrien levantó la cabeza para fijarse en una cadena oxidada colgada en el techo.      —Es horrible—dije, haciendo una mueca.      —Sí... Tal vez debería quitarla—musitó, pensativo.      —Ni lo dudes. Este sitio necesita un cambio de imagen.      —Ahora que lo dices. Si yo también pudiera volver en el pasado, me pegaría bien fuerte—dijo, dejando el tema de la remodelación de su habitación aparte. Sabía que no pensaba cambiar nada, ese estilo demacrado y desliñado era lo que iba con él. —Por tratarte así de mal, aunque... también le daría las gracias, por traerte hasta aquí y poner mi vida patas arriba.      Al escuchar sus palabras, no pude evitar sonreír.      —Yo te acompañaría.—Lo animé.—Pero solo para pegarte un buen puñetazo, y lo de las gracias te lo dejaría a ti.      Lo vi esbozar una sonrisa ladina y después me hizo girar hasta colocarme encima de él. Me quedé tumbada encima de su cuerpo, con mis manos apoyadas sobre su pecho y las suyas rodeando mi espalda, asegurándose no dejarme escapar.       —Sabes que en el fondo te volvía loca, aunque fuera un c*****o, tú me querías—dijo, arqueando ambas cejas.—Además, me lo dijo el zanahorio y ese nunca se equivoca. Es todo un sabiondo.       Sonreí pícara y fingí estar pensativa para provocarlo.      —Puede... aunque los primeros días tuviese unas ganas horribles de estragularte—le aclaré. Y en cierto modo era cierto, era una especie de atracción disfrazada por un odio que fue derritiéndose a medida que pasaban los días.—Pero no hablemos solo de mí, tú también estabas loquito por mí y lo sabes.      —Pa que mentirte—se encogió de hombros.—Supe que habías puesto mi mundo patas arriba el mismo día que entré en tu habitación para robar esa copa. Puede que me jodiera mucho y puede que no quisiera aceptarlo, pero me pareciste preciosa y... debo admitir que tuve muy bien gusto.       Levantó su cabeza y besó mis labios superficialmente.       —A pesar de todo eso, siempre estabas ahí, cuidándome—dije, acariciando distraidamente su pecho.—Me protegiste demasiadas veces y nunca olvidaré tu cara desencajada cuando me viste en el pozo.      —j***r y para no estar cabreado. No sabes el susto que me diste—espetó y su tono sonó algo más rudo, como si aquel recuerdo todavía le molestara.—Bueno, en realidad contigo era todo como una montaña con altos y bajos. No sabía con qué cosa saldrías o que tramarías cada día.       Recordar toda nuestra historia después de aquella noche me reconfortaba. A pesar de que nuestra relación no fuera muy normal y  empezáramos con el pié izquierdo, nos había ayudado a encauzarla de una forma aún más especial.       —Aunque te sacara de muchos aprietos, también te metí en otros muchos, y te hice llorar muchas veces—murmuró, con la mirada distraída.—Eso tampoco deberías olvidarlo.       Levanté la mirada y sus ojos se encontraron con los míos.      —Pero prefiero quedarme con las cosas bonitas, como esa vez en la que me llevaste a ese claro de bosque—dije, intentando no llevar la conversación a un discurso de culpa que no terminaría nada bien.     —Bah, pero lo hice porque no sabía bailar y quería pasar tiempo contigo sin que el zanahorio se pusiera entre medias.      —Da lo mismo el motivo, el caso es que me hiciste muy feliz—aseguré.—Me sentí especial, a pesar de las circunstancias.       —Supongo que debería haber hecho eso más veces en lugar de comportarme como un gilipollas a cada momento.       El sonido de unos pasos al otro lado de la puerta nos hizo mirar a la vez la dirección de la cual provenían.      No necesitábamos ser muy inteligentes para saber que Kagami estaba allí, cerca y aunque hubiese pasado la noche con Adrien, ella seguiría viviendo en su casa.       Mi burbuja de perfección estalló de golpe y los recuerdos de anoche vinieron a mi mente, cuando ambos estaban juntos hablando de un pasado que los unía. Un pasado lleno de odio hacia mi clase social.      A pesar de todo, una parte de mí todavía seguía dolida y sabía a la perfección que no se había quedado del todo aclarado. Todavía quedaba mucho camino por recorrer y yo no estaría del todo tranquila hasta que esa mujer estuviese lejos de Adrien.      Reconocía que la noche anterior me había cejado llevar por el deseo. Estaba tan dolida que necesitaba recibir la atención de Adrien a cualquier precio, necesitaba recibir su amor y su cariño para hacer ojos ciegos de lo que había presenciado. Pero, después de nuestro pequeño paraíso, la vuelta a la realidad había sido como un jarro de agua helada.       —Eh...—Adrien levantó su mano y llevó un mechón de mi cabello detrás de la oreja.—Deja de preocuparte por ella.       —Yo... Es que... No puedo evitar desconfiar...—confesé.—No dudo de ti, y sabes que confío plenamente en ti, pero...no puedo decir lo mismo de ella.       —Mientras que confíes en mí, todo lo demás no debe preocuparte—aseguró.—Recuerda lo que te dije anoche. No voy a dejarte, pase lo que pase, no voy a separarme de ti.       Suspiré y cerré los ojos, rezando porque sus palabras fuesen ciertas.       —¿Sabes cómo se arreglaría todo?—me preguntó, captando mi atención.—Quedándote aquí, conmigo.      Reconocía que aquella era la mejor solución para aquel problema. Si me quedaba, podría vigilar a Kagami y dejarle en claro cada día quien era la dueña del corazón de Adrien. Pero... si bien aquella era solución para aquel problema, también era el inconveniente de muchos otros.       Entre ellos estaba Catherine. Me sentía en la obligación de acompañarla. Dejarla sola con su madre y su hermano me provocaba un nudo en el estómago y no podría estar tranquila del todo viviendo con la conciencia de haberla abandonado sin asegurarme de que estaba bien.       Podía imaginar como podía estar en aquellos momentos: ante los ojos de todos, yo había vuelto a ser raptada por Chat Noir y ella, al igual que todos debían estar preocupados.       No solo Catherine. La ira de Jouvet se haría aún mayor al saber que Chat Noir me había vuelto a alejar de él una vez más y ante un Jouvet fuera de sí, el peligro que corría Miraculous era enorme, sobre todo sabiendo que Adrien me había sacado del carro a apenas unos kilómetros del bosque.       —Sabes que aún no puedo...—Musité agachando la mirada.       —Quedamos en que vendrías cuando te recuperaras—espetó.—Y tú espalda ya está mucho mejor, además no puedes quedarte mucho más tiempo ahora que ese cabrón ha adelantado la boda.       —Lo sé... Y te dije que no tardaría mucho—le aseguré.—No esperaré el mes entero, de verdad.       —¿Y qué se supone que te ata al palacio?—me preguntó. —¿sigues preocupada por esa criada?      Me mordí el labio inferior. No era por Marlene exactamente, sino también por Catherine. ¿Y cómo podía decirle a Adrien que aún no podría quedarme por la hermana de mi prometido?      No, no lo aceptaría.      Catherine estaba pasando por un momento muy delicado y hasta que no estuviese en mejor estado, no podría quedarme tranquila.       —Todavía tengo que hacer muchas cosas antes de desaparecer—dije, evitando su pregunta.—Todo esto ha sido muy... repentino y me gustaría despedirme bien de las personas que de verdad se preocupan por mí.         —¿Y con eso te refieres a tu padre?—Adrien esbozó una mueca de desagrado y se removió inquieto.      —No, no solo me refiero a él. Y no estoy pensando en una despedida trágica y sentimental—aclaré.—Solo quiero hacerle saber lo que perdió. Tuvo mi amor y mi cariño y no lo supo valorar, y hasta que no consiga hacerlo recapacitar no voy a descansar. Además, quiero ver a Marlene, hace mucho que no la veo y no estaría bien por mi parte irme sin decirle nada. Si... ella se entera de que me han vueltos a secuestrar, podría perder la cabeza.       No me respondió y por la tensión de sus brazos, supe que no estaba muy contento con mi decisión.      —Tú sabías que mi estancia aquí sería temporal—musité, acariciando distraída la piel de su pecho.—Aún no estoy preparada para desaparecer.       —Pues deberías empezar a estarlo, porque en menos de un mes vas a tener que venir, quieras o no—espetó.—No voy a dejar que te cases con ese miserable, Marinette.      —Lo sé. Yo tampoco quiero...—dije recordando el anuncio que Jouvet había proclamado a los cuatro vientos.        Suspiré pesarosamente y me acurruqué aún más contra sus brazos, disfrutando de la calidez de su cuerpo. Regresar después de estar en el paraíso sería una de las cosas más difíciles de toda mi vida.       Levanté la mirada y lo miré directamente a los ojos.       —Estaremos juntos, Adrien.—Le prometí.—Ya lo verás.       Por fin, sus orbes verdes me prestaron su atención y sus labios se curvaron en una media sonrisa.       Se inclinó y me besó como si así pudiera sellar mi promesa. ○•○•○ Marinette      Sabía que la despedida iba a ser duda, pero no tanto. Estuvimos como una hora llorando, Alya, chloe y yo. Las tres abrazadas bajo las miradas de Nino, Nathnaiel y sobre todo Adrien, que no dejaba de maldecir y decir lo patéticas que parecíamos.       Chloe me hizo prometer y re prometer que regresara pronto y sobre todo que me mantuviese alejada de Jouvet lo máximo posible. Y Alya, simplemente, se dedicó a hacerme el abrazo del mono hasta que Adrien me sacó a rastras prácticamente de allí.       «¡Maldita sea! ¿Por qué tenía que ser todo tan complicado?»       Si no tuviera tanto problemas me quedaría allí, viviendo felizmente con las personas que de verdad me apreciaban. Podría estar con el hombre que amaba con toda mi alma y con mis dos mejores amigas. Ahora que sabía que Chloe había regresado a la vida, separarme de ella se me había hecho aún más difícil. Pero, debía permanecer fuerte y enfrentar los problemas, solo así podría disfrutar de esa vida feliz.       Fuimos por los tejados, hasta llegar a la ventana de la habitación de Jouvet.       Adrien se asomó con cautela, comprobando que estaba vacía, después respiró hondo y se giró hacia mí.       —¿Estás segura de esto?—me preguntó.—No creo que sea buena idea...        —Ya lo hemos hablado, Adrien—dije.—Es la única forma. de otro modo, sospecharán de lo nuestro y... recuerda que "Chat Noir" es un ladrón muy hábil, repleto de juegos sucios e ironías, por eso es mejor que me dejes en la habitación de Jouvet. No pierdas su esencia por ser quien soy.       Llegué mi mano al pestillo de la ventana y la abrí. Adrien me ayudó a entrar en el interior de la habitación y después él saltó justo a mi lado.       —Ésto no me hace ni puta gracia—dijo, sacando de su cinturón una cuerda.—Ese cabrón puede aprovecharse de la situación y hacerte algo.       —No creo que lo haga.—Dije, pensativa.—Seguro que estará demasiado alterado como para pensar en ese tipo de cosas.        Extendí mis dos manos juntas y se las puso enfrente para que él las atase.        Él se quedó mirándolas durante varias segundos y después desplazó su atención a mi rostro.       Resopló por lo bajo y sin decir ni una palabra comenzó a atarme, tal y cómo los dos habíamos planeado.      —Mira, ¿ves este nudo?—dijo.—Si hay algún problema tira de él y te desatarás al instante. Los demás están más apretados y si te desata alguien, seguro que irán a esos.       Asentí, sonriendo por la habilidad que tenía para éste tipo de cosas.      Cuando terminó de atarme las manos, me cogió en volandas y me posó sobre la cama, sacando otra cuerda en del cinturón.       —Estaré por aquí cerca de todos modos, y si te hace algo, grita y yo me encargo del resto—me envolvió los tobillos con la cuerda, con cuidado de no apretarla mucho.—Me daría la excusa perfecta para matarlo de una puta vez.       —Adrien no tienes por qué preocuparte tanto. Si intenta algo, podré apañármelas sola, no es la primera vez que...      —¿Cómo que no es la primera vez?—el último nudo lo apretó más de la cuenta y yo solté un quejido.     «Creo que me había ido de la lengua»       —Marinette, ¿ese desgraciado te ha tocado? Porque si es así, quiero que me lo digas.       —No... Claro que no—titubeé, nerviosa.—Solo quería decir que no es la primera vez que me enfrento a él. Es decir, no nos llevamos muy bien y solemos pelearnos por todo...       Me miró con el ceño fruncido, y por la expresión de su cara, sabía que no me creía al cien por cien.        Se escucharon varios pasos a lo largo de pasillo, captando la atención de ambos.       —Deja de darle más vueltas, tienes que irte antes de que entre alguien—dije, preocupada.—¿Tienes la mordaza?      Adrien maldijo en voz alta y a regañadientes sacó del bolsillo un pañuelo con el que debía taparme la boca.       —Sigo pensando que ésto no es necesario—dijo, acercándose a mí para colocármelo sobre mi boca.—No vas a poder gritar bien.       —Te digo que no va a hacer necesario.—dije, con una voz ridícula, difuminada por el trapo que me tapaba la boca.—¿Nos vemos ésta noche?       A pesar del enfado que le ocasionaba aquella situación, no pudo evitar sonreír.       —Claro—dijo, acercándose a mí para mesar mi boca por encima de la mordaza.—Tú y yo tenemos un segundo asalto.       Mis mejillas enrojecieron.       Lo observé caminar hacia la puerta de la habitación y vi cómo daba dos golpes sordos contra la madera para captar la atención de algún soldado o empleado que hubiese por ahí.      —Con un poco de suerte te encontrará alguien más—dijo. Me guiñó un ojo y salió por la ventana.—Estaré vigilando.        Terminó por perderse entre la oscuridad y a los pocos minutos, tal y cómo él había previsto, tres guardias entraron atropelladamente en la habitación.      Enseguida, comencé a fingir. Forcejeando y removiéndome con fuerza, simulando que trataba de desatarme.      —Señorita Marinette...—murmuró uno de ellos, acercándose a mí con rapidez.—Déjeme ayudarla.       Me quitó la mordaza, destapando mi boca.      —¿Cómo consiguió llegar hasta aquí?—me preguntó el tipo, mirándome con preocupación.       —¡El bandido ese de Chat Noir me trajo hasta aquí!—grité despavorida mientras el soldado me desataba las manos—¡Sois todos unos inútiles! ¡Qué clase de protección me brinda mi esposo!       —Lo sentimos mucho señorita—se disculpó el soldado.—¡Y vosotros! ¡¿Cómo es que no se dieron cuenta que ella estaba en la habitación!      —¡Primero ese criminal me roba y luego me dejan maniatada en mi propia casa y nadie ve nada!—continué gritando, haciendo mis mayores esfuerzos para ser lo más insoportable posible.—¡Id a ver a mi esposo! ¡Porque no estaré tranquila hasta que hable con él! ¡Vamos!       —Cómo usted ordenen, señorita—el tipo hizo una reverencia y se alejó de mi cama para cumplir mis órdenes.—Con su permiso.       Los otros dos se quedaron como pasmarotes custodiando la entrada como dos idiotas que no saben hacer otra cosa.       —¡Y vosotros que hacéis ahí parados! ¡Quiero que me traigáis a mi prometido, inmediatamente!     Los dos hicieron a la vez un asentimiento de cabeza y sin decir ni una palabra más siguieron la dirección de su compañero.      Cuando me quedé sola en la habitación, miré hacia la ventana para ver como Adrien me guiñaba un ojo a través de la ventana.       Le sonreí y le lancé un beso al aire, sabiendo que para él aquel gesto sería algo ridículo y patético, pero así era yo. Me gustaba fastidiarlo y él a mí también.      Y por esa misma razón, él y yo eramos uno solo. ○•○•○ Marinette      —¿A dónde te llevó ese desgraciado?—me interrogó Jouvet, apoyando sus dos manos sobre la mesa de madera que había en su despacho.       Se suponía que acababa de salir de un secuestro y en lugar de preguntar por mi estado, lo primero que hizo fue someterme a un terrible interrogatorio.       —Ya te he dicho que me tenía los ojos vendados—dijo, agachando la mirada.—No se donde me tuvo encerrada... Ni tampoco sabría como ir allá con exactitud.       —Pero tuviste que escuchar algún ruido, alguna voz, ¡lo que sea!—sus ojos castaños me miraron con firmeza, intentando leer cada una de mis expresiones.—Cualquier cosa que me ayuda a localizar a ese bastardo, Marinette.       Fruncí el ceño y me llevé una mano al pecho fingiendo indignación.      —¡Me decepciona, majestad!—intenté cambiar de tema, con la intención de que deja estar todo lo sucedido de una maldita vez.—Ni una sola vez me ha preguntado como me siento o si ese bandido me hizo algo. Lo único que le importa es desenmascarlo. ¿Así pretende que acepte nuestro compromiso?      —Por favor, deja ya esa sensibilidad por ahora—espetó, haciendo un gesto de insuficiencia.      Dos golpes consecutivos se hizo audibles en la puerta.     —Adelante—mandó Jouvet, sin quitarme los ojos de encima.    —Señor—se presentó el capitán, adoptando una pose firme.—Los revuelos en la plaza mayor han sido disueltos y tenemos a los cabecillas del grupo.      —Ah, por fin una buena noticia—Jouvet rodeó la mesa del despachó y caminó hacia el soldado.—Mándalos directamente al pelotón de fusilamiento. Esa gente no merece ni que gastemos el tiempo convocando a las cortes.      —¿No piensa hacerles un juicio?—interrumpí, girándome hacia ellos.       ¿Cómo podían mandar matar a tres personas con tan poca sangre»      Los dos hombres hicieron oídos sordos a mis palabras.       —Mandaré a dos hombres para que los preparen, señor—aseguró el guardia.      —Y antes que se me olvide—dijo Jouvet, justo antes de que el hombres decidiese abandonar el despacho real.—Tráeme a esa empleada que te dije. Quiero hablar con ella.      —Cómo usted ordene, altera—hizo una rígida reverencia y a pasos firmes salió de la habitación volviéndonos a dejar completamente solos.       Jouvet caminó de nuevo hacia el sillón y se sentó en él, masajeándose la frente.       —Dame cualquier cosa—dijo, regresando al mismo tema—. Lo que tengas. Necesito saber donde localizar a Chat Noir.       Esbocé una mueca y suspiré, negándome a responder a aquel estúpido interrogatorio.       —Pues no...—musitéy fingí sentirme mal.—O bueno... Hay algo, pero o creo que le sirva de mucho.       —Dime, ¿cual?—insistió.—Cualquier cosa.       —Cuando se fue, dijo una frase—confesé, mirando al techo.      —¿Qué?—sus ojos reflejaban entusiasmo e impaciencia. Se levantó de la silla y se inclinó aún más.       Sonreí y le hice una señal con el dedo para que se acercara a mí.     Y él, obediente se acercó como un corderito manso.      —Dijo...—murmuré sobre su oído, restregando todo lo que pude mis palabras.—Jouvet es un imbécil.      Sonreí con suficiencia, sin molestarme en ocultar mi victoria. Él  sabía de sobra que yo no estaba por la labor de corresponderle y no pensaba fingir ser la prometida con la que soñaba.       Un destello de ira recorrió sus ojos y una vez perdida la paciencia conmigo, tiró de un manotazo todas las cosas que había sobre su escritorio.      —¿Te crees que esto es un juego, Marinette?—me recriminó.—¿Piensas que estoy de broma con todo esto?      —¿Y qué más quiere que le diga?—espeté, haciéndome la inocente.—Yo no tengo la culpa. Él me dejó ese mensaje y yo se lo he dicho, nada más.      Me miró, fulminante y sobre todo, exasperado por mi falta de cooperación.      —Sabes lo importante que es para todos dar con ese hombre. Y tú, después de estar junto a él durante meses, no eres capaz de darme ni una sola pista que me ayude a encontrarlo.      —¿Qué quiere? ¿Qué me invente el sitio? ¿Qué conduzca a todos sus hombres a la China para encontrarlo?      —¡No! Pero al menos dame una explicación de cómo demonios era ese lugar—insistió.      Al parecer, no pensaba darse por vencido, pero yo, no pensaba decirle nada que involucrara a Adrien.       La puerta volvió a sonar y tanto Jouvet cómo yo refunfuñamos a la vez.       Él por otra interrupción y yo porque pasaba de escuchar como mandaban a personas al pelotón de fusilamiento.      —Marinette...      Pero no fue un guardia precisamente lo que escuché.      Su voz se escuchó a mis espaldas y yo, enseguida me giré, poniéndome en pié al instante.      —¡Catherine!      No perdió un segundo e ignorando la presencia de su hermano corrió hacia mí para abrazarme.     —¡Dios mío, estaba tan preocupada!—me estrechó con fuerza entre sus brazos, como si tuviese miedo de que yo pudiera desaparecer.—Creía que ese hombre te había vuelto a llevar con él.       —Tranquila—la consolé, acariciando su espalda.—Estoy aquí y me encuentro perfectamente.      Me dio un último apretón y se separó de mí, reparando por primera vez en todo el rato e la presencia de Jouvet.      Los dos hermanos cruzaron unas miradas que duraron varios segundos y sobre todo la de Jouvet me hizo querer salir de allí y llevarme a Cath rápidamente.      —¿Por qué no nos vamos?—le sugerí a Catherine mirando de reojo a Jouvet.—Tenemos mucho de lo que hablar y nosotros.—Me giré hacia él y le sonreí con falsedad.—Ya habíamos acabado.       Agarré a Cath de la mano y sin vacilar salí por la puerta bajo los inquietantes ojos del que sería mi futuro esposo.  ○•○•○ Adrien      —A sí que al final ya has tomado una decisión—dijo Kagami en cuanto me vio entrar por la puerta.      «Genial, no había hecho nada más que llegar y esta tía ya se me estaba echando encima otra vez»      —Supongo que ya está más que claro que prefieres proteger a esa chica ante que el cofre.     Dejé mi chaqueta tirada sobre la mesa de madera y sin siquiera mirarla cogí una botella de alcohol.      Dejar a Marinette de nuevo allí no me hacía ni puta gracia y necesitaba ahogar mis preocupaciones en algo que me hiciera olvidar y obviamente los sermones de Kagami no estaban en la labor de ayudarme.      Le di un trago grande, sintiendo como el alcohol caía por mi garganta como una cascada.   Esbocé una mueca de desagrado al sentir el ardor en mi boca y sin mucho ánimo dejé la botella en la mesa, provocando un fuerte estruendo.       —Una cosa no quita la otra—dije, mirándola con recelo.—No pienso abandonar a Marinette, pero eso no quiere decir que quiera dejar tirado el plan de mi padre.       Kagami soltó una risotada amarga, cómo si hubiese soltado la mayor gilipollez del siglo.      —Por favor, no me hagas reír—espetó.—Está conmigo o contra mí. Si vas a ir detrás de esa mujer, me estás dando la espalda a mí y a tú padre. Él jamás permitiría que te revolcaras con la hija del hombre que lo mató.      Puse los ojos en blanco y sin vacilar volví a pegarle un trago a la botella.       —Sigo creyendo en mi padre—aseguré, clavando mis ojos en los suyos.—Le hice una promesa y estoy dispuesto a cumplirla y no por eso dejaré de ver a la mujer que amo.       Ella negó con la cabeza y se peinó su corta melena azabache hacia atrás, suspirando a la vez.      —Lo siento,Adrien, pero a diferencia que tú, no yo no dejo engatusar tan fácilmente—dijo.—No puedo confiar en alguien que se rodea de la gente a la que pretendo destruir.      Respiré hondo y me puse en pié, caminando hacia ella a pasos lentos y pausados.       —¿Quieres una prueba?—pregunté, deteniéndome a tan solo unos centímetros de ella.—Porque te voy a demostrar lo lejos que puedo llegar a ir por mi conseguir esa caja. Empezando por la llave que tiene mi padre atado a su cuello.      Su mirada reflejó confusión, como si no entendiera de todo a dónde pretendía ir con todo aquello.      —Mi padre tiene la segunda llave. Así que cavaremos su tumba para recuperarla. 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR