Adrien
El sabor de nuestras lenguas entrelazadas dentro de nuestras bocas comenzaba a volverme loco. Mientras me besaba, sus manos se colaron por mi pelo y me despeinó de esa forma que solo ella sabía. Aproveché que estaba sentada en mi mesa para colarme entre sus piernas y acercarme aún más.
Mierda, aún no sabía cómo coño había logrado traerla hasta mi habitación. Hacía tan solo unos segundos, ella estaba intentando huir de Miraculous, de mí y todo lo relacionado conmigo. Estaba decidida a abandonarme y podía verlo en sus ojos, en su forma de mirarme.
Su encuentro con Kagami no había sido muy cautivador, que digamos y la conocía lo suficiente cómo para saber que no le había hecho ni puta gracia que Kagami estuviera viviendo conmigo. Pero tampoco podía juzgarla, a mí tampoco me hubiese gustado ni un pelo verla dormir con otro, y reconocía que...me gustaba verla celosa.
—No sé que has visto.—Dije entre beso y beso y sentí como si me costara decir cada palabra. Como si el aire no llegara a mis pulmones.—Ni lo que has escuchado.
Ella me interrumpió, atacando mis labios con más insistencia y rudeza, como si no quisiera seguir escuchándome.
Tenía la costumbre de joderlo todo y Marinette de asomar las narices en los peores momentos. Aquella vez Kagami había terminado por jodernos a los dos. Su historia sobre las llaves y un rey sin heredero era muy bonita pero mi historia con Marinette le daba mil vueltas.
¿Distraerme? ¡Claro que estaba distraído! Con Marinette delante de mí, todo lo demás, pasaba a formar un segundo plano y mientras ella formara parte de mí, lo demás estaría por detrás. Mi padre y su sueño eran importantes, pero él murió y no hay nada que pueda traerlo a la vida. Sin embargo, Marinette estaba ahí, conmigo, y ella sí era real.
Podría estar comprometida con un cabrón, podría ser la hija del asesino de mi familia y podía pertenecer a la clase social a la que debería odiar a muerte, pero todo eso, me daba igual. Me la sudaba todos los obstáculos y me la sudaba todo. Yo la quería, j***r. Y nadie iba a cambiar eso.
—Pero quiero que sepas, que pase lo que pase—Me separé de ella, para poder mirarla. Apoyé mi frente contra la suya.—Vengamos de donde vengamos, y venga todo lo que nos venga, no pienso renunciar a ti.—Le aseguré y creo que nunca había dicho algo más en serio.—Nunca. Aunque el mundo entero esté en nuestra contra, yo seguiré luchando por ti. No voy a abandonarte.
La vi cerrar los ojos con fuerza y cuando frunció el ceño le acaricié la mejilla con mi mano.
—j***r, Marinette—maldije sin separarme de ella. Sabía que aún seguía dándole vueltas a lo que acaba de ver y no sabía que más hacer para hacerle entender que yo no formaba parte de eso.—Te quiero como nunca he querido a alguien. Te... Te quiero tanto que hasta me duele.
—Pero lo que ha dicho ella...—comenzó a decir.
«Joder, y dale con lo mismo»
—Da igual lo que haya dicho. Me da igual mi padre y todo lo que tenga que ver con su perfecto mundo de igualdad. Para mí, solo estás tú, ¿me oyes? Solo tú y nada más.—Le prometí, interrumpiéndola.
Aprecié un brillo en sus ojos que me encogió el pecho. Conocía ese brillo que hacía de sus ojos dos perlas azules, porque cada vez que brillaban así, significaba que estaba a punto de llorar, y que solo faltaría un solo impulso para hacerla estallar.
Volvió a acercarme a ella para besarme, sabiendo el motivo. No quería que la viera llorar, siempre había sido algo que la avergonzaba mucho. Desde que la conozco, la he visto llorar demasiadas veces y en todas, se sonrojaba. Para ella podía ser vergonzoso pero para mí, era como ver la cosa más maravillosa que habían visto mis ojos.
Estuvimos así durante varios segundos, disfrutando del contacto del nuestros labios hasta que ella soltó una bomba que heló cada gota de sangre que circulaba por mi cuerpo.
—Entonces demuéstramelo—me pidió, susurrando contra mi oído.—Haz de verdad tus palabras.
Al escucharla, no pude evitar gruñir para mis adentros y para hacerla callar, intensifiqué aún más nuestro beso y cuando había comenzado a asimilar sus palabras, me obligué a separarme de ella para mirarla a los ojos.
—¿Qué es lo que quieres, Marinette?—le pregunté, apoyando mis dos manos sobre la mesa de madera, a cada lado de su cuerpo.
Ella levantó la mirada, tímida y se quedó mirándome durante varios segundos sin decir nada.
—Hazme tuya...—musitó finalmente, con las mejillas sonrojadas.—Por favor.
Sabía a la perfección lo que quería, antes de aclarármelo ya lo sabía pero... aún así, me seguía resultando difícil tomar. Eché mi cabeza a un lado y cerré los ojos, respirando hondo.
Joder... No, aún no podía hacerlo. No era el mejor momento.
—Marinette no me pidas eso ahora...—gruñí.—No me lo pidas ahora que no sé de lo que soy capaz.
Tenerla de esa forma, tan dispuesta a mí, con ese vestido recorriendo cada curva de su cuerpo y esos besos y caricias me habían vuelto loco y si se me ocurría ir a más no estaba seguro de poder controlarme.
Quería hacerle el amor, no follar con ella.
Quería hacerla olvidar su primera vez con esos hijos de puta y para eso tenía que estar en mis cabales, siendo dueño de mí mismo y no de aquellos impulsos que me estaban matando. No quería hacerle daño, no quería que la situación se me fuera de las manos.
Su mano se coló hasta posarse sobre mi mejilla, obligándome a mirarla.
—Ya hemos esperado bastante, me has enseñado muchas cosas y yo...—tomó aire.—Me siento lo suficiente capacitada para entregarme a ti.
Levanté mi mano y la posé sobre la que estaba en mi mejilla.
Puede que ella estuviese preparada, pero yo... No estaba tan seguro de eso.
Suspiré.
No era la primera vez que me pedía llegar hasta el final. Ella quería esto y no solo por sus palabras, sino por su mirada que me pedía a gritos hacerlas tocar las nubes. En sus ojos podía ver algo no muy diferente a lo que había en los míos: lujuria y deseo.
—¿Estás segura?—pregunté y lo dije con una voz ronca, que me asustó a mí mismo.
«Joder, yo también quería esto. Lo necesitaba»
Me beso de nuevo y murmuró:
—Nunca he estado tan segura de algo.
Podría tener un montó de fantasmas en mi cabeza. Un montón de contras que me impidieran aceptar, pero no fueron lo suficientemente fuertes como para negarme.
No vacilé ni por un instante, ataqué sus labios y comencé a devorar cada centímetro de su boca. Ella rodeó mi cuello con sus brazos y sentí como apegaba sus caderas a las mías haciendo que nuestras entrepiernas rozaran una contra la otra.
Llevó sus manos a mi antifaz y sin dudarlo me lo arrancó de cuajo, tirándolo hacia un lado. Se quedó mirando mi cara, completamente desprotegida durante unos segundos y después volvimos a encontrarnos. Nos fundimos en uno solo y sin perder más el tiempo llevé mis manos a su espalda.
Comencé a desabrocharle el vestido que llevaba, muy a mi pesar, pues le quedaba de puta madre, pegado como una segunda pies a su cuerpo. En ese momento, declaré que los vestidos mojados se habían convertido en mis favorito.
Cuando llegué al último botón, ella se separó de mí, dándome un mejor acceso para arrancárselo por completo. Lo tiré a un lado y la observé de arriba abajo, apreciando la belleza que desprendía.
Joder... Era preciosa.
Ataqué su cuello, húmedo por la lluvia y lo recorrí con mis labios y con mi lengua, haciendo más presión en los lugares adecuados y así sacarle algún que otro gemido que me volvía loco. Su cuerpo se estremeció cuando llegué al lóbulo de su oreja y una sonrisa se adueñó de mi boca.
Pronto sentí sus pequeñas manos posarse sobre mi camisa, intentando colarse por debajo para tener acceso a mi cuerpo. Comenzó a acariciarme, recorriendo cada parte de mi pecho y abdomen con un tacto que me hacía perder la razón. No pude evitar estremecerme y en respuesta ataqué con más ímpetu su cuello y la parte superior de sus pechos.
Cada minuto que pasaba me volvía más hambriento y el calor que invadía cada parte de mí ascendía a un ritmo anormal. Quería más de ella, quería seguir explorando más.
Desaté las cuerdas de su corset, maldiciendo internamente a aquella maldita prensa que no servía para nada excepto hacerme más difícil desnudarla. Mientras me cagaba en la persona que había inventado el puto corpiño, ella jugueteó con algunos mechones de mi pelo y me besó superficialmente mientras yo tensaba mis labios, conformando una sonrisa victoriosa.
Logré quitárselo y tirarlo fuera de mi vista, dándome las vistas que necesitaba. Me quedé saboreando mi victoria observándola con un brillo salvaje en mis ojos.
Tenía unos pechos perfectos, de esos que puedes acunar con tus manos y que parecen estar echos para encerrarlos entre tus dedos. Y, fue eso lo que hice, pasé las yemas de mis dedos dibujando su forma, lo que le provocó unos escalofríos que le endurecieron los pezones.
En ese momento, sentí el hormigueó de mi amigo, luchando por salir de mi pantalón, esforzándose por recibir atención.
«Te va a tocar aguantarte, aún no es tu turno»
Mis manos se abrieron sobre sus dos pechos y los cubrí por completo y después los solté para repasar su contorno con los dedos, despacio.
—Adrien...—gimió, cuando rocé sus pezones.
Su gemido encendió lo poco que quedaba de mí y ante el hambre de seguir escuchándola gemir mi nombre, me incliné y besé uno de sus pezones, obteniendo la respuesta que quería. Echó la cabeza hacia atrás y yo seguí humedeciendo con mi boca su pecho mientras con mi mano le prestaba atención al otro. Me atreví a morder uno, con cuidado de no hacerlo muy brusco para no hacerle daño y después lo lamí para luego succionarlo.
—Dios mío...—gimió, arqueando su espalda y dándome una mayor disposición de su cuerpo.
Rodeé su espalda con mis manos, acercando su pecho aún más a mi boca para que no se alejara, luego me incorporé para regresar mi atención a sus labios.
Por su forma de mirarme, sabía bien lo que quería, y no opuse mucha resistencia cuando sus manos llegaron al dobladillo de mi camisa. La ayudé, levantando los brazos y logró quitármela haciendo un empate con sus nuestros cuerpos.
Me acarició, comenzando por la parte baja de mi abdomen para ir subiendo poco a poco hacia arriba.
—Joder...—gruñí tensándome ante el tacto de sus manos sobre mi piel. Eché la cabeza a un lado y la dejé recorrer mi cuerpo mientras que yo recorría sus labios, barbilla y cuello con mi lengua, evitando no decir demasiadas palabrotas ante sus caricias.
Me estaba volviendo loco, y no entendía por qué. Había estado con demasiadas, con Lila todo era más a lo bestia, más salvaje, todas las caricias y toques carecían de total afecto y todo eso podía ser más excitante pero... no era así.
Los dedos de Marinette eran mágicos, sus manos estaban provocando un efecto en mí que me llevaban al paraíso. Ella no lo hacía con maldad, no lo hacía con la intención de excitarme ni ponerme cachondo. Lo hacía porque quería tener más de mí, quería tocarme de esa forma porque me deseaba, y quería explorar cada parte sin ningún temor. Y eso... lograba una excitación en mí de la que nunca había alcanzado.
Con ella era como tener sexo por primera vez.
Me separé de ella durante un breve espacio de tiempo. Necesitaba hacerla sentir bien, quería hacerla llegar al éxtasis y hacerle entender todo lo que provocaba en mí con esas caricias tan "inocentes".
Me agaché poco a poco hasta quedarme de cuclillas entre sus piernas. Levanté mis manos y acaricié sus muslos, disfrutado de la suavidad de su piel. La incité a abrir aún más las piernas hasta tener todo el acceso que necesitaba.
Se veía terriblemente sexy, sentada sobre mi mesa, con su piel cubierta de sudor y gotas de agua y su pelo azabache mojado.
No le quité la ultima prenda que le quedaba, prefería alargar más el momento y hacerlo poco a poco. Encajé mi cabeza entre sus piernas y saqué la lengua despacio mientras sujetaba sus muslos con mis manos. Ya estaba húmeda, lo que me incitó aún más a lamer su sexo por encima de sus bragas.
Marinette soltó un gemido ahogado que me hizo subir el ritmo de mi lengua. Lamí más fuerte y más rápido, recorriendo cada parte de ella. Me detenía en varias ocasiones para levantar la mirada y observar sus reacciones y me alejaba justo antes de verla alcanzar el orgasmo.
Aún no quería que se corriera, era demasiado pronto y la noche muy larga.
Mi pelo le hacía cosquillas y me lo dijo entre gemidos y risotadas inocentes. No pude evitar enarcar una ceja, ¿enserio le hacía cosquillas? Pues quería hacerle más. Hasta que no pudiera sostenerse. Hasta que le fallaran las piernas.
Decidí que ya había esperado bastante y por fin bajé la última prenda que me separaba de ella. Las bajé poco a poco, con mis ojos pegados a ella. No quería perderme ninguna de sus reacciones. Quería observar cada cosa que hacía para grabarlo en mi mente y crear un libro en mi cabeza.
Las tiré al suelo, echándolas hacia atrás y volvía acercarme, esta vez lo haría sin nada de por medio. Y joder... Sabía... sabía como el cielo. Su sabor simplemente me puso a mil.
Me gustaba su sexo. Era muy suave, cálido y se humedecía muy deprisa ante mis caricias. Verla retorcerse bajo mi lengua era la hostia. Sus dedos tiraban de mi pelo levemente mientras que su boca no dejaba de decir mi nombre una y otra vez.
Nunca me había gustado tanto lamer a alguien. Nunca me había gustado tanto dar como recibir.
Sus gemidos comenzaron a descontrolarse y cuando intuía su orgasmo, volví a apartarme.
Marinette soltó un sonido lastimero que me hizo querer volver a agacharme y terminar de comérmela enterita.
—Tranquila, princesa—. Murmuré.—Muy pronto te daré lo que quieres.
La cogí en brazos y la llevé a mi cama mientras nuestros labios se encontraban otra vez. La deposité con cuidado y sin dejar de besarla coloqué mi rodilla entre sus piernas para separarlas de nuevo.
Deslicé mi mano, recorriendo su cuerpo como un pintor que da la última pincelada a su cuadro, hasta que llegué a su punto más sensible. Cuando sintió mi mano ahí dio un pequeña encogida que me incitó a acariciarla superficialmente, desde arriba hacia abajo, reteniéndome en ese punto que volvía locas a todas las mujeres.
Cuando vi que estaba lo suficientemente húmeda, abrí paso a uno de mis dedos y lo colé en su interior. Jugueteé con él, sacándolo y metiéndolo, primero con lentitud y después algo más rápido.
—A-Adrien...—Gimió y entonces arqueó su espalda.
Sonreí de lado.
—Shhh...Relájate princesa, ésto es solo el entrenamiento.—dije, jugando con sus labios.—Tengo que prepararte bien.
Al escucharme gimió con más fuerza.
Estaba dispuesto a hacérselo bien, sin nada de dolor. Solo placer. Y para eso, tenía pensado acostumbrarla, primero con mis dedos.
Seguí metiendo y sacando mi dedo, cada vez más rápido hasta que la humedecí lo suficiente como para meter un segundo. Entonces, sus gemidos se convirtieron en súplicas que inundaron la habitación entera. Sus piernas temblaban y no hacía otra cosa que gemir mi nombre.
Los movimientos de mis dedos había alcanzado un ritmo frenético y supe que no le quedaba mucho para c******e para mí. Esta vez, no la privaría del orgasmo. La dejaría alcanzar su primera bocanada de placer.
Y, cuando su espalda se arqueó, mis dedos se llenaron de su exquisita sustancia. No los saqué enseguida, sino que me recreé lo suficiente hasta impregnarme bien de toda la sustancia que tenía guardada.
La acaricié superficialmente una vez los saqué y me los llevé a la boca para saborearlo todo de ella.
Mi polla no aguantaba más. El deseo que tenía era tal que me dolía. Si seguía reteniéndome un minuto más explotaría.
Aprovechando que aún estaba exhausta y recuperándose por ese primer orgasmo, me desabroché el cinturón y los pantalones. Me lo saqué todo de una sentada y tiré toda mi ropa a un lado, quedándome completamente desnudo.
Justo cuando no me miraba, aproveché para tocármela, aliviando la presión que había estado reteniendo tanto tiempo.
Necesitaba estar dentro de ella.
Me subí a la cama y trepé por su cuerpo hasta quedar encima de ella, poniendo mis manos sobre la almohada, a cada lado de su cabeza, cuidando de no echar mi peso sobre su cuerpo y no aplastarla.
—¿Estás segura de que es esto lo que quieres?—pregunté recorriendo con mis dedos su piel.
Coloqué mi m*****o sobre su entrada y con ansia, comencé a frotarme contra su sexo. Haciendo toques arriba y abajo. Cada vez se me hacía más difícil seguir con ese juego superficial. Quería meterla de una puta vez, pero necesitaba volver a escuchar pedírmelo para asegurarme que no se había echado atrás.
Ella gimió, respirando hondo ante los movimientos que ejercía sobre ella.
—Marinette...—la llamé, sintiendo como en cualquier momento acabaría metiéndosela sin ser dueño de mí mismo.—Por favor, dime si de verdad quieres esto.
—Sí...—jadeó, cerrando los ojos con fuerza.
Su respuesta fue como una bocanada de alivia para mí.
Continué frotándome en su entrada y los dos gemimos a la vez, alargando aún más un tortuoso momento para los dos.
—Adrien, por favor—me suplicó, cerrando los ojos con fuerza.
Sus súplicas activaron todos mis sentidos.
—No voy a hacerte esperar más, princesa.—abrí sus piernas tanto como pude y me acomodé sobre su entrada.—Te voy a hacer tocar las estrellas.
Y entonces, empujé, hundiéndome en ella. Después todo se me olvidó.
« j***r, j***r, jo-der. j***r »
Cerré los ojos con fuerza y tensé todo mi cuerpo, sintiendo una oleada de placer en mi interior. Estaba demasiado estrecha y su interior me acogió de la forma más placentera de todas. Sentía como sus paredes se ceñían en torno a mi m*****o.
—Joder...—gruñí, esforzándome por no dejarme llevar y hacérselo como un loco.
Solté un gemido y abrí los ojos para mirarla.
—¿Estás bien?—le pregunté, preocupado. No lo había hecho con nadie desde hacía años y volver a vivirlo, esta vez sin miedos, me tenía a mí más asustado que a ella.—¿Te duele?
Ella negó con la cabeza.
—Estoy bien—aseguró y pude ver cierta inquietud en su mirada.
—¿De verdad?—insistí.
Asintió y aún preocupado por no hacerle daño, cogí una de sus piernas y la coloqué encima de mi hombro para abrirla más de piernas. Me acomodé aún más, de rodillas en la cama y después levanté su cadera para poder meter todo lo que quedaba.
En esta ocasión los dos gemimos a la vez.
El placer me nubló la vista y cuando me fui acostumbrando a su interior me volvía dirigir a ella.
—¿Bien?—pregunté de nuevo.
—Sí...—asintió.—No pares.
Comencé a balancear mis caderas, conformando unas embestidas suaves y lentas.
No era su primera vez, y eso me daba la ventaja de no quitarle la virginidad y no provocarle dolor. Aunque, hubiese dado mi vida por hacerlo yo y al menos acompañarla en ese dolor, susurrándole cuando la quería. Susurrándole que el dolor pronto terminaría. Me hubiese gustado que su primera vez fuera conmigo y no con esos tres hijos de puta que la vieron llorar de dolor sin importarle una mierda.
Ahora ya no podía hacer nada. Solo ayudarla a olvidar todo lo que sufrió y hacerle disfrutar todo lo que no pude hacer en su momento. Le daría todo el placer que no pudo sentir aquella vez.
—j***r, Marinette, eres preciosa—dije entre gemidos.
Empecé a moverme más rápido, entrando y saliendo más constantemente y aumentando el ritmo de mis movimientos.
Los dos comenzamos a sudar y la habitación entera se impregnó de nuestros gemidos.
Sentía como una sensación placentera comenzaba a nacer en mi m*****o, como descargas que me hacían suspirar y gemir a su vez.
—A-Adrien...—titubeó y noté como ella también intentaba moverse junto a mí.—M-más.
No le bastó repetirlo. Enseguida, aumenté el ritmo de mis embestidas, cumpliendo sus súplicas.
—¿Así?—pregunté sin detenerme.
Asintió y la vi cerrar sus ojos, disfrutando la sensación de tenerme en su interior.
Me incliné un poco para acercarme a su rostro. Quería besarla mientras los dos nos corríamos juntos, quería susurrarle cuando la quería mientras nos veníamos a la vez.
Nuestros gemidos subieron de tono, acallándose a veces por nuestros besos. La fuerza de las penetraciones alcanzaron un ritmo frenético y sentí como sus uñas se clavaban en mi espalda.
Podía sentir lo que se estaba avecinando, y en su mirada vi que ella sentía lo mismo.
—Dios, Marinette, te amo, ¿me oyes? Te amo.—Le confesé, justo al borde del abismo.
—Y yo a ti, mi amor—dijo.
Y entonces, escuchando aquellas palabras, algo, dentro de mí, explotó. Todo se volvió blanco y mi cuerpo se puso tenso, sintiendo como el orgasmo recorría cada parte de mí.
La besé y fue el mejor beso de toda mi existencia. Con cuidado, me dejé caer sobre ella, acunando mi rostro en el hueco de su cuello.
Nunca, en mi vida, había recibido un orgasmo diciendo "te amor" a una persona, porque nunca lo había sentido. Sexo sin amor era un acto plano que no servía para nada, solo para clamar los más bajos instintos.
Entonces entendí que, nunca había tenido ni idea de sexo, podía hacer gritar a decenas de mujeres, pero nunca conseguiría hacer el amor con alguien.
Porque solo sabía hacerlo con Marinette.
Cuando logré recomponerme, me eché a un lado, tumbándome junto ella mientras la rodeaba con mis brazos y la atraía hacia mí.
La quería, j***r. La amaba con locura. La quería tanto que incluso me asustaba de mí mismo. Jamás la abandonaría, jamás dejaría de protegerla y cuidarla del cabrón que andaba detrás de ella. No la dejaría... porque si ella se alejara de mí, yo me moría.
—No me dejes nunca, ¿vale?—le pedí, acurrucándola aún más con mis brazos, como si la vida me fuera en ello.—No me abandones.