Marinette
Regresé a la cabaña con los pies a rastras y la moral por los suelos. Me mantuve fuerte, esperándolo todo el día y él muy idiota no había ni asomado las narices. El cielo estaba completo de nubes a punto de estallar y de alguna forma, aquello reflejaba mi estado de ánimo.
¿Enserio quiso traerme a Miraculous para dejarme tirada todo el día?
Era cierto que su mayor objetivo que un reencuentro entre Chloe y yo pero ese no era mi único plan. Yo quería estar con él y aprovechar el poco tiempo que podía gozar de libertad.
Algo dentro de mí, muy al fondo, me decía que podría haber estado ocupado. O al menos eso quería creer.
Solo esperaba, que al menos, Kagami estuviese durmiendo o se hubiese largado a cualquier otra parte. Pero, lamentablemente no fue así.
Pues, cuando abrí la puerta me encontré con la imagen que me desgarró el pecho.
Allí estaban los dos, juntos, el uno enfrente del otro. Kagami sostenía sus dos manos y, estaban tan cerca que solo les faltaba dar un paso adelante para que sus labios se sellaran.
La poca energía que me quedaba se fue desvaneciendo poco a poco y me faltó muy poco para gritarles y tirarles lo primero que se cruzara en mi camino.
No podía creerlo. Mientras yo lo esperaba todas las noches, él estaba durante el día viviendo con otra mujer, quizás cuidándola y diciéndole las mismas cosas bonitas que me decía a mí.
Un sollozo ahogado de escapó de mi garganta y tuve que llevarme una mano a la boca para acallar mis penas.
No fue verlos juntos lo peor, sino las palabras hirientes de ella las que me hicieron derrumbarme como la torre de un castillo.
—Tienes que entender que ella es del bando contrario. Mira de frente y encuentra la realidad—me repitió.—Solo nosotros podemos vengar la vida de los nuestros. Juntos.
Retrocedí varios pasos hacia atrás, incapaz de seguir viendo lo que mis ojos tenían delante.
Adrien ni siquiera se molestó en oponerse a las palabras de ella, ni siquiera me defendió ni mostró ninguna oposición.
Ni siquiera me molesté en evitar que mis lágrimas salieran de mis ojos. Solté un sollozo, quizás más fuerte de lo que tenía planeado y entonces golpeé una silla que había a mis espaldas. Di un traspié con torpeza y entonces fue cuando los dos se giraron hacia mí.
Sus ojos esmeraldas se cruzaron con los míos y su rostro empalideció.
—Marinette...—me llamó e inmediatamente se separó de kagami para comenzar a caminar hacia mí—. Mira sea lo que estés pensando no...
No le di tiempo a terminar, me di media vuelta y salí de la casa. Bajé los escalones de su cabaña de dos en dos, teniendo la suerte de no caer en el intento.
Fuera, la tormenta ya había estallado y todo estaba atestado por la lluvia.
Daba igual.
Solo quería salir de allí, largarme de Miraculous para siempre y no regresar jamás.
—¡Marinette!—escuché su voz a mis espaldas y pronto supe que me estaba siguiendo.—¡Eh! ¡Para! ¡j***r, párate de una puta vez!
Quise correr más rápido, perderme en el bosque y esconderme para que no me encontrase jamás, pero, cómo siempre él me ganaba en todo: en fuerza, rapidez y altura.
Consiguió alcanzarme pocos pasos más delante de su casa. Me giró con brusquedad y me hizo quedar frente a él.
—¡Suéltame!—levanté mis dos manos y con los puños cerraros comencé a a golpearle en el pecho para que me soltara.—¡No te acerques a mí, largarte con esa mujer! ¡Lárgate y déjame en paz!
Sin paciencia alguna, él extendió sus dos manos y me agarró, rodeándome con ellos e inmovilizándome de tal forma que me sostuvo entre sus brazos, levantándome del suelo. Mis pies dejaron de tocar la hierba mojada y mi cuerpo quedó prácticamente pegado al suyo.
—No te creas que te me vas a escapar tan fácilmente—dijo y después, me apretó aún más fuerte entre sus brazos y me besó. No fue un beso dulce ni mucho menos suave. Más fue fue uno de esos que te dejan sin aire, que invaden cada espacio de tu boca y acaban con toda la razón.
Intenté resistirme, apartándolo con mis manos todo lo que pude e intentando cerrar mi boca. Pero ya era demasiado tarde, su lengua había entrado dentro y ya estaba explorando cada zona.
La lluvia había empapado por completo nuestros cuerpos y la intensidad de su beso comenzó a dejarme sin aliento y sin fuerzas para seguir resistiéndome.
«Maldita sea. Lo quería demasiado. ¡Lo amaba! Y yo... simplemente no podía separarme de él»
Mis manos pronto dejaron de resistirse y se posaron cautelosamente sobre su pecho mientras mis labios comenzaron a adaptarse a los suyos y mi lengua a moverse al ritmo de la suya.
Sus brazos me soltaron pero solo porque enseguida volvieron a levantarme para cogerme en volandas y conducirme dentro de la cabaña. No dejamos de besarnos ni por un instante, ni siquiera para recobrar el aire.
No me molesté en mirar si Kagami seguía por ahí, solo continué besándolo como si la vida me fuera en ello. Era débil, sí y lo admitía. Era débil por dejarme caer por un beso, por un beso que sacaba toda la rabia contenida y por un beso que sacaba todo lo que había dentro de mí.
Llegamos a su cuarto y él cerró la puerta de una patada mientras continuaba besándome como un loco. Caminó hacia su mesa de madera y me sentó en ella, colándose después entre sus piernas sin separarse de mis labios y yo enterré mis manos en su pelo mojado y lo acerqué aún más a mí.
—No sé que has visto.—Dijo entre beso y beso. Su voz se veía entrecortada y su respiración agitada.—Ni lo que has escuchado.
Lo interrumpí volviendo a besarlo. No quería escucharlo decir el nombre de Kagami, no quería romper la magia que estaba brotando entre nosotros.
—Pero quiero que sepas, que pase lo que pase—se separó de mí y apoyó su frente contra la mía.—Vengamos de donde vengamos, y venga todo lo que se nos venga, no pienso renunciar a ti—me prometió.—Nunca, aunque el mundo entero esté en nuestra contra, yo seguiré luchando por ti, no voy a abandonarte.
Cerré los ojos con fuerza y me obligué a creerlo a pesar de que toda la escena que acaba de presenciar aún me seguía doliendo.
—j***r, Marinette—maldijo sin separarse de mí.—Te quiero como nunca he querido a nadie. Te quiero tanto que me duele.
—Pero lo que ha dicho ella...—comencé a decir, pero él enseguida me cortó.
—Da igual lo que haya dicho, me da igual mi padre y todo lo que tenga que ver son su perfecto mundo de igualdad. Para mí solo estás tú, ¿me oyes? Solo tú y nada más.
Lo miré con ojos cristalizados. el agua de la lluvia que recorría nuestros cuerpos se mezcló con mis lágrimas y sin decirle palabra alguna volví a besarlo con la misma pasión que la primera vez.
—Entonces demuéstramelo—le pedí, en un susurró.—Haz verdad tus palabras...
Me interrumpí con un beso que me dejó sin aliento y cuando se separó, sus ojos verdes me escrutaron con seriedad.
—¿Qué es lo que quieres, Marinette?—preguntó con sus dos manos apoyadas en la mesa, a cada lado de mi cuerpo.
Lo miré a los ojos, y tragué saliva con algo de temor mientras mis palabras querían fluir por sí solas a través de mis labios.
—Hazme tuya...—musité con las mejillas sonrojadas.—Por favor.
Adrien echó la cabeza a un lado y clavó su ojos en un punto exacto del suelo, respirando hondo.
—Marinette no me pidas eso ahora...—gruñó.—No me lo pidas ahora que no sé de lo que soy capaz de hacer...
Posé una mano sobre su mejilla y lo obligué a mirarme.
—Ya hemos esperado bastante, me has enseñado muchas cosas y yo...—tomé aire.—Me siento lo suficientemente capacitada para entregarme a ti.
Adrien colocó su manos sobre la mía y cerró los ojos durante varios segundos.
—¿Estás segura?—dijo, con una voz ronca y terriblemente sensual.
Acerqué mis labios a los suyos y justo antes de inicial una segunda ronda de besos, murmuré:
—Nunca he estado más segura de algo.
Al escuchar éstas palabras, él no vaciló ni un instante. Atacó mis labios y comenzó a devorar cada centímetro de mi boca. Mis brazos rodearon su cuello y eché mis caderas hacia delante para rodear las suyas con mis piernas.
Fuera, la tormenta caía torrencialmente y los relámpagos caían con fuerza, iluminando en varias ocasiones la habitación entera. Los dos estábamos empapados aunque yo, no tenía ni pizca de frío.
Lo primero que hice, fue quitarle su antifaz n***o para poder apreciar su perfecto rostro. Sus facciones, su mandíbula y sus ojos verdes al descubierto. Lo tiré a un lado y enseguida volvimos a encontrarnos.
Pronto noté sus manos colarse por mi espalda, buscando los botones de mi vestido.Comenzó a desabrocharlos uno a uno y al llegar al último, tuve que separarme un poco para que pudiera deshacerse de mi ropa. Cuando por fin consiguió sacármelo por completo, lo lanzó y éste cayó al suelo haciendo formando un charco de agua a su alrededor.
En cuando tuvo más acceso a mi cuerpo, Adrien comenzó un rastró de besos por todo mi cuerpo que provocó un completo estremecimiento en mi piel. Sentía el tacto de sus labios y también de su lengua por cada parte de mí. Cuando llegó a lóbulo de mi oreja no pude contener un gemido ahogado.
Mis manos viajaron hacia su camisa, mojada. Se colaron por debajo y acarició su perfecto torso definido, desde sus pectorales hasta sus abdominales. Él se estremeció ante mi contacto y suspiró atacando con más fuerza mi cuello y la parte superior de mi pecho.
Comenzó a desatar las cuerdas de mi corpiño, con la intención de deshacerse de la ropa interior que lo privaba de mi cuerpo. Mientras él estaba ocupado desatándolas, yo me dediqué a besarlo y a jugar con algunos mechones de pelo rubia.
Sentí mi estómago más libre en pocos segundos y supe que ya había terminado. Desabrochó mi corset y lo dejó caer. Mis pechos quedaron completamente desnudos, al descubierto y él se tomó un tiempo para observarlos como si fuesen la cosa más maravillosa que hubiese visto jamás. Era consciente de que ya me había visto desnuda en varias ocasiones, pero su forma de mirarme me hacía sentir como si nunca lo hubiese estado.
Adrien pasó las yemas de sus dedos por la piel de mis senos hasta que me provocó escalofríos.
Sentí un punto en mi entrepierna arder, impaciente por recibir atención, pero al parecer Adrien tenía pensado recrearse antes de poder saciarme por completo.
Sus manos se abrieron sobre mis pechos y los cubrieron por completo y después los soltó para repasar cada contorno despacio.
—Adrien...—gemí, cuando rozó la parte más sensible de uno de ellos.
Se inclinó y besó justo encima de uno de mis pezones, intensificando aún más los soniditos que salían de mi boca. Eché la cabeza hacia atrás sintiendo como si boca lo humedecía. Pasó de un simple roce a un mordisco suave y después dio paso a su lengua lamiéndolo y succionándolo con sus labios.
—Dios mío...—gemí.
Arqueé mi espalda y apoyé mis manos en la mesa.
Levantó la cabeza y abandonó mis senos para besarme nuevamente en la boca.
En esta ocasión me tocó a mí arrebartarle algo. Agarré el dobladillo de su camisa y con su ayuda la pasé por sus brazos hasta quitársela por completo. Acaricie su pecho, comenzando desde abajo y subiendo arriba poco a poco.
—Joder...—gruñó Adrien echando su cabeza hacia un lado. Su piel era suave con alguna que otra cicatriz adornando algunas partes, pero el tacto de mis manos sobre su cuerpo eran sin duda una sensación alucinante.
Su lengua recorrió mis labios, mi barbilla y mi cuello y de vez en cuando soltaba alguna maldición cuando lo tocaba.
Decidió separarse de mí durante un tiempo, pero sin dejar de hacer contacto de miradas. Lo vi agacharse poco a poco hasta que se quedó de cuclillas entre mis piernas. Mis mejillas no pudieron evitar sonrojarse al intuir lo que pensaba hacer.
Sus manos se posaron sobre mis muslos y mientras los acariciaba los masajeó con suavidad recorriéndolos desde la parte más externa hasta la más interna. Me abrió las piernas, tanto que me dio incluso vergüenza.
Yo sentada sobre su mesa despatarrada y él de rodillas debajo de mí.
No me quitó la prenda que aún cubría mi entrepierna, pero al parecer eso no le impediría hacer lo que tenía planeado. Encajó su rostro entre mis piernas y se retuvo un tiempo entre ellas justo antes de sacar su boca y lamer mi sexo por encima de la tela de mis bragas.
Solté un gemido ahogado que lo impulsó a hacerlo con más intensidad, más fuerte y más rápido. Su lengua recorría cada parte de mi intimidad y cada vez que creía llegar al éxtasis, él se apartaba, torturándome para luego comenzar de nuevo.
Su pelo me hacía cosquillas entre los muslos y al parecer eso a él parecía divertirle. Cuando se cansó de mis braguitas, las apartó con una lentitud tortuosa y pronto repitió su hazaña, esta vez sin nada de por medio. Me sujetó las piernas con firmeza para que no las cerrara y lamió mi intimidad hasta que ni siquiera pudiera sostenerme, hasta que mis piernas fallaran.
Mis gemidos se descontrolaron y cuando estaba a punto de llegar al orgasmo de nuevo, Adrien volvió a apartarse, sacándome un sonido lastimero.
—Tranquila, princesa—murmuró.—Muy pronto te daré lo que quieres.
Me cogió entre sus brazos, como una princesa de cuentos y me llevó hasta la cama. Me depositó en ella devorando mis labios y enseguida colocó su rodilla entre mis piernas.
Sin dejar de besarme, deslizó su mano por todo mi cuerpo, hasta retenerse nuevamente en la parte más sensible de mi cuerpo. La acarició con suavidad, desde arriba hacia abajo y cuando creí que no podría hacerme sentir mejor, metió un dedo haciéndome jadear con brusquedad.
—A-Adrien...—gemí, arqueando la espalda.
—Shh... Relájate princesa, ésto es solo el entrenamiento—me prometió con sus labios pegados a los míos.—Tengo que prepararte bien.
No entendía por qué, pero sus palabras me hicieron gemir de nuevo hasta tal punto que sus caricias se volvieron más excitantes.
Continuó moviendo su dedo, metiéndolo y sacándolo hasta que hizo espacio suficiente para meter un segundo. Las piernas me temblaban y mis súplicas se escuchaban por toda la habitación. No hacía otra cosa que gemir su nombre una y otra vez.
Quería más, quería que siguiera acariciándome de esa forma, pero más rápido y con más intensidad.
Mi campo de visión comenzó a nublarse poco a poco, mis pupilas se dilataron y mi espalda se arqueó recibiendo el tan ansiado orgasmo que llevaba buscando. Adrien no sacó sus dedos hasta no recibir todo lo que mi interior tenía guardado y cuando terminé, me acarició superficialmente y se llevó los dos a la boca para lamerlos.
«Dios, ¿por qué hacía eso? ¿Acaso no le daba asco?»
Mi respiración estaba entrecortada y seguía aún demasiado conmocionada por aquella sensación como para darme cuenta de que Adrien se estaba quitando sus pantalones y en general todo hasta quedarse como yo.
Desnudo.
Estaba exhausta por el orgasmo pero eso no me impidió observarlo con la boca abierta.
Dios, él era simplemente perfecto. Era un ángel caído del cielo, un ángel que había bajado por mí para hacerme sentir por las nubes.
Escaló por la cama, posicionándose encima de mí, observándome con aquellos ojos esmeraldas que me hacían perder la razón. Colocó sus dos manos a cada lado de mi cabeza y se quedó ahí observándome.
—¿Estás segura de que es esto lo que quieres?—me preguntó y vi como una de su mano recorría mi cuerpo desde mi cuello hasta abajo.
Pronto sentí un roce en mi entrepierna. Algo que frotaba mi intimidad, y esa vez no era su mano. Gemí con fuerza al percatarme de que Adrien estaba frotando su m*****o contra mi intimidad, arriba y abajo, jugando y torturándome con cada movimiento.
—Marinette...—me llamó aunque yo diría que aquello había sido más un sonido de súplica para él.—Por favor, dime si de verdad quieres esto.
—Sí...—jadeé, cerrando los ojos con fuerza, esforzándome por no volver a correrme antes de que entrara en mi interior.
Adrien continuó frotándose sobre mi entrada y los dos gemimos a la vez.
—Adrien, por favor.—Le supliqué.
No podía aguantarlo más. Lo necesitaba dentro de mí, necesitaba hacerlo sentir bien en mi interior y mostrarle cómo de importante era para mí.
—No voy a hacerte esperar más, princesa—abrió mis piernas tanto como pudo y se acomodó en mi entrada.—Te voy a hacer tocar las estrellas.
Durante unos segundos todo cuanto creía creer desapareció. Adrien empujó y cuando sentí la punta de su m*****o en mi interior grité, pero no de dolor, sino de una sensación extraña, entre dulce y amarga que me erizó la piel.
Adrien cerró los ojos con fuerza y lo vi muy tenso.
—Joder...—gruñó.
Lo escuché soltar un gemido y enseguida abrió los ojos para mirarme.
—¿Estás bien?—me preguntó y lo vi más preocupado que yo misma.—¿Te duele?
Negué con la cabeza con nerviosismo.
—Estoy bien—aseguré un poco nerviosa.
—¿De verdad?—insistió.
Asentí y entonces, él cogió una de mis piernas y la colocó encima de su hombro para tener aún más acceso. Se irguió un poco y cuando se quedó de rodillas empujó hasta meter todo lo que quedaba.
Esta vez no sentí sensación extraña, sino más bien una oleada de placer que no me dejó muda.
—¿Bien?—preguntó él de nuevo.
—Sí...—asentí.—No pares.
Sus caderas comenzaron a balancearse conformando unas embestidas que tal y como él me había dicho me hicieron tocar las estrellas. Sus movimientos eran magníficos y yo no podía hacer otra cosa que no fuera pedir por más.
—j***r, Marinette, eres preciosa—me dijo entre gemidos.
Empezó a moverse más rápido, entrando y saliendo más constantemente, aumentando el ritmo de sus movimientos.
—A-Adrien...—gemí, intentando moverme yo también y acompañarlo.—M-Más.
Él pareció escuchar mis súplicas e incrementó el ritmo.
—¿Así?—me preguntó.
Asentí rápidamente y cerré los ojos disfrutando de la sensación de tenerlo dentro de mí. Él se inclinó un poco para besarme, sin detener sus embestidas.
Nos besamos y el sonido de nuestros gemidos fue subiendo de tono. Las fuerzas de las penetraciones alcanzaron un ritmo frenético y mis uñas se clavaron en su espalda.
Nos miramos a los ojos cuando ambos empezamos a sentir lo que se estaba viniendo.
—Dios, Marinette, te amo, ¿me oyes? Te amo.
—Y yo a ti, mi amor.—le dije y justo en ese momento y latigazo de placer nos golpeó a ambos.
Los dos gemimos a la vez, sintiendo el orgasmo recorrer nuestros cuerpos a la vez.
Adrien me besó una última vez y se dejó caer sobre mí con cuidado de no aplastarme.
Nuestros pechos subían y bajaban agitadamente y nuestras respiraciones aún les costaba seguir el ritmo de nuestros corazones.
Cuando pudo recomponerse, Adrien se echó a un lado y se tumbó junto a mí mientras que con sus brazos, me rodeaba y me atraía hacia él.
—No me dejes nunca, ¿vale?—me pidió, protegiéndome con sus brazos como si la vida le fuese en ello.—No me abandones.
Cerré los ojos y me acurruqué contra su pecho haciéndole saber que jamás lo haría.
—Jamás...—le aseguré.
Pero, a veces, querer no es suficiente, pues, cuando el destino está sellado cumplir una promesa puede ser tu mayor perdición.